Señor Savater: también hay burros que no son de izquierdas, ¿no…?

Señor Savater: también hay burros que no son de izquierdas, ¿no…?


 Domének


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Me resulta increíble hasta que punto puede degradarse alguien en este país y aún así ser considerado todavía como sabio, filósofo o qué sé yo.

Hay personajes que han cometido todo tipo de barbaridades, plagios, etc. y aún así en España tienen «renombre» y salen en la tele protagonizando tertulias de elevada audiencia.

El «ínclito» Savater viene a ser uno de esos casos. Hablé con él una vez, de tú a tú, durante una comparecencia suya en Valencia, en una librería. Puedo jactarme de haber sido responsable, en esa ocasión, de más de la mitad del tiempo interesante que hubo en ese acto, puesto que la gente sólo hacía preguntas estúpidas al estilo de «¿está usted asustado por haber recibido amenazas alguna vez?», que poca relación tenían con los temas culturales a los que supuestamente iba dedicado el evento.

Ni que decir tiene que nuestro hombre aprovechó la atmósfera creada por los españacos para mostrarse como «una roca que resiste a la tempestad». Algunos incluso lo consideraban «un héroe».

Pude debatir con Savater un poco, cara a cara, principalmente sobre la naturaleza de la filosofía (discrepo con él bastante sobre muchos puntos en relación a esto). Pude comprobar que es un maestro del escapismo dialéctico, e incluso un charlatán de feria.

Además, no sabe nada, absolutamente NADA, de ciencia. Creo que esa falta de conocimientos básicos sobre el Mundo es grave, sobre todo tratándose de un filósofo ilustre, si hemos de hacer caso a sus fans.

En todo momento tuve la sensación de que evadía las preguntas. Rehuye instintivamente dar respuestas directas. Es como el calamar que suelta un chorro de tinta para confundir a los depredadores, sólo que en este caso el señor Savater a quien quiere confundir es a su interpelador, a poco que éste trate de obtener alguna opinión clara o trate de clarificar algún punto interesante.

A raíz de esta experiencia y de algunas lecturas que he realizado de escritos de Savater, lo he criticado públicamente en ocasiones, obteniendo generalmente de sus fans respuestas del tipo de: «¿Cómo te atreves tú, un simple estudiante, a criticar a Savater?». Ni que decir tiene que no me arredra el ser un estudiante. Más bien me considero un estudioso, a diferencia de los españacos prototípicos que todavía, mayoritariamente, entienden la erudición como «memorizar y regurgitar».

Aún más, trato de utilizar mi cerebro, cosa que consigo más o menos. En cambio, cuando hablé con Savater (y también a través de escritos suyos) tuve muy poca sensación de hallarme ante un ser pensante o de un pensador comprometido.

Que alguien como Savater sea «famoso» se debe únicamente a que España es un páramo intelectual. Aquí, después de Al-Andalus, la única vez que ha entrado cultura es con la invasión napoleónica. Y no cuajó. Los franceses al menos eliminaron la inquisición, que aquí aún estaba (como institución) a comienzos del siglo XIX y quien sabe si aún estaría de forma más o menos simbólica de no haber mediado ese episodio histórico.

Dicho todo esto, está claro que aquí llaman a Savater «filósofo» y se le compara con Sartre, pero viene a ser como comparar las producciones de Operación Triunfo con las obras de Mozart.

Savater dice que la izquierda española es burra. Reconozco que hay gente de izquierdas que es burra, e incluso hipócrita. Pero teniendo en cuenta la historia reciente, e incluso recentísima de este país, ¿no hay muchos más motivos para decir que la derecha española es burra, cabrona e incluso muchas más cosas?

¿Por qué no indaga filosóficamente ahí el señor Savater? Qué curioso.

Savater es una decepción absoluta. Repugna.

Se ha dicho que la verdad no siempre es bonita, pero que el hambre de ella sí lo es. También se ha dicho que es bonito ser importante, pero que es más importante ser bonito. El señor Savater, por lo menos a día de hoy, no tiene hambre alguna de Verdad: está más que ahíto con las mollejas que le proporcionan sus amos y patrocinadores. No cabe pues sorprenderse de que, además, no sea bonito, aunque como «compensación» (por lo menos desde un punto de vista mercantilista) dentro de ciertos círculos se le considere importante.

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