¿Sartre anarquista?

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Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Hacía tiempo que no me metía en la obra de este personaje admirado desde la distancia –él era un FILÓSOFO en mayúscula, yo un muchacho que trataba de aprender-, pero también desde la cercanía. Cercanía desde el seguimiento, de las lecturas, pero también de alguien con el que tropezaba desde las proximidades del Parc Luxembourg en París o entre los cuatro atrevidos que se acercaban a sus mítines en las calles adyacentes de la Renault en la que trabajé catorce meses. Jean Paul solía ir siempre con Simone de Beauvoir –otra lectura constante-, y de los chicos de “La Cause du peuple”, a los que en la “Ligue” trataban de “mao-expontex”, maoístas espontaneístas o sea con un toque anarco convencidos de que el imperialismo era un tigre de papel…En realidad, eran ellos los de papel y no precisamente tigres.

Repasando la parte de mi biblioteca ocupada por la célebre pareja como parte de una operación de selección –tanto libro, tan poco tiempo, los años pasados te demuestran que no lo vas a leer y sí quieres hacerlo, lo puedes encontrar sin dificultades en editoriales como alianza-, me he preguntado sí Sartre no era un anarquista…O sea un hombre que asume la cultura a tumba abierta, sin miedo a que las reflexiones le lleven a lugares no convenientes, y de ahí que se haya tratado de hacer con su legado dos cosas: a) ningunearla en lo posible para ser sustituidos por otros que expresan la corrupción de la cultura francesa en las últimas décadas del siglo pasado, b) darla a conocer en sus variantes menos molestas, en la que aparece clasificado como restos arqueológicos de un tiempo que el dinero se llevó por delante.  La prueba de esta inclinación libertaria radicaría sobre todo en que practicaba el lujo de la contradicción con más soItura que muchos de sus contemporáneos, por lo general mucho mermados por la culpa, por la indecisión o el miedo a los que manda. Sartre consiguió que los que mandan (De Gaulle) tuviera que respetarlo porque lo de comprarlo parecía imposible. Sartre no era un vencido, uno de estos señores como Vargas Llosa convencido de que Roma sí paga traidores. Paga con honores, con influencia, con los halagos.

Si no escribió una reflexión sobre este punto quizás fue porque no tuvo tiempo o porque la sentencia se halla constantemente enredada en sus escritos: «No existen gobiernos de izquierda, tanto como no existe pensamiento de derecha», obviamente se refería a la izquierda que él había conocido, al engranaje que lo acaba integrando todo, en el cambio lampedusiano. Tomemos este juicio por la cola: el «pensamiento» de derecha no es tal pensamiento, es el orden de las cosas, lo que siempre se ha hecho: la jurisdicción, la ley. Cuando se borran de una plumada los conceptos de oposición, de lucha, de creación estrictamente humanas, es decir, históricas. Sartre se defiende de la inmutabilidad de la muerte diciendo no, y diciéndolo casi indiscriminadamente.

He aquí, entonces, a un cierto anarquista. Sartre era un hombre de la cultura porque era un anarquista. Y esta frase es perfectamente intercambiable: es tautológica. El predicado sólo desarrolla, como en aquellos juicio de Kant, lo que está ya implícito en el sujeto. Y viceversa. ¡Qué extraña lógica! Qué pensaría el horrible filósofo si supiera que él contribuyó a que pensáramos esto. Saber y progreso —términos también asimilables— son la izquierda, y ésta no tiene más nombres que aquéllos. Así también la Naturaleza —monolítica y antihumorística— tiene sus representantes en la .derecha. Pero ¿qué puede hacer un hombre como Sartre si quiere seguir siendo de izquierdas, si aspira constantemente a la sabiduría? Debe propugnar, digo yo, como lo hicieron algunos célebres policías, la renovación y el flujo permanente del saber, es decir, de la oposición: debe ser anarquista. Si Heráclito —que miraba el río— tenía razón, también Parménides —que no lo miraba porque le causaba horror— la tenía: este diálogo no ha acabado. Sin embargo, hay tantos Heráclitos falsos como Parménides falsos. La Historia está llena de falsificaciones. Los diarios nos ofrecen cada día  las pruebas. «Dejen hablar al entendido», clamaba Platón. Dejen a la izquierda ser izquierda para que la cultura reciba los palos y la derecha cumpla con su deber desde la porra del policía, desde el terremoto, desde la muerte.

El título filokantiano de esta esquela es una broma, una broma pesada para tantos amigos de izquierda que a la postre no son más que huracanes disfrazados de mayéutica. Si Platón clamaba aquello, Sartre podría clamar: «Déjenme disparar tranquilo porque es la única manera de que la selva no nos invada». Más, como siempre, lo escuchamos poco. Y eso que él, con su implacable magisterio, nos lo decía todos los días. La desilusión del zoon politikon no es menor que la del científico que trata de entender las tormentas. Va por días. Tanto uno coma el otro deben reflexionar, esceptizar, sobre la realidad de un mundo que se hace y se deshace —¡dialécticamente!— por la lucha de la derecha y la izquierda. Las conectivas son infinitas: Historia-Naturaleza, Cultura-Naturaleza,

Me meto por ahí y la verdad es me pierdo, uno no ha dejado de ser un muchacho con ganas de aprender pero sin una base. Mi Sartre es el que se implica en la tradición del Emile Zola del J´ acusse, del que proclama a los cuatro viento lo que los demás no se atreven a decir, entre otras cosas porque lo que se decía de izquierdas n era digno de tal nombre.  Era el Sartre atormentado por “la cuestión Stalin”, que se pregunta porque los comunistas tenían miedo a la revolución –quizás porque no eran tales-, el que apoyó la insumisión de los soldados franceses ocupantes en Argelia, el del prólogo a Franz Fanon, y por supuesto el del Tribunal Russell. El de las novelas y las obras de teatro que algún reeleeré o no, El emblema de un tiempo en el que la libertad se metía en el fuego aunque no siempre fuese en el más acertado.

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