San Fermín

 San Fermín. Cientos se acercan al toro. Millones lo ven por la tele. Un efecto del miedo es la objetivación. Por ejemplo, en el miedo a la violencia, el hombre, en lugar de arrojarse a la lucha o de rehuirla, se satisface mirándola desde fuera. Saca placer de escribir, leer, oír, contar historias de batallas. Asiste con cierta pasión a las carreras peligrosas, a los combates de boxeo o a las corridas de toros. El instinto combativo se ha desplazado sobre el objeto. “Como entre el sol y la sombra/ entre el toro y el torero/ hay un Dios que no se nombra”.

  Es vano todo intento de salvar un sentido incondicional sin Dios. Ahora debemos recuperar nosotros la última palabra frente al torbellino de autoobjetivación cientifista renunciando a la vez a suponer un mundo objetivo independiente de nuestras descripciones y a la trascendencia intramundana de pretensiones de validez universales, situadas por encima de los contextos. Y defender el primado de la política sobre la filosofía, de la tecnología sobre la teoría, porque ya no se puede medir su bondad por la correspondencia de los enunciados con una realidad independiente del lenguaje y la cultura. En la medida en que la política se limita a contemplar las cosas como son y a mirar hacia atrás, ya no es política. Sólo a base de cuidar la libertad podemos obtener de regalo la verdad.

  La filosofía y la física fundamental se encuentran tan íntimamente relacionadas -a pesar del buen número de proclamas en contra por ambas partes- que, cuando la corriente filosófica de moda se desmoronó a principios del siglo XX arrastró consigo a gran parte de la física teórica. Los culpables fueron doctrinas como el positivismo lógico (si no puede confirmarse mediante un experimento carece de sentido), el instrumentalismo (si las predicciones funcionan, ¿por qué preocuparnos de lo que nos ha llevado hasta ellas?) y el relativismo (no hay afirmaciones objetivamente ciertas o falsas, sino legitimadas o deslegitimadas por una determinada cultura). El daño proviene de lo que dichas doctrinas tenían en común: la negación del realismo, la postura filosófica del sentido común que afirma que existe un mundo físico y que el método científico permite extraer conocimiento de él.

  San Fermín, el espectáculo de la realidad, el derecho natural y el de los animales celebran desposorios monstruosos el día de San Fermín. En nuestra civilización está ampliamente generalizado un prejuicio contra el futuro, una especie de “racismo contra la generaciones futuras” moralmente inaceptable pero muy extendido, tanto como la actitud Luis XIV, après moi le déluge. Le podríamos llamar “antifuturismo”. Un prejuicio similar al prejuicio de especie o “especieísmo”. Y al racismo contra los tontos, al prejuicio de inteligencia, o, por seguir nombrando “tontismo”.

  La idea de “Los derechos de los animales” fue usada en el pasado para parodiar el caso de los derechos de las mujeres. Cuando Mary Wollstonecraft, una precursora de las feministas actuales, publicó en 1792 su  Vindicación de los Derechos de las Mujeres,  sus ideas fueron ampliamente consideradas como absurdas y satirizadas después en una publicación anónima titulada: Una Vindicación de los Derechos de las Bestias.

    No tendríamos que pasar del derecho de las bestias al de los trastos porque los trastos no sufren y las bestias sí. Pero en un mundo de objetivación y basurificación todo es posible. Tenemos al menos el derecho a reivindicar nuestro derecho a convertir la basura en porquería, como lo quieren los freeganistas. Locke en el siglo XVII ya hablaba de la pérdida de los derechos de los productos de la tierra cuando no se aprovechaban: “pero si la hierba de su corral se echaba a perder sobre la misma tierra, o si los frutos de su huerta perecían sin haber sido cosechados, esa parcela de terreno, aunque estuviese cercada, podía considerarse terreno silvestre y cualquier otra persona podía tomarlo en posesión”. Locke esbozó un manifiesto para el freeganismo: “Si se va a desperdiciar, tienes derecho a cogerlo”. San Fermín: Si se va a morir, tienes derecho a matarlo. A organizar una juerga sobre eso.

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