Rusia. Antifascista Viktor Filinkov: “El 24 de enero de 2018 fui torturado por el Servicio de Seguridad Federal de Rusia”

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A finales de enero, tras la noticia de la desaparición (el 24 de enero) de Viktor Filinkov, activista de izquierdas y programador informático, en el aeropuerto Púlkovo de San Petersburgo, se llevaron a cabo una serie de arrestos y registros (26 de enero) en los domicilios de activistas antifascistas en la ciudad. Cuando Filinkov resurgió para acudir al juicio y a la prisión preventiva, afirmó que había sido torturado por funcionarios del Servicio de Seguridad Federal de Rusia (FSB) –al igual que un testigo del caso: Ilya Kapustin. Otro antifascista, Igor Shishkin, también desapareció después de que registraran su domicilio.

Al parecer, la rama del FSB en Penza abrió una investigación sobre una “organización terrorista” (Apartado Dos del Artículo 205.4 del Código Penal de Rusia) en octubre de 2017. Así, en un mes, arrestaron a Egor Zorin, Ilya Shakursky, Vasily Kuksov, Dmitry Pchelintsev, Andrey Chernov y Arman Sagynbayev (detenidos en San Petersburgo y devueltos a esta misma ciudad). Según los investigadores, todos los arrestados eran miembros de la organización Set’ (red) que planeaba provocar “a las masas populares para lograr la consiguiente desestabilización del clima político en el país” durante las elecciones presidenciales y la Copa Mundial de fútbol y organizar, de este modo, un levantamiento armado. Las células de la red supuestamente operaban en Moscú, San Petersburgo, Penza y Belarus.

Los servicios de seguridad rusos han acusado a Filinkov de pertenecer a esta misma organización terrorista. En prisión, Filinkov describió todo lo que le había ocurrido después de su detención en el aeropuerto de Púlkovo el 23 de enero de 2018 y hasta su arresto por un tribunal de distrito de la ciudad. En el presente documento, Filinkov describe el examen médico que le realizaron antes de someterle a la tortura mediante descargas eléctricas, interrogatorios en el FSB y conversaciones interminables con agentes aburridos. A continuación transcribimos el texto que envió a los miembros de la Comisión de Supervisión Pública (ONK) de la ciudad, que vela por el respeto de los derechos humanos en los centros de detención.

Otros sospechosos de esta supuesta organización terrorista –Ilya Shakursky, Dmitry Pchelintsev e Ilya Kapustin, el testigo detenido en San Petersburgo– también han proporcionado testimonios detallados de tortura. Pchelintsev y Shakursky afirmaron que agentes del FSB les torturaron con descargas eléctricas en el sótano del centro de detención de Penza. Igor Shishkin, el antifascista que también desapareció en San Petersburgo, no mencionó la tortura, pero los médicos certificaron que la pared interior de su globo ocular estaba rota y que tenía múltiples hematomas y abrasiones; los miembros de la ONK que lo visitaron en el centro de detención certificaron múltiples marcas en su cuerpo que parecían quemaduras eléctricas.

Primer encuentro con agentes del FSB: “¿Es SS o VV?”

Mi detención empezó el 23 de enero de 2018 en la puerta de embarque A08 del aeropuerto Púlkovo. Mi vuelo era a las 20:05. Varios hombres vestidos de civil estuvieron deambulando por la zona de espera media hora antes de la salida: era obvio que no volaban a ninguna parte.

Me rodearon cinco o seis hombres, un hombre de mediana edad con una camisa rosa a cuadros se colocó frente a mí. Abrió una funda marrón para mostrarme su identificación y se presentó: “Mayor Karpov [no estoy seguro del apellido pues no pude ver su identificación], del FSB, acompáñenos”. Sorprendido, pregunté qué ocurría. A mi espalda oí: “¡Cógele el teléfono!” “¡Deme su teléfono, síganos!”, dijo el hombre de la camisa a cuadros. Obedecí, me quité los auriculares y le entregué mi smartphone. “¡Todos los teléfonos!”, volví a oír a mi espalda. “Muy bien, ya arreglaremos eso después”. Karpov fue el único agente del FSB que se presentó.

Me llevaron a una sala a la que solo se accedía con un pase especial. Había una caja de servidor, un armario, un aparato del tamaño de un cajero automático que no sabía lo que era, una mesa con sillas, un sofá de piel y un aparador. Colocaron mis cosas encima del aparador y me pidieron que me sentara en el sofá. Miré los relojes que había en la pared: eran cerca de las 19:35. Aproximadamente una hora después llegó la primera pareja de agentes. Me hicieron muchas preguntas, incluido mi salario. Llegué a pensar que iban a pedirme un soborno.

Pasó otra hora más y llegaron otros dos agentes. “Bien, Vitya, ¿ya te has dado cuenta de por qué está pasando lo que te está pasando?”, preguntó uno de ellos. Yo respondí: “No le entiendo. ¿Qué está pasando?” Ya les había hecho esa pregunta varias veces antes y respondían que era un control rutinario, que el vuelo se iba a retrasar, etcétera.

“Otro tío tampoco lo entendió, después se cayó y lo entendió todo”.

“¿Me está amenazando?”

“No, solo te explico lo que a veces pasa”.

En ese momento ya había desbloqueado mi smartphone para los agentes (sin mostrar la contraseña), pero me había negado a desbloquear mi ordenador portátil porque era mi portátil de trabajo y tenía un código original que valía millones de dólares. En la sala había una cámara de circuito cerrado, no sé si funcionaba. Me dijeron que sacara las cosas de mi mochila. Entre otras cosas había una foto de mi mujer con unos amigos, uno de los cuales llevaba un gorro de policía. “¿Quién es ese? ¿Es policía o qué?”, preguntaron mientras revisaban mis cosas. Encendieron mi móvil, empezaron a mirar mis mensajes, llamadas y contactos. Cogieron mi pasaporte, mi carnet de identidad kazajo [Filinkov es ciudadano de Kazajistán] y los billetes. No me devolvieron mis documentos. Tuve que cargar con mis cosas hasta que me registraron. También examinaron mi smartphone, me hicieron preguntas sobre las fotos y además, con sus propios smartphones, hicieron fotos dirigiendo sus cámaras a la pantalla de mi smartphone.

Esto lo hizo principalmente la primera pareja [de agentes]. De la boca de Bondarev K.A. oí el apellido Isayev. No supe que ese hombre era Bondarev K.A. hasta el 29 de enero. Tuve que entregar mi cargador a uno de aquellos hombres. Devolvieron la pieza principal del cargador, pero no recuerdo si devolvieron el cable. Volvieron a colocar mis cosas en la mochila y me llevaron a la comisaría de policía del aeropuerto, a la que accedieron con sus propias identificaciones electrónicas. Llegó un agente de policía de otra sala y les pidió a todos que se presentaran. Le mostraron una identificación y después le pidió a los agentes del FSB que entraran advirtiéndoles: “Aquí dentro ya somos tres y vosotros sois un montón. Hay tensión”. Trataron de comprobar mis huellas dactilares, pero no podían leerlas: el Papillon [un aparato de escaneo y reconocimiento de huellas dactilares] emitía una luz roja, la búsqueda no producía ningún resultado. Después, estuvimos 20-30 minutos recogiendo mi equipaje. Alguien (tal vez Bondarev K.A.) ayudó a cargar el equipaje. Creo que lo metió en el maletero de un Priora. A la salida, los agentes del FSB que estaban aparcados en el aeropuerto estaban discutiendo dónde irían después, decidieron ir al McDonalds y no abandonaron el aeropuerto.

Tras salir del aeropuerto, giramos a la izquierda y vi una miniván azul con los cristales tintados. Desde el vehículo se aproximaron dos hombres con el rostro cubierto; uno era alto y llevaba guantes reforzados (el estampado de los guantes parecía fibras de carbono –comprobado), el otro era bajo. Ambos vestían pantalones de camuflaje, abrigo y guantes tipo militar oscuros, casi negros. El alto me puso unas esposas (por delante, no muy apretadas), me empujó al interior del coche y empezó a cachearme. Le dijeron: “¡Déjalo!”, y él respondió: “¡Pero tengo que comprobar que no lleve una cuchilla escondida!” Las dos veces siguientes también me cacheó él. Entonces me empujó para que me colocara en la penúltima fila, me empujó la cabeza hasta las rodillas y me dijo que me sentara así. Después, cuando me di cuenta de que no me estaba vigilando, levanté la vista y giré la cabeza para orientarme.

Nos fuimos del aeropuerto. “Yo te diré dónde vamos”, dijo un agente. Vi que tenía un smartphone con un mapa abierto porque el asiento delante del mío no tenía reposacabezas. Intentaba recordar hacia donde nos dirigíamos, pero enseguida desistí en mi empeño –tal y como se demostró después, de todas formas, no hacía falta-. Mientras íbamos en el coche, uno de los agentes recibió una llamada, y otro agente preguntó: “¿Es SS o VV?”.”SS”, respondió el hombre que recibió la llamada. Las conversaciones telefónicas no eran animadas. “Sí, todo bien, vamos de camino con Viktor”. Oiría ese tipo de conversación en varias ocasiones durante las siguientes 24 horas.

El hombre –el alto, que estaba sentado a mi derecha– apretaba algo con las manos, pero no pude ver lo que era (no era una táser); tal vez apretaba sus guantes o los refuerzos de estos. Eso me puso nervioso. Durante el primer viaje o el segundo, el alto y el bajo se intercambiaron los sitios. En los demás casos, el alto siempre estaba sentado a mi derecha.

Comisaría de policía. Revisión médica previa a la tortura.

Me ordenaron que saliera del coche. Salí; los hombres con el rostro cubierto me agarraron por debajo de los brazos y uno de ellos, el más bajo, se ajustó la máscara (tal vez iba conduciendo a cara descubierta) y me arrastraron hasta el porche. El alto dijo: “Sí, cúbrete, allí hay cámaras”. Pasamos delante de una placa roja: “…MVD [Ministerio de Interior], Distrito de Krasnogvardeisky”. Los policías (de uniforme) no se sorprendieron ante la llegada de los invitados. Me llevaron hasta una sala pequeña con un banco, una mesa, una silla y un Papillon.

Un policía (bajo la atenta mirada de dos o tres agentes del FSB; no había mucho espacio) me apretó los dedos contra el vidrio del Papillon, a menudo no quedaba satisfecho con la calidad y repetía el trámite. Cuando leyó “Calidad: 47” quedó satisfecho. ¿Patronímico?”, me preguntó. “No tengo ningún patronímico en mi pasaporte”. “Bueno, si no lo tienes, no lo tienes”, el policía asintió y presionó la tecla intro dejando la línea vacía. Después, al parecer, comentaban la lista de países que habían dejado de incluir los patronímicos en los pasaportes. “¿Pero quién ha introducido su patronímico?”, preguntó el policía dirigiéndose a los que estaban allí a su alrededor. “Bueno, probablemente el FSB”, fue la respuesta.

No nos detuvimos demasiado y me llevaron a la miniván –todavía con las esposas poco apretadas–. Alguien ordenó seguir al Priora plateado. Mientras íbamos en el coche mi móvil sonaba en mi mochila, la primera pareja de agentes del FSB lo habían encendido para examinarlo en el aeropuerto.

De nuevo se me ordenó que bajara y cogiera mi mochila. No era tarea fácil con las esposas puestas, pero al dejar el coche me las quitaron. Los hombres que iban cubiertos no entraron en el edificio, en el que había un placa: “…Hospital 26”. Un hospital normal, en un estado lamentable. Había cola para registrarse, los agentes incluso se quejaron de tener que esperar como todo el mundo. Todo lo resolvió un médico de la administración del hospital. Parecía joven, iba sin afeitar, era de estatura media –un poco inferior a la media–. Estuvieron un rato hablando de qué hacer con mi seguro, ya que soy ciudadano extranjero y no tengo certificado de seguro médico obligatorio. Los agentes del FSB sugirieron que lo pagara yo de mi bolsillo: “¿Qué problema hay? ¿Tienes mucho dinero?”. En la ventanilla de registro, los agentes dijeron que necesitaban que me “examinaran”.

Me preguntaron si tenía molestias sin tener que esperar cola. No había ido al médico desde hacía tiempo, estaba esperando el seguro de mi empresa, que se suponía que me darían en febrero, así que tenía muchas molestias: el cuello, la espalda, psoriasis, dolor de articulaciones (especialmente las rodillas), dolores de cabeza, etcétera. El médico advirtió un moratón que ya estaba amarillo en mi brazo derecho y me preguntó de qué era. No me acordaba. Los agentes sugirieron que alguien me habría agarrado. Sacaron mi móvil de mi mochila, que se había quedado sin batería por todas las llamadas que habían recibido. Me pidieron que buscara el cargador. Lo encontré y uno de ellos se lo llevó junto con el teléfono. Entonces se quejó de que yo le había mentido al decirle que el teléfono aguantaba un par de semanas sin necesidad de cargarlo.

Antes de que me hicieran un análisis de sangre, estábamos esperando a que nos viera un médico y los agentes se pusieron a discutir de algo alzando la voz, y una médico que estaba sentada con nosotros les llamó la atención: “Yo no les estoy molestando, ¿verdad?” y después les echó a casi todos: “¡Muy bien, esperen fuera! ¿Son su escolta o qué?”. Los agentes le replicaron, pero se marcharon y solo uno se quedó conmigo. Después del análisis de sangre (si no me equivoco, me sacaron tres viales de una vena) me examinaron todo el cuerpo –probablemente el que lo hizo era cirujano-. Llegó otro agente, al que le pidieron que mirara mi tatuaje y le hiciera una foto. Regresamos a la primera sala, donde se me pidió que me tocara la nariz con los ojos cerrados, me examinaron las manos, me pidieron que apretara las manos del médico, etcétera.

Estuvimos esperando en la cola de rayos X durante mucho rato. “¡Ya llevamos más de dos horas! ¿Por qué le dijiste que te duele la rodilla?”, se quejaba un agente del FSB. “¿Quién te llama?”, me preguntó un agente mientras me enseñaba la pantalla de mi teléfono. Decía: “llamada de +380… 99”. “No lo sé, tal vez mi mujer”, respondí. “Pero este número es de Ucrania, ¿no?”, la pregunta, formulada por un agente de la Dirección del FSB de San Petersburgo y la región de Leningrado, era retórica. Mientras estábamos allí de pie, yo intentaba averiguar qué estaba pasando.

“Me encanta la forma en que al principio ninguno entiende nada”, dijo uno de ellos (no era Bondarev K.A.).

En la sala de rayos X había una máquina Samsung de rayos X con un aspecto muy futurista. Las pegatinas que advertían del daño que el láser inflige a los ojos y los esquemas explicativos estaban escritos en inglés. Uno de los agentes del FSB (tal vez Bondarev K.A.) entró en la sala. Me radiografiaron prácticamente todo el cuerpo: la cabeza (perfil, de frente), la parte superior del cuerpo, la espalda baja, la pelvis, la rodilla izquierda. No recuerdo el número exacto de radiografías, tal vez siete o diez.

“¡Está sano! ¡Nada en las radiografías!”, exclamó un agente al tiempo que se acercaba con los informes médicos. No diría que me quedara contento: después de todo, sentía dolores. Metieron mi móvil en mi mochila y nos dirigimos a la salida.

En la miniván. “No te muevas, todavía no he empezado”.

Uno de los hombres con el rostro cubierto (el alto) estaba de pie junto a la miniván. Preguntó: “¿Habéis acabado?”. “Sí, espósalo por detrás”, ordenó Bondarev K.A.. Me quedé sorprendido. El hombre con el rostro cubierto me empujó dentro del coche: me cacheó, me envió a la penúltima fila, me obligó a que pusiera las manos detrás de la espalda y me esposó. Entonces me puso el gorro delante de la cara y me gritó algo al oído mientras me obligaba a colocar la cabeza sobre las rodillas. Daba mucho miedo.

El conductor recibió la orden de seguir al Priora, pero no recuerdo cuando nos pusimos en marcha. Bondarev K.A., el conductor, uno o dos hombres cubiertos y uno o dos agentes más de la Dirección del FSB de San Petersburgo y la región de Leningrado estaban sin duda en el coche. Vi un smartphone encendido en las manos de uno de esos tipos (posiblemente tenía abierto Viber o WhatsApp). De modo que en el coche había al menos cinco hombres aparte de mí.

El asiento de Bondarev K.A. no tenía el reposacabezas desde el primer viaje. Al principio no entendía por qué. Ahora sé que se trataba de un coche especial para ese tipo de “acciones”, o tal vez se preparó así mientras yo estaba en el aeropuerto. Lo que tenía claro en ese momento es que todo –el examen médico, el reposacabezas, las esposas a la espalda, el gorro sobre mi cara, los hombres con la cara cubierta–, todo estaba planeado con antelación y no era cuestionado por ninguno de los presentes.

Me resultaba difícil respirar, así que decidí quitarme el gorro de la cara. Lentamente empecé a apartarme el gorro, pero solo logré liberarme la nariz, tras lo cual el hombre con la cara cubierta me empujó hacia el asiento con, creo, su mano derecha y, creo que con la derecha, me golpeó dos veces en el lado derecho del pecho, en la parte baja de los músculos pectorales. Apreté la mandíbula, esperando que me pegara en la cara, para evitar que me rompiera los dientes, pero me obligó a colocarme en la posición inicial con la cabeza hacia las rodillas. Obviamente, no me golpeó con la palma, la zona del golpe era pequeña. Cuando después repitió los golpes en el pecho, cuando pude ver más que a través del gorro, vi que golpeaba con el puño, pero giraba la palma de su mano hacia mí. Cuando me colocó en la posición anterior, empezó a golpearme en la espalda –tampoco en este caso en el centro, sino a la derecha de la columna-. Yo emitía ruidos entre dientes.

“No te muevas, todavía no he empezado”, dijo el hombre con el rostro cubierto. Bondarev K.A. dijo algo así como “¡Vitya! ¡Vitya!” y me golpeó varias veces en la nuca. La zona de los golpes abarcaba bastante y dictaminé que me estaba dando con la palma de la mano. Su voz procedía de enfrente de mí, de detrás del respaldo del asiento, sobre el que mi cabeza acababa lanzada por los golpes, y sus palabras se sincronizaban con estos.

Fui presa del pánico, todo daba mucho miedo, dije que no entendía nada, tras lo cual recibí mi primera descarga eléctrica. Una vez más, no me lo esperaba y estaba abrumado. Era insoportablemente doloroso, empecé a gritar, mi cuerpo se enderezó. El hombre con el rostro cubierto me ordenó que me callara y que dejara de moverme, me apoyé contra la ventanilla, y tratando de apartar la pierna derecha, giré la cara hacia él. Me volvió a colocar como estaba a la fuerza y siguió aplicándome descargas.

Me aplicó descargas en las piernas y después en las esposas. A veces me golpeaban en la espalda y en la coronilla, me pareció un tortazo en la zona de la oreja. Cuando gritaba, me cerraban la boca y me amenazaban con amordazarme, ponerle cinta adhesiva o tapármela. No quería que me amordazaran e intentaba no gritar, pero no siempre era posible.

Me rendí casi inmediatamente, durante los primeros diez minutos. Grité: “¡Díganme qué tengo que decir y lo diré!” Pero la violencia no se detuvo.

Sus amenazas sonaban muy convincentes. Creía que actuarían en consecuencia si no obedecía. Nunca en mi vida me he desmayado, no llegué a perder la consciencia por los golpes en la cabeza, solo perdí la coordinación, es decir, “estaba grogui”. En una ocasión, cuando me golpearon en la sien con un ladrillo, me derrumbé en estado de shock, congelado, pero seguía consciente, incluso me derrumbé con los ojos abiertos y me recuperé rápidamente. Lo consideraba una ventaja de mi cuerpo, pero esta vez… ojalá hubiera perdido la consciencia por los golpes en la cabeza, pero no. Me rendí porque estaba seguro de que, de otro modo, habría perdido la salud. Sinceramente, no estoy seguro de que mi salud vaya a deteriorarse más en la cárcel de lo que se habría deteriorado en esa situación. No me encuentro bien de salud en la prisión preventiva, es poco probable que los médicos y enfermeros locales diagnostiquen mis problemas y definitivamente no pueden ayudarme. Da miedo pensar cómo va a ser un régimen carcelario estricto.

No sé si he elegido bien, pero ahora, mientras escribo estas frases, las señales [de tortura] están desapareciendo mientras el fiscal del Estado y el Comité de Investigación no hacen nada. Las señales del pecho han desaparecido, ayer contabilizaron 33 marcas en mi pierna, seis de ellas parejas. Hoy solo distingo 27 marcas. Tal vez merecía la pena aguantar un poco más de tiempo y tratar de dejar restos biológicos míos, también antes de la tortura, pero en ese momento era difícil pensar en nada en absoluto, y en general nunca pensé que iba a ser torturado.

Hacían preguntas. Si yo no sabía la respuesta, me aplicaban descargas eléctricas; si la respuesta no coincidía con la suya [sus expectativas], me aplicaban descargas. Si intentaba pensar o expresarme, me aplicaban corrientes eléctricas. Si me olvidaba de lo que decían, me aplicaban corrientes.

No había descansos. Solo golpes y preguntas, golpes y respuestas, golpes y amenazas. “Ahora saldrás desnudo ahí fuera a congelarte de frío, ¿eso es lo que quieres?”, “Te vamos a aplicar la táser en las pelotas” –estas y otras amenazas las profería principalmente Bondarev K.A.–. El hombre con el rostro cubierto normalmente estaba atento a la posición de mi cuerpo, los gritos, me hostigaba, me agarraba por el cuello, el pescuezo, brazos y abrigo, y también me golpeaba en la espalda, pecho, nuca y -rara vez- en la cara cuando intentaba apartar la pierna colocando la espalda mirando hacia la ventana.

En comparación con las descargas eléctricas, estos golpes habituales eran flojos, los golpes en la cabeza los notaba principalmente cuando se me ponían los ojos en blanco. El repertorio de frases del hombre con el rostro cubierto era bastante limitada: “¿Por qué estás temblando? ¡Todavía no he hecho nada!”, dijo cuando yo me pegaba a la ventana, cuando “hacía sonar” el aparto de descargas junto a mi cara o mi pierna. Era muy humillante, me sentía totalmente desamparado e indefenso. Creía que si les seguía el juego, no sería doloroso, pero era doloroso en cualquier caso. De algunas preguntas ni siquiera ellos sabían la respuesta.

“¿Dónde están las armas?”

“¿Qué armas? No sé nada”, respondía yo, y me aplicaban descargas.

“Tú lo sabes todo, ¿dónde están las armas?”, presionaba Bondarev K.A..

“¡Dígamelo usted, diré lo que me diga!”, yo pedía clemencia, pero me volvían a aplicar descargas. Después de varias tandas, estas preguntas fueron cambiadas por otras de las que sí tenían la respuesta.

El hombre con el rostro cubierto me aplicó descargas en diferentes partes: esposas, cuello, pecho, entrepierna, pero el lugar más eficaz era la pierna derecha –me empujaba contra la ventana, sujetaba mi cuerpo, presionaba la táser contra mi cuerpo, apretaba el botón y lo mantenía apretado, y yo no podía mover la pierna de ninguna manera. Bondarev K.A. volvía a golpearme en la nuca de vez en cuando –en total me golpeó al menos en 10 ocasiones–.

“Ahora lo vas a repetir en orden”. Tras esa frase, había una lista de temas sobre los que tenía que informar. La lista era larga, y mientras la leían (no era Bondarev K.A., era otra voz, pensaba), la olvidaba. “Lo siento, he olvidado el principio…”, intentaba explicar, y entonces me aplicaban descargas con más intensidad. Las amenazas se repetían: la congelación, las pelotas.

“¿Por qué está con su mujer?”, preguntaba Bondarev K.A. “¡La quiero!”, grité. “¿Con quién habla?” “¡No lo sé!” “¿Se la están ******* y no lo sabes?” –algunas preguntas me impactaban y humillaban especialmente–.

“¡La contraseña! ¡La contraseña del portátil!”, [pedía] uno de los agentes. Intentaba acordarme, y por eso me aplicaron corrientes eléctricas. “Estoy intentando acordarme”, gritaba. “viktor.filinkov.***”, les dicté. “¿Todo junto? ¿En una palabra? ¡Hijo de puta, vamos a comprobarlo, si nos estás **** [mintiendo], estás *** [acabado]!”, gritó un agente del FSB. Me sentía fatal, no quería que leyeran lo que intercambiaba con mi mujer y mis amigos. Me sentía totalmente perdido y condenado, nunca me había sentido tan mal, no podía entender que toda esa gente estuviera ahí sentada infligiendo esa violencia tranquilamente.

“Oye, ¿te has cagado encima? ¿Qué es ese olor?”, preguntó alguien. Pensé que olía a quemado, había un olor fuerte y no especialmente agradable. Dirigí mi mirada hacia mi pierna, tenía unas manchas oscuras, pero no sabía de qué eran. Creía que era de las corrientes, pero sobre todo las tenía en la parte interior del muslo.

La luz verde de la táser me provocaba pánico y terror, y tuve la sensación de que el arco eléctrico entre los gruesos electrodos iluminaban el coche entero.

Arcén. Matrícula: OM 938. “Oye, ahora le lavaré con nieve”.

Cómo acabó todo, no lo recuerdo muy bien, pero me sacaron de la miniván y alguien se dio cuenta de que tenía la cara ensangrentada. El hombre con el rostro cubierto me llevó detrás del minibús –fue la primera y única vez que vi el vehículo desde atrás, anteriormente me metían y sacaban por un lado–. Miré de frente e intenté memorizar el número. Era muy difícil, la cabeza me iba a explotar, me dolía todo el cuerpo. OM 938, creo que era lo que ponía en la placa.

“Oye, ahora le lavaré con nieve. Vitya, ¿qué te ha pasado, te has dado un golpe? ¡Seguramente cuando pusimos el freno de mano!”, “¡Sí, coge su sombrero y lávale, deja esa nieve!”, decían los agentes. Alguien corrió a coger nieve de un lado de la carretera. De hecho sentí algo en la barbilla. Alguien me quitó el gorro y me lo restregó por la cara.

Había luz, tal vez la carretera estaba iluminada. Había árboles delante de mí, no pude ver si eran muy tupidos, pero se veía la luna a través de las copas. El Priora plateado estaba un poco más adelante, más cerca del arcén, paralelo a la miniván.

Yo estaba temblando, temblaba muchísimo: las manos y el cuerpo entero se me movían descontroladamente, las esposas hacían ruido. A partir de ese momento, temblaba así cada vez que estaba en la calle o en un coche frío. No estaba relacionado directamente con el frío, llevaba un abrigo grueso, y no helaba, creo. Simplemente temblaba muchísimo: antes de la tortura y después de la estancia en el centro de detención temporal no me ocurría.

Me quitaron las esposas y después me las volvieron a poner, sin apretar, por delante. Había algún problema con las esposas, no lo recuerdo con exactitud, pero los hombres con el rostro cubierto tenían sus propias esposas y se suponía que debían guardarlas. En algún momento se discutió este problema, pero después, desde el Priora, llevaba esposas unidas por dos placas. No recuerdo si anteriormente llevaba esposas unidas con una cadena.

Departamento del MVD [Ministerio de Interior]. Sangre y una chocolatina Snickers.

Volvimos al “MVD de Krasn…”, estaba sentado en un banco con mi mochila cerca. Me preguntaron si comía chocolate y qué iba a beber. Asentí y pedí agua. Todo los agentes se habían ido excepto Bondarev K.A., que empezó a escribir unos documentos. Me hizo alguna pregunta “aclaratoria”, comprobó lo que yo recordaba y me corregía si me equivocaba. Me trajeron una chocolatina Snickers SUPER y agua. La cabeza, el cuello y las piernas me dolían mucho. Me comí media Snickers, y dejé la otra mitad a mi derecha, me costaba mucho comérmela, estaba muy débil. Me costaba mucho hablar, estaba deprimido.

“¡Tiene los pantalones empapados de sangre. ¡Qué mal!”, “Oye, cómprale unos pantalones de chándal y ya está”. “¿Y si los limpiamos?” Miré con más atención. Había unas manchas marrón oscuro que realmente parecían de sangre. Alguien me tiró un trozo de tela húmedo y muy pequeño y me dijo que lo limpiara. Lo froté en los pantalones. “¿Qué estás frotando? ¡Frota las manchas grandes!”, me ordenaron. Mis tímidos intentos de quitar las manchas fueron inútiles. “Muy bien, ya se nos ocurrirá algo”, dijo un agente quitándome el trapo.

“¿Qué hora es?”

“Las 7:30”.

Bondarev K.A. se quejaba de que llevaba dos días sin dormir. “Firma esto ahora mismo o te pasarás 24 horas viajando en coche con la misma gente para que te identifiquen en otra región de Rusia. Deberías entender una cosa: ¡los funcionarios del FSB siempre se salen con la suya!, ¡En cualquier caso se hará lo que digamos!”, me amenazó Bondarev. La amenaza de ser trasladado a otra región de Rusia se volvió a repetir, y en una de las últimas versiones añadieron: “¡Y todo un día para regresar!” Al parecer no era la única persona que profería esa amenaza. Lo llamaban “un coche con especialistas”.

“¿Por qué estás así?, ¿Estás cansado?, ¿Quieres dormir? Ni siquiera se ha acabado la chocolatina”. Me dieron la otra mitad de la Snickers. Me la acabé.

Había varios papeles, ponía que era un “testimonio”. No sabía lo que era y no entendía mi situación. Lo firmé todo, incluida una declaración según la cual el testimonio “se correspondía exactamente con mis palabras”. Era la segunda vez que estaba en ese lugar e intenté mirar a mi alrededor: me parece que el edificio era de ladrillo blanco, [había] un parking interior, al menos desde un lado: una vivienda normal.

Registro. Listas de contraseñas.

Me llevaron a un registro. Los detalles para ir en coche hasta el edificio de mi casa solo los conocía Bondarev K.A. y explicó cómo aparcar. Había coches por todas partes. Los agentes del FSB se presentaron, se identificaron ante la portera y le dijeron que estaban llevando a cabo una investigación y que necesitaban testigos que no residieran allí. Ella preguntó: “¿Qué piso?”, pero ellos respondieron que era secreto. La portera llamó a algunos empleados de la limpieza y uno de los agentes se aseguró: “¿Son rusos?”, “Sí”, respondió la portera.

Sacaron las llaves de mi mochila y abrieron la puerta. Dos agentes se adelantaron: “¡Levántate!, ¡Levántate rápido!, ¡Levántate!”, se escuchó en la habitación, después se oyó el ruido de algo que caía. Stepan [el vecino de mi piso alquilado] se había caído. Los agentes sobre todo le llamaban “Bandera”, “Stepan Bandera” y en varias ocasiones le llamaron “loco” o algo así.

Había un hombre con una bolsa, de la que sacó una impresora y un portátil, y se colocó en la cocina. No recuerdo cuándo llegó. Entonces, en medio del registro, aparecieron dos agentes más, estuvieron “ocupados” con Stepan en otra habitación. Le preguntaron a Stepan todas las contraseñas de sus portátiles, smartphones y demás, y las adjuntaron, escritas en trozos de papel y con celo, a los dispositivos. Inmediatamente después de entrar, los agentes llamaron a otros hombres para pedir que fueran a recoger a Stepan.

El balcón, la habitación, el vestíbulo, la cocina. Explicaron a los testigos que tenían que seguir a los agentes y observar. Estaba claro que querían hacer un registro “limpio”. Me sorprendió que no me endilgaran nada –al parecer me habían preparado un papel secundario-. Después de todo, habría sido estúpido meterme algo en la mochila después de haber pasado todos los controles del aeropuerto. Los testigos no se movían con libertad y miraban hacia el suelo la mayor parte del tiempo. Intenté colocar la pierna de modo que las manchas de sangre de mis vaqueros fueran visibles a los allí presentes, pero creo que solo causó efecto en Stepan y se asustó aún más.

“Bien, le entregaremos una copia del protocolo”, dijo el hombre de la impresora mientras me señalaba. Había que firmar algunas listas y precintos adjuntados a la bolsa con los objetos confiscados. Después de firmar las etiquetas precintadas despidieron a los testigos. Por cierto, metieron todos los dispositivos en mi bolsa de viaje, marcados con cinta adhesiva y precintados.

Ya estábamos en la cocina, donde el hombre del portátil estaba escribiendo el protocolo de registro, cuando entraron dos hombres más. Apenas pude verlos, solo les oía. Se llevaron a “Bandera” a la habitación y empezaron a “trabajar” con él. “¿Así que te estaba diciendo algo? Bueno, es obvio, pero tienes que decir que ocurrió. Bueno, que hizo algunos comentarios improvisados en los mensajes, estaba ahí, ¿entendido?”. Estaba claro que Stepan no entendía nada, y que estaban casi gritando en la habitación. Konstantin Bondarev entró rápidamente en la habitación para tranquilizarlos y cerró la puerta porque estaba intentando construir una relación “cooperativa” conmigo y comprendía el perjuicio de intentar persuadir a mi conocido de que testificara falsamente en mi contra. Lo oí todo, pero no lo evidencié. Bondarev K.A. no comentó el comportamiento de sus colegas, tal vez pensó que no me enteraba.

Estaba sentado en una silla, pero seguía sin poder pensar. Al intentar entender la información lo comprendí: me iban a encerrar de todos modos, su “buena actitud” solo era una táctica, una distracción para evitar el empleo innecesario de amenazas.

“¿Nos llevamos también a este?”, preguntó un agente de “mi equipo” a los  colegas que se llevaban a Stepan. “Sí, de alguna forma, no acepta”, fue la respuesta.

En algún momento me “cambiaron” la ropa, no recuerdo cuándo. Primero me ordenaron que me quitara los cordones de los zapatos, después que cogiera ropa interior y un jersey, dando a entender que haría frío en el centro de detención temporal. Me ordenaron que me quitara los pantalones, alguien cogió los pantalones de chándal de Stepan de la secadora. “¡Cámbiate la camiseta también!”, fue otra orden. Me quité la usadísima camiseta azul en la que ponía Kazakhstan que llevaba para viajar y busqué otra. Encontré otra camiseta vieja de “Vintage Holiday”, que era un regalo de mi viejo amigo Boris; también metí unos calzoncillos térmicos en la bolsa y me puse un jersey de Decathlon sobre la camiseta térmica. Es mejor sudar que pasar frío, pensé.

También, en el pasillo, sacaron todo lo que había en mi cartera, metieron todo el dinero, unos 2.000 rublos, en mi mochila. Me metí esos mismos billetes en el bolsillo de atrás [de mis pantalones], que aún llevaba puestos.

El edificio del FSB. El “testimonio” y sus editores.

Estábamos en la entrada del edificio del FSB esperando los permisos. En frente de mí había un hombre sentado, vestido con un uniforme de MultiCam y el rostro oculto; junto a él había un tipo con un jersey rojo y una señora. Tenían un animado debate, pero yo no entendía nada, estaba a punto de quedarme dormido. En un momento dado, un hombre bajo, con el rostro cubierto pero sin gorro, estaba de pie frente a mí. Hablaba con los agentes, pero yo no entendía nada. Tenía el pelo grisáceo; vestía de negro, con pantalones de camuflaje oscuros casi negros. Se parecía muchísimo a uno de esos “especialistas”.

En el control, a la salida y a la entrada, los agentes lanzaban sus identificaciones en una bandeja bajo una gran ventana cubierta con un espejo, un minuto después las identificaciones regresaban en la misma bandeja. Cogimos un ascensor hasta la tercera o quinta planta y después subimos un piso más. Me llevaron a una sala que estaba al final del pasillo, dentro había un hombre.

Ocurrió algo más o menos parecido al [anterior] “testimonio”: aclarar preguntas y la solicitud de firmar los documentos, excepto en dos aspectos: la primera lista que me pusieron en la mesa decía que yo había sido testigo de tal y tal caso. Ponía un apellido: “Pchelintsev”. Pregunté dónde estaba mi abogado. El hombre sonrió con suficiencia y respondió: “¿Un abogado? Eres un testigo, se supone que no lo necesitas. ¿Pero tienes uno? Puedo llamar. ¿Me das el número?” Yo no tenía el número de ningún abogado.

“Muy bien, coge la silla y vete”, ese fue el segundo momento extraño. Nos fuimos y estuve sentado en medio del pasillo, enfrente de una puerta por la que entró el investigador con una copia de mi “testimonio”. Podía oírlos hablando de mi “testimonio” al otro lado de la puerta. Cuando se dio cuenta de que podía oírlos, el investigador se asomó a la puerta. Tal vez era una puerta doble, después no oía nada. Regresamos al despacho, me dio las seis hojas de papel que se había llevado: “Toma, lee y comprueba”, me dijo sonriendo con suficiencia. Estuve leyendo –bueno, todo era como en el “testimonio”, intentaba retener el contenido, incluso habían reimpreso una hoja en la que la palabra “constitucional” se había cambiado por “estatal”–.

En ese momento llegó Bondarev K.A., me trajo un té con azúcar (con dos cucharaditas, como había pedido). Después, ni siquiera podía refutar los términos establecidos, me dijeron que la decisión del centro de detención en el que acabaría dependía de ellos y que era mejor que colaborara. Lo firmé todo, incluido que sabía el contenido del artículo 51 de la Constitución rusa [que protege contra la autoincriminación], que no se aplicaba: si hubiera usado este derecho, los agentes del FSB habrían violado el resto de mis derechos.

El investigador sacó los papeles con mi “testimonio como testigo” de la sala varias veces. Obviamente esta historia, creada por los agentes del FSB, tenía redactores jefe que estaban supervisando que nada contradijera la línea argumental general.

La mayor parte del tiempo que pasé en el FSB estuve en la sala pequeña del investigador Alexey en el segundo piso, al principio del pasillo. Era mucho más pequeña que la [sala] del anterior investigador y del investigador Belyaev G.A. Había un sofá (en el que Bondarev K.A. me dejó echar una breve cabezada en medio del día), una mesa grande con un ordenador (que todo el mundo usaba), algunas baldas, una ventana (donde todo el mundo fumaba), una silla (en la que estaba sentado yo) y una mesa pequeña (donde, infructuosamente, intenté echarme una cabezada). El investigador Alexey dijo que le habían cancelado las vacaciones, que oficialmente él estaba fuera y que no entendía qué pasaba. También permitió que todo el mundo, incluido Bondarev K.A., usara el ordenador de su despacho, pero les advirtió de que vendría alguien pidiendo que se identificaran y entonces tendrían que marcharse todos.

Edificio del FSB. Conversaciones con agentes.

Lo que ocurrió durante las horas siguientes en el edificio de la Dirección del FSB de San Petersburgo y la región de Leningrado, que solo recuerdo parcialmente, las separaría cronológicamente en tres franjas: antes de las 19 h, desde las 19 h hasta aprox. las 23 h y después. Pero no podría situar con precisión todos los sucesos en cada intervalo de tiempo.

Antes de las 19 h hubo muchas conversaciones informales entre los agentes del FSB y entre ellos y yo. Se hablaba de arrestos, [Vyacheslav] Maltsev, [Alexey] Navalny, protestas y cosas así. Uno de los hombres que estuvo en el despacho mucho tiempo parecía joven en comparación a los demás, era un poco regordete y perezoso, y creo que formaba parte de la primera pareja de agentes que llegó al aeropuerto y que manipuló mi smartphone. Según sus propias palabras, estaba en “el coche con los especialistas”. “Yo estaba en el coche, ¿qué fue lo que gritaste sobre tu mujer?, ¿Que la quieres?, ¿En serio?, ¿Y por qué ‘krya-krya’?”. “Porque es un pato”, dije encogiéndome de hombros, ya que daba por hecho que estaban registrando mi cuenta de Telegram. Mi mujer tiene un pato como avatar y su cuenta se llama “krya krya”.

Este agente también contaba historias de cómo había atrapado nazis anteriormente. Por ejemplo, cómo atrapó a “Antitsygan”, el cual “estaba contento de que le cayeran 13 [años]” [posiblemente es una referencia al neonazi ruso Georgy Timofeyev, apodado Antitsygan, literalmente significa “antigitano”, de la banda NS/WP, sentenciado en 2012]. En un momento dado recibió una llamada, tras la cual fue a “armarse”, lo cual significaba que tenía que hacer de escolta en alguna parte. Regresó al atardecer, con una pistola pequeña (tal vez una Makarov) en una funda, con espacio para una segunda recarga, enganchada a la derecha de su cinturón. Llevaba una vestimenta práctica: jersey negro, pantalones negros de camuflaje. Cuando durante el registro vio los pantalones de camuflaje de mi mujer de la marca Splav, exclamó: “¡Lleva los mismos pantalones que yo!”. Pero él no llevaba pantalones Splav, aunque por fuera son casi idénticos.

No le entusiasmaba demasiado trabajar en mi caso: cuando Bondarev le pedía que acabara la segunda versión del “testimonio” quejándose de que era su tercer día sin dormir, a menudo contestaba: “No, estoy en el equipo, pero no entiendo bien de qué va esto”. Intentaba evitar el trabajo todo lo que podía: cuando llamaban a otros agentes por teléfono, hacía gestos diciendo que él “no estaba allí”. Es más, conseguía dormir sentado en el sofá.

También hablaba de que el TsPE (Centro para Combatir el Extremismo, Centro E) no tenía nada que hacer y metían a la gente en la cárcel por fotos con esvásticas. Inmediatamente recordé el caso de un conocido que fue amenazado con ir a la cárcel por agentes del TsPE, los cuales le mostraron una fotografía de dos tíos [poco reconocibles] y un tatuaje nazi que encontraron entre sus fotografías.

Durante el primer periodo y el principio del segundo en el edificio del FSB libraron una guerra contra los virus informáticos. La principal fuerza enemiga era un virus que era un archivo .bat (performing batch script cmd.exe) el cual no solo se autoescribía en autorun.ini, sino que además creaba un icono que parecía una papelera, y que si se activaba ocultaba todos los archivos del directorio y cambiaba sus atributos. “¿Y dónde están mis archivos?”, fue una de las frases más populares de la noche. El tipo anti-Antitsygan explicó que no se debía pulsar en la “papelera”, pero algunos agentes lo hicieron. Durante varias horas, el tipo anti-Antitsygan recuperó manualmente los archivos de sus colegas y limpió sus lápices USB. Los ordenadores del edificio no estaban conectados a una red local ni a Internet. La transferencia de documentos se hacía a través de memorias USB. Cuando consiguieron un antivirus gratuito en alguna parte, empezaron a escanear el ordenador del investigador Alexey y se detectó malware en programas informáticos, incluidos dos comandos VBS para minar bitcoins. Aparte de su participación en la tortura y su trabajo en el FSB, daba la impresión de ser un hombre inteligente y competente desde el punto de vista técnico.

“¿Has encontrado algo en sus dispositivos?”, preguntó alguien.

“He de decir que por ahora no”, contestó el hombre del smartphone (tal vez anti-Antitsygan).

A efectos de identificación me sacaron de allí y me sentaron en una silla en el pasillo, donde también me comuniqué con agentes del FSB que pasaban por allí. Les conté mi historia, muchos se compadecían, pero todos coincidían en un punto: iba a ir a la cárcel de todas formas, así que era mejor que “colaborara con la investigación”, independientemente de lo involucrado que estuviera en nada. De las conversaciones y breves discusiones con ellos se deducía la visión unilateral que tenían de muchas cosas, el hecho de que tenían “el cerebro lavado”, se percibía lo instrumentalizados que estaban, [eran] como marionetas. La relación entre los agentes era amistosa; de algún modo [eran] displicentes con los subordinados y evasivos y complacientes con los superiores en rango. La jerarquía era palpable, aunque se desconociera sus rangos exactos.

El tipo anti-Antitsygan explicó la historia de un nazi que tenía una esvástica en el pecho y que tuvo que quitarse el tatuaje para “limpiarse” porque le acosaban en un campo de  prisioneros. Los agentes estuvieron un rato hablando de los tatuajes de criminales. El tipo anti-Antitsygan trataba de encontrar un libro sobre tatuajes carcelarios con  comentarios, después llamó a un colega que le envió una versión del libro. El tipo anti-Antitsygan andaba buscando una cabra, un burro y un pentagrama. Leía en voz alta las entradas más divertidas.

“¿Has visto su tatuaje?”

“No, enséñamelo”, fue el diálogo entre el investigador Alexey y anti-Antitsygan con una petición dirigida a mí. Tenía dificultades para remangarme la pernera del pantalón por la zona de la pantorrilla. Anti-Antitsygan “salvó” la situación. “Sí, mira, le hice una foto”, y enseñó una foto de mi tatuaje en la pantalla de su smartphone. Lo más probable es que la foto se sacara en el hospital durante el examen médico.

“O-o-oh, ¿qué es eso?¿Una cabra? ¡Te has ganado una ‘estancia’ en el trullo [celda de la cárcel]!”, comentó el investigador Alexey.

“¿Y quién te va a ‘calentar’?”, preguntó Bondarev K.A. desde la sala.

“No lo sé”, contesté.

“¿Y a tu mujer?”

“Espero que no venga”, me vi forzado a decir, tratando de no pensar en que fueran a torturar a mi mujer.

“¿Qué pasa, aún no lo has entendido?”, dijo Bondarev K.A. sorprendido.

“XXX sigue libre, ¿por qué?”, dijo el nombre de una mujer.

Uno de los agentes intentó que cambiara de opinión: “Déjalo, ya se dará cuenta de todo más tarde”. Entonces citaron una lista de nombres de mujer (cinco-seis), la mayoría de los cuales oía por primera vez en mi vida.

“¿Dónde están? ¿Aún no lo has entendido? Libres, porque no somos animales”. Yo no entendía nada de lo que pasaba. “No cogemos chicas. Solo irán a la cárcel los chicos. El feminismo es bueno, pero nosotros no lo creemos así. No había ninguna orden de arrestar a las chicas. Pero se lo haremos [daño] a tu mujer incluso en Kiev, si te portas mal”, concluyó. Me asusté mucho.

El edificio del FSB. “El mismísimo General”.

Incluso antes de la guerra contra los virus llegó una noticia terrible: la primera versión de mi “testimonio” no había sido aceptada, no había satisfecho a los jefes. Bondarev se sentó ante el ordenador del investigador Alexey y empezó a teclear una nueva versión. Hasta el final estuvo quejándose de que llevaba mucho tiempo sin dormir, que no entendía ni lo que estaba escribiendo y les suplicó a sus colegas que ocuparan su lugar y revisaran lo que había escrito antes de pasárselo a los “de arriba” para su aprobación.

De hecho, tardó mucho en teclearlo, era fácil creer que Bondarev K.A. estaba cansado: entornaba los ojos todo el rato, se masajeaba los dedos, se levantaba a fumar y la velocidad a la que escribía era increíblemente lenta. Los colegas se negaron a ayudarle, pero se las apañó para convencerles de hacer algo “útil”: comprar un shawarma [kebab] hacia las 19 h.

Accedí a comerme el shawarma –era mi segunda comida del día– y pedí agua otra vez. Cuando regresaron, los agentes se dieron cuenta de que les habían engañado en la cafetería, que se llamaba “Siete tipos de shawarma”: les habían dado cinco shawarmas en vez de seis. En lo que respecta a las bebidas, trajeron agua para mí y varias botellas kvas “Stepan” (tal vez Razin).

En un momento dado empezaron a decir que “nosotros” estábamos esperando a un abogado. Como se vio después, habíamos estado esperando a un abogado de oficio para mí. Cuando quedaba poco para que llegara me explicaron que no debía intentar hacer nada. Me motivaron de la forma clásica: la posibilidad de elegir un centro de detención con presos infectados de tuberculosis estaba en sus manos. También durante el día reiteraron las amenazas de dar una vuelta en “un coche con especialistas” si no obedecía. Al darme cuenta de que eso significaba varios días más sin dormir, en un coche con criminales que hacían turnos sin darme un descanso, obedecí. También me amenazaron con dejarme sin agua. “Allí no habrá agua. ¿Cuánto tiempo puede sobrevivir un ser humano sin agua?”

Apenas había conversaciones en torno a la tortura en el edificio del FSB. Mis intentos de exponer que la tortura es inhumana, que había firmado esos papeles porque no tenía elección, pues no quería que me torturaran otra vez, eran rápidamente atajados. “¿Torturado?, ¡Te golpeaste en el coche por accidente!, ¿Entendido?” Y Bondarev K.A. no era el único que lo hacía. Cuando me di cuenta de que todos estaban en el ajo, me dio miedo seguir hablando de violencia durante esa noche. Estaba completamente roto.

Llegó alguien: se referían a él como “el mismísimo general”. Un hombre viejo y delgado, su ropa parecía un uniforme militar pero, al parecer, solo era un mero traje formal. Dentro, después del, solo vi gente vestida de paisano. “El general”, por lo que recuerdo, también preguntó por qué llevaba tanto tiempo allí mientras ladeaba la cabeza hacia mí. Contestaron que estaban esperando a un abogado.

Era obvio que el “general” efectivamente tenía un rango alto y también podía aprobar mi testimonio. “¿Por qué está XXX allí cuando el mismísimo general había venido?”. No era hablador, no recuerdo su voz ni el propósito de su visita. Estuvo sentado un rato en el rincón entre la pared y el sofá y después se fue.

“¡Bueno, que por lo menos Genka lea lo que he escrito!, ¡No puedo pensar más!, ¡Creo que esto no tiene ningún sentido!”, Bondarev K.A. desistió, se levantó de delante del ordenador y abandonó la sala. Un rato después entró un hombre y se sentó delante del ordenador. Casi inmediatamente empezó a teclear algo. “¿Cómo descubriste a YYY?”, preguntó el hombre frente al ordenador. “De Internet, lo saqué de Wikipedia”, contesté con lentitud. “¿Estás troleando?, ¿Tienes alguna indicación en alguna parte para trolear agentes?”, oí desde el sofá (tal vez era el tipo anti-Antitsygan).

“¿Qué tal está? No tiene sentido, ¿verdad? Llevo 72 horas sin dormir”, oí que Bondarev K.A. le gritaba a “Genka” desde el pasillo. El hombre que estaba frente al ordenador respondió algo mientras seguía tecleando concentrado.

En ese momento apenas tenía sueño, tenía la sensación de que estaba en el cuerpo de otra persona y de que todo lo que ocurría era irreal.

Me hicieron unas cuantas preguntas más esclarecedoras: eran las mismas preguntas para comprobar que me había aprendido la información que Bondarev K.A. había pedido. En general eran las que estaban relacionadas con las cuestiones que había tenido que inventarme durante la tortura cuando no se creían que no conocía a alguien o algo. Era difícil mantener la coherencia de esas historias: no recordaba lo que había respondido y a veces no sabía si me lo había inventado yo o los agentes.

Imprimieron la segunda versión del “testimonio” y me pidieron que la firmara, a fin de cuentas no sé qué ponía. Sorprendentemente, había muchos papeles. Después “Genka” insertó un lápiz USB, hizo algo y se lo llevó. En varias ocasiones más se me dijo que todo iría bien, si colaboraba.

El término “gorro” con el significado de algo malo era popular entre los agentes: “Hizo un gorro, eso es un gorro”.

Estando a solas con el investigador Alexey me dijo que se podía confiar en las promesas de los agentes: “¡Porque los funcionarios del FSB siempre cumplen sus promesas!, ¡Siempre!, ¿Entendido?” Ya era la segunda vez que oía la frase “los funcionarios del FSB siempre” ese día; la frase estaba en mi cabeza, a menudo seguida de “emplean la tortura”. Concluí que ni siquiera los nazis merecían ser torturados. En general, infringir la ley y sentirse orgulloso de protegerla a la vez, es absurdo.

El edificio del FSB. Interrogatorio.

No recuerdo cómo llegué al despacho del investigador. Estaba sentado en la mesa frente a él. “Belyaev Gennady A.”, el investigador se presentó. Era el hombre que acababa de terminar mi “testimonio”. “Ahora vamos a formalizar tu arresto, después te registrarán, después podrás hablar con un abogado antes del interrogatorio”, continuó diciendo. Llegó un abogado de oficio, los testigos, el investigador me registró, obviamente yo no tenía nada encima. El abogado comentó que el registro no era necesario, a lo que Belyaev replicó que acababa de regresar de sus vacaciones y que aún no entendía qué ocurría, y además explicó la historia de que, después de un arresto, encontraron hierba en un sospechoso en el centro de detención temporal y que se cuestionó la calidad del registro que había realizado.

Cuando me preguntaron si estaba de acuerdo con mi arresto y si reconocía mi culpabilidad, respondí negativamente. ”¿No?, ¿Seguro?”, repitió el investigador dos veces. Confirmé que no me consideraba culpable, que no había infringido ninguna ley y que no sabía nada de ninguna preparación ni comisión de ningún delito. Oficialmente me detuvieron el 24 de enero a las 23:30, 28 horas después del momento en que me quitaron mi smartphone.

“Bien, aquí, podéis hablar en el rincón de la ventana”, Belyaev G.A. señaló el lugar para mantener “una reunión confidencial con un abogado, sin límite de tiempo”. Cerró la sala y salió al pasillo. Yo solo tenía una pregunta para el abogado de oficio: “¿Qué hay que hacer?”. “Sinceramente, no entiendo por qué estás aquí…”, respondió.

Le expliqué brevemente el tipo de artículo que trataban de aplicarme, que la pena de cárcel era de cinco a diez años de régimen penitenciario estricto, el tipo de documentos que ya había firmado y que yo no había hecho nada. “Bueno, está claro qué es lo que quieren, pero te impondrán prisión provisional por primera vez…” Cuando oí eso comprendí que el abogado de oficio no tenía ni idea de dónde estaba ni de lo que pasaba. Tuve que interrumpirle: “¡No existe la libertad condicional para el [Artículo] 205 (‘Acto terrorista’)!”. Mi absoluta falta de confianza en los moradores del edificio ahora también incluía al abogado de oficio. No le conté nada de la tortura porque había perdido cualquier esperanza de recibir ayuda. El abogado de oficio me decía que la investigación lo aclararía todo y que era necesario colaborar con la misma.

“¿Han acabado?”, preguntó Belyaev G.A. mientras abría la puerta del despacho. Entramos. El abogado de oficio preguntó a qué centro de detención me iban a enviar. “Primero al centro de detención preventiva y mañana al juzgado. Puede ser el Centro de Detención Preventiva No.3 [SIZO-3], el Centro de Detención Preventiva No.4 [SIZO-4] o Kresty-2”, respondió Belyaev G.A. mirándome. “Depende de diferentes factores, de lo llenos que estén, ya veremos dónde”.

“¿Entonces vamos a colaborar?”, me preguntó.

“Sí”, contesté.

“¿Reconoces tu culpabilidad?”

“Sí”, respondí privado de cualquier opción y esperanza.

“Bien, entonces redactaré el interrogatorio a partir del testimonio…”

Hubo preguntas otra vez, el abogado decía cosas sin sentido. El investigador mostraba interés en los detalles de mis “historias”. Al igual que durante la redacción del “testimonio”, no hubo comprobaciones relacionadas con los temas de los que me enteré en la miniván. El abogado de oficio pidió “dejar espacio para los [procedimientos] previos al juicio” y que no se hicieran muchas preguntas.

“Hmm, de hecho, no existe la libertad provisional para el Artículo 205. Es la primera vez que me encuentro con un artículo así en mi profesión”, dijo el abogado de oficio. Estaba sentado en el sofá mirando un smartphone. Volvió a la mesa cuando el investigador por fin acabó de escribir el “interrogatorio” y había que firmarlo. Eché un vistazo a las páginas, las firmé y se las di al abogado. Al acabar el interrogatorio, el investigador Belyaev G.A. dijo: “Informaré al consulado [de Kazajistán]”. Obviamente el consulado no recibió ninguna información, como se vio después.

Tras el interrogatorio le pedí al abogado que se pusiera en contacto con mi mujer y le dijera lo que había ocurrido y dónde me encontraba. “Muy bien, pero si la investigación se entera, puede socavar los [procedimientos] previos al juicio, si afecta a la investigación”, dijo.

Centro de detención temporal

Me condujeron a pie hasta el centro de detención temporal. Durante el examen vino un médico, se quedó de pie a dos metros de mí y no se acercó. Me preguntó por la barbilla y le dije que me había dado un golpe.

“¿Y las manchas?”, prosiguió.

Miré a los agentes y ellos a mí.

“No lo sé…”, contesté.

“¿Le duelen?”

“No”.

Después hizo otra pregunta y en ese momento los agentes cogieron el papel del hospital y se lo dieron al médico.

“¿Qué es esto?”, preguntó.

“Bueno, que está sano”, explicaron. “Le examinaron el día 24”. Alguien le dijo, sonriendo con suficiencia, que el 24 de enero a las 00:30 era hacía poco (supongo que fue la madrugada del 25 de enero), cuando en realidad había pasado un día entero.

La celda estaba a oscuras e [ilegible]. Mi vecino me preguntó: “¿Primera o segunda vez?”. Se presentó, pero no recuerdo su nombre. Le pregunté por qué estaba allí y citó el artículo: “Ciento… y cinco”, no lo recuerdo bien. “Apuñalado. Con un cuchillo”, explicó. Me tumbé y cerré los ojos.

“¡Arriba!”, me enteré de que era por la mañana. Volví a cerrar los ojos y los abrí por el ruido: se llevaban a mi vecino. La tercera vez –estaba en otra parte-. “¡Basura!”, ordenó un hombre uniformado. Yo no tenía nada de basura, no tenía nada de nada, así que contesté que no tenía basura. “¿Seguro? ¡Toda la basura, incluso la basura que no es tuya!”, ordenó. Recogí un par de colillas, unos calcetines y lo metí todo en una bolsa. ¿Había dormido algo? No entendía nada.

Juicio. “¡Esto no es un burdel”. Centro de detención preventiva.

Me llevaron al juzgado. Algunas caras me resultaban familiares, además conocía a todos los que me escoltaban. En el coche, en ambas ocasiones (hacia y desde el juzgado), trataban de comentar conmigo, de forma informal, varios temas inconexos. Yo seguía deprimido y apenas hablaba, eran los agentes los que hablaban. Estuvimos un rato frente a la sala del tribunal, después me pusieron en una jaula y empezó el juicio.

“…Durante el interrogatorio… las sospechas de la investigación aceptadas … no hay vínculos moderados … tiene ingresos… sobornar a testigos… arresto”, farfullaba el investigador.

La juez me preguntó si estaba de acuerdo con la investigación. Respondí que no sabía qué decir. “¿Lo deja a criterio del tribunal?”, preguntó. “Sí”, respondí. El abogado repitió: “A criterio del tribunal”.

El abogado de oficio se acercó a mí unos minutos después y dijo: “Muy bien, me voy”, y se marchó del juzgado.

La juez, mientras se marchaba, dijo que se iba durante 40 minutos. En un momento dado me tumbé en el banco de la jaula. El investigador Belyaev G.A. se acercó y dijo que no estábamos en un burdel y que no podía tumbarme ahí. Después me hizo algunas preguntas sobre mi relación con mi mujer y si podría identificarla.

La juez leyó la decisión en alto, después se fue a una sala y regresó con ropa de paisano. “¡Si se remiten al informe [de Bondarev K.A.] , tiene que depositarlo en el juzgado!”. Los agentes del FSB replicaron que “nunca era necesario llevar nada y nunca pasaba nada”. En la decisión del tribunal constaba por escrito que el tribunal estudiaba la información sobre el caso y que entre ella se encontraba el informe del funcionario superior de la Dirección del FSB de San Petersburgo y la región de Leningrado, Bondarev K.A., relativo al hallazgo de las pistas de un delito.

En el Centro de Detención Preventiva Núm. 3 [SIZO-3], los agentes me dijeron que me quitara los zapatos y la ropa antes de que llegara el médico. “Bueno, parece que solo es en la cara”, dijo el personal del centro de detención al médico. De nuevo dije que me había golpeado por accidente. Hicieron varias preguntas diagnósticas, mencioné que tenía psoriasis. Los agentes se fueron y yo me quedé esperando. Llegó un médico y me volvió a hacer preguntas, mencionó que podía pedirle ayuda con la soriasis. No le comenté nada acerca de las torturas porque los agentes del FSB seguían en la sala de al lado –además, es posible que hubieran conspirado con el [personal del] centro de detención –.

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Este artículo se publicó en inglés en  Political Critique.

Traducción de Paloma Farré.

AUTOR
Viktor Filinkov

ctxt.es/es/20180509/Politica/19433/Rusia-torturas-viktor-filinkov-antifascismo-FSB-servicios-secretos.htm

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