Rousseau: Libertad, Igualdad, Fraternidad

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Se han cumplido trescientos años del nacimiento de Jean Jacobo Rousseau (Ginebra, 1712-Ermenonville, 1778), que hasta como quien dice hace dos días, seguía prohibido en el Reino de la Españas, te advertían contra él desde los púlpitos, y su obra había que buscarla rastreando por el mercado de las pulgas. Leerlo era, saber quién era y qué dijo era, aparte de una necesidad cultural primordial, un desafío a las autoridades. Editado con cuenta gotas, su nombre más que sus libros (la inquisición no entendía de tanto detalle), persistía en la prohibición, ligado al de Voltaire como si de una pareja satánica se tratara. Es verdad que estas cosas hoy invitan a la broma pero no me hubiera gustado estar en la piel de alguien al que la Falange y otros comparsas, hubieran encontrado un libro en sus estanterías allá por 1936. Seguro que más de uino de los que todavía yacen en las cunetas, está allí porque en su casa encontraron un ejemplar suyo. No lo digo por decir, recuerdo que en una de las habitaciones ocultas del cuartel de Sanidad de Ceuta en la que –después de ponerse a hacer de detective con uniforme patrio-, su nombre era uno de los que se amontonaban en medio de la montaña de volúmenes requisado a un ateneo o a una Casa del pueblo, y suerte que no lo quemaron.

Que estaba claro que la España de Franco no necesitaba de su lectura lo pude comprobar en aquellos meses de secuestro militar. Fue de la mano de inflamante  teniente que presumía de haber estado entre los primeros de su academia, y al que les dio por ofrecernos unas “clases de teórica” en las que el análisis del género humano –nada menos-, se reducía a dos concepciones. La de hobbes que aseguraba que el hombre era malo por naturaleza, y la de Jean Jacobo Rousseau (que, por el contrario, decía era bueno por naturaleza pero que luego la sociedad lo echaba a perder. “Mi teniente” no tenía problema, él se quedaba en medio porque había conocido tanto una cosa como otra, toda una señora reflexión que, por lo menos permitió a los más atrevidos una buena dosis de “cachondeo”, eso sí, bien regado que era casi la única manera de soportar aquella atmósfera hobbesiana en la que el mejor de los mandos había demostrado que era un cretino integral. 

Es bastante posible que el pensador ginebrino fuese tan mal visto por los ultramontano por la extraordinaria amplitud de sus muchos saberes. Jean Jacobo Rousseau da para mucho. Esto resulta evidente disfrutando con la lectura de sus Meditaciones del paseante solitario, reeditadas en una nueva traducción de Menene Gras en 1975 para la colección  Maldoror., de la barcelonesa Labor, especializada en obras “malditas”, y que está catalogada entre las autobiografías más logradas de todas las escritas. Hay pues muchos personajes en un solo,  Rousseau fue multiforme, se oculta tras la búsqueda de sí mismo aunque, al final del recorrido, no podemos dejar de adivi­nar algunas notas de ese bajo continuo que suponía­mos al comienzo. Lo que jamás falta es aquello que pueda unir al individuo a su sociedad: las leyes, las lenguas, las melodías, los dioses, las instituciones, y, cómo no, las soledades.

En ese inciden los trabajos publicados durante estos días, en que su obra continúa interesando,  sigue viva, inagotable; desafiando las clasificaciones de su obra. Se discute ásperamente sobre su influencia en la historia. Se le ha tratado de ilustrado y de oscurantista, de individualista y colectivista, defensor de la propiedad privada e igualitario, predecesor de Marx (el brillante marxista italiano Galvano Della Volpe dedicó una magnífica obra para resaltar la filiación,  Rousseau y Marx, editada por Martínez Roca, Barcelona, 1974))y teórico liberal, pensador anclado en el pasado y predecesor del Romanticismo, padre del jacobinismo y padre de la Democracia moderna,  antecesor del Psicoanálisis, precursor del nacionalismo moderno. En cuanto a los odios, después de la Iglesia de Trento está el neoliberalismo que lo ha etiquetado de precursor de “totalitarismo”, quizás sea porque, aparte de la influenciar el marxismo,  El contrato social se convirtió en libro de cabecera de Fidel Castro  después de haber sido el legado de Simón Bolívar a la universidad de Caracas. Un detalle: en 1936, el antiguo dirigente del PCE, José Bullejos, por entonces componente del sector de Largo Caballero en el PSOE, y según escuché en medios poumistas, en el POUM no le dejaron ingresar por viejas historias…Pues bien, Bullejos tradujo y prologó una edición de varias obras de Jean Jacobo Rousseau como El contrato social, las Meditaciones, y Cartas escogidas,

Lo cierto es que fue uno de los máximos representantes de la Ilustración, un punto de partida cuestionado por el egoísmo propietario que nos ahoga. Muerto apenas una década antes de la toma de la Bastilla, en su obra se inscribían las divisas de libertad, igualdad y fraternidad que  planteó la Revolución francesa.

Proveniente de una familia aristocrática venida a menos, de formación bastante autodidacta, Rousseau llevó a cabo una vida azarosa y difícil. Entre otras cosas fue relojero, luego músico, poeta, viajero, filósofo, pedagogo y trata­dista político, etnólogo, economista, etcétera. Por cierto, fue uno de los colaboradores de L’Enciclopedie, la misma que los abuelos de nuestra derecha también querían quemar…

La clave de las ideas sociales de Rousseau se hallan so­bre todo en su discurso sobre El origen de la desigualdad entre los hombres (1754; en mi biblioteca está la editada por Castellote, Madrid, 1972, con un estudio preliminar del propio editor), en la que dictamina que sí la so­ciedad es mala, el problema radica en la desigualdad. Rous­seau no es, como se ha dicho, el defensor del hombre pri­mitivo, natural y no contaminado por la sociedad. Lo que hace es tomar la referencia de éste para hacer una valora­ción crítica del progreso que entonces era plenamente exal­tado.

Para Jean Jacobo, el estado de naturaleza no es más que una hi­pótesis de trabajo para demostrar lo que es el hombre en una economía natural. Mientras que los humanos se dedi­caron a realizar obras sin buscar beneficios fueron felices, el drama empieza cuando el “primero que, cercando un terre­no, se atrevió a decir esto es mío, y encontró gente lo sufi­cientemente simple como para creerle”, formando con ello la sociedad civil. Esto representó un primer paso de progreso, pero este progreso conllevaba la decadencia: “Desde el ins­tante en que un hombre tuvo necesidad de otro, desde que se dieron cuenta que era útil para uno solo tener las provi­siones que corresponde a dos, la igualdad desapareció, se introdujo la propiedad, el trabajo se hizo necesario y los amplios bosques se convirtieron en feroces campos que ha­bía que regar con sudor humano, y en los cuales pronto se vio germinar y crecer junto con las cosechas la esclavitud y la miseria…”.

Su obra se refiere constantemente al problema de la desigualdad, a la división de la sociedad entre ricos y pobres, á la miseria moral derivada de la injusticia que esto supo­ne. Pero la juzga como una tendencia inexorable y enco­mienda al Estado democrático el papel de neutralizar esta tendencia, a la manera socialdemócrata quiere aproximar “los grados extremos tanto como sea posible; no toleréis, dice, gentes opulentas ni pedigüeños”. Define en algunas de sus obras una utopía social pequeñoburguesa, aplicable a un mundo en el que, estando ya cohesionado por algún víncu­lo de origen, de interés o de compromiso, no ha conocido aún el yugo de las leyes; aquél que no tiene ni costumbres, ni supersticiones bien arraigadas…; aquél en que cada uno de sus miembros puede ser conocido por todos y donde no es necesario imponer a un hombre una carga excesiva para cualquiera; aquél “que puede prescindir de otros pueblos y del que otros pueblos pueden prescindir; aquél que no es ni rico ni pobre y se basta a sí mismo; en fin, aquél que une la consistencia de un pueblo antiguo a la docilidad de un pueblo nuevo”.

Su rechazo del presente que le tocó vivir fue radical. Le lleva a soñar una utopía individualista que describe en La nueva Eloísa (1761), donde nadie manda ni obedece” y se realiza la “condición natural del hombre que es cultivar la tierra y vivir de sus frutos”. El camino es la corrección de la na­turaleza porque “así es como un hombre desarrolla todas sus potencialidades, y cómo la obra de la naturaleza se com­plementa en él mediante la educación”.

Quiere favorecer la agricultura, hacer desaparecer tanto el lujo como la
indigencia, instaurar un estado social en el que los siervos puedan llegar a °
ser libres y donde los burgueses puedan llegar a ser nobles. Rousseau no piensa en absoluto en instaurar una sociedad rigurosamente igualitaria, pero quiere corregir la injusticia y reducir la distancia que separa a los más pobres de los más ricos; «¿Queréis   dar   consistencia   al  Estado? —escribe en el Contrato social-: Acercad los grados extremos tanto como sea posible; no permitáis ni gentes opulentas ni mendigos…Ambos estados, naturalmente inseparables, son ¡ mente funestos para el bien común; de uno proceden los instigadores    i tiranía, y del otro, los tiranos; son siempre ambos quienes comercian la libertad pública: unos la compran y otros la venden».

Este texto señala una vía media, pero Rousseau sabe perfectamente resulta muy difícil atenerse a ella. No ignora que la igualdad es precaria que está siempre amenazada. Pero cuenta con el legislador para emprender contra la «fuerza de las cosas» (esa fuerza de las cosas de la que hablar Saint-Just) una lucha comparable a la de Sísifo:  «Precisamente porque la fuerza de las cosas tiende siempre a destruir la igualdad, la fuerza de la legislación debe siempre tender a mantenerla».

Las ideas de Rousseau están inspiradas, por tanto, en la preocupación por la «movilidad social» y en la aversión que le inspiran las situaciones extremas: opulencia e indigencia. Hay en Rousseau dos concepciones de la libertad, de la igualdad, de la religión, de la felicidad: felicidad del «paseante solitario», felicidad en una multitud unánime: «¿Existe un placer más agradable que el de ver a un pueblo entero entregarse a la alegría en un día de fiesta?». La naturaleza, la nación: del primer Discours al Gouvernement de Pologne, la obra de Rousseau oscila de un tema a otro. Por eso algunos críticos califican a Rousseau de puro individualista, mientras otros le presentan como un lejano antepasado del totalitarismo.  En realidad, Rousseau es un hombre que aspira a la unidad, Elegir el Estado no es elegir contra la naturaleza. La voluntad general es la naturaleza recobrada. El hombre no se reconciliará con los otros y consigo mismo más que a través de la reforma de la vida política.  El individuo sólo puede conseguir la paz y la felicidad, o en la soledad   o en el Estado perfecto. Ahora bien, ninguna de las dos soluciónese son posibles. «La teoría política de Rousseau es, y él sabe que lo, irrealizable” (Eric Weil)

Rousseau se opone radicalmente a la sociedad tal y como es, pero no quiere ni volver hacia atrás, ni proceder a un cambio brutal,  ni proceder a un arreglo de detalle. No es ni reaccionario, ni revolucionario, ni reformista; y es infinitamente probable que hubiera detestado el régimen de la Convención, cuya paternidad tan a menudo se le atribuye. «Rousseau —concluye Eric Weil— continúa siendo así el súbdito rebelde. Y porque quiso ser siempre rebelde, todos los Y porque quiso ser siempre rebelde, todos los  revolucionarios  todos reformadores han podido estar convencidos de que marchaban tras su bandera”.

están inspiradas, por tanto, en la preocupación por la «movilidad social» y en la aversión que le inspiran las situaciones extremas: opulencia e indigencia. Hay en Rousseau dos concepciones de la libertad, de la igualdad, de la religión, de la felicidad: felicidad del «paseante solitario», felicidad en una multitud unánime: «¿Existe un placer más agradable que el de ver a un pueblo entero entregarse a la alegría en un día de fiesta?». La naturaleza, la nación: del primer Discours al Gouvernement de Pologne, la obra de Rousseau oscila de un tema a otro. Por eso algunos críticos califican a Rousseau de puro individualista, mientras otros le presentan como un lejano antepasado del totalitarismo.  En realidad, Rousseau es un hombre que aspira a la unidad, Elegir el Estado no es elegir contra la naturaleza. La voluntad general es la naturaleza recobrada. El hombre no se reconciliará con los otros y consigo mismo más que a través de la reforma de la vida política.            El individuo sólo puede conseguir la paz y la felicidad, o en la soledad   o en el Estado perfecto. Ahora bien, ninguna de las dos soluciónese son posibles. «La teoría política de Rousseau es, y él sabe que lo, irrealizable” (Eric Weil)

Rousseau se opone radicalmente a la sociedad tal y como es, pero no quiere ni volver hacia atrás, ni proceder a un cambio brutal,  ni proceder a un arreglo de detalle. No es ni reaccionario, ni revolucionario, ni reformista; y es infinitamente probable que hubiera detestado el régimen de la Convención, cuya paternidad tan a menudo se le atribuye. «Rousseau —concluye Eric Weil— continúa siendo así el súbdito rebelde. Y porque quiso ser siempre rebelde, todos los Y porque quiso ser siempre rebelde, todos los  revolucionarios  todos reformadores han podido estar convencidos de que marchaban tras su bandera”.

Pero más allá de los matices y contradicciones, es evidente que las ideas de Rousseau fueron aborrecidas por el Vaticano, y despreciada por los fascistas hasta llegar a las dictaduras militares más recientes, algunas de las cuales –como la argentina- llegaron hasta el extremo de querer prohibir a Platón. Y en ello tuvo no poco ver una capacidad envidiable, la de saber llegar  a los lectores: “No escribo –dijo- para los filósofos, escribo para los de la calle, el zapatero, el maestro de escuela, la mujer de casa, el estudiante”.