Rosa de Fuego

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Por Jordi Galves

Otra vez la Rosa de Fuego, la que brilla más en la oscuridad. De nuevo, el fuego primitivo que asusta a los respetables en mitad de la noche y les roba el descanso. Ardían muchas hogueras en mitad de calles de ciudades, de carreteras, ayer se quemó de todo, pero especialmente la basura que nuestra sociedad opulenta discrimina entre orgánica, envases y cartón. El plástico, los neumáticos, las tablillas, e incluso la leña y las velas eran buenas para que creciera un fuego. Para exigir un nuevo fuego. Ayer se incendió Lleida y se iluminó el bronce de Indíbil y Mandonio, también Tarragona, haciendo restallar los colores de la Rambla Nova, hubo también muchas más llamas en Girona, en Sabadell, en Tortosa, Vic, en Mataró, en Igualada, en Puigcerdà, en muchos otros lugares que me dejo. Y, sobre todo, en Barcelona, la ciudad de postal volvió a humear como un volcán que, de golpe, se sacude de encima la pereza, se sobresalta como un animal miedoso, que no sabe qué hacer ni a dónde ir. El fuego, el fuego de la alarma, apareció de repente en las calles que serán siempre nuestras. El fuego irracional que todo se lo come, desafiante, estaba incluso en la calle más prohibitiva del Monopoly, en el Passeig de Gràcia, el de las casas de Gaudí, la Bolsa, los grandes hoteles, las mejores tiendas, el que te lleva también al laberinto de la antigua villa republicana y revolucionaria de Gràcia. Ayer la capital de Catalunya volvió a comprobar el poder del fuego. Pero sobre todo el otro, el más peligroso que hay, el ardor, la llama de una juventud que no se resigna, que cuando puede chisporrotea, que arde cuando quiere, que no entiende de leyes ni de convenciones, que habla de política como si fuera fútbol. Son los jóvenes que no quieren que los dejen de lado y ser protagonistas de la revuelta, como siempre hacen los jóvenes. El gran incendio de ayer fue el mismo que estalló en el aeropuerto el día anterior. La queramos ver o no está aquí, la juventud disconforme, sublevada, encendida, en todas partes, simultáneamente, como un fuego vivo. Era el fuego.

Ayer, el oficial que mandaba el pelotón de soldados gritó fuego, fuego. Y el cuerpo del presidente legítimo, de Lluís Companys, cayó al suelo. Con un revólver lo remató, por si acaso. Fue como si lo hubieran vuelto a liquidar una vez más en Montjuïc, ayer fue el aniversario del fusilamiento que la legalidad española no quiere condenar. Sin duda, un buen día, una excelente efeméride para que la editorial Planeta montara una fiesta y diera su gran premio a Javier Cercas, el escritor que representa lo peor del servilismo catalán, el enaltecimiento más desvergonzado del franquismo sociológico que continúa gobernándonos. En el mismito Montjuïc. Barcelona ayer humeaba y hubo quien lo juzgó intolerable, criminal. Olvidando todas las veces que se ha bombardeado a la ciudad discrepante, cuando los diferentes césares han quemado nuestra Barcelona, con la misma crueldad con la que Nerón incendió Roma para divertirse.

“Si acusan al independentismo de violento, cuando no lo es, ¿qué diferencia hay entre violencia y no violencia, a ver?”. Caminando caminando, haciéndome el distraído, terminé hablando con uno de esos jóvenes CDR que conozco de vista y, la verdad, no me atreví a contradecirle. Aún gracias que quisiera charlar y no obligarme a buscarle combustible para la falla que tenía plantada allí delante. Se cubrió media cara con un pañuelo y yo me metí las manos entumecidas en los bolsillos. “Si todo es violencia, al final nada es violencia”. “Caray. ¿Estudias filosofía o qué?” le dije. Visto y no visto. Desapareció de repente, en una carrerilla, y resguardándome en un portal, miré por dónde podría venir la policía y, sobre todo, por dónde podría largarme. Entonces me fijé mejor, y me di cuenta de que había terminado delante del hotel Majestic, ese hotel donde José María Aznar y Jordi Pujol habían sellado sus pactos. Quizás aquel chico no había ni nacido aún, mirad qué os digo. El hotel me pareció lastimoso, de otra época, iluminado por las llamas.

 

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