Roberto Calasso, explorador de mitos

El escritor y editor italiano no cesa en la búsqueda de los orígenes y sus relatos

«Las obras de Calasso están destinadas a no morir» (Leonardo Sciascia)

«Calasso está como en su propia casa en medio e todos los libros, de todas las culturas, de todos los mitos: su extraordinaria cultura no deja de asombrarnos. Por eso está en mejores condiciones que nadie para narrarnos las metamorfosis del siglo XXI» (Pietro Citati)

El escritor y editor italiano, fundador de la editorial Adelphi es, junto a Giulio Einaudi y Giangiacomo Feltrinelli, uno de los editores de más peso después de la guerra. Su labor en dicha editorial hizo conocer en su país la literatura mitteleuropea, además de publicar ediciones críticas de Nietzsche, Giorgio Colli, entre otros. Lector por devoción y por obligación, es un escritor del conjunto a los que se ha de dar de comer aparte; escritor fuera de las habituales clasificaciones y géneros, reivindicando la mezcla de ellos, diciendo que no sabe exactamente en qué género escribe, cosa que no le preocupa de ninguna de las maneras. Entre sus obras pueden citarse Ka, Las ruinas de Kash -cuyos temas según las palabras de Ítalo Calvino son : Tayllerand y todo el resto-. Los rastreos guiándose por las narraciones del Talmud de Los cuarenta y nueve escalones, o por los mitos y leyendas griegos en su Las bodas de Cadmo y Harmonia, y muchas travesías más, por autores como Baudelaire o Kafka. Con lo nombrado basta para ver como su obras se sitúan en la encrucijada de las fábulas, del ensayo y de la antropología. Un complejo laberinto en los que el mestizaje y los hilos de Ariadna atraerán a quien se acerque a sus libros, cuya vocación filosófica se plasma en literatura de altura.

En la presente ocasión sigue su erudito rastreo, en «El Cazador de Celeste», publicado por Anagrama, y la travesía se extiende por diferentes lares que van de la India védica, a Egipto, a la Grecia clásica sobre todo, a los cazadores paleolíticos, en un entrelazamientos en el que los animales sirven de modelo a los humanos y representación de lo divino, llegando hasta la máquina de Turing; de la relación humana/divina se había centrado en unas conferencias pronunciadas en 2000, recogidas bajo el título de La literatura y los dioses. Lazos entre la poesía, y el impulso al infinito que anida en los humanos, que se presentan bajo formas de diferentes cosmogonías que tratan de expresar la génesis y el desarrollo de la cultura, del surgimiento de los humanos, y en la que este cazador de mitos, halla coincidencias y puntos comunes, llamando la atención sobre las palmarias coincidencias que se dan en los diferentes mitos y leyendas, de diferentes culturas, a la hora de tratar de los cazadores; el Homo que se inició en la caza siguiendo el modelo de las hienas, primero imitando ciertos movimientos y posturas, a la vez que evitando el peligro de los predadores, proceso de metamorfosis que duró millares de años en un estado de incertidumbre en el que los hombres no sabían si los otros seres con los que topaban eran dioses, demonios, o representaciones divinas, tal estado de límites borrosos lo describía María Zambrano en su El hombre y lo divino (FCE, 1955): «la relación de lo divino y lo humano […] tal vez pudiéramos caracterizarla hablando de un delirio de persecución o, como ha hecho alguien en nuestro días, de un lebrel divino que corre tras el hombre, ávido de alcanzarlo», y…Eleusis, Sirio y Orión, dejando entre los dos últimos un hueco al Cazador Celeste que queda representado en el cielo, y Zeus, y sabios, depredadores y héroes aparecen en este libro que, siguiendo la marca de la casa del escritor italiano, se despliega en diferentes direcciones horizontales y también verticales, que enlazan con escritores, filósofos y científicos de ayer y de hoy en una simbiosis que no cruje de ninguna de las maneras ya que la capacidad narrativa del escritor nos acerca a todo ello dándonos la sensación de penetrar en los pagos de lo más imaginativo de la literatura fantástica, con unas tonalidades líricas de una elegancia que para sí quisieran muchos poetas. No están muy lejos las interpretaciones con respecto a lo sagrado y lo divino del italiano con la explicación de Rudolf Otto en su Lo santo, lo racional y lo irracional en la idea de Dios (Alianza, 1985). Si los relatos míticos dan cuenta de las creencias de la época, en el caso de los griegos, la cosa no estaba tan clara para algunos especialistas en la época clásica, y así Paul Veyne se preguntaba si los griegos creían realmente en sus dioses, para coincidir en la respuestas con Marcel Detienne en mantener que sí, pero con cierta distancia, con moderación.

No cabe duda de que la lectura de este, como de los otros libros de Roberto Calasso, exigen paciencia y atención, más si en cuenta se tiene que los desplazamientos geográficos y los saltos temporales pueden descolocar a quien no siga al guía con cercana atención, en el dédalo de espejos y metamorfosis. Las reflexiones no cesan sobre el poder de las historias y la potencia del lenguaje a lo largo del tiempo, lo que hace que aun dando por cierta aquella aseveración aristotélica, de que el hombre por naturaleza quiere saber, quede expuesto con nitidez el deseo de los humanos de que les cuenten cuentos, acerca de la creación, del más allá, de lo que no resulta visible a sus sentidos con la pretensión de querer explicarse el caos al que están arrojados. El ritmo del narrar calassiano hace que solamente pueda ser aprehendido la peregrinación siempre que uno se deja acunar por el movimiento, a veces fugaz y saltarín hasta el torbellino, en el vagabundeo incesante del escritor que no evita tomar desvíos, y adoptar caminos que a veces se antojan como aquellos, sendas del monte, que no llevan a ninguna parte de los que hablase Heidegger; y si, citando a Séneca, «Eleusis guarda un secreto para quienes regresan a ella»(p. 422), los misterios que allá se conservan exigen volver para ser iluminado, metáfora de la exigencia de la lectura y la re-lectura que exigen la prosa del autor si se quiere sacar el fruto debido; «resplandece en Eleusis el arcano de la germinación terrenal», decía María Zambrano.

Roberto Calasso trata de cazar con su pluma por medio de la escritura, y la complicidad del lector ha de darse siempre que se trate de cazar el sentido de lo expresado, y lo hace trenzando una red de relaciones en las que se cruzan las explicaciones de distintos mitos, se buscan las concomitancias y diferencias entre distintos filósofos, como Plotino, Platón o Aristóteles. Calasso organiza un juego en el que una serie de preguntas de unos mitos son respondidas recurriendo a otros, moviéndose por los territorios de lo sagrado, buscando para ello en inscripciones arqueológicas, rupestres o textuales, mas lejos de cualquier pretensión ligada con las ciencias dichas humanas ya que su topos es el propio de la literatura, en busca de lo irreductible, ya que «la literatura es el único dominio en el que será posible hallar tal, pues la literatura es el lugar mismo de lo que no responde a las reglas de cierta exigencia de rigor» y en esa tarea intenta hallar las contradicciones, los fallos lógicos y demás, adoptando el rol de un explorador que busca el terreno en el que el ser individual se aventura con lo divino, con lo sagrado. La interpretación de lo divino iría por el camino de plantear las metamorfosis, el de la caza, cuando la identificación con el animal no se había establecido todavía, en los tiempos del sacrificio (la sombra de su amigo René Girard y sus análisis sobre el chivo expiatorio planean), perdurando siempre, según Calasso, el intento por representar lo invisible, como el lugar de los dioses, de los muertos, de los antepasados, del pasado en su totalidad. Aunque de entrada se tenga la idea de que lo invisible está lejos, al contrario no se aprehende por su cercanía, objeto de los rituales chamánicos y facilitada por la adoración, que los humanos han delegado en la muerte y el sentido de la falta que todas las religiones han privilegiado.

La caza contra una importancia destacada en el repaso y la figura de Artemisa cobra un papel clave como diosa de la naturaleza salvaje y de la caza, y sirve de paradigma para comprender los límites borrosos entre lo humanos y lo divino que establecían los relatos míticos.

En fin, Roberto Calasso entrega su octavo paso en ese incesante trabajo hurgando en los orígenes del ser humando, en sus ritos y creencias, sin ignorar las huellas en el presente, con una irresistible tendencia a la elaboración del libro total.

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