Robert Walser, la senda de la extinción

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Por Iñaki Urdanibia

«La gente de Walser son como personajes de cuentos de hadas cuando éstos llegan a su fin, personajes que ahora tienen que vivir en el mundo real. Hay algo de lacerante, inhumano, e infaliblemente superficial acerca de ellos, como si al haber sido rescatados de la locura (o de un hechizo), deben andar con cuidado por temor a caer en ella».

                                                         ( Walter Benjamin )

« Las escenas que nos han llegado de la vida de Walser son tan lejanas que realmente no puede hablarse de una historia o de una biografía; más bien, me parece, de una leyenda …aunque su obra se preste claramente a las tesis doctorales, se sustrae a todo tratamiento sistemático»

                                                    ( W.G.Sebald )

« ¿ Acaso Simon Tanner [ un personaje walseriano] no vagabundea, nadando en la felicidad, para no producir nada, a no ser el goce del lector ?»

                                                      ( Franz Kafka )

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Desde hace ahora sesenta años, el día 25 de diciembre, en el que desapareció/ falleció el escritor suizo, fundido en la nieve, se organiza una marcha desde el sanatorio en el que estaba ingresado Robert Walser hasta el lugar en el que fue hallado el cadáver por unos niños; así pues, si entre los lectores hay gente aficionada a estas conmemoraciones tiene tiempo para preparar el viaje.

Una vida, la del escritor, tendente a la desaparición, a la huida constante, a borrar huellas, a empequeñecer su escritura y su persona. Robert Walser desde joven mostró ya su carácter huidizo, a los catorce años abandonó los estudios y tres años más tarde el domicilio familiar. Sobre sus tiempos de estudiante trata una de sus novelas más celebradas, Jacob von Gunten, en ella se retrata la vida en el instituto en el que estudió como el lugar en el que se enseñaba a obedecer y en el que se fabricaban “ceros a la izquierda”, listos para resultar insignificantes en la vida.

Su obra fue admirada y elogiada por diferentes luminarias de las letras y la crítica: sus contemporáneos Franz Kafka, Robert Musil, Hermann Hesse, Hugo von Hofmannstahal Walter Benjamin y rescatado por escritores posteriores como Thomas Berhnard, Peter Handke o Uwe Johnson, y actuales como J.M.Coetzee, W.G.Sebald o por el siempre ocurrente Enrique Vila-Matas.

Patologías literarias

El último de los nombrados ya desde hace tiempo, en sus entregas de lecciones portátiles de literatura que nos entrega Vila-Matas, van asomando distintas patologías debidas a distintos escritores y a su actividad como tales, en la presente ocasión El doctor Pasavento viene a engrosar el vademécum cuya constitución iniciara el autor con su impagable «Baterbly y compañía », en donde se visitaba la mudez de escritores aquejados del mal del personaje de Melville que se sumía en el silencio y en la repetición desganada y compulsiva de su preferiría no hacerlo, catálogo continuado por el mentado mal de Montano que venía a suponer un bloqueo absoluto del escritor descrito ante el hecho de escribir; bajo el modelo del genial Robert Walser, se mueve el personaje presentado por el juguetón autor. En la presente ocasión en El doctor Pasavento, el mal se traduce en el terco afán por desaparecer del escritor quien en su propia escritura «microgramática», además de en su propia existencia alejada de los ruidos espectaculares y farandulescos de las comidillas literario-comerciales, tiende a difuminarse hasta el desvanecimiento total. Preocupado por tal modelo ya nombrado del escritor suizo y por la oculta traza de la vida de éste y de su minúscula escritura, comienza unas tenaces indagaciones por dar con el paradero de este paradigma de desvanecimiento que viene a ser la imagen especular de él mismo, de quien por otra parte, y para su paradójico sentimiento, nadie se preocupa; ni de él ni de su destino.

Camino de extinción

El escritor suizo nacido en Biel en 1878, se fue extinguiendo en su quehacer de escritor al tiempo que se consumía su propia existencia en un sanatorio mental en el que estaba recluido desde que tuviera serios brotes esquizofrénicos allá por 1929. Sus dedicaciones anteriores se habían desarrollado en distintas oficinas modestas, y también su entrega a la literatura había llenado su existencia; publicó varias novelas y algunos poemas, siempre en una especie de paradigmático deshilvane. Luego ya comenzó a perderse su rastro, tanto el de su persona como el de su escritura, haciendo que muchos se preguntasen lo mismo que se preguntan quienes buscan a Wally. Quien había sido admirado fervientemente por Franz Kafka, amigo e inspirador en cierto modo, Robert Musil, Hermann Hesse o Walter Benjamin quien le dedicó uno de sus lúcidos ensayos, desapareció y pasó sus veintisiete últimos años de su vida encerrado en un manicomio y en sí mismo. Como si la escritura fuese un acto indecoroso, la fue escondiendo, la fue reduciendo al silencio o a la ocultación, hasta en lo que hace a su propia grafía; al fin hizo falta avezados amanuenses para descifrar sus microminúsculas letras escritas en colecciones de fichas, y papelitos insignificantes; precisamente uno de sus albaceas testamentarios, Carl Seelig, subsanó en parte aquella afirmación benjaminiana de que «podemos leer muchas cosas de Robert Walser, pero nada sobre él» al publicar las conversaciones mantenidas con el escritor entre 1936 y el año de su fallecimiento, recogidas en sus «Paseos con Robert Walser» . Escritura y autor en trance de evaporarse, de volar como el humo, de escabullirse por los surcos de la ausencia. Escondido, sus últimas huellas, además de la microescritura recién nombrada que dejaba como testamento artístico, las dejó en la nieve, cuando salió a pasear solitario y la muerte le sorprendió en ese caminar hacia ninguna parte un día de Navidad de 1956(«iba yo abatido por el agujero negro y enorme de la noche de nuestro querido universo, tranquilo, maravillosamente secreto, y que de vez en cuando me salían unas arengas que, desde el estrado del camino rural, dirigía a las mismísima cara de la naturaleza cósmica », había escrito tiempos antes). Los amantes de recordatorios y simbolismos gozan de la oportunidad de poder recorrer los últimos pasos del escritor, en compañía de un consejero municipal, todo los 25 de diciembre en Herisau, con salida desde el hospital psiquiátrico a las once de la mañana.

Unas armas bien afiladas usaba el escritor en trance de desaparecer, entre ellas un humor y una ironía sin estridencias, suave, en dispersión incontrolada como el humo- que ya he nombrado- que huye en hilillos en una expansiva extinción. Una escritura con minúsculas como elemento predominante y una sutileza lábil que evita los perfiles tajantes y excesivamente marcados; una especie de esbeltez fragmentaria que nos hace presenciar un discurso que por momentos se esfuma en un sentido abstruso, que se presta a múltiples interpretaciones. Si ya este carácter hermético de algunas de sus prosas está presente en sus primeras obras, los últimos años de su vida parecen tener la clarificadora explicación acerca del misterio Walser: un solitario de tomo y lomo, obsesiones paranoicas, y una melancolía oscura(no puede ésta ser de otro modo si se tiene en cuenta que el propio término en griego viene a significar bilis negra) y pronunciada hasta los topes. Escritura nómada la de este escritor que se convierte en caminante de solitarias sendas, las más de las veces desplazamiento real, acompañado del propiamente mental. Prosa disgregada, que avanza en rizoma y aparece y desaparece como guadiana ejemplar; paseos por la nada, vaciamiento y anihilazión de la propia escritura, del propio paseo, del propio paseante que avanza por esos hölzewege (caminos del monte que se pierden muchas veces entre la maleza y que parecen no llevar a parte alguna) que tanto gustasen al maestro de la Selva Negra.

Una sensación de escritura sin propósito, en la que una frase corrige o anula la siguiente. «Podría decirse que al escribir se ausenta» que dijese Walter Benjamin. Un desesperado con pluma y embargado desde que la tomaba por el cerval temor a lograr el éxito; tanto él como sus personajes huyen del sufrimiento, son seres desasosegados, inquietos, invadidos por frustraciones varias y por temores irracionales que les hacen avanzar temerosos, y por los márgenes, de ese territorio llamado vida. Yoes heridos en busca de sanación, impregnados de un enorme sentido del pudor, del enclaustramiento en los límites del ego, así son los personajes walserianios, así fue el escritor en su obra y en su vida, como queda claro en algunos de sus libros, de detallista y delicada prosa, que rebosan aires autobiográficos.

Eso sí, si a alguien no le gustan los seres extraños, algo perlados y que flipan ante cualquier tropiezo del camino, que no se acerque al autor de « Los hermanos Tanner » o de las perlas narrativas reunidas en « Vida de poeta », aunque se perderá el mordiente humor demoledor de este ser que hacía reír con sus escritos a Franz Kafka, que, por cierto, también se reía de sus propias historias incluso de las más oscuras , causando extrañeza en sus amigos.

N.B.: con ocasión de esta efeméride la habitual editorial de sus obras, en castellano, SIRUELA ( Ante le pintura, El ayudante, El bandido, Desde la oficina, La habitación del poeta, Historias, Historias de amor,…y los nombrados a lo largo del artículo) acaba de poner en las librerías una edición-aniversario de « El paseo » y organiza el día 15 en su sede, un encuentro con Enrique Vila-Matas y con Reto Sorg, director del Robert Walser-Zentrum de Berna. La ocasión la pintan calva para acercarse a este escritor uno de los más destacados de la lengua germana, y…nunca es tarde si la dicha es Buena, que seguro que lo será.

Reseña publicada en su momento en el diario Gara.

Fragmentos de un flâneur

+ Robert Walser

«Escrito a lápiz. Microgramas II(1926-1927)».

Siruela, 2006.

256 págs. / 21,90 €.

Ahora, en este año aniversario, una exposición en su honor, organizada por la Fundación Bodmer, reúne todo tipo de materiales a cual más variopinto exponiendo todo el instrumental del escritor en ausencia: materiales caligrafiados, sobres, papeles administrativos, escrituras realmente jeroglíficas a las que podría aplicárseles aquellas palabras que Henri Michaux aplicaba a su propio quehacer inspirado en los ideogramas chinos: «trazos en todas direcciones. En cualquier sentido, comas, bucles, corchetes, acentos, se diría, a cualquier altura, a cualquier nivel; desconcertantes de acentos…sin cuerpo, sin forma, sin figura, sin contenido, sin simetría, sin un centro, sin recordar a nada conocido.

Me estoy refiriendo a los «microgramas», escritos a lápiz, en más de quinientas hojas y con una letra milimétrica que ha hecho dejar la vista a cualquiera que se haya arrimado a tal laberinto escritural. Baste para cerciorarse de lo que digo con observar las portadas de los dos tomos publicados por Siruela (la tarea se completará con un tercero). Verdadero trabajo de chinos el traducir los confusos signos en los que se equivocan letras, en los que estos se comportan de manera desigual, dependiendo del estado anímico del escritor, dependiendo también que abandonado el «imperio de la pluma», Walser optase por escribir con lápiz lo cual venía a suponer que en la medida que la punta se iba gastando, y redondeando, la escritura se convertía en más ancha y menos perfilada; tampoco se ha de obviar su costumbre de dividir las hojas y los pliegues y arrugas que éstas iban alcanzando debido al uso, a los cambios de domicilio, etc., etc., etc. Esta particularidad compleja de la grafía podría además hacerse extensible a la cuestión de lo dicho por el escritor, verbo titubeante y tembloroso que parece mostrar cierta indecisión a la hora de afirmar algo, pues a las pocas líneas lo dicho se difumina cuando no se torna en algo absolutamente contradictorio en un cúmulo de voces que se entrecruzan en la confusa mente, y su plasmación escrita, del autor, tocado por el don de la insania. «Qué fácil es decir algo que no se ajusta a la realidad. Menos mal que uno puede corregirse después».

La infatigable tarea de un observador impenitente, de un paseante que elogiaba tal actividad, de un verdadero flâneur que no se perdía ni ripio de la realidad circundante, y que cual fiel notario levantaba acta de los más nimios acontecimientos. Desde la mirada atenta a la ciudad, con sus construcciones más emblemáticas y menos, a los encuentros fortuitos de paseantes con los que se cruza, o sus problemáticas relaciones con algunas damas, o reflexiones sobre la escritura, la lectura u otros comportamientos humanos…todo queda consignado por Walser. Siguiéndole avanzamos por unos límites borrosos y vaporosos entre el no pasa nada, y esa débil e inconsistente apariencia que acaba convirtiéndose en materia de sagaces anotaciones, como si siguiese aquél objetivo de los sofistas de convertir lo más débil en lo más fuerte, Robert Walser eleva lo insignificante al rango de cuidada literatura. Monólogo rumiante que estalla -sin estridencias- en dispares direcciones cual crisálida en flor.

Una bella prosa-no digo en lo ortográfico, claro- que en su micrografía capta, con la precisión de un experimentado orfebre, lo más nimio, lo menos reseñable, y lo transforma en arte de muchos quilates; «ahora pongo todo eso por escrito. No me van a temblar las manos. Tengo el espíritu tranquilo y elevado. Y ahora resulta que la gente lee esto. Gente que no he visto nunca nunca nunca y que vive aquí o allá presta ahora atención a estas líneas…precisamente el arte: convertir la necesidad en una ventaja.¡ Transformación, cuántas posibilidades albergas!». ¡Así Robert Walser !

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