Rita irrita

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Por Rafael Cid

Los seres humanos que tratamos de vivir en sociedad (zoon politikon) experimentamos la convivencia en tres ámbitos presenciales: el oikos, la esfera privada; el ágora, la esfera pública, y la ecclesia, la esfera política. Entender esta distinción es fundamental para el ejercicio de una democracia cuyo punto de partida sea reconocer la genuina dignidad de todas las personas. De ahí que la espantada del grupo Unidos-Podemos-En Comú Podem en el Congreso, durante el minuto de silencio por el súbito fallecimiento de Rita Barberá, tenga una dimensión que supera el cálculo de legítimos gestos partidarios.

Vaya por delante que la senadora y ex alcaldesa de Valencia ha muerto por causas naturales y que no ha existido ninguna “cacería injusta” que haya propiciado ese funesto desenlace. Ni por activa ni por pasiva. Ni siquiera como denuncia José María Aznar intentando sacar provecho del lío. Como prueba el hecho de que Rajoy hubiera hablado con Barberá pocos días antes de su receso. Es notorio y evidente que la “piel de elefante” del presidente del gobierno para temas de Estado suele trocarse en “piel de mariposa” cuando afecta a gente próxima. La pifia del “sé fuerte, Luis”, como mensaje de cercanía a Bárcenas, va en una línea. Por lo demás, los casos de corrupción que afectan por los cuatros puntos cardinales al Partido Popular (PP) tienen su epicentro en la “era Aznar”.

En ese contexto, necesario es reconocer que Rita Barberá, como suele ocurrir con el voluble devocionario de las masas rebeladas, tuvo un trato preconcebido a nivel político y mediático. Veinticuatro años como regidora de la tercera ciudad más importante de España, con cinco mayorías absolutas fruto de un indiscutible apoyo popular, no impidieron que cuando cambiaron las tornas su figura se convirtiera en epítome de la corrupción pepera con epicentro en la capital del Turia. Con esas credenciales fue recusada por gran parte de los que hasta entonces le habían aupado al pedestal de los incunables.

Poco importaba que hubiera sido exonerada en las investigaciones de tramas como Nóos o Taula, Rita se llevaba todas las papeletas de la sospecha. Hasta su parlamento autonómico llegó a realizar un pleno para exigir ex profeso que entregara el acta de senadora, contrariando lo que recoge la vigente constitución contra el mandado imperativo. Un proceder que chocaba con la estridente mudez de medios, público y crítica ante los parabienes públicos que, en la otra orilla, recibían dos expresidente de la Junta de Andalucía con juicio en puertas por un monumental desfalco, Manuel Chaves y José Antonio Griñán (los acabamos de ver “homenajeados” por Susana Díaz y Felipe González durante un acto del grupo periodístico Joly celebrado en el Real Alcázar de Sevilla).

Al hacer mutis por el doto, la cúpula de Podemos se ha equivocado más allá de sus pretensiones por varias razones de calibre. Ha sido un error político garrafal, porque ha confundido la política de “dar miedo”, que ahora preconiza Pablo Iglesias y sus más encendidos seguidores, con los deseos de sus más de cinco millones de votantes, seguramente de distintas y distantes sensibilidades. Y lo ha sido con contumacia porque, además, no se trata de una opción identitaria sino coyuntural, que se enmarca en una estrategia personalista frente al errejonismo rampante. Va en el sueldo hacer un corte de mangas a los reyes en el acto de apertura de las Cortes y no asistir al desfile de marras, pero mucho mejor y más creíble sería hacer una solemne declaración de republicanismo. Sobre todo cuando aún se recuerda a un Iglesias haciendo cola para el besamanos real en la sede del Parlamento Europeo con objeto de entregar a los monarcas un flamante pack de la serie Juego de Tronos.

En segundo lugar, causa estupor la unanimidad del escrache antiBarberá. No hubo un solo miembro del grupo Unidos Podemos que disintiera de lo programado. Todos a una admitieron como bueno el diktat de la jefatura. Obediencia debida, voz de su amo, como quiera que se denomine la cosa, resulta insólito y bochornoso cuando anteayer esa misma dirección de Podemos alababa la discrepancia de los socialistas que negaron la abstención que pretendía la gestora del PSOE ante la investidura de Rajoy. Excesos que hieden más si de lo que se trata es de ser el niño en el bautizo, la novia en la boda y el muerto en el entierro.

Y encima el argumentario suscrito. Tanto Alberto Garzón como Pablo Iglesias han verbalizado lo mismo para justificar su ocurrencia el día de autos. “Los homenajes a personajes corruptos, sobran”, ha sostenido el tándem demostrando un fenomenal desprecio al principio de presunción de inocencia. Porque hasta la fecha de su muerte Rita Barberá no había sido encausada por ningún tribunal. Por el contrario, el impecable Garzón tuvo un puesto relevante en la organización que aprobó mayoritariamente la entrada de IU en el gobierno de los ERE (800 millones de euros en busca y captura), sin que eso sirviera para criminalizar a sus compañeros. Consejos doy que para mí no tengo.

Sin embargo lo hasta ahora dicho solo es espuma comparado con lo que subyace bajo la afrenta escenificada por Unidos Podemos. Se trata de una forma de hacer política que desconoce esas tres reglas básicas de habitar la democracia (oikos, ágora, ecclesia), y que le sitúan en la antesala del ideario totalitario. Es la visión de la competencia partidaria en clave de antinomia amigo-enemigo, superadora de la lucha de clases, que bebe en las fuentes de lo teorizado por el pronazi alemán Carl Schmitt. Una hipótesis belicista, en la saga primigenia de aquella dialéctica hegeliana del amo y el esclavo, que necesita de la deshumanización del oponente para afirmarse. Al convertir al adversario político en enemigo personal, troquela en la gente una simplificación maniquea que oficia como triturador de la pluralidad ideológica y de la biodiversidad.

De ahí nacen máximas como “el que no está conmigo está contra mí”; el manido “uno de los nuestros” con que se reprocha la paja en el ojo ajeno mientras se ignora la viga en el propio”; o el estúpido corrido “el amigo de mi enemigo es mi enemigo y viceversa”. Esos son los impulsos ciegos que anidan en el gesto negacionista de Podemos ante el “caso Barberá”. Suceso que, aunque fue rectificado en el Senado con un displicente recogimiento por parte de Ramón Espinar, no oculta la mano que mece la cuna ideológica del partido emergente. Al fin y al cabo, su admirado Ernesto Laclau, el gurú posmarxista de la “razón populista”, fue un ferviente renovador de las tesis excluyentes patrocinadas por Schmitt. Proclamas que al conjuro de la devastación provocada por la crisis entre los trabajadores explican en parte el actual vaivén desde la extrema izquierda a la extrema derecha del cuerpo electoral.

Para finalizar un apunte a futuros sobre la empatía demostrada por Iglesias y Garzón en esta secuencia. Por primera vez en mucho tiempo, es más lo que le une que los que les separa. Ahora ambos están a partir un piñón porque esperan que el próximo congreso de la formación apruebe la definitiva inclusión de IU en Podemos. Los dos ganan en una negociación que es vista con recelo por Íñigo Errejón. Iglesias necesita a Garzón para frenar a un sector anticapitalista crecido tras su decisiva aportación a la victoria sobre el errejonismo durante las recientes primarias. Y Garzón precisa a Iglesias para culminar una OPA fría mediante la que Podemos asumiría como herencia la deuda histórica de más de 10 millones de euros que arrastra Izquierda Unida.

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