Richard Brooks, rojo liberal en Hollywood

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Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Uno de los representantes más incisivos del mejor “cine liberal norteamericano”, Richard Brooks, judío de origen ruso (su verdadero nombre era Ruben Sax, Filadelfia, 1912-Beverly Hills en 1992), fue uno de los grandes referentes de un cine de izquierdas…dentro del sistema en Hollywood. Tuvo una larga trayectoria que se inició como periodista, especializado en cronista deportivo, luego guionista, de obras mayores como Forajidos, de Robert Siodmak (1946), Brute Forcé, de Jules Dassin (1947), dos grandes “thrillers” con Burt Lancaster, o Cayo Largo, de John Huston (1948), pero también escribió guiones de encargos simpáticos pero mediocres como los de La salvaje blanca, de Arthur Lubin (1943), o La reina de Cobra, de Robert Siodmak (1944), meros vehículos para el lucimiento del palmito “exótico” de la bella pero inexpresiva María Montez, la misma que hizo soñar a la generación de nuestros papas.

Brooks fue igualmente novelista, escribió tres obras entre 1946 y 1951, y que yo sepa, ninguna de ella llegó hasta aquí. Marine durante la Segunda Guerra Mundial, Brooks realizó una lista de películas en los años cincuenta que estuvieron muy por debajo de las descritas. A lo largo de esa década. Brooks realizó, entre otras, Crisis (1950), una denuncia de las dictaduras latinoamericanas en la que un buen demócrata norteamericano (Cary Grant) acababa dando lecciones; El cuarto poder (1952), en la que un periodista honesto (Humprhey Bogart) y una mecenas bienintencionada (Ethel Barrymore) defiende la prensa libre contra una trama mafiosa; luego sirvió al ejército con prostíbulos militaristas, Hombres de infantería (1953), con Richard Widmark y Kart Malden como mandos duros pero, en el fondo tan buenos como tu padre, y Campo de batalla (1953), un díptico que forman el punto más mediocre e indigno de su carrera…

Esta apreciación no se deriva tanto de sus adaptaciones literarias más conocidas de la segunda mitad de los años cincuenta, que fueron muy famosas pero que no se encuentran entre los grandes títulos de su filmografía. Me estoy refiriendo sobre todo en su predilección por Tennessee Williams, plasmada en un díptico célebre, La gata sobre el tejado de cinc (1958) más Dulce pájaro de juventud (1962), ambas con Paul Newman que por entonces mantenía con su sólo nombre cualquier título durante meses en la cartelera. La primera marcó una generación de varones que no entendía lo que le sucedía a Paul para rechazar a la tentadora Elizabeth Taylor en su plenitud, tema recurrente que escondía un secreto velado por la censura, a saber que el chico guapo estaba en realidad enamorado de su amigo muerto.

Tampoco me llamó demasiado la atención su adaptación de Los hermanos Karamazov (1958), un proyecto más bien delirante, con una pareja increíble, la formada por Yul Brynner y por la llorona María Schell, que, para colmo, conseguí ver después de haber leído el original con 40º de fiebre. El abismo era demasiado obvio, y el producto quedó como un en buen ejemplo de lo atrevido y superficial que podía resultar Hollywood cuando se ponía “culto”. Seguro que Brooks no tuvo demasiada culpa, porque nunca le volvió a suceder nada parecido…Pero me sí que me rendí con su adaptación de A sangre fría (1967). En este caso sí que Brooks resistió la prueba porque la lectura ulterior del la extraordinaria obra de Truman Capote no me hizo dudar de la película, antes al contrario, leí la descripción de los personajes y la sórdida historia (del crimen y de la ejecución), sin olvidar el film, de tal manera que no tardé el verlo de nuevo. En aquella época, aquella película me refirmó en mis convicciones marxistas sobre la historia social en general y sobre la delincuencia, en particular. Conocido como un reputado adaptador de novelas (17 de sus 24 filmes son adaptaciones a la pantalla de textos previos), fue en este terreno donde alcanzó sus metas más alta, por supuesto con Truman Capote, pero también, y quizás todavía más especialmente con otras dos, Elmer Gantry (aquí conocida como El fuego y la palabra y estrenada tardíamente por problemas con la censura), fue uno de sus trabajos más concienzudos, una tarea en la que todo estuvo en su lugar gracias a la plena complicidad de su protagonista y productor, Burt Lancaster. Seguro que ambos estaban enamorados de esta obra de uno de los mayores novelistas norteamericanos del siglo XX, y también más izquierdista; sin ir más lejos, Trotsky era un admirador suyo. No menos deslumbrante había sido su versión de una de las obras más complejas de Joseph Conrad, Lord Jim (1964), cuyo guión acentuaba su radicalismo político de manera que el final pudo ser interpretado como una insurrección anticolonialista, una revolución que lava las culpas de cuyos defectos se convierten en virtudes. Las tres quedaron como parte de mis películas favoritas.

Pero aquella fue una época de plenitud para Brooks que, a pesar de ser un director con predilección por los temas contemporáneos, realizó tres western para la posteridad. El primero fue el muy irregular, La última caza (The last hunter, 1956) pero su contenido no podía ser más apasionante. Se trataba del mayor alegato que el cine hubiera realizado hasta entonces contra el exterminio de los bisontes que, fue además, una manera de matar de hambre a los pueblos nativos.

Pero luego hizo una de los western con mayor vehemencia revolucionaria jamás realizados en Hollywood. Los profesionales (1966)

Luego vendrían algunos títulos de testimonio social, Semilla de maldad (1955), que aquí llegó con fama de “subversiva” diez años de atraso y en la que un profesor liberal (Glenn Ford), consigue enfrentarse contra la delincuencia y ayudar a recuperar a los buenos como el chico negro interpretado por Sydney Portier, que ya estaba forjando su estereotipo en un tiempo en los que se empezaba a tratar de la delincuencia juvenil como un problema social y del racismo desde cierto progresismo, muy discutible visto desde el presente; bastante interesante fue The catered affaire, con Bette Davis y Ernest Borgnine como una pareja obrera que vive una historia muy parecida a la de lloviendo piedras, de Ken Loach; y la colonialista con mala conciencia, sangre sobre la tierra (1957), en la que denuncia el radicalismo del Mau-Mau pero también el racismo fascista de los colonos, desde luego, este no es el Brooks de Los profesionales, de Lord Jim, que evocan la revolución y la justifican.

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