Revolución, socialismo, clase obrera. ¿Tiene sentido en el Siglo XXI?

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Por Ángel Luis Parras

Queridos compañeros y compañeras (*):

Es un honor y un placer traerles el saludo de la LIT-CI.

22 años del PSTU, de un Partido que reafirma que su razón de existir es la lucha por la revolución y el socialismo desde y con la clase obrera. ¿Tiene sentido, hoy, en pleno siglo XXI, reafirmar esas señas de identidad?

El PSTU se fundaba en una década que fue muy dura. Era la década inaugurada con la caída del Muro de Berlín y donde arreciaba la ofensiva neoliberal en todo el planeta.

Nos decían que era el “fin de la historia”, que “el capitalismo era el único sistema social posible”, que “la democracia se reafirmaba como la forma de gobierno universal”, que “el mundo había superado los bloques” y con ellos los peligros de las guerras. Que los avances de las nuevas tecnologías garantizaban el progreso ilimitado.

Iba a ser lo más parecido al “Mundo de las Maravillas”.

Pero, 22 años después, su mundo es el de la mayor crisis económica desde 1929, es el de las guerras y las revoluciones, que siguen siendo el signo distintivo de esta época.

Su mundo es el que protagonizan los más de 400.000 muertos en el genocidio contra el pueblo sirio; el de la vergonzosa imagen de muerte y desolación que representa la llegada masiva de refugiados a las costas de Europa y el trato infame que les ofrece la “civilizada” Unión Europea.

Su mundo es el de la legión de desocupados; el de los salarios de hambre y los derechos sociales que se liquidan; el de la esclavización de millones de mujeres y niñas; el de la destrucción del ecosistema.

Y es frente a esta situación de catástrofe social donde la lucha por el socialismo reafirma su plena vigencia.

Nosotros no defendemos la necesidad presente de la revolución y el socialismo por dogma de fe o fervor seudoreligioso alguno. Lo que para nosotros da fundamento científico a esa necesidad presente es que bajo este sistema la humanidad se ha enredado en una espiral infernal, el progreso humano se ha detenido en un callejón sin salida.

A cada paso el sistema capitalista muestra su contradicción fundamental: la que se da entre el carácter cada  vez más social de la producción y la apropiación cada vez más individual de esa producción. Es esa contradicción la que genera que en un polo, cada vez más reducido, se concentre la riqueza, mientras en otro, cada vez más grande, crece la miseria.

La desigualdad social creciente no es una falla del sistema, es parte de su esencia misma.

Un sistema que se sustenta en la explotación del trabajo ya no es capaz ni de asegurar el trabajo a sus esclavos asalariados.

Por eso, solo sobre la base de la expropiación de los grandes medios de producción y de cambio es posible reorganizar la economía, proceder a su planificación y hacer que la producción y la apropiación de esa producción sean sociales.

No hay otra manera de garantizar el pan, el trabajo y el techo para millones de seres humanos, de acabar con las guerras, con la barbarie, que no sea la lucha presente por el socialismo.

Y ahí aparecen los propagandistas del sistema que afirman que hablar de socialismo está mal visto por la gente, incluso provoca rechazo.

Escuchando esos argumentos, uno no puede dejar de preguntarse: si el socialismo está tan mal visto por la gente, ¿por qué la estrella de la campaña electoral en los Estados Unidos es un personaje como Bernie Sanders, que se proclama “socialista”? ¿Por qué en una buena parte de Europa los partidos que gobiernan o aspiran a ello, se siguen llamando ¡socialistas!, aunque, los unos y el otro, tengan de socialistas lo que Eduardo Cunha de honrado benefactor?

Dicen, que no nos enteramos que “el socialismo fracasó”. Se lo vamos a decir no con citas de Marx, de Trotsky o de Lenin, sino con los argumentos de un joven cineasta argentino: ¿quién les ha contado a ustedes que el socialismo fracasó? Soy un apasionado de Romeo y Julieta. Si yo entro a un teatro a ver esa obra y la puesta es escena es pésima, el director de la obra es un desastre y parte de los actores confunde los papeles, ¿yo tengo derecho a decir que Shakespeare fracasó?

Lo que fracasó fue el estalinismo, su teoría-programa del socialismo en un solo país. Lo que derribaron los trabajadores y los pueblos del Este europeo fueron las dictaduras, fue ese infame y sanguinario aparato mundial del estalinismo, que a sangre y fuego había restaurado el capitalismo y convertido en millonarios y prósperos hombres de negocios a los antiguos burócratas.

Lo que los trabajadores y los pueblos del Este echaron abajo fue esa especie de “gobierno mundial”, ese Pacto que tras la Segunda Guerra Mundial, Stalin y los representantes del imperialismo mundial, Inglaterra y los Estados Unidos, firmaron, y que durante cerca de medio siglo permitió al imperialismo recuperar las principales economías europeas, expoliar a las colonias, ahogar en sangre y fuego las revoluciones obreras, construir el Estado sionista y restaurar su dominación en todo el mundo.

Pero el estalinismo pagó caro su traición. Si la revolución rusa demostró que la clase obrera podía tomar el poder y dar los primos pasos en la construcción del socialismo, la caída del estalinismo reafirmó la tesis del viejo Trotsky y mostró, como él decía, que la rueda de la historia es mucho más fuerte que los aparatos.

No hay forma de comprender las actuales crisis políticas, la revoluciones y los levantamientos en estos años, de Egipto a Siria, de Grecia a Francia, de México a Turquía, pasando por la debacle de la Unión Europea y la polarización social que acompaña la actual crisis económica, sin el fin de ese Pacto Mundial que controló los destinos del mundo desde mediados del pasado siglo.

Por eso, donde muchos ven una derrota, la caída del estalinismo y el fin de su existencia como aparato mundial, es para nosotros la más grande victoria, junto a la derrota del nazismo, en la historia de la humanidad.

Pero nada más equivocado que pensar que muerto el perro se acabó la rabia. El estalinismo dejó impregnado su ADN incluso en muchos de los que se declaran fervorosos antiestalinistas.

En primer lugar, porque muchos de los que dirigen los llamados “nuevos partidos”, los Syriza y los Podemos, se formaron en las filas del estalinismo y en especial en los Partidos Comunistas europeos, del llamado eurocomunismo.

Se presentan como adalides de la “nueva política” y nos tildan de sectarios y obsoletos. Dicen: ¿cómo puede que ser que defendáis la vigencia, en su esencia, del Manifiesto Comunista, un programa que tiene casi 170 años? ¿Cómo puede ser que defendáis como modelo la primera revolución obrera triunfante, la revolución rusa, que el año próximo cumplirá… ¡¡100 años!!

Nos proponen, a cambio, la Democracia real. Pero, ¿de qué democracia hablan? Según ellos hay que volver¡al Ágora griego!, a las plazas públicas de la antigua Grecia, donde los ciudadanos debatían y resolvían sobre todo; esa es “la democracia en esencia pura”.

Pues, disculpen nuestra ignorancia, pero, ¿cómo nos tildan de obsoletos por defender en su esencia programas y experiencias revolucionarias de hace más de un siglo para, a renglón seguido, proponernos un modelo de hace más de 2.500 años? Tiempo por tiempo, lo nuestro es el último grito de la modernidad, comparado con su prediluviano modelo.

Y es en esa reivindicación de la democracia en general que muestran la esencia de lo que son. Olvidan que en aquella democracia, los esclavos, los extranjeros, las mujeres y los pobres no podían participar. Es, en esencia, la democracia esclavista, el régimen de la democracia para los grandes propietarios.

Nosotros defendemos la única democracia real que la humanidad conoce, la democracia obrera, la de los que producen la riqueza social, la que se puso en pie con los Soviets, el Gobierno de los trabajadores, en la revolución de 1917 en Rusia.

Como los viejos reformistas, los de la nueva política son defensores inconfesos del sistema capitalista. Ubican la contradicción central del sistema en el terreno de la distribución. Sus programas no pasan de la redistribución de la riqueza. De un mejor reparto. Sin cuestionar, eso así, la producción, es decir, la esencia de las relaciones sociales de propiedad.

Pero donde más muestran cómo el estalinismo impregnó con su ADN a toda esa izquierda, es en su uso generalizado de la teoría de los campos. La profunda crisis iniciada en 2008 espolió todas las contradicciones sociales y entre ellas las propias disputas interburguesas.

De ese hecho cierto, como antaño para los mencheviques y después para el estalinismo, la concepción de los “campos” y de la lucha entre ellos, que supera a la lucha de clases, se eleva a concepción teórica, programática y política.

Su conclusión cada vez que las crisis y las tensiones sociales aparecen en escena, de Venezuela a Brasil, de España a Portugal, es apostar por la unidad de todas las fuerzas ‘democráticas’ y ‘progresistas’. La lucha de clases desaparece y en consonancia con ello apuestan por la conformación de gobiernos de colaboración entre patrones y trabajadores.

Dedican su empeño a convencer a los trabajadores que deben sumarse al furgón de cola del tren “burgués progresista” para “no hacer el juego a la derecha”.

Reconducen las protestas obreras y populares al redil de las instituciones del parlamentarismo burgués, borrando toda huella de clases e impidiendo que la clase obrera entre en escena de forma independiente.

Como los viejos reformistas, confunden el poder con el gobierno. Por eso, cuando llegan a éste, no pasan de ser gestores del sistema. Pero, a diferencia de los viejos socialdemócratas alemanes o de la socialdemocracia de posguerra en Europa, el capitalismo se encuentra sumido en su decadencia y sus gestores, lejos de las reformas, acaban siendo los gobiernos de las contrarreformas. Por eso, como Syriza, acaban llevando a cabo el mayor plan de recortes sociales conocido en la moderna historia griega y cosechando, en apenas un año, tres huelgas generales en su contra.

Otro tanto puede decirse de Podemos y los nuevos gobiernos municipales en el Estado español que, lejos de expresar cambio alguno, acaban garantizando la presencia de las grandes constructoras y la privatización de los servicios públicos y chocando con las huelgas de los trabajadores del transporte público en Cataluña o con los justos reclamos de remunicipalización de los barrenderos y jardineros madrileños.

Justifican su cobardía y sumisión al sistema porque dicen que estamos ante una ola conservadora que recorre el mundo y un retroceso en la conciencia de las masas.

Dicen: ¿cómo, si no, explicar el desarrollo de la ultraderecha electoral en Europa?

Niegan, primero la lucha de clases, y les falta un milímetro para decir aquello de que “cada pueblo tiene elgobierno que se merece”. 

Como están atados a sus compromisos con la burguesía, no pueden explicar qué papel juega en todo ese crecimiento electoral de la ultraderecha la negativa reiterada de la izquierda europea a enfrentar a la Troika; su negativa a exigir la ruptura de la Unión Europea y el euro. No explican por qué una y otra vez ahogan las huelgas y manifestaciones para reconducirlas al redil de unas elecciones cada vez más antidemocráticas. No explican su renuncia expresa a luchar por el No pago de la deuda infame que expolia a los trabajadores, y no explican su negativa a levantar un plan de emergencia social que rescate a los trabajadores y el pueblo. No explican, tampoco, cómo incide todo eso en la formación de la conciencia obrera.

Cargan las culpas en los demás e intentan explicar la situación por el retroceso de la conciencia. En realidad, digamos las cosas como son, aquí el retroceso en la conciencia es el que han sufrido ellos. Quieren explicar el estado del mundo como los viejos idealistas: en lugar de partir de la existencia a la conciencia recorren el camino inverso.

Se empeñan en disolver a cada paso la existencia de las clases sociales y luego reprochan a la clase obrera que no se reconozca a sí misma. Aplican las políticas burguesas de la derecha cuando llegan a los gobiernos y luego reprochan a la gente que no sepa distinguir entre la derecha y la izquierda.

A los trabajadores y a los pueblos se les puede y se les debe pedir lo que se les puede pedir: que luchen. Y, ¿qué más muestras de eso quieren en todos estos años? De Siria a Palestina; de Egipto a Turquía; de México a Polonia; de Francia a Grecia; de Bélgica a España. ¿Qué más muestras de lucha quieren?

La conciencia obrera no brota de lo espontáneo, es el producto de la confrontación, de la acción consciente, tenaz, diaria, de una dirección revolucionaria que dispute esa conciencia en todas y cada una de esas luchas y pelee por un programa y una salida socialista no para un futuro incierto sino para el presente.

Decía el célebre escritor y poeta francés Víctor Hugo: “¿Hay algo peor que un verdugo?… Sí, ¡el ayudante del verdugo!”.

Por eso, la formación de una dirección revolucionaria, de un Partido revolucionario, es imposible sin la confrontación diaria contra los verdugos y contra los ayudantes del verdugo.

¿Significa eso que seamos unos sectarios que negamos la unidad con todo aquel que no coincida con nosotros? Para nada. No hemos escatimado jamás ni escatimaremos la unidad con nadie si es para luchar; no hemos escatimado ni escatimaremos jamás los esfuerzos necesarios para que la clase obrera levante sus organismos de frente único e irrumpa de manera independiente en el escenario político.

Pero si nos hablan de “unidad” en general con esa supuesta izquierda que conforma frentes de colaboración de clases o apoya a partidos burgueses, o para que hagamos juntos de la presentación a los parlamentos burgueses el centro de nuestra política… para esa unidad, que no cuenten con nosotros.

No nos creemos los únicos revolucionarios del mundo, estamos convencidos de que detrás de todas esas heroicas luchas son muchos los trabajadores, los pobres, los jóvenes, los oprimidos llamados a engrosar las filas de la revolución, y para eso trabajamos. Pero hemos visto muchas veces disolver partidos revolucionarios en aras de amplias unidades.

Si hay más partidos revolucionarios, ¡encantados de conocerles!, que nos digan su nombre, pongan encima de la mesa sus programas y nos muestren su quehacer diario, y entonces estaremos encantados de debatir y trabajar en común por la unidad.

Pero disolver o romper un Partido revolucionario en aras de la unidad con esa supuesta izquierda que apoya a gobiernos burgueses, que no pasa de esperar los cambios sobre la base de tener cada día más diputados y deja las tareas de la lucha por el socialismo para un futuro incierto, es un crimen político.

No quisiera terminar sin referirme explícitamente a los últimos acontecimientos en el PSTU. La decisión injustificada de un sector de romper con el PSTU y conformar otro partido, es sin duda un golpe y así los sentimos en la LIT-CI. Les dijimos que las diferencias, con ser profundas, no estaban agotadas ni probadas; se dieron toda suerte de garantías democráticas para que siguieran defendiendo sus opiniones en la LIT-CI y en el PSTU. Lamentablemente, los compañeros y compañeras decidieron consumar lo que venían preparando.

Nosotros, decimos como Espinoza: ni reímos ni lloramos, intentamos comprender. Tomamos nota y seguimos adelante.

Decía el viejo Trotsky que las peores derrotas no son cuando el enemigo te vence sino cuando, a su manera, te convence.

Que nadie se llame a engaños, la LIT-CI tiene una sección en Brasil y se llama PSTU.

Camaradas del PSTU, muchísimas gracias por este hermoso acto, que reafirma nuestra convicción en este partido. Estábamos convencidos de que el PSTU superaría el golpe y este acto es la mejor demostración de que lo va a superar. Y lo sabíamos porque este partido no es cualquier partido. Este partido está hecho de una madera especial: es esa madera que se forja en las fábricas, en los barrios pobres, entre los negros, entre las mujeres luchadoras, entre la juventud precaria, entre los y las oprimidas y con esa madera es con la que se hacen las grandes obras.

Pero es, además, un partido internacionalista. Y tengan la certeza, camaradas del PSTU, que en la LIT-CI tenemos memoria, que no los vamos a dejar solos, como ustedes no nos dejaron solos cuando pasamos por lo peor en la LIT, en medio del aluvión oportunista. Cuenten con nosotros para lo que necesiten.

Camaradas: ¡Viva el PSTU! ¡Viva la LIT! ¡Viva la Cuarta Internacional! ¡Viva la lucha de la clase obrera!

(*) Discurso de Ángel Luis Parras en el acto de conmemoración por los 22 años del PSTU, sección brasileña de la LIT-CI.

Revolución, socialismo, clase obrera. ¿Tiene sentido en el Siglo XXI?

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