Revolución de Octubre: la historia sigue

En agosto del año próximo se cumple el centenario del inicio de la “Gran Guerra”. De cuando la mayoría de la socialdemocracia, votó a favor de los créditos de guerra, cambiando de enemigo, su “patria” primero con razón o sin ella…Se trataba de una guerra “natural” c entre las potencias imperialistas. Una guerra en la que murieron no menos de 60 millones de personas que, no cuentan para la historiografía conservadora establecida en la prensa, los museos o los libros escolares.

La revolución de octubre fue, antes que nada, una opción contra la guerra a favor de la paz unilateral con Alemania (Brest Listovk).  Al asumir su responsabilidad revolucionaria, los bolcheviques, confiaban en que la revolución se extendería fuera, sobre todo en Alemania, Pero la revolución alemana se encontró con la socialdemocracia erigida en la última barricada del sistema. La revolución fracasó, por casi el mismo tiempo, una coalición internacional insuflaba vida al Ejército blanco que jugaba el papel de “contra”  Al final, la revolución ganó la guerra, pero Rusia, una país pobre y culturalmente atrasado, heredó el abismo…

La revolución entonces comenzó a dejar de ser lo que había sido en los buenos tiempos.

Esta es, básicamente, la narración que se ofrecía sobre Octubre desde la izquierda revolucionaria al pueblo de izquierdas. 

Durante décadas, el prestigio de 1917 fue enorme entre la gente trabajadora. Durante la II Republica fue un modelo –la revolución era posible-, o un antimodelo para los que ya tenían conciencia de su trágica mutación estaliniana.

Al concluir la guerra contra Hitler y Mussolini no faltaron anarcosindicalistas y poumistas que llegaron a suscribir que, a fin de cuentas, el férreo despotismo de Stalin se había mostrado más eficaz que los críticos “idealistas”. Se siguió creyendo que el socialismo era el mejor camino en un tiempo en el que se extendía la geografía al hambre al compás del despilfarro. El criterio de defensa de la URSS a pesar de todo, se impuso, se hizo ostensible incluso entre sus adversarios, se deduce por ejemplo en una película tan anticomunista como Doctor Zhivago (cuyo estreno en 1965 fue presidido en Madrid por la señora de Franco). En 1967, con ocasión del 50 aniversario de la toma del Palacio de invierno, una encuesta realizada en Francia demostró que la gran mayoría entendía que la revolución había sido positiva. Este sentimiento era extensible a todo Occidente gracias en parte a la imagen entre enérgica y bonachona de la década de Jruschev que  incluso llegó a ilusionar a viejos marxistas tan críticos como Isaac Deutscher. Fue la época en que Hollywood produjo una película bastante emblemática, Que vienen los rusos, Que vienen los rusos (The Russians are Coming, The Russians Are Comino, USA, 1966), que a pesar de su mediocridad, conoció un considerable éxito. Por entonces, el anticomunismo de los “cold warriors” estaba en decadencia, sobre todo entre las nuevas generaciones.

 

Desde los años setenta, este enfoque fue enriquecido con la expansión de una desbordante bibliografía que ya había ajustado sobradamente las cuentas con la escuela de falsificación estaliniana. Se trataba de la expansión incontenible coincidente con una fase histórica en la que unas nueva generaciones obreras estudiantiles mostraban un extraordinario afán por la una renovación política y teórica en todos los terrenos, incluyendo los que antaño no fueron suficientemente valorados como la sexualidad o la vida cotidiana. Este fenómeno fue llamado vagamente como la “nueva izquierda”, un concepto que se manifestaba talmente en la tentativa de poner al día las tradiciones ligadas a las cuatro internacionales obreras. La amplitud de este impulso se percibe en una intensidad actividad editorial que va desde la segunda mitad de los años sesenta hasta principios de los años ochenta que en estos lares, comienzan con el golpe de Tejero y con la manifestación en la que las izquierdas, se ponen detrás (y debajo) del rey. Internacionalmente, será la época marcada por tiempo Margartet Thatcher, Reagan, Wotyla…

Durante los sesenta-setenta se hizo notar con claridad el potencial de una nueva aproximación crítica sobre la historia comunista, muchísimo más documentada (por el conocimiento de las disidencias, el acceso a los archivos de Smolenks, el propio “deshielo” jruscheviano), desarrollada desde una perspectiva que iba más allá del dilema comunismo-anticomunismo, propiciando la eclosión de los todos los marxismos críticos comenzando por el ejercicio de la crítica “entre camaradas” como el ejercido por Rosa Luxemburgo cuyos conceptos sobre el partido eran bastante diferentes a las de Lenin; y entre la pléyade de líderes bolcheviques, aparecieron toda clase de publicaciones sobre Lenin con todas sus implicaciones, de León Trotsky como protagonista e historiador y de su extensa escuela; igualmente tuvo lugar la recuperación de otros clásicos como Nikolai Bujarin, Evgeni Preobrazhenski (los autores de El ABC del comunismo) o Karl Rádeck, así como las diversas ediciones de las obras de la “bolchevique enamorada” Alejandra Kollontaï, y como no, las relacionadas con el arte y la cultura, sobre todo a través de la personalidad de Anatoly Lunacharski, y un largo etcéteras con todas las herejías como protagonistas.

También lo serán en no poca medida las aportaciones de otras escuelas, aportaciones a veces complementarias, efectuadas desde un abanico de divergencias, las mismas que revelan la existencia de una historia socialista  que será plural o no será. La socialdemócrata más “etapista” y tradicional resulta imprescindible para comprender   tanto la revolución de febrero como la oposición “constitucionalista” a Octubre, en tanto que desde la izquierda es de toda justicia rescatar y valorar una fuente de primera mano, totalmente imprescindible como la del menchevique de izquierdas Nikolai Sujanov, altamente valorada por los propios bolcheviques, no en vano es una obra que Trotsky citaba pródigamente. Por su parte, Lenin escribió unas Notas de elogio, y su edición –prologada por la Krupskaya- se consideró como la primera “historia oficial” de Octubre junto con la de John Reed.

Todavía al comienzo de la “Glasnost” el historiador crítico Youri Affanassiev hizo unas declaraciones haciendo notar que un documento tan primordial como las actas del CC bolchevique durante los días de la revolución no se había publicado todavía en la URSS, simplemente por el hecho de  que  Trotsky  aparecía como presidente  del  “soviets” de  Petrogrado y como jefe del Comité Militar  Revolucionario… Aquí se publicaron con antelación con el titulo de Los bolcheviques  y la revolución de Octubre. Actas del Comité Central del POSDR (bolchevique)  de     agosto  de  1917  a  febrero  de  1918  (Cuadernos  de  Pasado y Presente,  México, 1972), con un prólogo de Guiseppe Boffa, que no ha vuelto a ser editada, pero que resulta inexcusable para cualquier estudio.

Son pequeños ejemplos de un cambio de perspectivas, del desarrollo de un conocimiento y una conciencia opuesta tanto a la historia oficial estaliniana o post-estaliniana (representada aquí por un manual escrito por una comisión presidida por Dolores Ibárruri del que nadie se acordaría al poco tiempo)…

Este giro marcaba el surgimiento de un enfoque mucho más riguroso y pluralistas. Una visión crítica y autocrítica. Un enfoque que se podía resumir en los siguientes trazos:  a pesar de todas las objeciones que se quisieran, 1917 estaba ya incorporada como un salto gigantesco en la historia social de la humanidad, aunque solo fuera por el miedo que tanto obligó a los poderosos. Para decirlo con palabras del escritor austriaco Karl Kraus, el comunismo tuvo su sentido aunque solo fuese como contrapunto, como “la antítesis de una ideología particular que es completamente dañina y corrosiva. Gracias a Dios por el hecho de que el comunismo nace de un ideal limpio y claro que preserva su propósito idealista aun cuando, como antídoto, se incline a ser algo severo. Al demonio con su importancia práctica, pero presérvelo Dios cuando menos para nosotros como una amenaza sin fin para aquellos que poseen grandes propiedades y que, con tal de aferrarse a ellas, están dispuestos a lanzar a la humanidad a la guerra, a abandonarla al hambre en nombre del honor patriótico. Guarde Dios al comunismo para que el perverso linaje de sus enemigos no pueda descararse más aún, para que la pandilla de explotadores…vea su sueño perturbado cuando menos por unas cuantas punzadas de desasosiego. Si han de predicar moralidad a sus víctimas y divertirse con el sufrimiento de éstas, que se les amargue cuando menos una parte de su placer” (citado por Pierre Nettl, Rosa Luxemburgo (ERA, México, 1969, p. 20).

Luego llegó la descomposición de 1989 –para colmo, bicentenario de la revolución francesa-, y la victoria del canon neoliberal. Un canon que ya existía en diarios como el ABC desde 1917, pero que ahora se convirtió en ley en el único diario posible de la única izquierda posible, El País.

Algo similar sucedió con la socialdemocracia en pleno proceso de desnaturalización, y también en el aparto político que durante décadas se había llamado Partito comunista Italiano, y no quedó aquí la cosa.

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