Reunión del G-20: una falsa «democratización»

Los días 24 y 25 de setiembre pasado, en Pittsburgh, EE.UU., se realizó la reunión del llamado G-20. En ella, participaron los presidentes y jefes de gobierno de los principales países imperialistas del mundo (el G8 integrado por EE.UU., Japón, Alemania, Inglaterra, Francia, Italia, Canadá y la Unión Europea como bloque); de los llamados BRIC (Brasil, Rusia, India y China) y de otras naciones de cierto desarrollo y peso regional (África del Sur, Arabia Saudita, Argentina, Australia, Corea del Sur, Indonesia, México y Turquía).

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De conjunto, los países integrantes del G20 poseen más del 80% del PIB (producto Interno Bruto) mundial. España, actualmente la octava economía del mundo, participó como invitada y no como miembro pleno del grupo.

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El 4 y 5 de setiembre pasado, ya se había realizado una reunión previa de los ministros de economía de esos mismos países que discutió de modo más específico la situación de la actual crisis económica. Mientras que esta última se concentró más en aspectos políticos, como el «comando» de la economía mundial y la estructura de capital y del porcentaje de votos de cada país y región en los organismos financieros internacionales como el FMI.

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¿El imperialismo se «democratiza»?

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En este sentido, la principal decisión política adoptada en la reunión (el G-20 reemplazará de modo permanente al G-8) fue presentada por los medios de prensa internacional como un cambio sustancial y cualitativo en el «comando» de la política económica internacional.

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Esta decisión fue precedida por una intensa campaña internacional, entre otros del presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula de Silva, pero habría sido aceptada y apoyada por el propio imperialismo. En uncomunicado, la Casa Blanca la calificó de «acuerdo histórico» y el New York Times expresó que ella ponía de relieve la «creciente importancia de Asia y algunos países latinoamericanos en la toma de decisiones económicas y políticas».

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Desde este puno de vista, la propia crisis económica actual, por un lado,y el creciente peso económico y político de los llamados «países emergentes», por el otro, habrían vuelto imprescindible ampliar la «mesa ejecutiva» de la dirección económica mundial. Como expresa el diario Clarín de Argentina, ahora «los países emergentes también tomarán decisiones». Algo que, aparentemente, sería beneficioso para sus pueblos

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En otras palabras, una especie de «democratización» geográfica mundial, con los países imperialistas cediendo y repartiendo una parte de su poder. Sin embargo, un análisis profundo muestra que la realidad no tiene nada que ver con esta visión.

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En primer lugar, es necesario decir que, con G-8 o con G-20, el imperialismo mantiene el control económico del mundo en su beneficio. Los 8 principales países imperialistas (incluyendo a España) poseen casi el 57% del PIB mundial. Si consideramos otros países imperialistas menores (como Suiza, Bélgica, Suecia, Holanda y otros), la cifra llega casi al 70%. Y parte importante de esa riqueza la obtienen saqueando recursos naturales y extrayendo plusvalía con sus empresas en el resto del mundo.

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Para defender esa riqueza y ese saqueo, poseen el 99% de la fuerza militar del mundo, incluido el poderío nuclear. Armaron, además, un conjunto de instituciones políticas (como la OTAN) y financieras (FMI, Banco Mundial) a su servicio. Y los países imperialistas, bajo ningún aspecto, están dispuestos a «democratizar» o repartir los beneficios derivados de esa situación.

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¿Por qué se amplía el «comando»?

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Es que, a pesar de lo que dicen algunos «teóricos» (incluyendo los supuestamente de «izquierda», como los integrantes del Foro Social Mundial, al estilo de Ignace Ramonet de Le Monde Diplomatique), no puede existir un imperialismo con «rostro humano» o, lo que es lo mismo, la posibilidad de «democratizar» su saqueo del mundo. Las verdaderas razones de priorizar el G-20 sobre el G-8 deben buscarse por otro lado.

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Y la realidad indica que el imperialismo, especialmente el estadounidense, debe enfrentar actualmente dos grandes problemas para mantener su dominio. Por un lado, una grave crisis económica mundial que h mostrado la gran fragilidad del sistema bancario y financiero mundial construido en las últimas décadas por el imperialismo, con gran peso de la especulación.

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Al mismo tiempo, más allá de los pronósticos optimistas de que «lo peor ya pasó», la crisis continúa golpeando duramente a los trabajadores y los pueblos del mundo. Y lo hará aún más profundamente por la inevitable política del imperialismo y las burguesías nacionales de descargar el costo de la crisis «hacia abajo». Pero esta realidad abre, como una de sus perspectivas posibles, la de un aumento de las luchas obreras y populares que podrían amenazar al sistema de conjunto.

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Por el otro lado, debe enfrentar las consecuencias de la derrota de la política de George Bush (la «guerra contra el terror» y el «nuevo siglo americano») en Irak, Venezuela, Afganistán y otras regiones del mundo, como resultado de la respuesta del movimiento de masas.

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El fracaso de esta política obligó al imperialismo a hacer un ajuste en su política imperialista para enfrentar la nueva realidad y «disminuir las pérdidas», garantizando el saqueo de las riquezas del mundo, en especial, materias primas estratégicas como el petróleo y los minerales.

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Pero las condiciones en que debe hacerlo son diferentes y necesita adaptarse a eso.. El propio Bush se vio obligado a empezar este ajuste, pero Barack Obama expresa ese cambio con mucho más claridad. Un cambio que plantea ahora un nuevo equilibrio entre las negociaciones y la política militar o de amenazas, para alcanzar los objetivos imperialistas. El centro pasó a ser la «zanahoria» (las negociaciones) mientras el «garrote» se emplea como un factor auxiliar y coadyuvante.

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Frente a la fracasada «unilateralidad» agresiva de Bush, la política expresada por Obama propone la «multilateralidad». Es decir, la ampliación de los ámbitos de toma de decisiones para «convencer» y lograr el «consenso» para las políticas al servicio del imperialismo que, en estos momentos, simplemente no se pueden imponer por la fuerza.

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Es este sentido, que el G-20 reemplace al G-8 no es más que la aplicación de esta política en el terreno del «comando económico mundial». China, Brasil, India o Argentina y sus gobiernos no entran al G-20 como reales «tomadores de decisiones» sino como instrumentadores de la política del imperialismo que, de esta forma, «democratiza» la responsabilidad y la aplicación de las medidas contra los pueblos. Al mismo tiempo que consigue figuras que, como el de Lula, son capaces de «vender» mejor esas decisiones a los trabajadores y los pueblos oprimidos.

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El imperialismo hace concesiones políticas formales a los gobiernos y burguesías de los países semicoloniales más fuertes (como la participación de los países semicoloniales más fuertes en organismos internacionales) para lograr que apliquen sus políticas. ¿Por qué son formales? Porqué las decisiones políticas las sigue tomando el imperialismo y porquelas relaciones económicas siguen dándose entre países explotadores y países explotados, aunque algunos de ellos ahora estén en el G-20.

¿Para que se amplía?

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Podría objetarse que este análisis es demasiado esquemático. Que, si bien no existe «imperialismo bueno», la realidad le estaría imponiendo aceptar un curso de cosas progresivo. En primer lugar, esto supone la ingenuidad de creer que el imperialismo no sólo va a aceptar sino incluso aplaudir medidas que lo perjudiquen.

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Pero lo principal es que nuevamente esta visión choca duramente con la propia realidad. Una de las principales medidas que se discuten es la ampliación del capital del FMI y el cambio del porcentaje de votos que tienen actualmente los países miembros, aumentando el peso de los BRIC y otros «emergentes», y disminuyendo el de los países imperialistas.

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El FMI ha sido siempre una especie de «policía financiera internacional» para imponerle a los países dependientes y semicoloniales planes económicos de ajuste destinados a garantizar el pago de sus deudas externas. Los países imperialistas tenían asegurado una amplia mayoría de votos en sus organismos (asamblea general y consejo de administración). La misma situación se da en oros organismos como el Banco Mundial y la OMC (Organización Mundial del Co9mercio). Y esta modificación del porcentaje de votos apenas modifica esta situación.

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Por otra parte, la pequeña ampliación del peso de los «emergentes» tiene como contrapartida el pago anticipado de las deudas que hicieron varios de esos países (como Brasil, Venezuela o Argentina) y la ampliación de sus aportes de capital al organismo. Dinero que está siendo utilizado, tanto por el FMI como por los gobiernos imperialistas, para salvar a los bancos y empresas responsables de la gigantesca burbuja especulativa que explotó en la actual crisis, Es una curiosa «democratización» en la que los países pobres financian a los bancos, aunque Lula diga que es «chic» prestarle al FMI.

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¿Para quien pasó lo peor?

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Pero existe otro aspecto esencial a considerar. Las conclusio0nes de la reunión de ministros de Economía del G-20 se encuadró, aunque cuidadosamente, en la tónica de que «lo peor de la crisis ya pasó».

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Pero para los trabajadores y los pueblos, «lo peor» está lejos de haber pasado. No sólo por el impacto que la crisis ya tuvo sobre la economía obrera y popular sino porque la política de los gobiernos y empresas es descargar el costo de la crisis sobre sus espaldas, con despidos, planes de reestructuración, rebajas y congelamientos salariales, etc. Y porque la billonaria ayuda de los gobiernos no está destinada a satisfacer las necesidades de los trabajadores sino a salvar los bancos y empresas.

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Veamos, por ejemplo lo que ha sucedido con el desempleo. Según un informe de la OIT (Organización Internacional del Trabajo), en 2009, en el mundo, habrá entre 40 y 60 millones más de desocupados que en 2007, llevando la cifra total a unos 250 millones (un 8% de la PEA mundial). El informe estima que, incluso si se estuviera al inicio de una recuperación, se tardarían no menos de cinco años en recuperar los niveles de empleo previos a la crisis (citado por www.kaosenlared.net).

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Una realidad que afecta no sólo a los países más pobres sino también a los imperialistas. En EE.UU., según un informe del Departamento de Trabajo, el desempleo urbano llegaba al 9,7% (16,8% si se suman los subempleados) y la perspectiva era que superara el 10%. En España, el desempleo pleno reconocido ya supera el 18% y se acerca al 20%, con sectores como la construcción con cerca de un 50% de trabajadores desocupados.

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En los países más pobres, la crisis impacta no sólo con desempleo sino con un problema mucho más grave: el aumento del hambre. Un informe del PMA (Programa Mundial de Alimentación) de la o­nU señala que, luego de una década en que algunas débiles medidas habrían logrado reducir la cantidad de 900 a 800 millones, el número de hambrientos ser está disparando en el mundo y, en 2009, ya alcanzaba a 1.020 millones de personas, la cifra más alta de la historia. El mismo informe expresa que si se consideran los déficit de alimentación, 3.000 millones de personas (casi la mitad de la población mundial) padece algún grado de desnutrición (reportaje a Josette Sheeran, directora del PMA, publicado por Clarín, 6/9/09).

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En el mismo reportaje, Sheeran informa que el PMA (principal organismo mundial de lucha contra el hambre) enfronta «un grave déficit presupuestario, pues este año sólo recibió 2.600 millones de dólares de un total de 6.700 millones necesarios para dar de comer a 108 millones de personas en 74 países». Y que esa falta de fondos se traduce en el recorte de programas que se desarrollan en distintos países». Agregó que «con menos del 1% de las inyecciones económicas que han hecho los gobiernos para salvar al sistema financiero mundial», se podría resolver la calamidad de cientos millones de personas hambrientas.

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Una imagen muy realista de la crueldad del sistema capitalista imperialista y de su política frente a esta crisis económica y sus terribles consecuencias para miles de millones de personas: dinero para los especuladores y no para las masas hambrientas.

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Pero esta dura realidad de los trabajadores y las masas, ni la solución a esa situación, no fueron abordadas en la reunión del G-20. No era ese su objetivo. Y los gobiernos de los países «emergentes» que participaron aplican en sus países la misma política de salvar a los bancos y empresas que impulsan los gobiernos imperialistas.

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En todos los casos, los gobiernos y patrones hacen que «la cuenta» de la crisis (incluyendo la abultada factura de las ayudas a los bancos y empresas) la paguen los trabajadores y los pueblos. Por ejemplo, los recortes presupuestarios estatales que, en California, llevan a la crisis a las universidades públicas y han generado la más importante lucha de estudiantes y profesores de las últimas décadas. O en países como Brasil y Argentina, en los que la salud pública se cae a pedazos y es incapaz de enfrentar problemas que sería de solución relativamente fácil, como el dengue o la gripe A.

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Gatopardismo o lucha obrera y popular

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A partir de la novela Il Gattopardo de Giusseppe Tomasi di Lampedusa (1956), y más aún de la famosa película filmada por Luchino Visconti, en 1963, basada en protagonistas de la política italiana de la segunda mitad del siglo XIX, se llama «gatopardismo» a aquellas políticas que están destinadas a «cambiar algo para que nada cambie». Podemos decir que la medida de transformar el G-20 en un nuevo «comando mundial» es claramente gatopardista.

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Por eso, cualquier esperanza de que, con la institucionalización jerarquizada del G-20, estemos asistiendo a un «cambio histórico» de la relaciones económico-políticas, favorable a los intereses de lo trabajadores y los pueblos, no pasa de ser, en el mejor de los casos, una utopía reaccionaria.

Sólo la lucha organizada de los trabajadores contra sistema capitalista imperialista podrá detener las consecuencias graves concretas de la crisis económica y los ataques de los gobiernos y las empresas, como la desocupación y el hambre. Y sólo esta lucha, llevada hasta sus últimas consecuencias, podrá eliminar las profundas razones estructurales de esta realidad (la propia existencia de este sistema capitalista imperialista) y su reemplazo por una sociedad socialista.

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