René Girard, mímesis y sacralidad

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Por Iñaki Urdanibia

 

« Existen graves malentendidos en lo que concierne a mi trabajo. A menudo se ve en mí un reaccionario o, al contrario, del lado de los cristianos, una especie de herético utopista»

( René Girard ) 

 

  La visión que mantenía era que en todo lugar se halla la naturaleza mimética del deseo; estando todas las culturas marcadas por un impulso de imitación y de fabricación de víctimas; dicho de otro modo toda cultura necesita un chivo expiatorio, que sirve para separar al Otro y reforzar el grupo, lo mismo. Girard cristianiza la visión hegeliana del deseo que se erige siempre sobre otro deseo, de este modo lo deseable, designado por un tercero, engendra el mecanismo sacrificial. Este dispositivo que que se cumple a costa de una víctima emisaria, está inscrito en los crímenes fundacionales. Es a partir de dichas violencias iniciales, definitivas, como deviene posible fundar, religiosamente , la paz social.

Si la óptica centrada en la imitación es uno de los centros de gravedad, si no el centro, su aplicación al mundo de los sagrado resulta esencial. Ya que él atribuye el origen de la religión y la cultura a los lazos originarios que se establecen entre la violencia y lo sagrado. Los excedentes de violencia generado por un grupo cultural, debido a la inestabilidad de la unidad cultural, se dirigen hacia un chivo expiatorio que hace que los odios se centren en este lo que llega a su punto culminante con la liquidación del chivo expiatorio lo que viene a suponer un freno, o al menos un momentáneo alejamiento, de los impulsos destructivos en el seno de la sociedad.

No es preciso dar por buena la afirmación profética de André Malraux cuando afirmaba que el siglo XXI sería religioso o no sería, pero lo que sí que se puede afirmar sin ambages- y sin recurrir a Rudolf Otto- es que la « muerte de Dios» anunciada por Nietzsche no supone la supresión sobre las interrogaciones sobre lo sagardo, representado, al menos en el panorama hexagonal, por los Durheim, Ricoeur, Batailles, Lévinas, Nacy, Derrida,o…el mismo René Girard.

La mimesis juega –como queda señalado- un punto esencial en el pensamiento occidental, cosa que se ve con meridiana claridad en los terrenos literarios y antropológicos, que no puede deberse a un « simple error», entre otras cosas por su abrumadora presencia de las tendencias imitativas con respecto a la naturaleza en toda su amplitud que ha de incluir, obviamente, a la naturaleza humana.

  Las obras del filósofo francés, nacido en Avigno, 1923, residente en Estados Unidos desde 1947 en donde ha impartido sus enseñanzas en la universidad de Stanford, han dado mucho que hablar, provocando encendidos debates. Si en un principio, se podrían hallar ciertos parecidos del ahora fallecido y Claude Lévi-Strauss, estos deberían ceñirse al espíritu anti-positivista que tomando lo racional como único topos interpretativo desaloja cualquier recurso al pensamiento pre-lógico( de «pensamiento salvaje» hablaba el belga), y el pensamiento mítico y religioso como visiones primitivas e ininteligibles. La separación vendría en que Lévi-Strauss trazaba de establecer con una lógica rigurosa, y su consiguiente trabajo de campo y las leyendas y mitos de diferentes culturas, las estructuras subyacentes, mientras que Girard sitúa el pensamiento religioso como fundador de la paz social y como primer principio en lo que hace a la cohesión de toda comunidad.

« La violencia y lo sagrado» ( 1972 / hay traducción como de casi todas sus obras en Anagrama)es un viaje hacia el pasado, hacia los orígenes de todo el edificio cultural y social que está en el centro de nuestra civilización, investigando los mitos y los ritos que fundan y perpetúan todo orden social.. La obra supuso una verdadera conmoción en el campo de las ciencias humanas, al exponer unos innovadores análisis en lo que hace a los clasicos griegos, y poniendo en solfa los sistemas dominantes en dicho campo del saber; muye en especial los dardos son dirigidos a las interpretaciones de Freud y más en concreto a los supuestos antropológicos que el psicoanalista mantenía en su « Tótem y tabú», con especial varapalo para el complejo de Edipo que según el crítico deja de lado el tema de la violencia fundadora que conlleva la cuestión de la víctima emisaria. Con un amplio abanico de referencias tomadas a la crítica literaria, la antropología, la teología, etc., Girard se sumerge en lo que suponen las situaciones de deseo en las que siempre se dan rivalidades en trono al mismo objeto. «El sujeto desea el objeto porque el rival mismo lo desea»; reviste-según él- el deseo una naturaleza mimética, que busca sin descanso un modelo, lo que hace que sea fuente de envidias, de concupiscencia y de codicia; tal disputa por los mismos objetos provoca inevitables conflictos violentos. Tal hipótesis explicativa hace pensar que en sus orígenes nuestras sociedades estuvieron confrontadas a desbordamientos frecuentes de violencia. Tal impasse caótico ha exigido-según el pensador- una salida que vendría otorgada por el dispositivo de reconducir esa violencia acumulada hacia un chivo expiatorio, hacia una víctima única . El sacrificio, el « crimen fundador» de la Ciudad, crea la cohesión social del grupo al canalizar el deseo mimético de cada uno de los miembros del grupo en trono a un adversario simbólico. Esas « cosas escondidas desde la fundación del mundo», son pasto del olvido lo que no significa que no sigan estando presentes tanto en las leyendas y mitos como en ciertos rituales sagrados.

Con paso decidido no se privaba Girard de ajustar cuentas con los «maestros de la sospecha» ( Marx, Nietzsche y Freud) en la época en que eran venerados, al señalar que no habían visto la importancia a la violencia que daba lugar a lo sagrado, que a su vez producía víctimas pero con el único fin de originar la paz social. En su « Civo expiatr¡orio» ( 1982) pretende fundar un nuevo acercamiento antropológico a partir de del papel que desempeña este deseo de imitación (mimesis), esencial entre los hombres ya que determina sus relaciones; el punto que destaca no obstante, y supone un mojón importante en su trayectoria es su afirmación de que el úico de esos « crímenes fundadores» ha llegado a nuestro conocimiento con cierta precisión: el sacrificio de Cristo, revelado por el Nuevo Testamento, que a su modo de ver es el texto más subversivo de la historia. Esta muerte de una víctima inocente rompe el círculo de violencia/sacrificio abriendo, haciendo que se establezca una disyuntiva entre las puertas al amor …que encarnado en la caridad cristiana sustituye al furor mimético haciendo que la humanidad se halle ante una disyuntiva que sería: o amar o perecer ( Amén).

La megalómana tarea del autor de « El misterio de nuestro mundo. Claves para una interpretación antropológica» , que reúne unas jugosas y clarificadoras entrevistas con el ensayista, resulta palpable en el libro que recomiendo para adentrarse en la selva giradiana en la que puede constatarse el amplio abanico de referencias que preguntarse   al lector : ¿pero qué terreno del saber no ha pisado este enciclopédico hombre? Característica que se puede constatar igualmente en sus textos críticos y literarios( « Mentira romántica y verdad novelesca» – Anagrama- o en su «Literatura, mimesis y antropología»-Gedisa-) o en los más centrados en motivos míticos y/ o bíblicos ( « Veo a Satán caer como el relámpago» o « La ruta antigua de los hombres perversos»…)…por las pa´ginas nos encontramos con don Quijote, con Emma Bobary, Stendhal, Shakespeare, Proust, Dostoievski, Camus, Nietsche, Platón, o…yo qué sé.

Esta multiplicidad de la que hablo se traduce en la influencia que su obra tiene en diferentes campos del saber : filosofía, etnología, historia de las religiones y teología, psicología y crítica literaria, mas también en disciplinas que en principio, y en apariencia, deberían permanecer impermeables a su influencia como economía, ciencias políticas, historia o sociología. Cruce de saberes que produjo fructíferos encuentros y coloquios como el celebrado en Cerisy en 1983 ( « Violence et vérité. Autour de René Girard » ; sous la direction de Paul Dumouchel, editado por Grasset, 1985).

Podrá estarse de acuerdo o no con muchas de las propuestas de Girard, podrá surgir cierto empalago entre sus lectores( me incluyo entre ellos), mas lo que no puede negarse es su capacidad de provocar pensamiento, de atravesar diferentes campos del saber y comportarse, tras su pista como, un cazador furtivo que penetra en campos inesperados y que en principio parecen acotados para otros acercamientos.       Llegados a este punto no queda más que desear al pensador desaparecido, verdadero agitador del campo del pensamiento … que la terre vous soit légère.

 

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