¿Reivindicación social del afecto y el cuidado para las personas? (punto de vista nuevo)

Por otro lado, hablar de afecto implica superar necesariamente el marco del empleo e incluso del trabajo e introducirse de forma especial en el ámbito de la relación, algo indisociable en cualquier actividad pero esencial en la que nos ocupa. Somos cuidadoras, todas y algunos todos, pero además necesitamos que nos cuiden, nos gusta y tenemos derecho a ello. Pero el afecto que buscamos no debería ser de mínimos, de obligación o culpa, de dependencia, sino que tiene que ser un afecto libre, aunque (hoy por hoy) pueda estar vinculado a un salario, y, para que sea libre, tiene que ser justo. El afecto, bien lo sabemos, no es la panacea, por eso no basta hablar de él sin nombres ni apellidos. El amor tiene cualidades y es parte de relaciones sociales que hay que construir y deconstruir: amor, servicio, trabajo, solidaridad, etc. De modo que las luchas que estén relacionadas con los afectos, como lo son la mayoría de las que se libran en el terreno de la salud y la educación, no serán estrictamente laborales, sino ciudadanas a la par que personales. Serán luchas en contra de las guerras cotidianas. Y el reto al que nos enfrentamos en estos talleres es justamente ése: transformar el cuidado en una reivindicación social que modifique los afectos y los convierta en un bien común y abundante. Algo que ha sido un desafío constante para el feminismo y que la ofensiva neoliberal de las últimas décadas ha convertido en una urgencia.

Las luchas de las cuidadoras (de las amas de casa en los países empobrecidos, de las migrantes empleadas de hogar, de las trabajadoras sociales, de las limpiadoras…) están en ciernes y algunas experiencias apuntan a un futuro de agregación que pudiera hacer estallar la atomización y la precarización que se da en los servicios personales, la degradación de los públicos y las angustias y los malabarismos de las componendas familiares. Las luchas de las personas (des)cuidadas, relevantes en otros países del Tercer Mundo, no así en Europa, a excepción quizá de Francia, son la otra cara de los mismos problemas: recursos, calidad y cooperación. En este sentido, los conflictos migrantes y los que giran en torno a los cuidados, que se dirimen en el plano laboral, pero, sobre todo, en el ciudadano y en el imaginario y las formas de vida, precisan de un mayor grado de elaboración y confluencia.

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