Refugios de papel

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Ha sido durante este confinamiento, este aislamiento de las personas a las que quiero, este alejamiento impuesto y obligatorio, esta privación de contacto físico, esta carencia de besos y abrazos, esta ausencia de otros latidos con los que acompañarnos, esta soledad de miradas reflejadas en las propias, esta nostalgia de voces sin tecnologías de por medio, esta búsqueda estéril de sombras cruzándose más allá de la luz. Ha sido durante este tiempo anormal y extraño, triste y pesaroso, cuando mi alma y mis entrañas han sido plenamente conscientes de la necesidad urgente e ineludible —y en muchos momentos dolorosa— que siento de mi tribu.

Escribe Olivia Sudjic en su libro Expuesta. Un ensayo sobre la epidemia de la ansiedad y editado por Alpha Decay: «Echar raíces quizá sea la necesidad más importante e ignorada del alma humana. Es una de las más difíciles de definir. […] El ser humano tiene necesidad de echar múltiples raíces, de recibir la totalidad de su vida moral, intelectual y espiritual en los medios de que forma parte natural.». Esas “múltiples raíces” de las que habla Sudjic, que aparecen en nuestros caminos y responden a querencias profundas, que se entrelazan con fuerza, que comparten la vida con naturalidad, con claridad, con sororidad: esas son las que forman mi tribu.

Es cierto que nada, nunca, será capaz de compensar, mucho menos de sustituir, estas carencias que tanto me han pesado —y que siguen haciéndolo—. Pero como otras veces, durante estas semanas de realidad distópica, he encontrado consuelo en mis refugios de papel: los libros. Y ahora que este tiempo extraño parece que se aplaca, ahora que he podido volver a abrazar y compartir latidos, ahora siento que debo dedicar la savia de estas otras raíces a escribir estas palabras.

Detalle del cartel de la 74 edición de la Feria del Libro de Madrid, Parque del Retiro, año 2015 | Autor: Fernando Vicente

Detalle del cartel de la 74 edición de la Feria del Libro de Madrid, Parque del Retiro, año 2015 | Autor: Fernando Vicente

¿Alguna vez os han abrazado de manera que sintáis que no hay un solo milímetro de vuestra piel que no esté cubierto, ni un milímetro desprotegido? ¿Alguna vez os han abrazado y os han hecho sentir que no existe el peligro, que jamás habrá nada capaz de dañaros, aunque sepáis que eso es imposible? ¿Alguna vez un abrazo os ha devuelto la fuerza que creíais perdida? Pues eso es lo que algunas lecturas me han hecho sentir. Y esta certeza ha ocupado mi mente durante este tiempo extraño sin mi tribu: cómo los libros me envuelven completamente, aunque sea por breves espacios de tiempo.

Autoras que me han ayudado a cambiar tantas referencias, a reestructurar mi mente, que me han ampliado y completado tantos pensamientos. Da igual que el libro sea de ficción o no; lo valioso es la satisfacción que me colma cuando encuentro escrito en uno de ellos un pensamiento que había anidado, crecía y se había hecho un espacio en mi cabeza. Tenerlo ante mis ojos me ayuda a entender y aceptar reacciones que he tenido, vivencias complicadas, a no juzgarme tan duramente por mis acciones, respuestas, pensamientos, deseos.

Creo que los libros son un potente refugio de mi vida. Dudo que otro objeto sin alma pueda reconfortarme de esta manera. Me envuelven de una manera difícil de explicar, llenándome de calidez, de vacío, de añoranza, de recuerdos de experiencias no vividas; llevándome de regreso al pasado, a pasados tiernos, horribles, duros, acogedores. Siento que son ellos los que me escogen; los sujeto con mis manos, o los recuesto en el colchón junto a mi almohada, y cuando se produce la magia, cuando llega la conmoción, cuando los perfiles de lo que me rodea se estremecen y empiezan a desdibujarse… Tras unas pocas líneas leídas dejo de existir. Y así es que guardo memoria de momentos atemporales, fuera de mi mente, más allá de la realidad.

La lectura es un acto solitario, lo mismo que la escritura; otra de mis raíces, de mis necesidades vitales. Y lo digo sin exagerar. La lectura es también un acto íntimo e individual —igual que la escritura—; al menos así lo siento y lo vivo. Requiere esfuerzo por parte de quien lee, de la misma manera que es necesario e ineludible esforzarse para escribir.

Las palabras impresas te regalan oportunidades infinitas: pueden ser releídas, desordenadas y repensadas. La mirada puede volver atrás en el texto, dejando que el pensamiento reflexione sobre ideas previas. Un libro ofrece muchas posibilidades, invita a recrearse de manera abierta y sincera a quien lo lee. Por eso también la lectura necesita tiempo, un tiempo que cuanto más relajado, exclusivo y —sobre todo— libre sea, más riqueza aportará. Claro que se hacen lecturas en diagonal, yo las he hecho muchas veces, pero hay textos que requieren una mayor concentración. Hay lecturas que atrapan nuestra atención y nos enredan en ese juego de relectura, de revisión, nos guían para repensar y profundizar, nos acompañan mientras cerramos los ojos y nos dejamos vencer por imágenes, sensaciones, reminiscencias, aromas, efectos, afectos.

Hay lecturas que siempre me acompañarán; hay libros de los que me ha costado mucho separarme; y libros de los que, por el momento, me siento incapaz de desprenderme. Con el tiempo, ha habido otros, los más, que han pasado a ser el regalo cargado de intención, de ternura, de profundidades con las que he querido agasajar a otras personas: fue cuando entendí que retenerlos era egoísta por mi parte, que debía compartir placeres, pesadumbres y todas las posibilidades que su lectura ofrecía, que yo había podido aprovechar y que tanto me habían enseñado.

Etapas del lector (Stages of the reader; adaptación al castellano) | Ilustración: Grant Snider

Etapas del lector (Stages of the reader; adaptación al castellano) | Ilustración: Grant Snider

Tantos libros… Libros que me han acompañado en tardes de tormenta bajo una manta, en noches de insomnio, en vagones de tren, en salas de espera de consultorios médicos, en autobuses y metros llenos y casi vacíos, en playas atestadas de veraneantes y escasas de visitantes invernales, en habitaciones de hotel, en incómodas butacas de hospital, en sofás, sillas, taxis, salas de rehabilitación, taburetes, escalones, patios de colegio, parques urbanos, piscinas públicas, andenes, colas de embarque, escaleras mecánicas… Y sí, sí, también en lavabos. En tantos lugares como los que he transitado durante mi vida.

Hay momentos de mi vida, imágenes, sensaciones, sentimientos…, que recuerdo intensamente gracias a lo que leía en ese momento. Una mezcla extraña entre lo que me provocaba mi realidad y el impacto de la lectura. Los libros no solo me han acompañado: me han mantenido cuerda en muchas ocasiones, me han ayudado a aplacar el rechazo y el odio que me hacía sentir la realidad que estaba viviendo. Pero también ha habido momentos en los que ninguna lectura era capaz de procurarme paz, serenidad, equilibrio. La muerte de mi padre, el ictus de mi madre y las devastadoras secuelas, el tumor en mi pecho izquierdo, el tumor en el cerebro de mi madre, su muerte. Mi corazón debilitado, resentido y enfermo de quimioterapia y duelos reprimidos.

Lo cierto es que al final, siempre he logrado dar con esas historias que me han vuelto a evadir y llevarme a ese lugar seguro, aislado, propio, personal, indestructible; ese espacio, ese refugio de papel absolutamente resistente, fiel, constante, comprensivo, cálido, acogedor, que me acuna y me envuelve cuidadosa, pacientemente.

Gracias a autoras, escritores, novelistas, ensayistas, traductoras, libreras, editores, maquetadoras, impresores, distribuidoras, agentes… Gracias. Sin vuestro trabajo yo no tendría mis refugios de papel.

Por cierto, ya que has llegado hasta este punto de la lectura, ¿te apetece contarme en qué estado estás dentro de esa pirámide dibujada por Grant Snider? Me encantará leerlo.

Refugios de papel

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