Publicado en: 2 enero, 2019

Reflexiones para una unión necesariamente solidaria

Por Mis Aforismos

Ante la crisis territorial que vive el Estado, Podemos trata de reconquistar el término patriotismo para integrar la España plurinacional; ¿Es la vía de la redefinición de las naciones y sus límites la mejor solución o la izquierda está olvidando la otra vía que ya unió a los pueblos en el pasado?

Debido a la crisis orgánica territorial por la cual está pasando España, se ha desencadenado una efervescencia de reacciones nacionalistas por todo el Estado; desde un replegamiento del nacionalismo español hasta llamadas a la independencia, en diferentes grados, de los denominados nacionalismos periféricos. Siguiendo todo este proceso, Podemos se ha encontrado arrinconado entre las diferentes tensiones externas e internas del partido y enfrentando a sus propias contradicciones. Desde sus inicios, Podemos ha apostado por una España plurinacional para poder integrar su movimiento y sus presupuestos en todo el territorio del Estado. Con ello, también rescató la idea del federalismo –abandonada por el PSOE mucho tiempo atrás y usada infructuosamente por el PSC para contrarrestar el auge del procés hace unos pocos años– y trató de reconquistar y quitarle a la derecha el término patriotismo para reacuñarlo; tratando de darle un cariz más cercano al amor por la tierra propia y de responsabilidad ciudadana más que de un orgullo chovinista por la herencia de generaciones de antaño largo tiempo muertas y enterradas, las cuales por cierto tenían una idea muy diferente de España de la que hoy se tiene. Se trata de poder recobrar la capacidad de sentirse orgulloso de ser español, de pertenecer a España y a la nación española, sin –dicho de forma burda– sentirse «facha».
Si bien la intención de Podemos es honesta, amable y valiente en este aspecto, su apuesta por la reformulación del patriotismo se queda corta e ignora los verdaderos problemas de fondo. Tratar de articular el nacionalismo español con el resto de nacionalismos presentes en el país, crear una suerte de sentimiento federativo entre naciones, es una empresa harto complicada debido a los antagonismos presentes entre éstos propios nacionalismos. Cómo se puede articular un nacionalismo español que, por ejemplo, considera a Catalunya y a los catalanes como parte de su nación, como «de su propiedad», que llega al extremo de negar la propia existencia de los nacionalismos periféricos? Podemos trata, en el fondo, de reconciliar el nacionalismo español con el resto, pero al hacer esto le pide a éste renunciar a diversas de sus partes integrantes que considera propias. Es pedirle que acepte que un catalán, un vasco, un gallego e incluso un andaluz puede no ser español. Esto resulta en una antonímia que choca con el núcleo significante de la nación española y, al menos a corto plazo, hace la reconciliación imposible o la convierte en dolorosa para aquéllos nacionalistas españoles más tolerantes. Porque en Podemos, sean conscientes o no, son nacionalistas españoles; la propia voluntad de querer redimir el concepto de patriotismo dentro de la izquierda española ya denota esta inclinación. En su imaginario existe, si bien en una versión mucho más tolerante y conciliadora, el concepto de la nación española. Se puede llegar a aceptar la existencia de los nacionalismos periféricos como nacionalismos históricos, pero siempre bajo la égida y en clave enriquecedora de la nación española. Y aunque se respeten los presupuestos soberanistas de los nacionalismos periféricos como una opción política totalmente válida y respetable –aunque no la compartan–, el hecho de tener que aceptar la idea de que alguien, al que consideran español, no se siente tal o que incluso se haya cansado de serlo, y que prefiere que su territorio se encamine hacia la secesión de España, les resulta doloroso hasta el punto de poder generarles cierto resquemor.
Pero, por qué un partido que pretende abanderar la izquierda en España trata de coptar una concepción de los pueblos y los territorios más propia de la derecha y hegemonizada por ésta? El concepto de nación, si se lo deja solo en la ecuación, es excluyente y segregador, especialmente cuando se trata de trazar la frontera entre qué y quiénes pertenecen a ésta y todo lo demás. El patriotismo que Podemos trata de componer busca convertirse en un nexo integrador de nacionalismos en España, pero, por qué buscar crear un nuevo nexo entre pueblos cuando la izquierda ya tiene el suyo? Por qué no rescatar el internacionalismo y traerlo otra vez a la primera línea de frente en la guerra de posiciones? Lleva en el cajón de los recuerdos demasiado tiempo; y en un momento de crisis orgánica y sistémica como el que vivimos, tanto en España como en la Unión Europea y el resto del mundo globalizado, es más necesario que nunca. Cada pueblo es libre de decidir su destino como colectivo, pero no formar parte de una misma organización territorial no es óbice para poder avanzar juntos en una misma dirección. No hay que entrar en el juego de competición entre países y nacionalidades, hay que apostar por la solidaridad entre pueblos y por la libre asociación de éstos para integrar y liderar la lucha de clases. El verdadero origen de los problemas sociales que asolan a España y al mundo no está en la crisis, en la corrupción o en la monarquía, se encuentra en el modo de producción y en el imperialismo financiero que domina y manipula a los Estados. Es una lección aprendida hace mucho pero que no dejamos de olvidar demasiado a menudo.
La justicia social y la igualdad no se alcanzarán con las escuetas herramientas que brinda la democracia burguesa en la que vivimos, sino con la solidaridad y el trabajo conjunto de las clases subalternas de todo el mundo. No existe posible contrahegemonía a un mundo globalizado sin una revolución global, y ésta no se alzará si nos limitamos tan sólo a las realidades de nuestro entorno doméstico. La explotación de un obrero en el Estado español está directamente ligada a la explotación de un obrero en EE.UU, en la China o en los vertederos de residuos electrónicos en África. El Capitalismo exprime y devora todo cuanto puede, prospera en las desigualdades y no siente remordimiento alguno si durante este proceso esquilma y destruye la naturaleza y las sociedades de las que se alimenta. Las consecuencias medioambientales debidas a la sobreproducción y consumismo desenfrenados son atroces y alarmantes, y amenazan ya a la propia supervivencia de la civilización y la especie humana en un lapso de sólo un siglo. Sin una unión solidaria entre los obreros del mundo no habrá futuro, ni humanidad, ni planeta; tan solo un erial con las ruinas de un fracaso que se podría evitar con la suficiente determinación y coraje por parte de todos.
Javier Arnau
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