Recuerdos: La cal del olvido

Ayer volví a pasar por la calle del General…, uno de los que ganaron aquella guerra.
&nbsp Qué tristeza y frustración comprobar que esa vía aun conserva el mismo viejo nombre de cuando, ¡hace&nbsp ya tanto!, ellos tomaban estas mismas calles para celebrar sus desfiles, sus concentraciones y sus procesiones.

Estas viejas placas de la posguerra, para aquellos que sepan leer en ellas, aún tienen la virtud de traernos la memoria de los días de la ira, los días de la cólera. Nos hablan del luto por los camaradas abatidos ante los pelotones de fusilamiento, los que, de uno u otro bando, rodaron por el suelo, segadas sus vidas por la metralla; los que padecieron largo cautiverio tras la derrota y los que resistieron en el monte, después de caer Madrid. Nos devuelven los nombres de los que un día abandonaron estas tierras, huyendo de la represión,&nbsp para salvar la vida en el continente americano: los Sender, los Salinas, los Max Aub, los Rejano, los Buñuel, los Corpus Barga, los que acompañaran al exilio lo poco que salvamos de aquel naufragio y que fue a morírsenos unos días más tarde en Colliure; los Alberti, Zambrano, aquel fotógrafo extranjero que se movía de aquí para allá con su flamante Leica, los científicos, los historiadores, los Prado, los Altolaguirre, Bergamín, Cernuda… y tantos y tantos que, por no ser ni poetas, ni filósofos, ni hombres de ciencia, nadie se tomó la molestia de salvar su nombre en un trozo de piedra, en un libro o en una crónica.

Estas placas, como digo, tienen la propiedad de permitirnos leer en ellas (Otros lo hacen en los posos del café). A mí en particular me hablan de un impenetrable tejido de comisarías y centros de confinamiento en todo el territorio nacional; me hablan de hambres sin cuento, de mujeres que, habiéndolo perdido casi todo, vendían lo único que les quedaba ya: su honra, en las calles, en los descampados, en los cines, en los lugares más tristes y sórdidos de la ciudad; me hablan de rígidos militares y graves matronas que acompañaban a Jesús del Gran Poder en los días de Semana Santa, entre hachones y olor a cirios quemados y a cuartel; de portales con olor a repollo hervido y a humillación, a derrota y a orines; de seres ausentes, de oscuras colas de gente famélica, mutilada por dentro y por fuera, con pobres prendas de vestir y brazaletes de luto, a las puertas de cuarteles; de tiendas de ultramarinos apenas abastecidas de harina de almortas y sardinas arenques y alumbradas por un bote de carburo; de austeros escaparates de librerías con las obras de Pemán y del padre de los Panero, Mi lucha, los discursos de José Antonio, Centinela de Occidente, el Diario de una Bandera; novelas de Carmen de Icaza, de García Serrano, dramones de El Caballero Audaz y de Pedro Mata, misales y libros piadosos, los volúmenes de Nuestra Cruzada…, junto a una pequeña cartulina adornada con los colores monárquicos, donde bien claro podía leerse: Adicto al Régimen ¡¡Viva Franco!! ¡¡Arriba España!!

&nbsp Para quien quiera detenerse a escuchar, de estas placas se desprenden ecos de himnos que hablan de imperios, de historias de tétricos legionarios estrechamente emparentados con la muerte, canciones con olor a prostíbulo, el humillante ya hemos pasao de Celia Gámez,&nbsp el patriótico y repetido hasta la saciedad Sitio de Zaragoza y el Romance de la Chata en receptores de radio a los que, desde el más allá, raramente alcanzaba poco más que las ondas de Radio Andorra y la música de Radio Tánger; películas banales en salas cinematográficas encharcadas de cáscaras de pipas de girasol y con fuerte olor a sudor, a derrota y cansancio, mezclados con el zolopino y estrechamente vigiladas por policías de perfil enfermizo oculto tras las eternas gafas oscuras; concursos de radio al servicio verbal de los Boby Deglané y otros “ilustres” del Régimen; “brillantes desfiles” de despedida, en porticadas y antiguas plazas castellanas, de tropas llegadas hasta aquí desde la Alemania de Goethe y las tierras del poeta Virgilio para dejar caer desde sus pesados aviones las mortíferas cargas sobre las ciudades y los campos donde, una vez más, moría España, crucificada por crueles guerreros africanos traídos desde el Atlas por los generales cristianos, con el dinero de un rey traidor y el de un millonario sin escrúpulos, penetrando el acero de los siniestros obuses en las alcobas donde minutos antes se amaban los recién casados, sobre los aún tibios colchones donde lloraba el recién nacido, sobre aquel comedor burgués en el que, quizás a esa misma hora, oraba la familia católica en torno a una humeante sopera de Sevres, haciendo saltar por los aires los sueños,&nbsp el retrato de boda colgado en la sala de aquellos antepasados, amortajados ambos en el sepia de una foto de antes de que él partiera para la guerra de Cuba o de Marruecos, sobre el anuncio de Nitrato de Chile y la jaula donde se desesperaba el pajarillo buscando inútilmente la salida y que alegraba la vida de la casa cercada por la rutina y la maleza.

&nbsp Estas placas nos devuelven los&nbsp ecos de los disparos de los desesperados suicidas del Puerto de Alicante, aquellos que, en los últimos días de marzo del treinta y nueve, y no confiando ya en la salvación de los barcos que&nbsp podrían rescatarlos de la segura muerte ante un pelotón de fusilamiento franquista, optaban por la inmediata fuga hacia la eternidad. Ahí están inscritos los nombres de los campos de concentración de Albatera, Barbastro, el Campo de la Bota, San Pedro de Cardeña, Fiffes, Gando, con sus miles de prisioneros hacinados y esperando a que, en cualquier momento, uno de aquellos oficiales del ejército vencedor se acercase a ellos con un papel en la mano y pronunciara un puñado de nombres, los nombres de aquellos que, fatídicamente, no verían las luces del nuevo día; los que trabajaban, rodeados de la mayor humildad, las plataneras y los ricos campos de la Isla de La Palma y que, tras siete días de resistencia en aquellos campos de tabaco y aguacates, descendieron al fondo de la tierra de Fuencaliente, con un trozo de plomo donde días antes se albergaban sueños de libertad y de justicia, ahí están inscritos también los nombres de los tristes barcos.

&nbsp Desbordando los márgenes de esas placas, los nombres y la sangre de los leales que resistieron aquellas primeras horas de julio en la Isleta, en la Aldea de San Nicolás y que fueron cazados en las montañas y en las cuevas, aún habitadas por los espíritus de aquellos aborígenes que fueron exterminados aquí por los conquistadores cristianos que tomaron estas islas hace quinientos años, se precipitan al vació hasta confundirse con los gritos de terror y los ¡VIVA LA REPÚBLICA! de los que, en esas mismas horas, caían acribillados por las balas de los generales sediciosos en Badajoz y en Castuera, en la carretera de Carmona, en Sevilla y en Granada, en Coruña y en Valladolid, en Mallorca en Salamanca, en Paterna; se confunden con los que eran arrojados y, aún con vida,&nbsp eran cubiertos de cal, en la sima de Jinámar y en los pozos de Arucas, esos y otros grito se mezclan y suben aún hoy a la superficie de la tierra en un clamor, junto al grito de ¡ATIS TIRMA! que envolvía a aquellos que, hace siglos, se arrojaban por estos riscos antes que ser esclavos de los Católicos Reyes.

&nbsp Ese y otros rectángulos de chapa que dan nombre a las calles de nuestras ciudades, nos cuentan historias de españoles en países lejanos, involucrados en heroicas batallas contra el nazi invasor, conviviendo con hombres y mujeres que quizás nunca habían puesto sus pies en estas tierras de luminosos aceites y oscuros templos, en Francia, en Rusia, en África, en Noruega… pero con los que compartían un mismo sueño de libertad y de fraternidad; hablan de los siniestros campos de concentración que hicieron tristemente famosos aldeas, paisajes y regiones antes apenas mencionados en los mapas: Dachau, Mathausen, Gussen, Buchenwald, Barcarés, Djelfa, Argelés-sur-Mer, Saint Cyprien, Prats de Mollo&nbsp donde, junto a judíos, rusos y polacos, apuraron la última gota del cáliz que el mundo tenía reservada para los republicanos españoles que no se sometieron a la bota de un rey ni a la de Burgos, Roma ni Berlín. Estas placas hablan, gritan, vocean, repiten, proclaman al viento una y otra vez, para todo aquel que tenga oídos y se pare ante ellas, los nombres de todos aquellos que un día lejano descendieron al fondo de la tierra, algunos, rodeados de una aureola de gloria que habían ganado en cien batallas contra las fuerzas de la represión que les hostigaba en los montes de Galicia, de Cuenca, de León, de Gredos, otros, confundidos en el anonimato de los dieciocho años que les llevaron a compartir su suerte con Caraquemada, Massana, Facerías, Girón, Juanín, Cristino, Pinocho y otros legendarios antifascistas. Repiten, hasta hacer saltar el pulido esmalte de su superficie, los nombres de los lideres obreros que llevaban las consignas de Lenin y de Pablo Iglesias hasta el vientre de las minas de la más brava y explotada Asturias, y que más tarde serían arrojados a lúgubres prisiones; los nombres de los poetas, los nombres de los autores de aquellos libros quemados, sacrificados todos al dios del capital, del militarismo y de la Santa Sede; los nombres y los apellidos de los niños que, mientras aprendían el valor de 2 más 2 en la pizarra de un colegio de Getafe, un avión, posiblemente fabricado por aquellos mismos obreros que combatían en esas horas en los campos de este apartado rincón de Europa, dejaba caer su mortífera carga sobre la escuela para poner a aquellos infelices tendidos boca arriba sobre la tierra, sin vida, definitivamente raptados de los juegos de la infancia por la temprana muerte, listos para la foto que daría la vuelta al mundo en los periódicos de gran tirada del día siguiente, definitivamente ciegos y sordos para todos los libros, todas las músicas y todos los juegos; los nombres de aquellas 13 jóvenes mujeres que, una vez acabada guerra tan cruel, ya devastadas las ciudades, en plena actividad de depuración, en la hora sublime de la más cruel venganza del vencedor y firmado el último parte de guerra que daba por concluida la última batalla, aquel cinco de agosto de 1939 teñían el suelo de su amado Madrid, bajo las balas de un pelotón de ejecución, al pie de las tapias del cementerio del Este y a pocos metros de la cárcel de mujeres donde, otras como ellas, aguardaban la misma suerte, simplemente por haber defendido la causa de aquella República, aquella España en la que ahora el bando vencedor se emborrachaba con la sangre de los derrotados.

Estas placas, esos monumentos nos hablan de poblaciones devastadas por la guerra y definitivamente desaparecidas del mapa, donde apenas si se pudo decir después: aquí estuvo el cementerio, ahí estaba el poyo y la parra donde se sentaba la madre antes de todo aquello para echar soletas a los calcetines, eso era el corral, aquello el horno, ahí nací yo, de esa puerta salió fulano para casarse un día con mengana, ahí estaba el pilón donde abrevaban las bestias, antes de que, todo esto que antes era un país que solo quería salir de su atraso milenario, fuese sembrado de Marte, del acero, de la muerte y la destrucción, de los cantos guerreros, campos de sangre que clamaba por más sangre; hablan de niños militarmente formados cantando el Cara al sol con el brazo extendido a la puerta de los colegios; de oscuros negocios en despachos oficiales, presididos por el Crucificado flanqueado por los retratos del Fundador y del Generalísimo, (que nos recordaban las ilustraciones de los libros de texto, con los dos ladrones flanqueando la figura del Cristo en el Gólgota) donde se traficaba con el hambre y la salud de un pueblo; del miedo cerval instalado en aquella sociedad de la posguerra que, en el 36, en los días del fervor revolucionario, había votado mayoritariamente al Frente Popular; de los que habían tenido la osadía de significarse en los días que siguieron, socializando empresas y colectivizando campos, o simplemente desplegando una bandera constitucional en el balcón de la casa el 18 de julio, cuando cundió la noticia del golpe militar; nos hablan del que echó abajo la puerta de la ya inútil iglesia del pueblo para convertir ésta en granero del común; de carreteras atestadas de la población civil que, huyendo de la barbarie “cristianizante”, trata de poner a salvo los pobres enseres y las vidas de las criaturas que salvaron de los bombardeos vaticanofascistas sobre las ciudades, perseguidos en su huida por las balas de la aviación de los “salvadores de la patria”.

…Y ahí sigue permaneciendo la jodida placa, como desafiando a los que sobrevivimos y a la siguiente generación, a las lluvias y al sol, a la nieve y al granizo. Desapareció el campo de concentración, donde tantos cayeron sin dejar el menor rastro, ni siquiera una modesta piedra y donde, desde entonces, como un milagro de la naturaleza, cada primavera, la lluvia y el sol hacen el prodigio de una generosa siembra de rojas amapolas. &nbsp

Murieron (en sus lechos) los generales sublevados y se extinguieron en el olvido los nombres de sus subalternos, los de los jerarcas y los de los torturadores; regresaron los pobres diablos que marcharon a Rusia con la División Azul para “combatir al comunismo“; pasaron los “tiempos del cambio”, con sus amnistías, sus gobiernos, sus ayuntamientos democráticos y su Constitución, que inauguraban las amplias autopistas por donde penetrarían las voraces multinacionales para convertir este país en tierra de promisión y de pastoreo de transnacionales sin escrúpulos, hasta convertir Iberia en un inmenso supermercado donde todo está en venta, y enterrado definitivamente Marx por los magos de la palabra, los nuevos flautistas de Hamelín, aquellos que ahora bostezan en los tibios aposentos del poder.&nbsp Entretanto, un ejército de zombis, que viajan eternamente en los vagones del Metro de las grandes ciudades, se encaminan hacia un trabajo embrutecedor,&nbsp ya lejanos los sueños de la utopía y la autogestión. &nbsp

&nbsp Tres veces ardió el pinar en estos treinta y dos años, otras tantas se le secaron a la parienta las plantas del balcón con los fríos, cuatro perros se me murieron, regresaron los tres exiliados que sobrevivieron al Señor del Pardo; salieron de donde estuvieron ocultos, mientras éste vivió, los “topos” que le sobrevivieron, varias veces parieron las que fueron mozas cuando lo fui yo y más de una falleció ya, asfaltaron las calles y la carretera, trajeron el teléfono, la luz, el agua, que antes había que acarrear desde el caño de la plaza, la televisión y el Internet; extrajeron la vieja peña de la plaza, allí donde paraba el coche de línea, para que puedan aparcar ahora los coches de los forasteros que vienen a comer a lo de Lucio y a hacer fotos a la iglesia vieja del barrio de San Juan, (donde murió abrasado por un rayo el Aurelio mientras fornicaba con la Dionisia, qué ya le manda, como si no tuvieran otro sitio.) &nbsp

&nbsp La lluvia, el sol y el tiempo tornaron gris plata la madera del abandonado colmenar y las puertas a las que llamábamos de chicos con un villancico para pedir una perra por las Pascuas, y en las que no se enmarcarán ya los que un día tomaron el camino de la ermita y el cementerio; desapareció el viejo lavadero, donde lavaban las mujeres y se apañaba más de una boda. Ardió el viejo molino donde acudíamos de chicos al crepúsculo para iniciarnos en el dulce arte de la masturbación, mientras contábamos las estrellas e identificábamos en el firmamento las constelaciones de Orión, y la Osa Menor, o nos fumábamos aquellos primeros pitillos de picadura mal liada que les robábamos a los padres; la nieve cubrió un año tras otro la sierra; desapareció la fragua del herrero en cuanto murió el tío Zacarías…pero la placa, ¡hay!, les sobrevivió a todos. Esa placa, que reemplazó a aquella otra que trajo El Cacharro un día de la capital en su bici, y que él mismo clavó en la esquina de la calle Real, que a partir de ese momento paso a llamarse, por consenso general, Calle del 14 de Abril, un día en el que los balcones reventaban de color y de aromas, y en el que el maestro de la escuela, acompañado por el Benito, que malinterpretó con la armónica el Himno de Riego, recitó un poema muy aplaudido por el pueblo: los treinta y cinco escolares, las mujeres, unos pocos labradores que abandonaron por una hora las labores del campo y el alcalde que salió de las elecciones del doce de abril, que leyó unas palabras para exaltar los valores republicanos y ciudadanos y con la sola ausencia del cura, aquel año en el que parió la Juana y se casó con el Miguel, por lo civil &nbsp

Todo pasó. Años después, aquel día de julio, no se me olvidará mientras viva, la cigüeña, asustada por los disparos, dejó de anidar desde entonces en la torre de la iglesia, junto a la veleta y el pararrayos, la cigüeña que anunciaba con su presencia en aquellos campos la primavera, precisamente a partir del día que “ellos” mataron al Ciriaco, por pintar una noche en la fachada de la iglesia, con hollín de la fragua: BIVA LA REPÚBLICA, ABAJO EL CLERO (sic) (que para poeta no iba pero cojones no le faltaban). &nbsp

Casi se pueden oír aún, desde la distancia de los días, los cantos patrióticos y los formidables taconazos de los camisas azules formados marcialmente cuando regresaron al pueblo, quienes, tras mandar al pobre Florencio (el de los seis zagales y la mujer siempre preñada) destrozar con una maza la placa de la calle 14 de Abril, éste fue obligado&nbsp a sustituirla por otra con el nombre del general sublevado. Un día del Segundo Año Triunfal, que decían ellos, entre redobles de tambores, metálicos sonidos de trompetas, y arribaespañas que nunca se les caían de la boca, ni siquiera antes de empezar el nodo en el cine. &nbsp

Porque a “ellos” no les bastó con vencer y derrotar a la “anarquía reinante y a la masonería” (palabras algunas de ellas desconocidas por estos pagos entonces), ellos vinieron para quedarse, con su “cultura” de canciones fascistas para amedrentar a los labriegos montaraces, con sus aceites de ricino, sus campos de concentración y sus “pozos del olvido”, sus lustrosas trinchas y sus bigotitos franquistas; sus cosechas de monumentos a los Caídos acompañadas de interminables relaciones de falangistas y siempre encabezadas por el eterno: JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA, ¡PRESENTE! y el CAIDOS POR ESPAÑA Y LA REVOLUCIÓN NACIONAL SINDICALISTA, en cuanto cementerio y fachada de iglesia encontraron a su paso, que fueron numerosas, (aunque aquí no se le tropezase la ropa ni siquiera al puto cacique de don Gabriel, que todos los que fueron a su “cruzada” lo hicieron movilizados por la fuerza y cayeron en Teruel, en el frente de Madrid y en Cataluña, porque aquí pudo más el miedo a los treinta falangistas que vinieron en camionetas y armados hasta los dientes desde la capital que los discursos de don Liberto, el maestro, al que dieron el “paseo” por leernos en clase poemas de Machado y de otros “rojos”. sus amenazadores mazos de yugos y flechas presidiendo las vidas de los lugareños y las entradas de los pueblos, para aviso de caminantes; sus marciales desfiles con sus boinas coloradas, (casi lo único rojo que se toleró en esos años en el paisaje de nuestras tristes vidas) entre el polvo de las calles sin empedrar y en medio del estupor general, entre pobres críos descalzos con el culo al aire y ladridos de famélicos perros, mientras Ginesito, el tonto del pueblo, arrastraba del extremo de una soga el retrato de don Manuel Azaña que habían descolgado del Ayuntamiento, entre las risas, las tímidas manos tendidas al frente y los aplausos del pueblo para que no se nos notase el pavor, que era mucho. &nbsp

&nbsp Desapareció también aquella entrañable chapa ovalada que pusieron sobre la puerta del colegio, junto a aquella hermosa bandera tricolor de mi infancia, y donde aprendí a deletrear un día: MINISTERIO DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA. ESCUELA NACIONAL DE PÁRVULOS, con el escudo de la República en el centro…

&nbsp Aquellas tejados de mi niñez bajo los que anidaban entonces, además de los vencejos que tejían allí sus nidos, los sueños de aquellas gentes humildes y laboriosas, con su casino y su ropa blanca tendida al sol, la barbería de Pacuco, donde los labriegos acudían los sábados a raparse la barba; el colmado de la Sabina, donde lo mismo se compraba una de aquellas ya desaparecidas y doradas hogazas de entonces que una hoz, o el ajuar de una novia; el abrevadero donde acudía el ganado a beber a las cinco de la tarde, cuando salíamos los críos como una exhalación por la puerta de la escuela. &nbsp

Amable territorio del paisaje de mi infancia, envuelto entre el hilo del humo de la leña que se consumía en los hornos de cocer el pan y en las viejas hornillas y que se elevaba sobre un pacífico cielo azul, entre los quejidos de los ejes de las ruedas de los carros de&nbsp labranza, entre cacareos de aves y mugidos del manso ganado que un día sería acribillado por la aviación enemiga y elevado por Picasso hasta su Guernica; entre el tibio aroma del puchero, con el cocido hirviendo a la lumbre sobre las trébedes, y el tañer de la campana de la iglesia. Y todo aquello envuelto en las placenteras claridades de los días dulces de la ya lejana infancia.&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp

&nbsp Qué duro ver esa y otras placas desafiando a los tiempos. Ni un solo arañazo de una vieja pedrada da testimonio de la ira de un vecino que se rebelase contra tal insulto… &nbsp

&nbsp También podría haber sido yo el de la pedrada o el que, armado de una “pata de cabra”,&nbsp trepase hasta la placa y la hiciera saltar por los aires, cualquier noche de esas en que ni la luna fuese testigo. Pero he preferido que permaneciese ahí, como testigo del terror colectivo que descendió como una inmensa boina sobre los pardos tejados de este pueblo, sobre las adormecidas conciencias de estas gentes, de nuestra cobardía ante un tiempo de infamia y de cruel silencio, aquel miedo que descendió del cielo, como esas malas nubes que inquietan al ganado en los días de tormenta, y que atrapó a la gente en un pesado mal sueño. &nbsp

&nbsp Y, muerto Franco, (en la cama, que mayor oprobio no pudo caer sobre nuestras conciencias) ya a nadie pareció importarle gran cosa esta placa, que daño no hacía, dijeron algunos. Primero fue testigo del cómplice pánico que se instaló sobre nuestras vidas para, más tarde, cuando empezaron a llegar los frigoríficos y&nbsp los cachivaches de plástico, la olla a presión y el tergal que desahució a la pana, cuando nos deslumbraron con sus lavadoras automáticas, sus tractores, los molinillos eléctricos que arrinconaron el almirez, la vieja plancha de ascuas y hasta el ganado; dar fe de nuestra cobardía, de la desidia, la desmemoria y la indiferencia. Y las generaciones siguientes no hicieron si no cubrir con un tupido velo de silencio lo que nunca conocieron, que el fulano en cuestión ya no era si no un desconocido para ellos. &nbsp

&nbsp Bien lejos fueron a morir los pobrecitos que, no sabiendo si no de mieses y de ganado, de sementeras y de trillas, del acarreo de serones de naranjas, de la zafra del maíz o del vareo de la oliva, de aventar a mano el grano en verano en las eras, de grises tardes bañadas por lienzos de&nbsp mansa lluvia que bendecían esta tierra, arreando al borrico cargado de leña desde el frondoso pinar; de lejanos amoríos en el río cercano…, los que olvidaron el camino de regreso a casa, fueron enterrados, quizás en la misma zanja donde cayeron muertos de la metralla y preguntándose aún qué sería de la tierra, de la mujer y de los chicos sin sus brazos; aquellos por los que, el único dolor colectivo que se nos permitió, fue no encalar el pueblo durante largos años, que ni para cal hubo en aquellos tiempos de penuria.&nbsp &nbsp

&nbsp Tampoco volvió el matrimonio de gitanos que cada año se instalaba en la plaza a tocar la trompeta y a hacer trepar a la seca cabra por una escalera al son del tambor; ni volvieron más aquellos hombres y mujeres de las Misiones Pedagógicas que daban cine de Charlot detrás de la iglesia y llenaban el casino con pinturas traídas de lejos; ni volvió a saberse de aquel cuyo nombre no nos fue desvelado nunca, que aparecía por el pueblo periódicamente para capar a los marranos y volvía por la matanza para alegrarnos la Navidad, entre los terribles berridos del marrano debatiéndose bajo el afilado cuchillo y los ojos asombrados de los más chicos; ni volverá ya jamás aquel hombre medio enfermizo que, acompañado de su hijo, recorría los pueblos vareando la borra y la lana de los colchones.

&nbsp Aún volverían por aquí los descendientes de “el Ausente” para pedirnos el voto en las elecciones del setenta y siete, con sus coches, sus camisas azules, sus negros guantes de cabritilla y sus banderas. Aún pensarían que rebañarían algún voto de éste pueblo desmemoriado. &nbsp

&nbsp Cualquier día de estos, como si nada hubiera pasado, un empleado del Ayuntamiento, provisto de su escalera del alumbrado tan moderna y de una orden de la capital, retirará la mentada placa para poner otra en su lugar, ésta con el nombre de cualquier otro “benefactor”, aunque tal vez éste ya no tendrá en el haber la muerte de varios miles de obreros y campesinos de aquel.

&nbsp Y el bigardo que el Señor de Meirás amamantó a sus pechos, para seguir pacificando estas tierras y domesticando a sus gentes desde el palacio de la Zarzuela, sobrevivirá a esta historia para administrar tanta derrota, tanta herida oxidada, tanta vileza y tanta miseria histórica, a mayor gloria del país de Goya, de Riego y Pasionaria; de la Pineda, Quico Sabaté, Durruti y Rosario la Dinamitera; de Pablo Iglesias, de Manuela Malasaña y El Corredera, de Falla…

&nbsp Porqué será que ya no oigo el canto del grillo en la noche, los aullidos de los perros que ladran a la luna, el pitido de los trenes rasgando el silencio y la oscuridad, ni el roce de las hojas de la parra que arañan el muro de la casa, cuando no puedo conciliar el sueño, mientras repito una y otra vez los nombres de la hija, el de aquella mujer que en mi infancia hacía a mano aquellos lebrillos y aquellas horzas de barro, bruñidos hasta el agotamiento, para los embutidos; los nombres de aquellas hierbas aromáticas que, entre canciones y risas, cogíamos en la ladera del monte para darle sabor al puchero. &nbsp

&nbsp Reconstruir en la memoria aquella imagen de la juventud, con toda la familia junta faenando en las eras bajo un sol despiadado. Y Repetir, repetir una vez más en la oscuridad los nombres de todos aquellos que un día tomaron el viejo camino de grava hacia la nada; antes de que el viento del Alzheimer arrase con la última hoja del recuerdo.

No darle cuerda al recuerdo…¡para qué vivir este tiempo si no!

¡Viva la República!

LQSomos. Ángel Escarpa. Febrero de 2008
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