Reclamar el Cyber-Commons

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Son el equivalente en línea de los Desórdenes de los Recintos (principios del XVI en Inglaterra): las protestas con quema de almiares y derribo de cercas realizadas por los campesinos ingleses que perdieron su derecho a la tierra. Cuando MasterCard, Visa, Paypal y Amazon intentaron cerrar a WikiLeaks lo derechos cibernéticos, un ejército de hackers respondió con el intento de abrirse camino hasta esas grandes fincas y derribar sus cercas.

En la pelea, los comuneros de Wikileaks parece que tuvieron la mano ganadora. Pero solo es una batalla. Tenemos por librar una ciberguerra más amplia, de la que hemos oído hablar mucho menos. Y en la mayoría de los casos los terratenientes, con ayuda de un ejército mercenario, están ganando.

No estoy hablando aquí de la neutralidad de la red y del peligro del desarrollo de un Internet de segundo nivel (1,2), aunque estos peligros son reales. Estoy hablando de los intentos diarios de controlar y marcar su influencia en el contenido, de acuerdo con los intereses de los Estados y las corporaciones: intentos en los que quien habla es el dinero.

El arma usada por los Estados y las corporaciones es una técnica llamada astroturfing (césped artificial). Una campaña de astroturf es la que mimetiza movilizaciones espontáneas de las bases, pero que en realidad ha sido organizada. Por ejemplo, cualquiera que escriba en mandarín un comentario crítico con el Gobierno chino probablemente será bombardeado con insultos por personas que fingen ser ciudadanos ordinarios enfadados por las difamaciones contra su país.

Pero muchos de ellos no están enfadados: son miembros del Partido de los 50 Céntimos, llamado así porque una agencia gubernamental china paga 5 maos (medio yuan) por cada vez que escriban sus domesticados comentaristas (3). Los líderes de los partidos contratan equipos de títeres para apagar las voces críticas y desbaratar los debates inteligentes.

Conocí el astroturfing en línea en 2002, cuando los investigadores Andy Rowell y Jonathan Matthews examinaron una serie de comentarios hechos por dos personas que se llamaban a sí mismas Mary Murphy y Andura Smetacek (4,5). Habían lanzado feroces ataques en varios foros de Internet contra un científico cuya investigación sugería que el maíz mexicano había sido gravemente contaminado por el polen GM.

Rowell y Matthews descubrieron que uno de los mensajes que había enviado Mary Murphy lo había hecho desde un dominio propiedad de Bivings Group, una compañía de Relaciones Públicas especializada en lobbies por Internet. Un artículo del sitio web Biving explicaba que “hay algunas campañas en las que resultaría indeseable o incluso desastroso que el público se enterara de que su organización está directamente implicada en ellas … los tablones de mensajes, salones de chats y servidores de listas son una manera formidable de controlar anónimamente lo que se dice. Una vez que ha entrado en este mundo, es posible hacer comentarios en esos medios que presenten su opinión como si procediera de un tercero independiente” (6).

El sitio Bivings citaba también a un ejecutivo senior de la corporación biotecnológica Monsanto, en la que agradecía a la empresa de relaciones públicas su “trabajo excepcional”(7). Cuando un ejecutivo de Bivings fue desafiado por Newsnight, admitió que el correo electrónico de “Mary Murphy” fue enviado por alguien que “trabaja para Bivings” o por “clientes que usan nuestros servicio”(8). Rowell y Matthews descubrieron después que la dirección IP de los mensajes de Andura Smetacek estaba asignada a la sede central de Monsanto en St. Louis, Missouri (9). Este asunto tiene un giro gracioso. AstroTurf TM –-un césped artificial comercializado realmente— fue desarrollado y patentado por Monsanto.

Leyendo las cadenas de comentarios de los sitios de The Guardian y de otros lugares de Internet, hay dos pautas que me llaman la atención. La primera es que la discusión sobre temas en los que hay poco dinero en juego tienden a ser mucho más civilizadas que los debates sobre cuestiones en las que las compañías pueden ganar o perder miles de millones: como el cambio climático, la salud pública y la desaparición de impuestos a las corporaciones. Estos debates suelen caracterizarse por sorprendentes niveles de insultos y perturbaciones de la discusión.

Los artículos sobre el medio ambiente son atacados con esas tácticas con mayor dureza que cualquier otro. Me encanta el debate y, a menudo, entro en las cadenas de comentarios que hay bajo mis columnas. Pero es una experiencia deprimente, pues en lugar de contestar a las cuestiones que planteo, muchos de los que no están de acuerdo me bombardean con insultos infantiles o, simplemente, siguen repitiendo una ficción, por mucho que uno la haya desacreditado. Esto garantiza que resulte casi imposible mantener una discusión inteligente… lo que parece ser el motivo de todo eso (10).

La segunda pauta es la estrecha asociación entre esta táctica y un conjunto de opiniones: a favor de las corporaciones y en contra de los impuestos y las regulaciones. Los conservadores y los progresistas tradicionales son más proclives a discutir una cuestión que estos libertarios derechistas, muchos de los cuales lo que desean es que se cierre el debate.

¿Qué está sucediendo? No sugiero que la mayoría de las personas que intentan que estas discusiones descarrilen sean pagadas por ello; aunque me sorprendería que nadie recibiera dinero. Lo que sugiero es que algunos de los esfuerzos para impedir que florezca la inteligencia parecen estar organizados; y que ni los anfitriones del sitio web ni otros comentaristas saben cómo responder.

Para su película (Astro)Turf Wars, Taki Oldham grabó en secreto una sesión organizada por un grupo libertario derechista llamado American Majority. El formador, Austin James, instruía a miembros del Tea Party acerca de cómo “manipular los medios”(11). Esto es lo que les dijo:

“Lo que hago es esto. Entro en Amazon y escribo “Liberal Books”. Los recorro y digo “una estrella, una estrella, una estrella”. La cara B es que vas a cualquier ligar conservador/libertario, entras en sus productos y les das cinco estrellas. … Ahí es donde vuestros chicos sacan la información: Rotten Tomatoes, Flixster. Son lugares en los que puedes calificar películas. Cuando escribimos “Películas sobre asistencia sanitaria”, no queremos que aparezca la de Michael Moore, así que le doy siempre una mala calificación. Dedico 30 minutos al día solo a hacer clic y clic y clic y clic. … Si hay un lugar donde comentar, un lugar donde calificar, un lugar donde compartir información, hay que hacerlo. Es la manera de controlar el diálogo en línea y de dar a nuestras ideas una posibilidad de lucha”.

Más del 75% de los fondos de la American Majority, que albergó esta sesión formativa, proceden de la Sam Adams Alliance (12). En 2008, el año en que se fundó la American Majority, el 88% del dinero de la alianza procedía de una sola donación, de 3,7 millones de dólares (13). Dicho de otra manera, un grupo que forma a libertarios derechistas para distorsionar los procesos democráticos en línea recibió los fondos de una persona o compañía con una cartera de negocios muy grande.

Internet es un regalo notable, que nos ha ofrecido una de las mayores oportunidades democráticas desde el sufragio universal. Corremos el peligro de perder esta propiedad global ante el asalto de un ejército de trolls y de publicistas, muchos de ellos secretamente organizados o formados. La cuestión para todos nosotros –The Guardian, otros sitios web, todos los que se benefician de este recurso— es lo que vamos a hacer al respecto. Es la hora de devolver el golpe y reclamar Internet para lo que hace mejor: explorar cuestiones, probar ideas, abrir el debate.

Traducido para Globalízate por Víctor García

Artículo original y referencias:

http://www.monbiot.com/archives/2010/12/13/reclaim-the-cyber-commons/

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