Rechazo del Otro

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Por Iñaki Urdanibia

Parece que en los últimos tiempos algunas voces de la literatura hexagonal se alzan contra el trato que reciben quienes pretenden llegar al Viejo Continente: unos formarán parte del cementerio marino – nada que ver con el de Sète, poetizado por Paul Valéry- , otros serán encerrados en centros infames en los que esperarán la expulsión al lugar de origen, u otros todavía pasarán a ser unos indocumentados, condenados a vivir en una continua semi-clandestinidad. Pues bien, como decía, la llamada crisis migratoria mueve algunas plumas: así no hace mucho tiempo el Nobel J.M-G Le Clézio, clamaba contra el tratado que se daba a los que llegaban movidos por el hambre, por huir de la guerra…por sobrevivir en una palabra. Philippe Claudel acaba de publicar una novela, « L´Archipel du chien » ( Stock, 2018), que es un desgarrado grito – casi podría decirse un alarido- con el que denuncia el drama de los inmigrantes. Juzga el escritor que la literatura puede jugar un papel ante el silencio y la pasividad con que se afronta – mejor no se afronta- la grave situación que dura ya hace años pero que ahora resulta incrementada debido a las tragedias y guerras que se dan en Siria, Libia y otras geografías africanas. Ya anteriormente Claudel había hurgado en el asunto del miedo y desprecio al otro , por ejemplo , en su Informe de Brodeck ( Salamandra, 2008) y a otro nivel en sus Almas grises ( Salamandra, 2005), con el telón de fondo de la guerra en la ex-Yugoslavia.

En la presente ocasión nos encontramos con el hallazgo de unos de cadáveres en las orillas de una isla en la que hay un volcán; cadáveres de unos seres que llevaban una vida peor que el perro – ¿ guardián?- que da nombre al archipiélago – pongamos que – griego en donde se ubica la acción. La situación geográfica de los hechos incide en el propio tono de la novela en la que se cuelan los aires trágicos y la épica de los primeros narradores helenos; la narración adopta formas teatrales en su lirismo, y el resultado es un cuento negro con una potencia indudable, narrado por una voz omnisciente que funciona como un mero notario, sin una implicación valorativa..

Ya desde el inicio parece que la propia geografía, y otros signos climáticos y atmosféricos anuncian que algo va a a suceder en aquella isla volcánica. Es como si la naturaleza gritase y los vientos se hubiesen solidificado en la zona, convirtiendo el aire en irrespirable, sensación aumentada por un creciente olor. Y en medio de este cargado ambiente van asomando unos personajes nombrados por su profesión: el policía, el profesor , el cura y otros que van ocupando la escena no desviándose de sus funciones. La narración va adoptando el terreno de la intriga que se entrevera con la novela de costumbres, todo ello situado en la isla nombrada si se exceptúan algunos desafortunados viajes que no conducen desde luego a la soñada Ítaca sino que derivan en olor de desafortunado naufragio; en la medida que avanzan las páginas la atmósfera se carga y hace que el lector se sienta empapado , y al tiempo rebotado, por las reacciones de los actores ante la magnitud de la tragedia. Un ambiente de relato mítico va salpicando la lectura de una obra en la que el escritor se atiene que el señalar es de mala educación, y así sin el dedo que indica los objetivos a mirar, éstos saltan a la vista sin mayores esfuerzos interpretativos. Nos hallamos ante una fortaleza que traza a sangre y fuego sus fronteras con el fin de evitar el contagio de lo peor, de los condenados de la tierra…que parece que no tienen su adecuado lugar en el recinto de los , más o menos, acomodados ciudadanos. El hallazgo de los tres cadáveres de tres hombres negros que intentaban llegar al soñado continente desde la precariedad de su tierra de origen va a echar por tierra los planes del alcalde de la aislada isla – que solo comunica con contados viajes semanales- que pensaba convertir el lugar en una atractiva estación termal; el hallazgo descoloca no solo al alcalde sino a la población en general. Los cuerpos sin vida no pueden ser dejados allá sin más y no tienen otra ocurrencia – el dicho alcalde en colaboración con el doctor– que enterrarlos en las rocosas laderas del volcán, mas las cosas no quedan ahí sino que el maestro no va a aceptar el pacto de silencio del resto de personalidades y va a postar por esclarecer la verdad de lo ocurrido, tratando de aclarar las cosas, lo que va a complicar las cosas que parecían haberse enterrado con el fin de que cayesen en el olvido, reclamando a la vez – cual Antígona rediviva- una sepultura como es debido para los mal enterrados… Ha de tenerse en cuenta que el maestro no es bien mirado por los habitantes de la isla ya que es foráneo, y el no hacer piña con los seres representativos del lugar, que pretenden sacar al lugar de la pobreza que es malamente paliada con la dedicación pesquera, algunos huertos y viñas, va a ahondar más si cabe la condición de extraño de éste; todo con la santa bendición del muy católico cura del lugar, muy católico siempre que no se mida su comportamiento con aquello que dijese Mateo que dijese el otro: por sus hechos los conoceréis. El empeño del maestro no dispuesto a tragar el inhumano comportamiento, provoca la aparición de un misterioso policía, llegado del continente, cuya presencia va a hacer que el ambiente se revuelva en medio del temor y la inseguridad que la propia profesión del recién llegado provoca. La potencial amenaza va suponer que la población cierre filas, con una visión propia de la más arraigada xenofobia – en consonancia con aquello que cantaban los rapados de Decibelios: el mejor siempre será el equipo local– y busquen una cabeza de turco, un chivo expiatorio, sobre la que recaigan todas las culpas y los males…Claudel logra que la tensión vaya aumentando en la medida en que las páginas se suceden, y que los lectores sean arrastrados a la vergüenza de la falta de moral y de dignidad de los habitantes de la isla, mero metáfora de las hondas debilidades de la condición humana.

Philippe Claudel no escribe en vano y cada obra es un dardo dirigido a la línea de flotación de nuestro tiempo; si esto es así habitualmente esta entrega no es una excepción sino que cumple de manera radical el tono de preocupación y denuncia ante las vergüenzas de nuestro tiempo, centrándose en esta ocasión en la crisis migratoria y las reacciones insolidarias que provoca, las miradas para otro lado que eviten mirar a los ojos del otro, como tratando de evitar que estos se conviertan en espejo de nuestra propia condición : extraño y ambiguo animal, el ser humano, capaz de lo mejor y de lo pero, hábil constructor de infernales infiernos en idílicos paraísos. .

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