Rafael

Atrajo muchas simpatías cuando al inicio de su gobierno habló de preservar la soberanía nacional, expulsó del país a una misión gringa y consideró suspender el pago de la deuda externa. Agrias disputas marcaron su relación con la cúpula de la iglesia católica a quien calificó de antipatria y le lanzó infames epítetos.

Partidos de izquierda y sindicatos lo apoyaron pensando que se iniciaba una etapa diferente en la política nacional. Muchos, muchísimos creían que Rafael sería el salvador de la Patria. Debilitó y casi terminó con los partidos de la derecha tradicional.

Profesó algunas manías que en el ejercicio del poder se convirtieron en obsesión y testarudez. Se creía muy inteligente, un erudito de enorme dimensión quizá porque estaba rodeado de adulones y oportunistas que  ansiaban llenar sus bolsillos haciendo negocios con el Estado.  Se condujo con desmedida preferencia para otorgar a sus parientes y amigos contratos o empleos públicos convirtiendo al gobierno de Rafael en un ícono del nepotismo.

Era el jefe supremo de su agrupación que nunca fue un partido político sino una organización parecida a una banda delincuencial. Su palabra era la primera y la última; los demás, los que lo halagaban eran secundarios, solo estaban para aplaudir y encorvarse. Sin el jefe no eran nada. Vivían aterrados pensado en el riesgo de caer en desgracia frente al caudillo.

Poco a poco fue cambiando, puso de manifiesto sus actitudes retrógradas y su talante de manipulador, Nunca dudó en acudir a las bajezas más ruines como la de  utilizar su creencia religiosa a modo de arma política. Persiguió con saña a comunistas y periodistas, les montó juicios, los denigró, los persiguió y encarceló utilizando todo el Poder estatal. Su gobierno tuvo una característica particular: fue el primero en la historia del país en usar la propaganda política como medio de persuasión; y, cuando lo consideraba oportuno se apoyaba en el miedo y el castigo para quienes osaban rebatirlo. El Poder lo reveló como misógino, en especial con aquellas que lo confrontaban. Despreciaba a los indios, los veía como seres ignorantes, inferiores.

Se llenaba la boca de patria, pero no dudaba un segundo cuando era de entregar concesiones y negocios a las transnacionales. Desarrolló una política clientelar a base de dádivas para un sector del pueblo entrampado en la necesidad urgente de comer, aunque  bajo la piel de dulce y piadoso cordero se ocultaba el temperamento reaccionario y criminal de la derecha.

Cierta vez le chismearon que un actor de la calle lo ridiculizaba en una obra. Se indignó tanto con la burla que lo mandó a matar, pero a las pocas horas se arrepintió y decidió perdonarlo. A veces sentía aires de ternura y perdonaba o hacía que sus lambones perdonen. Llamó a los verdugos y les comunicó su decisión, pero fue tarde, ya habían ejecutado al joven actor.

Así nos cuenta don Mario Vargas Llosa en su libro “La fiesta del chivo” la historia de don Rafael Leonidas Trujillo Molina, el sanguinario dictador dominicano de triste final que dejó un país donde los derechos y libertades civiles eran prácticamente inexistentes, y gran parte de la riqueza del país terminó en las manos de sus familiares y amigos.

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