Racismo y antirracismo

«Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo» (Ludwing Wittgenstein, Tractatus logico-Philosophicus)

 

«El racismo se desarrolló en primer lugar con la colonización, es decir, con el geneocidio colonizador […]. El racismo está ligado al funcionamiento de un Estado que está obligado a servirse de la raza, de la eliminación de las razas i de la purificación de la raza para ejercer su poder soberano. El funcionamiento, a través del biopoder, del viejo poder soberano del derecho a la muerte […] y cuando digo muerte no pienso simplemente en el asesinato directo, sino en todo lo que puede ser también muerte indirecta: el hecho de exponer a la muerte , o, más simplemente, la muerte política, la expulsión» (Michel Foucault, Genealogía del racismo)

 

Vayan por delante unas aclaraciones a modo de poner las cartas sobre la mesa: 1) soy de la opinión de que racista es quien establece diferencias en el caso de los humanos entre diferentes razas; 2) antirracista sería, al contrario quien rechaza esta división. Más allá de esta repartición, hay quienes reducen el racismo al hecho de establecer una jerarquía entre los distintos grupos según los colores de su piel, no poniendo en duda la existencia de estas diferencias como constitutivas de distintas razas entre los humanos, al contrario, antirracista sería quien se opusiese a esta jerarquización; servidor es de los que sostiene que entre los humanos solamente hay una raza: la humana. Mi visión al respecto la he expuesto más de una vez en esta red , y en concreto de manera más detallada y extensa en: ¿Una o varias razas? – Kaos en la red. Añadiré que la cosa no reside en eliminar la palabra raza, como si quitando la palabra se quitase la cosa, sin que ello no suponga a su vez que el propio uso de tal término, en el caso referido a los seres humanos, ponga el primer peldaño para las posturas racistas; las palabras, qué duda cabe tienen su importancia hasta el punto de que como señalase J.L. Austin se puede hacer cosas con palabras (enunciados performativos); vamos que las palabras no son inocentes y como señalase Henri Massis: «un vocabulario, son palabras, pero son también pensamientos, una lógica, una filosofía, una metafísica»; de modo y manera que las palabras, reitero, no son inocentes, sino que las carga el diablo, o la fosilización relacionada con el paso del tiempo, suponiendo el uso de algunas de ellas, no se trata de conveniencia o inconveniencia, caer en las redes del enemigo o verse enredado en ellas; dice Christian Delacampagne: «el término de raza se emplea por el racismo para dar unidad biológica -necesariamente imaginaria- a un grupo que no tiene unidad alguna o cuya unidad solo puede ser de orden sociocultural». Junto a esto también se ha de tener en cuenta que en el terreno de la ciencia hay diferentes posturas y es que la ciencia a pesar de su objetividad y supuesta imparcialidad, deja ver la ideología de los científicos, que influyen o escoran las distintas teorías con el fin de defender sus opciones ideológico-políticas (podría pasarse lista acerca de los compromisos de las posturas del etólogo Lorenz y sus consecuencias, del conductismo de Skinner, o del sociobiólogo Wilson, o de las teorías del gen egoísta de Richard Dawkins, o de las componendas de algunos seguidores de Charles Darwin o del demógrafo Malthus… por no hablar del uso de cobayas humanas para diferentes experimentos, o de la fisión del núcleo y sus utilizaciones bélicas, etc.), aunque también es verdad aquello que dijese François Jacob: «no son las ideas de la ciencia las que engendran pasiones. Son las pasiones las que utilizan la ciencia para sostener su causa. La ciencia no conduce al racismo y al odio. Es el odio el que recurre a la ciencia para justificar su racismo»; en la caso que nos ocupa, hay quienes afirman que el término raza no tiene valor conceptual (J.Ruffié, A.Jacquard o F.Jacob), mientras que otros defienden su uso, al pretender que hay diferencias intelectuales, por ejemplo, entre blancos y negros (C.Burt, H.J.Eysenck o A.R.Jensen); Daniel Sibony en su Le “racisme”, une haine identitaire, Christian Bourgois, 1997, se lee: «Las teorías “raciales” se presentan recubiertas de un término “científico”, “riguroso” (razas), lo que en nuestros días se llama cultura, identidad, y que en otros tiempos se denominaba tradición, costumbres, civilización orígenes, etnias, tribus…», a lo que no estaría de más añadir los colores de la piel como signo de diferenciación e incitación al odio. Ateniéndose a la última división mentada entre blancos y negros, la distinción sería simplificadora si se sigue la lógica de las razas, ya que quedarían fuera los pertenecientes a otros colores de la piel (en mis tiempos se estudiaba con respecto al tema, que había blancos, negros, amarillos, cobrizos y aceitunados, y… no recuerdo si alguno más) además de resultar francamente oscuro considerar a todos los negros iguales o a los blancos…y no seguiré. Creo que después de todo lo dicho quedará claro que desde mi punto de vista es conveniente desterrar la dichosa palabra, y la división que supone, si bien es cierto que se plantean problemas de lenguaje en su sustitución, cosa harto difícil si en cuenta se tiene la incrustación del término en el lenguaje; desde luego no son de recibo los eufemismos varios que tratan de escaopar del término maldito: gente de color, como si los demás fueran incoloros, morenos, afroamericanos, término acertado pero que distingue mientras que tan distinción, de origen, no se utiliza con los euroamericanos, sinoamericanos, o yo qué sé… Del mismo modo que al pan , pan y al vino, vino, en los colores humanos: negros, blancos, etc. y santas pascuas. Las palabras mueren del mismo modo que nacen en algunos momentos con aspectos y temas relacionados con la época en que surgen: así en el caso del que hablo, tanto el nombrado Christian Delacampgane en su Racismo y occidente, Argos Vergara, 1983, como Pierre-André Taguieff en su La force du préjuge. Essai sur le racisme et ses doubles, La Découverte, 1988, ponen fecha al nacimientos y desarrollo de la palabra.

 

Viene este largo preámbulo, y no intento ser más papista que el papa, provocado por la lectura de «Cómo ser antirracista» de Ibram X.Kendi, editado por Rayo Verde. Dos cosas destacan desde el inicio del alegato de Ibram X. Kendi: por una parte, señala la interiorización de las ideas del grupo opresor en las mentes de los oprimidos, lo que hace que estos últimos adopten las falaces opiniones y estereotipos difundidos por los opresores; aspecto que, por cierto, desenmascaraba con mirada de psiquiatra, Frantz Fanon en su Peau noire, masques blancs, Seuil 1952. La adopción de los valores de los otros responde a una especie de síndrome de Estocolmo, o mejor a arrimarse al calorcillo de los poderosos, a los del grupo dominante, dándose en todo caso un estado de escisión en los sujetos; el cúmulo de ejemplos a los que recurre el ensayista es contundente al presentar opiniones de responsables de organizaciones negras, supuestamente antirracistas, que tiran piedras sobre el propio tejado: afeando los comportamientos, las músicas, modos de vestir, etc., que practican los jóvenes de su color, mostrando en estas descalificaciones una tendencia clara de asimilacionismo. Por otra parte, la apuesta del autor es luchar contra una supuesta neutralidad, de quienes diciendo no ser racistas no luchan contra el racismo; no se puede mostrar pasividad ante esa plaga tan extendida e implantada en las mentes y en el tejido social. Estas dos cuestiones que señalo se mantienen a lo largo del libro que resulta como consta en el subtítulo: Un manual sobre el racismo sistémico de nuestra sociedad y de cómo confluye con otras opresiones como el género, la clase o la sexualidad. La exploración la realiza, visitando diferentes esferas que van de la biología a la sociología, pasando por el género, la etnia, las conductas, la explotación económica y las clases, la cultura, los cuerpos, etc., etc., etc., buscando la correspondencia que se da entre estos distintos niveles que causan las diferencias según el color de la piel; travesía que realiza en base a su experiencia personal, como negro y víctima del desprecio y las valoraciones negativas padecidos; camino que desde las iniciales tendencias al autoflagelo, y asunción de los valores despectivos hacia sí y los suyos, se desliza, tras despertar del sueño prestado de los otros, a la conciencia de luchador antirracista.

Ibram X. Kedi (Nueva York, 1982) es uno de los referentes del #BlackLivesMatter, y propugna una teoría antirracista transformadora, que deja expuesta con claridad en este libro, lo que realiza hablando en primera persona, tirando de la moviola, de sus recuerdos, y haciendo propuestas concretas para adoptar una neta postura antirracista, como recorrido personal y colectivo. El racista propugna la desigualdad y la jerarquía, mientras que el antirracista predica, y lucha por, la igualdad entre diferentes. El ensayista va balizando los terrenos que transita, delimitando y definiendo las posturas racistas y su contraria, y destacando que los hechos son la prueba del algodón y no las bellas palabras. Estas últimas resultan engañosas ya que nadie, por muy bestia y racista que sea, gusta de exponer con descaro sus aberrantes posturas, sino que embellecerá su pensamiento por medio de distintas afirmaciones gratuitas: el caso del propio Trump es traído a colación, en un vaivén en el que afirma para al rato negar o corregir, mientras levanta muros con el sur y despotrica de los funcionarios negros, al considerarles incapaces de hacer nada con fundamento ya que son vagos por naturaleza. Las afirmaciones para la galería no consiguen ocultar los prejuicios que anidan hasta en quienes se auto-definen como no-racistas. Subrayado queda además que el racismo no reside en meras opiniones sino en hechos, que son mostrados en las palabras de algunos prelados cercanos al actual presidente de EEUU que acompañan a las medidas discriminatorias de éste. Son presentados igualmente algunos científicos que inciden en posturas segregacionistas, que obviamente sirven de apoyo o de coartada para actuaciones del mismo género. La gama de negritud (blackness) que algunos establecen hace que hasta entre los mismos negros se segregue a algunos por no ser suficientemente negros: así, a Malcom X, a Angela Davos o a algún líder de los Black Panthers. Tambien da un repaso a algunas expresiones como micro-agresiones, eufemismo que trata de minimizar u ocultar el desprecio hacia los negros, expresión a la que Kendi opone como más apropiada: maltrato racista.

La obra, como queda señalado, se abre en abanico al abarcar diferentes espacios, lo que hace que no resulte fácil dar cuenta de todos los casos y datos que aporta, tanto en el campo de la ciencia, de la sociedad, de la historia, de sus experiencias personales. La cuadrícula interpretativa se amplía desde el terreno dicho racial -la expresión grupo racial planea por todo el libro- hacia otras formas de intolerancia y desprecio del otro, ya sea por su hábitos sexuales u otros. El combate contra las desigualdades y contra la ideología que propone una neta diferencia entre seres superiores e inferiores en relación con los orígenes étnicos u otros, es un combate de toma de conciencia personal a la vez que es un combate colectivo ya que las posturas racistas están ligadas, y promovidas, por el poder, afectando a colectivos …El autor , entregado activista, escribe desde el corazón de la sociedad en la que vive, y señala los casos de violencias, de opresiones y desprecios que padecen ciertas minorías.

Al inicio de cada capítulo, de casi todos, se presentan algunas definiciones acerca del racismo y el antirracismo en distintos campos, lo que facilita y ordena la lectura que se desliza con fluidez teniendo en cuenta el registro narrativo, perlado de anécdotas y situaciones… La obra resulta implacable e impecable en lo que hace a la claridad expositiva y al mensaje, o los mensajes, radicales, que traslada al lector. Eso no quita para que a servidor, que quizá sea un tanto tiquismiquis y estricto al menos en estos terrenos, le cruja el recurso a las calificaciones de raza, y similares ya que si se parte de la propia afirmación del ensayista de que la raza es un constructo del poder, el seguir usando las palabras del poder es dejarse atrapar por su redes. Aún no siendo grave, sí que resulta problemático lo que digo, ya que lo que defiende y lo que denuncia el autor queda claro como el agua cristalina, y, esos términos a los que aludo revisten a mi modo de ver deslices desafortunados resultan, tal vez malgré lui, contradictorios e incoherentes con sus propias afirmaciones: asi, igualdad entre razas, grupos raciales, raza de personas blancas, etc… cuando en otros momentos recurre a expresiones a mi modo de ver menos contaminadas, como grupos étnicos racializados, clases racializadas o espacios racializados (que no raciales como se califica al género, a las sexualidades, al capitalismo) personas claras y oscuras… Y es que juzgo que el antirracismo, del mismo modo que se huye y se debe huir de los tics y expresiones sexistas u homófobos, también ha de luchar contra las redes del poder, pegajosas como una tela de araña, que se cuelan en el lenguaje y contra el embrujo que este proyecta sobre los humanos como si de una segunda piel se tratara, y es que una cosa es racial que parece depender de datos objetivos que denota la pertenencia a una raza, y otra bien distintas es , teniendo en cuenta el color de la piel, tratar de hacerlas pasar como una supuesta raza, o pertenecientes a tal, en un dispositivo de racialización, que supone clasificar y señalar a las personas y darles un traro discriminatorio, generalmente de índole negativa.

Y conste que no son ganas de enredar ni de marear la perdiz (roja ella), sino que el problema me parece de hondura, y es por ello que me revienta cuando en los medios de comunicación se habla de hombres de raza negra, cuando no gitana… en especial, aspecto que se señala cuando el sujeto del que se informa ha cometido un delito o similar; subrayándose a los diferentes, ya que cuando el chorizo, pongamos por caso, si se informa de un individuo blanco como la nieve (rostro pálido que diría el apache de turno… o albino) no se suele señalar que es de raza blanca… ¡Cosas!

No me atrevería a decir, al menos con fuerza, que el autor se mueve en el terreno de un racismo antirracista, al mantenerse dentro del paradigma dominante en el sentido kuhniano, y lo digo ya que su movimiento se da en los límites implantados; cierto que la tensión se da, fundamentalmente que no exclusivamente, entre negros y blancos en los USA, pero no entre razas… Los problemas que detecto por lo que me permitido las notas iniciales , que me permiten, además, quedarme tranquilo, creo que no son cuestión de traducción, ya que la realizada por Cristina Lizarbe me parece realmente brillante y seguramente fiel al autor traducido, ya que si hubiese cambiado estos aspectos que señalo, sin respetar el espíritu y la letra del autor, hubiese puesto en práctica aquello de traduttore traditore. Y conste, que Ibram X.Kendi lo dice alto y claro: «La raza y el racismo son construcciones de poder del mundo moderno. Durante aproximadamente doscientos mil años, antes de que la raza y el racismo se construyeron en el siglo XV, los seres humanos veían el color, pero no agrupaban los colores en razas continentales, no solían adjuntar características negativas y positivas a esos colores ni clasificaban las razas para justificar la desigualdad racial, para reforzar el poder racista y la política. El racismo ni siquiera tiene seiscientos años. Es un cáncer que hemos detectado a tiempo»; la comparación con la enfermedad, por cierto, cobra especial pertinencia si en cuenta se tiene que Kendi la padeció mientras escribía esta obra, de igual manera que ha padecido el trato racista a lo largo de su existencia.

Ibram X.Kendi, una encendida llamada a la lucha para vencer la lacra y sobrevivir.

 

Por Iñaki Urdanibia

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