¿Quién y qué nos salvará de un mundo en crisis?

(Advertencia técnica: como en el formato de kaosenlared se produce un fallo con las comillas aquí las sustituyo por el asterisco)

El siglo XXI no se nos promete como el siglo de la realización de las fantasías más optimistas de la ciencia-ficción ni de los ideales del Progreso y la Paz. Al contrario. En lo fundamental nos espera una regresión, como mínimo relativa, de la civilización humana por: la inevitable crisis económica y energética que será mundial como su causa, el capitalismo globalizado; el aumento de las tensiones bélicas por esos mismos factores; la mezquindad en las respuestas globales al cambio climático; la supeditación de la ciencia y la tecnología al beneficio capitalista y su prioridades, como las militares; el requisito de ser *demanda solvente* para acceder a muchos bienes necesarios, como la salud; la continuación de la 6ª gran extinción de especies. Así que, con todo esto, la nuestra podría incluirse en la lista: *cocidos* por el cambio climático y/o las bombas termonucleares.

¿Cómo saldremos de ésta? ¿Quién nos salvará?. La primera reacción elemental es decir *a ver, quien nos ha metido en esto, que nos saque*. Pero es mala idea esperar que el zorro salve el gallinero. Precisamente en esa metáfora puede estar parte de la clave. Si nos vemos como indefensas *gallinas* (meras víctimas), nos condenaremos a ser unos *gallinas* (cobardes, irresponsables), buscaremos fuera de nosotros a quien nos salve y nos encontraremos con los *zorros* de siempre.

Unos lo buscarán en Dios, Alá, las enseñanzas de Jesucristo e incluso su segunda venida con el Juicio Final después del Apocalipsis provocado por este siglo. Otros en el batiburrillo psicológico-místico-supersticioso de la *Nueva Era*. Hay para todo en el hipermercado de las creencias y sectas. Lo que con más probabilidades se encontrarán será con el reaccionario Papa contrario incluso al preservativo, los cristianos fanáticos, sionistas, criminales como Bush y compañía, los terroristas islámicos o la evasión de los problemas de este mundo. Bastaría para descartar esas creencias unos conocimientos científicos y la reflexión sobre cuánto han contribuido y contribuyen a esta situación y su impotencia para sacarnos de ella.

Si esperamos que nos traiga la salvación algún líder político o religioso, lo que ocurrirá es que elegiremos a quien nos caiga bien precisamente por parecerse mucho a tal como somos o nos gustaría ser. Son demasiadas veces las que la gente del pueblo hemos elevado al poder a genocidas (Hitler, por ejemplo, pero también muchos más *demócratas*) que tenían en su momento para nosotros un atractivo cautivante (carisma) pues representaban nuestros anhelos confesados o no que pueden ser lo peor que llevamos dentro (resentimiento, envidia, masoquismo, sadismo…) si bien se adornarían a fin de parecer justificados y nobles. Como la civilización actual tiene mucho que ver con nuestro modo de ser y metas, pues hasta hoy hemos venido eligiendo o soportando a quienes nos han conducido a esto, no hay motivos para pensar que de ahora en adelante, sin más análisis y transformación personal y colectiva, sí que sí, vamos a elegir tan bien que, por fin, lograremos un mundo muy diferente al que hemos venido construyendo (destruyendo) hasta hoy. De modo que el cómo somos o nos gustaría ser debería ponerse en cuestión por venir siendo fuente de tantos y tan graves problemas.

Como además ni las prisas ni la angustia de una crisis, guerra, etc., son buenas consejeras, se nos puede nublar la razón más de lo habitual y además de buscar un salvador, perseguir una *cabeza de turco* a la cual echar las culpas y sobre la que descargar nuestras frustraciones e ira (inmigrantes, minorías raciales, nacionales, judíos…). Los más sensibles y menos dados a los genocidios, en vez de cuestionar esta civilización, podemos optar por *salvarla* intentado suprimir su *lado malo* preservando *el bueno* sin darnos cuenta de que ambos son como las dos caras de la misma moneda, y además según como lo entendiese cada cuál.

Así apoyaremos a salvadores del *orden* como Franco, Pinochet, la Junta Militar argentina u otros tantos por el estilo, aunque sean menos sanguinarios, como la dictadura de Primo de Rivera. Pueden ser demagogos *socialistas*, eso sí, *muy nuestros* y patriotas, aunque nos acabemos encontrando con algún Hitler o su versión más moderna, sonriente y radioactiva. Tal vez demócratas *de toda la vida* como Churchill o Truman que no se detuvieron en masacrar a los trabajadores alemanes bombardeando selectivamente las poblaciones más proletarias o arrasando las ciudades japonesas además de lanzar no una, sino dos bombas atómicas para dar un toque de atención a Stalin, inaugurando la era de la guerra nuclear que a punto estuvo de mandarnos al infierno con la llamada *crisis de los misiles* cubanos.

Con el problema del cambio climático, quizás nos seduzcan políticos ecologistas como Al Gore, pero no tardaremos en comprobar que no merecen nuestra confianza pues aunque consiguiesen un acuerdo eficaz entre los principales estados –difícil por el egoísmo nacional y la competencia capitalista por el beneficio- ante todo se deben a los intereses burgueses en una civilización que no cuestionan ni en su explotación, opresión ni militarismo, por lo que el desastre sigue con ellos asegurado, sea la crisis económica, la guerra, el apocalipsis termonuclerar, etc., incluso si logran evitar las peores consecuencias del calentamiento global.

Quizás prefiramos a la *izquierda responsable* que viene administrando el capitalismo desde principios de siglo, en la bonanza a cambio de las medidas sociales del *estado benefactor* y en la crisis encargándose de que aceptemos los despidos por los cierres de empresas, y dándole al capital *balones de oxígeno* tan importantes como el apoyo en las dos guerras mundiales imperialistas y la represión de los trabajadores, sobre todo de sus movimientos revolucionarios. Tal vez seamos más radicales y nos inclinemos por *revolucionarios* con vocación de *padrecitos de la patria* hasta la muerte (la suya, pero antes la de otros) aunque nos podamos encontrar con gente como Stalin, Mao, Abimael Guzman (*Sendero Luminoso* de Perú), o, salvando los ríos de sangre, Castro, con sus versiones particulares de capitalismo de Estado que no socialismo o comunismo. U otras opciones populistas o *socializantes*, desde Perón hasta Chávez.

Sea cual sea la opción por la que nos inclinemos dependiendo de nuestra posición social, lucidez, sensibilidad, carácter y simpatías, tarde o temprano, acabaremos comprobando que habremos obtenido más de lo mismo, en una versión u otra, de esta civilización y puede que hayamos acelerado la cabalgada al abismo.

A poco que seamos serios y sinceros, llegaremos a la conclusión de que no vale perseguir *cabezas de turco* o buscar quién *nos saque las castañas del fuego*. Quienes nos han conducido a donde estamos, lo han logrado, cuando no con nuestro apoyo declarado, sí al menos con nuestra tolerancia o, excepcionalmente, sometimiento miedoso, y generalmente, una combinación de todo ello. Hemos compartido, cuando no intereses claros, sí valores, ideas, sueños. Muchas más veces de las que nos gustaría reconocer hemos obtenido lo que nos hemos buscado pues no nos ha interesado escuchar las advertencias del peligro. Por tanto debemos cuestionar, más que a quién ponemos una *vela*, el hecho de encomendarnos a alguien, en lugar de empezar por nosotros mismos.

Aunque todos no tenemos el mismo grado de responsabilidad, cada uno tiene la suya, por acción u omisión. El Presidente Truman ordenó lanzar las bombas atómicas pero ¿cuántos norteamericanos, más en concreto, trabajadores asalariados, estuvieron en desacuerdo y no digamos lo expresaron públicamente denunciando ese crimen de guerra y contra la Humanidad comparable a los cometidos por los nazis?. Después de las manifestaciones gigantes contra la invasión de Irak por los EEUU ¿cuántas movilizaciones contra la guerra y su continuación tras la *victoria*?. Y así se podrían poner miles de ejemplos relevantes.

Con los cañonazos de la Iª Guerra Mundial, esta civilización anunció, al principio como si fuese una aventura heroica, su decadencia, ahora en una pendiente de aceleración. Su naturaleza la dicta el sistema social que mejor la representa y condiciona todo: el capitalismo, sea privado, estatal, cooperativista, etc. Su clase dominante y dirigente es la burguesía en cualquiera de sus versiones, incluida la tecnoburocracia. Pero quienes lo mantiene en marcha a diario, de mejor o peor gana, con su trabajo, sometimiento, responsabilidad laboral y cierta irresponsabilidad social, votando a los políticos que ayudan aperpetuar el sistema, somos los trabajadores asalariados. La burguesía, como el capitán de un barco, está en el puente de mando, pero el barco no avanza sin el trabajo de la tripulación, en especial, de la sala de máquinas y cocina. Mientras los mecánicos, cocineros, etc., sigan aceptando las limitaciones de su papel, la jerarquía y la ruta de navegación, aunque puedan pedir más salario, mejores turnos de trabajo, etc, la nave seguirá su curso hacia el huracán de la crisis económico-energética, el cambio climático, la guerra termonuclear.

Muchas veces se ha intentado lograr un capitalismo sin crisis, guerras, etc., pero se acaba en una variante u otra de lo mismo y más pronto que tarde se revela su verdadera naturaleza destructiva de los humanos y el planeta. Al tigre podrás limarle un poco las uñas, pero jamás conseguirás que se haga vegetariano. El trabajo asalariado puede mejorar en sus condiciones, pero a medio y largo plazo su situación siempre será precaria y terminará por perder lo logrado, por las crisis, las guerras, la reacción de la burguesía, viviendo en una *montaña rusa* de incertidumbre, contribuyendo en tanto, de un modo u otro, a perpetuar el capitalismo, sea bajo la forma privada, estatal, cooperativa, autogestionaria, colectivizaciones libertarias, etc., poniendo por tanto en riesgo la comunidad humana y el planeta.

Los trabajadores asalariados debemos comprender que el capitalismo ha llegado tan lejos porque ha contado demasiadas veces con nuestra aceptación e incluso apoyo, sobre todo en las épocas de *vacas gordas* (más para la burguesía y los trabajadores de los países ricos) o cuando sacrificamos la vida en la guerra interimperialista, colonialista o de *liberación nacional* pasando, de la competencia por el puesto de trabajo y la *competitividad* en el mercado nacional o mundial, a matarnos por ser de uno u otro país bajo una bandera que no debería ser nuestra pues la patria es el territorio donde cada burguesía organiza su poder y desde el cual lanza sus expediciones de saqueo y conquista imperialista. Por eso los proletarios conscientes de nuestra identidad humana y condición de asalariados no nos reconocemos en más *patria* que la del género humano que es internacional, como dice la letra de la canción.

Por lo tanto, deberíamos analizar qué fuerzas materiales y espirituales nos vienen cegando, impulsándonos a *vendernos*, corrompiéndonos en suma, hasta llegar a esto y cómo podemos ponerle fin. Si hasta ahora hemos estado buscando y siguiendo líderes, no se trata de hacer una llamada al *voto responsable*, elegir con más tino a tu Salvador, pues estaríamos en las mismas sólo que apelando a aprovechar bien el *día de reflexión* previo al de elecciones; tampoco de caer en el extremo opuesto, pero continuando en el papel de inocente víctima, pensando que la culpa de todo la tienen ellos por habernos engañado y traicionado una y otra vez, pues nosotros *no queríamos* y que ¡si de nosotros dependiese…!

Precisamente porque de nosotros ha dependido, depende y dependerá, debemos asumir nuestra cuota de responsabilidad, enorme como colectivo, y decisiva para la vida de cada uno. Comprender qué somos como trabajadores asalariados y los límites de esa función en la sociedad. Cómo condiciona nuestra situación social nuestro modo de vivir, sentir y pensar. Qué es lo que estamos construyendo con nuestro trabajo; cómo contribuimos, como una viga maestra, a sostener esta civilización decadente, no sólo a enriquecer a una clase.

Según lo entendamos, qué papel podemos jugar todos los trabajadores y en particular quienes tenemos más conciencia de la realidad y mayor disposición a la lucha, para ayudar a nuestros semejantes a que también asuman su responsabilidad, reflexionado, decidiendo, luchando y, en el proceso inverso, luchando, decidiendo, reflexionado sobre la experiencia. Pero sin caer nosotros a su vez, en el papel de Salvadores, arrogándonos unas funciones, representación y decisión sobre el conjunto de los trabajadores que no podemos tener a no ser que deseemos sustituirlos y convertirnos en los nuevos dominadores, opresores, explotadores, para caer en el capitalismo de Estado y, al final, vuelta al capitalismo privado, como nos enseña la experiencia común -con sus diferencias- de los llamados partidos comunistas, la URSS, los países del Este, China, Vietnam y Cuba.

Aunque las minorías, dadas las circunstancias de la división del trabajo manual-intelectual, y el desarrollo desigual de la conciencia revolucionaria, tengan un papel destacado en la elaboración de la política revolucionaria y su programa, no se trata de ganar meros seguidores para una política elaborada y decidida por una minoría, como quien recluta poco más que a una tropa. Al contrario, se trata de contribuir a que el conjunto de los trabajadores, sacando lecciones de su experiencia, de la internacional e histórica del proletariado, y apropiándose de sus herramientas de análisis, se emancipen porque han madurado a base de liberarse, descondicionarse, de la ideología que espontáneamente emana de su condición de asalariados, de la identidad-pertenencia que les limita a su clase (para el capital) y nación, atándoles al capitalismo, aunque sea en su versión más *roja* como la estatalización y el poder al Partido.

No debemos pretender convertirnos en los dirigentes políticos, compitiendo con otros para ser reconocidos de hecho como tales, sino aportar al proceso de su toma de conciencia, a la comprensión de lo que está en juego en las luchas y en sus experiencias. El objetivo debería ser que el colectivo de trabajadores se vaya homogeneizando cada vez más por unas metas revolucionarias y precisase cada vez menos del impulso por parte de grupos de trabajadores organizados fuera de sus organismos de masas (asambleas, consejos, soviets) pues desde ellos los trabajadores elaborarían también línea política con sus planes, acciones, reivindicaciones y programas. Que las iniciativas del colectivo de los trabajadores superen cada vez más las limitaciones de la espontaneidad de los planteamientos que nos siguen atando a la condición de asalariado (más salario, respeto a la división por ramos, regiones, nación, reformas parlamentarias…).

Es decir, que la influencia de los trabajadores más conscientes pueda confiarse cada vez más a lo que puedan hacer como uno más entre sus compañeros, con menor necesidad de unirse en grupos para evitar el aislamiento en sus centros de trabajo y hacer sentir su presencia colectiva frente a las fuerzas organizadas con múltiples medios de incidencia (radio, tv, prensa, hojas, etc) que están por la conservación de esta civilización en cualquiera de sus versiones (derecha, sindicatos, *izquierda responsable*, *revolucionarios* con aspiraciones a convertirse en jefes, etc.) logrando así una influencia muy superior a la de sus miembros confundidos en la actividad del colectivo al que alcancen con su presencia individualizada (lugar de trabajo, etc) y sus medios personales (tomar la palabra en las reuniones). Aunque en el capitalismo esto quedará lejos de poder realizarse plenamente, debe ser tenido como el objetivo que orientará el tipo de relación entre las distintas capas de trabajadores. No olvidar que la emancipación de los trabajadores será obra de nosotros mismos o no será más que la sustitución de una minoría dominante por otra que actuará en nuestro nombre y, cómo no, *por nuestro bien*.

Si en esta civilización el humano puede ser, con todas las bendiciones de la ley, un depredador o presa del semejante, debemos investigar, tanto en lo social como en lo personal, los mecanismos que nos conducen a ello, tolerando las injusticias, las guerras, las represiones, aunque estemos suficientemente bien informados a diario de sus dramáticas consecuencias. Si lo que somos es funcional a esta civilización y debemos cuestionar esta civilización, también debemos cuestionar el tipo de ser humano que somos. ¿Ha sido el hombre siempre y en toda sociedad así? ¿Hay en nuestra naturaleza un potencial capaz de permitir la emergencia de un humano que sea básicamente un hermano para el prójimo y el hermano mayor de todas las especies de modo que pueda superarse la sociedad de clases y evitar la destrucción del planeta?. ¿Qué herramientas deben habilitarse y qué procesos prácticos desarrollarse para ello?.

Asumir responsabilidades, ejercer nuestra libertad de pensamiento y acción, nos da miedo pues nos obliga a analizar el entorno y a nosotros mismos, supone tomar en nuestras manos muchas grandes tareas con el riesgo de fracasar y no poder echar las culpas a ningún otro ni descargarnos en alguna *cabeza de turco*. Significa respetar de verdad el milagro de nuestra vida y la de los demás, la única que tendremos jamás y que no estábamos destinados a tener, de modo que no la desperdiciemos como casi siempre lo venimos haciendo ni vendamos nuestra dignidad y potencial humano por el *plato de lentejas* que nos ofrece esta civilización. Lo mismo que un día dejamos de ser niños, ahora que somos como especie unos adolescentes alocados e irresponsables, debemos madurar personal y colectivamente si queremos garantizar nuestro futuro y la salud del planeta. Un futuro devastado es lo que nos debiera dar miedo y no la libertad de asumir nuestras responsabilidades para lo cual estamos más capacitados de lo que creemos.

Al interrogante ¿quién y qué puede salvarnos? con el que empezamos esta reflexión podemos responder: tú nos salvarás, él nos salvará, yo os salvaré, nosotros nos salvaremos, pero a condición de interesarnos en las cuestiones sociales y políticas, asumir nuestra responsabilidad personal y colectiva por nuestros actos y omisiones, obrando en consecuencia, tomando en nuestras manos lo que podamos hacer por nosotros mismos sin esperar o dejar que otros lo hagan probablemente contra nuestra conveniencia. Lo lograremos ayudándonos, aprendiendo de los aciertos y errores de unos y otros, apoyándonos en la lucha, la organización y la reflexión. Tomando personalmente la iniciativa, creando grupos para debatir, estudiar, intervenir en la lucha, sin esperar ni depender de la dirección de sindicatos y partidos, impulsando las formas de organización y lucha que permiten el protagonismo y dirección al colectivo de trabajadores. Avanzando en el proceso de reflexión y práctica transformadora, en la lucha, como una espiral, a niveles cada vez más elevados, hasta ser capaces de tomar el puente de mando de la nave, pero no para cambiar de amo y señor, sino para trastocar de arriba a abajo la jerarquía y variar definitivamente el rumbo hasta llegar al puerto de otra civilización donde reestructurarlo todo (finalidad del barco, nada de pasaje de varias clases según su poder económico) para que los humanos dejemos de depredar a nuestros semejantes y protejamos la biodiversidad en nuestro planeta y allá donde lleguemos, como hijos de ninguna patria, sino del cosmos.

Este artículo es una pequeña muestra de lo que trato de comunicar con mis textos pues responden a una iniciativa enteramente personal, sin obedecer a la orientación de una línea política o disciplina partidaria, sin esperar a que nadie me dé las respuestas que busco y, lo más importante, sin miedo a cuestionar todo lo que haga falta sin atarme a ningún tipo de pensamiento *políticamente correcto*, invitando a todos a hacer lo mismo, estén o no en un colectivo.

Aquí sólo me he limitado a plantear los problemas y apuntar la vía para esclarecerlos. Si has sintonizado con esta reflexión y quieres acompañarme, puedes dar algunos pasos más en la asunción con responsabilidad de tu vida y de la parte que te corresponde en la de los demás seres del planeta. Te invito a leer aquí, en kaosenlared, mis siguientes textos y libros.

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La inspiración para este artículo me ha venido tras la lectura de algunas reflexiones de Wilhelm Reich de 1946 incluidas en la recopilación titulada La revolución biosocial disponible en la página web del Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques, www. geocities.com/cica_webSobre el bombardeo de las ciudades alemanas, en Ciudades muertas. Ecología, catástrofe y revuelta de Mike Davis, Traficantes de sueños, 2007. Sobre los efectos de las explosiones nucleares y la posible renovación del arsenal nuclear norteamericano y sus consecuencias para el mundo, en la revista Investigación y Ciencia enero 2008, Informe especial, Armas nucleares hoy, La amenaza nuclear, Nuevas ojivas nucleares.

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