Querido violador

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Texto anónimo

Me violaron hace ahora tres años. No importa ni el cómo, ni el quién, ni el dónde. Solo importa que me violaron. Ayer se lo confesé a una amiga y su reacción fue de risa nerviosa y, después, preguntó “¿pero cómo?”. Siempre es igual. Todo el mundo pregunta siempre cómo cuando decides abrirte en canal y poner algo tan tuyo sobre la mesa. Esperan que sea una historia sórdida, hombre corpulento sigue a chica que vuelve a su casa, saca una navaja, se la pone en el cuello y la viola en el portal. Se corre encima de ella y le deja un navajazo en la cara , ahí, donde se vea bien, para que tenga que llevarlo con ella el resto de su vida. Necesitamos sentir el morbo propio de una sociedad audiovisual ebria de imágenes explícitas. Si otra mujer me dijese que a ella la han violado, es probable que hasta yo misma quisiese saber. “Por lo menos, no fue violento”, me dijo. Parece casi como si tuvieras que estar agradecida de que tu violador tuviese la deferencia de desnudarte y tocarte cuando estabas inconsciente. Que no haya una acción dramática complejiza las cosas. Te resulta imposible darle nombre a lo que ha ocurrido, se entremezclan sentimientos de incertidumbre, asco, ganas de vomitar, tristeza, suciedad y desconexión con tu propio cuerpo. La culpa es lo peor de todo. Una culpa que se te pega al esternón y te impide respirar.

Despojarte de ella es casi imposible, nunca nadie te prepara para la posibilidad, menos remota de lo que pudiera parecer, de que un día un tipo coja y te viole y tengas que lidiar con tus años de socialización dentro de nuestro sistema machista. Si te han violado es porque te pusiste demasiado pedo y te lo buscaste, es lo que le pasa inevitablemente a una mujer si no controla en una fiesta, hordas de tíos están esperando violarte porque, joder, son tíos. Además, llevabas unos pantalones demasiado cortos.

La vergüenza sigue a la culpa. Te avergüenzas de ser una mujer violada porque es lo más bajo que te puede pasar. Nadie puede saberlo, tienes que esconderlo y hacer como que nunca existió. No vivimos solo en una cultura de la violación, sino que también nos hallamos en una cultura del silencio. Todo aquello que tenga que ver con una realidad femenina que se sale de lo estipulado, de lo correcto, debe silenciarse. Primeras reglas, un posible aborto a lo largo de tu vida fértil, tendencias depresivas. Tanto si forma parte de nuestra naturaleza intrínseca como si se trata de una decisión tomada sobre la propia existencia. Los acontecimientos traumáticos son los “afueras” constitutivos de la normalidad. Y, en esta normalidad, lo femenino molesta.

Mi violación me cambió la vida, supuso un momento disruptivo que hizo que todos los cimientos sobre los que se asentaba la persona que yo era se tambaleasen. Fue un choque frontal contra una estructura que me estaba subordinando por el mero hecho de ser mujer y que yo aún no había identificado. Ese choque me transformó. No creo que sea necesario caer en el buenismo que te anima a sacar la parte positiva de todos los problemas. Hay algunos que, simplemente, no la tienen. Hasta el momento, había vivido en lo que considero una inconsciencia de género y la incomprensión de por qué era necesaria para mí la lucha por la igualdad.

Pero mi violación me hizo mejor persona a la fuerza. Imagino que cuando estás tirada en casa, con el estómago y el hígado destrozados por el tratamiento profiláctico, tratando de mantener una relación sana contigo misma mientras, al mismo tiempo, tienes que recomponer tu propio yo hecho pedazos, todo cobra otro sentido. Porque tienes que recomponerte sin excusas. Mi violación me hizo más consciente, más luchadora, más fuerte, más comprometida, más leal, más viva. Mi violador me ayudó a convertirme en una mujer feminista, a estar en rebeldía constante porque entendí que no habría otra forma más pura ni mejor de vivir mi vida.

Si te han violado, no te calles, no te escondas, no enmudezcas. Normaliza tu realidad para poder afrontarla con entereza, para poder seguir con tu día a día, para no dejar de ser tú. Recurre a tus amigos, a tu familia, a tu pareja. Yo decidí no caer en el miedo, no bloquearme, seguir cogiendo taxis, seguir volviendo a casa andando de madrugada, no ponerme nunca las llaves a modo de pincho en la mano, subirme en el ascensor con hombres, seguir conociendo a nuevas personas. Mentiría si dijese que no me ha causado problemas y que no me los sigue causando. Por mi trabajo, por ejemplo, tengo que leer la palabra violación casi de manera constante y, aún a día de hoy, hay momentos en los que se me nubla la vista y me siento insegura. Mentiría si dijese que no tengo altibajos y que, como quien mata a Dios, sigo matando, poco a poco, a mis fantasmas. Sin embargo, cómo gestionar las inseguridades para no permitir que nada ni nadie interfiera en mi existencia ha sido el arma que he decidido llevar conmigo en mi feminismo militante. Y la llevo siempre cargada.

Querido violador: me jodiste la vida. Pero somos más fuertes. Somos muchas. Y somos imparables.

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