Querer tener razón al precio del amor

Lo que hasta ahora ha ido bien no tiene por qué seguir yendo bien. Eso es malo. Si eso fuera cierto también sería posible que lo que hasta ahora ha ido mal tampoco tiene por qué seguir yendo mal, eso no tanto. Si trabajo no me divierto y si no trabajo no gano dinero, o sea que o no gano dinero o no me divierto. A lo que se puede dar la vuelta diciendo que si trabajo gano dinero y si no trabajo me divierto, o sea que o gano dinero o me divierto.

   Del mismo modo que podemos pararnos un rato al día a pensar podríamos pararnos otro para hacer poesía, o al menos juegos de palabras. El ponerlas por escrito o contárselas a alguien es menos deportivo, pero bueno, si eso ayuda, ¿por qué no? Incluso se ha llegado a pensar que hablando se entiende la gente. Se reclama diálogo para resolver problemas, intentando reducir los problemas, los malentendidos, a juegos de palabras, ignorando que no sólo la razón, incluso la gramática son meros servidores de los gustos, de las pasiones.

   Tengo interlocutores que son más brillantes que yo, incluso mejores personas, pero con los que no estoy de acuerdo en casi nada. Han construido sólidos argumentos sobre unas paridas catedralicias. De su buena voluntad a mi respecto pocas dudas me quedan porque cambian de tema enseguida cuando se dan cuenta de las mías. Cuando alguien dice, no cambies de tema, vamos a discutir, habría más que hablar de eso, a muchos nos entran grandes ganas de levantarnos de la mesa.

   El que quiere tener razón imagina entre ella y su persona una relación especialmente estrecha y toma a la “razón” por esposa a la cual cela. Pero cuanto más esa esposa en de alguien, menos razón es. Hay personas que pudieran tener razón en fiarse de nosotros, eso no implica que nosotros la tuviéramos caso de observar hacia ellas la misma conducta.

  El viejo de la cabeza de pólvora decía que las simpatías perdidas eran los sacrificios más duros que le habían exigido su vida y su pensamiento, que siempre vacilaba toda su filosofía tras una hora de simpática conversación con gente totalmente extraña: le parecía demencial querer tener razón al precio del amor, se había resignado a “no” poder comunicar lo más precioso de uno para no anular la simpatía.

    Renovar la desconfianza hacia los expertos de turno recuerda nuestra madurez. Un niño se hace adulto cuando se da cuenta de que tiene derecho no sólo a tener razón, sino también a estar equivocado. ¿Cómo librarse si no de la siniestra manía de considerarse casado con ella, de creerla “nuestra”? Nos cargamos de razón, como Olí al ir dejando hacer a Stan, utilizamos la moral como instrumento para tener razón, construimos la propia bondad con la maldad, sobre la torpeza ajena, acumulando verdades tipo “ya te lo dije”, “si no hubiera sido por”… y  terminamos así siendo unos perfectos fariseos, unos perfectos capullos. Es hora de que se rían de nosotros. Nos reímos más del gordo que del flaco.

  ¿Cómo decir acerca de la inutilidad del diálogo sin hablar? Hablando mal, hablando demasiado. La tolerancia y la libertad de expresión se garantizan mediante la neutralidad ideológica del Estado y del Mercado. El poder discutirlo todo, garantiza la obediencia de los súbditos al poder constituido. Federico el Grande al pueblo: “Razonad cuanto queráis y sobre lo que queráis, pero ¡obedeced!”. La vida sigue, la caravana pasa, los perros ladran. ¿Ladran? Luego cabalgamos. Bueno, ahora cada vez menos.

  A muchos no nos gusta discutir. Quisiéramos largarnos cuando alguien dice: vamos a discutir un poco. Lo mejor que se puede decir de las discusiones es que no hacen avanzar porque los interlocutores no hablan de lo mismo. Poco se puede hacer por los problemas en cuanto se los dice. Habría que crear conceptos indiscutibles para poder abordar el problema de que se trate. La comunicación viene siempre demasiado tarde y la conversación está de más, con respecto a crear posibilidades de cambio. Nos hacemos a veces de la filosofía la idea de que se trata de una “racionalidad comunicacional” o de una “conversación democrática universal”.  De hecho cuando un pensador critica a otro es a partir de unos problemas y de un plan que no eran los del otro y que funden los anteriores conceptos como se funde un cañón para hacer nuevas armas. No se está nunca en el mismo plan si “se discute”. Por eso la mejor filosofía no es la política sino la poesía.

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