Qué tragedia la de Colombia: Cuando las nubes nos persiguen

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El presidente Juan Manuel Santos me inquieta  como propugna ríos de miel  sobre la Paz.

Que yo tenga entendido,  las FARC-EP ( Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo )  en la mesa de la Habana dado los contenidos del acuerdo,  los cuales me los he leído rigurosamente  y que aún no termino no han prometido el comunismo, y de otro lado,  pensaría que  el  ELN ( Ejército de Liberación Nacional ) ni  el socialismo, en su acercamiento a un posible acuerdo de Paz con el actual gobierno de Juan Manuel Santos u otro presidente como para pensar  que la gran  revolución llegará o se instalará  a través de  estos  posibles   sistemas. No lo he leído por ninguna parte. El acuerdo de  paz  actual de las FARC-EP, está escrito a mi modo de ver desde el corazón de los  territorios por  parte  de  la insurgencia.   Ante  esto, solo  porque   se firme  un acuerdo  de  paz  con  estos  movimientos  insurgentes, bien sea de las FARC-EP o el ELN  no  se pretenderá  que  el pueblo  tendrá  una paz inmediata.  La  paz hay que construirla entre todos y los movimientos insurgentes en rebelión tienen  voluntad política.  No caigamos en la fractal ilusión del confort.

Ríos de miel, en medio de la sangre.

Cada movimiento insurgente tiene su agenda política, sus dinámicas de participación, sus especificidades históricas en un posible  acuerdo de paz. No revolvamos. Quien revuelve sin seleccionar  las partes,   forma caos  tanto en la vida  individual como colectiva.

Lo más importante es el  reto  histórico  que  cada uno de ellos  tiene  para  un pueblo,  bajo  una legitimidad  de más 50 años  en rebelión,  la cual  ha estado  destacada  por  un  acompañamiento de  diversas  expresiones  sociales  y  populares, cada  uno  bajo  un trazo ideológico.  Ambos  están  legitimados  por  su  estado  de rebelión,  la  paz   no es una cuestión de  competencia histórica.    El respeto es y debe ser mutuo con el pueblo y entre ellos,  por parte de  estos  movimientos insurgentes.

El  enemigo  es  común:   el capitalismo y  la  telaraña fascista  que envuelve  en  sus  redes,  las  cuales  conecta una  oligarquía criolla,  una burguesía  industrializada bajo unos ejes internacionales  de  estandarización  de  la  economía  que envuelve  como nube a gris  al pueblo y privilegia  a  grupos económicos nacionales,  a una clase política nacional,  fuerzas de extrema derecha, militares,  familias oligárquicas y  hasta  ex –presidentes  que hoy día  se lanzan  a campañas presidenciales  a la  sombra  de  la  posible  paz.

Ante el  acuerdo de paz con las FARC-EP,  los guerreristas se pronuncian, estos   no quieren dejar el poder basado en la corrupción clientelar, es evidente el oportunismo que  bajo una   politiquería gamonal  como  la  del  ex-presidente Cesar Gaviria (1990-1994), designado por el actual presidente para la campaña por el “si” al plebiscito para la paz  y hoy también el genocida Alvaro Uribe Velez quien pretende un poder omnímodo  que  no  le  deja  conciliar  el  sueño de  la paz y actúa sobre la  negación sobre los  acuerdos en la mesa de la Habana con las FARC-EP, él  como  buen habilidoso crea escenario de  votos venideros   para posible campaña  presidencial de su partido de extrema derecha.  Todo  bien calculado y  cada uno con su cuento.

No seamos veleidosos,   el agua corre  bien lejos. Aterricemos. Cada uno de esto  exponentes politiqueros con sus discursos retóricos,  se hacen a la  sombra de la Paz.  El ex -presidente  Cesar Gaviria con su  afirmación  hacia  la  Paz  campaña presidencial venidera,  Álvaro Uribe con su  negación de la paz   para  legitimar su campaña bajo un retoricismo vulgar -¡Cómo si la  Paz dependiera de ellos¡  Mas bien  son  solapadamente  estimuladores  de  la  guerra  en  los  territorios,  cada uno a  su modo y a  su amaño. El solapamiento es un  mal enquistado  que persigue a muchos  colombianos y toda la clase política. No a todos,  para no herir  susceptibilidades.

El poder  de  estado  y el abuso  para  el pueblo continúa. No  creo en  mesías. No creo en gurúes y mucho menos en salvadores políticos  son sumamente peligrosos se tornan macartizadores y estigmatizadores,  tanto individual como  colectivamente. Es una enseñanza  que   infortunadamente  me  han  dejado  las  religiones y  la  observación  en  una   sociedad en su transversalidad  humana. No  convoquemos  a  discursos  mesiánicos,  ni salvadores de  almas,  esa  idea  falsa  impuesta por el modelo de  la santa inquisición, no me cala y es sumamente peligroso.   El señalamiento  y la  macartización moderna   se convierten en  un modelo fácil, ante esto es necesario  asumir los acontecimientos  desde dentro. Los inquisidores  y los macartizadores  tienen  manuales de comportamiento,  reglas y soportes.

¿Creer que la guerra de estado  se va a  acabar de un plumazo,  bajo  órdenes  mesiánicas  y estentóreas,  en  la voz  del   mismo presidente Juan Manuel  Santos? ¡ Estará por verse¡ .  O que  la paz  según  el presidente quedará  en manos única y exclusivamente  en  la voluntad  por   parte  de  las  FARC -EP y los miembros del  ELN  quienes  públicamente según el estado   salvarán la  historia, es  un juego de estado perverso,  el  estado debe  responsabilizarse  en lo que  anuncia  y  predica políticamente  en relación a la paz.  Creo en la buen voluntad de  los  movimientos  insurgentes por la paz, pero ante este estado  omnímodo,  pensaría hay que ir con  prudencia,  compromiso gradual y  responsabilidad histórica.

No. No seamos tan utópicos. La utopía no va por ahí,  los plumazos  existen  pero las promesas  piadosas se ejercen en las iglesias.  Aquí  no se trata  de  mirar los acuerdos  como diálogo de  parroquia,  tanto uno  y  otro  movimiento  insurgente  tienen  su ruta, su  agenda  que  propenden  por  acuerdos   y modelos  serios de paz  que  requieren  tiempo, que  sean graduales, ideológicamente compatibles  con su hacer-histórico  donde cada insurgencia  genera  un camino,  un  paso a paso  de manera integral,  de  confluencia  incluyente,  ante  lo que  ha costado infortunadamente ríos de sangre.

Caminando  y llegando 

Los movimientos insurreccionales tendrán coincidencias y disentimientos,   cada uno con una ruta  distinta  y  seguramente  hay  organizaciones  de  izquierda  que no estarán de acuerdo ni con los unos, ni con  los otros sobre  la  agenda  de  paz  respectiva.  Lo más  válido  y  lo más  importante es  la selección del  acuerdo  de paz, aprehensible,  dirigido hacia  una sociedad civil  en un  contrato intrínseco  que  genera un  trazo político, quizás   para marcar  un  derrotero  hacia  el  reconocimiento del  ciudadano,  ante  su  propia  historia de guerra.   No hay que menospreciar, ni degradar,  el río de miel  aún no comienza.

Lo fundamental es generar diálogos, sin prepotencia, ni egocentrismo, ello  solo conduce   a que un pueblo quede más confundido y afectado. Es muy fácil desde la zona de confort   hablar con varita mágica,  dárselas de mesías y hasta de gurú de  pueblo, lo hablo por muchos analistas de paz y hasta del propio presidente   que ya tiene la respuesta  a todo. Dice un proverbio  chino el que   pretende saberlo todo, pronto dejará de recibir consejos y se quedará  solo.  En medio de ello,  un pueblo  desde dentro  ha perdido  todo,  hasta la credibilidad en  ellos  mismos. Una  sociedad como  la  colombiana  debe  despertar,  duerme  aún  bajo la estampida  de  lo  negado, del  tiempo  corrompido de la historia.  El espíritu de un pueblo  está   herido y  hay que escrutar  otros cantos  hacia la vida, aún  lucharlos. Es el gran reto político.

No es un secreto que se  dialoga  el acuerdo de paz  bajo un modelo económico neoliberal  y que históricamente tiene  pactado  acuerdos  territoriales  desde hace años atrás,  al  servicio  de  las multinacionales   como  parte del  capitalismo. Es necesario,  decir que  desde la época del periodo presidencial del  ex-presidente Virgilio Barco(1986-1990), se hicieron todos los preparativos para iniciar  la “gran apertura económica” siendo el  ex –presidente  Cesar Gaviria (1990-1994),  en su  pasado  reciente quien  le  abrió plácidamente  las puertas  al  neoliberalismo  para  que  entraran las multinacionales. En una palabra el  reparto  del territorio, sin dios y sin ley como dice el proverbio popular.

Mire usted señor lector-  esta figuración  la han venido   legitimando  los  gobiernos bipartidistas precedentes en la entrega de la soberanía hasta la actualidad,   bajo  acuerdos  económicos  internacionales,  como  los  convenios del  TLC, las concesiones ambientales,  la  explotación agro –minera  por  parte  de  las multinacionales,  donde  se destacó el mandato de Álvaro Uribe, quien impuso un  modelo  de gobierno  bajo  un visible  terrorismo de estado  con centenares de paramilitares, corrupción, clientelismo, politiquería y aunó a los   recursos  del  estado  una  factorización  de  guerra y una  economía  regional  de  corte fascista ,  llevando a  la degradación de  toda una población  hacia una extrema pobreza y represión. Ningún  ex – presidente, ni  el  actual mandatario   se han escapado a ese tiempo corrompido.

Ante  eso  le  pregunto,   señor lector: ¿Usted cree seriamente que de un plumazo bajo un  acuerdo de Paz  cambiará esta historia? ¡Pues no¡ Un acuerdo de Paz , es un inicio, es  un compromiso de las  partes  que  tienen  y que  demuestran  voluntad política  para abrir una  puerta que se creía cerrada.  La paz  es la legitimidad en su profundidad  y  es  precisamente  el pueblo  que debe continuar  la  lucha  por hacerla  valer  y  ser sujetos de derechos con su pronunciamiento sobre:  la  legitimación  de  las víctimas,   por la memoria histórica, por  la verdad , la justicia  y la reparación, por una política pública  social,  por  un  mecanismo  de  participación política,  por la  tierra, por la educación,  la vivienda,  la salud  y luchar ante la represión de estado, como  la  implementación del  código de policía nacional, el ESMAD-(Escuadrón Móvil Antidisturbios), es decir contra esas medidas represivas  estatales  de corte  fascista que  penalizan  las vías de hecho,  de  acción y  de inconformidad  para  luchar  por una democracia.

La paz  es  una  vía política,  para  intentar  y  viabilizar otros  modus vivendi otras significaciones de la vida,  del  Ser ante el arrasamiento  de  lo  eliminado, del  derecho  como  sujetos  dignos.  Esto  implica tiempo. Millares de  personas conducidas  al  desplazamiento, a la muerte  y lo  peor al olvido, a la intolerancia y  a la  degradación merecen un lugar digno de vida.   Sí,   la paz  no  funciona  ante   los  requerimientos  de  un  pueblo , donde el estado no afloja lo ofertado;  la puerta   se  cerrará  para expresar  otra nube gris  y densa.  En  esta mirada,   no se necesitan  miles de libros, ni análisis  profundos,  ni gurús salvadores,   es solo tener un poco de sentido común.

 Sin desojar margaritas

Ninguno de los  movimientos insurgentes en rebelión se han  pasado   durmiendo,  ni cogiendo  flores  para  desojarlas  durante  50 años, para mí los  movimientos insurgente en  Colombia han defendido  pueblos enteros, otra cosa  son otras interpretaciones  de  orden  heurístico que  queda sujeta al lector…

¿En medio del derecho a  la rebelión porque  la paz? – la  paz  es  una oportunidad  para viabilizar  la vida,  sin  pretender  que se hará desojando   margaritas. La guerra por donde se le mire, es brutal. La paz  es  una  puesta política  en  los territorios,  el conflicto  militar  se  transforma  y  se posibilita un  horizonte  tangible,  aprehensible  diría bajo un “prisma”  que encause   un presente ontológico,  construir  desde dentro,  bajo  una nueva  episteme  histórica  que   posibilite  una  democracia  en  este  siglo XXI. El reto es grande en Colombia.

El  pueblo  debe  seguir  luchando,  hacia esa contra- ofensiva  popular,  que  en  medio de  un acuerdo  de paz  rige el estado con su terrorismo económico y judicial,  viabilizar  sobre su derecho al territorio y abrir  paso a  las nuevas afluencias de identidades en  los  derechos  por  una democracia. En   Colombia ha existido  una gobernabilidad  bajo un eclecticismo paramilitar  y un manoseo histórico atroz. Una historia en contravía.

Por ello y muchas cosas más el pueblo debe insistir por una vida digna. La guerra es un tiempo operativo  y la paz es un tiempo extensivo, dinámico bajo un tendón histórico  que aún no conocemos. Sí en estos  tiempos  propositivos de paz,  por parte de los  movimientos insurgentes,  el estado propugna  e  insiste en la guerra  política, represiva, económica  y   no se da paso a otros escenarios, si no que continuará con una  violencia de  estado, el pueblo contendrá  otras  formas,  otros contenidos.  Nada está dicho, ni escrito.  Es solo una  pausa.

Queda en su pensamiento, en  su  acción sr. lector  bajo qué  tiempo se incluye…

Sara Leukos

Sara.leukos@yahoo.com

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