Que se reinventen ellos

Como no podemos cambiar la realidad, cambiemos el lenguaje. Esta parece ser la consigna. Nos incomoda, a veces nos irrita y en algún caso nos indigna la multiplicación de apelaciones a la necesidad del espíritu emprendedor que han tomado carta de naturaleza entre nosotros. Debemos reinventarnos, nos aconsejan a menudo. Tal persona u organización se han reinventado con éxito, se dice mientras se nos exhorta a admirar tal capacidad. La reinvención y la emprendeduría han sustituido a la ejemplaridad. Por si acaso, cuando nos encontramos ante cualquier predicador de dicha buena nueva, lo primero que hacemos es mirarle a la cara e indagar sobre su trayectoria. Suele ser muy saludable. Con perdón de Unamuno: a menudo la única conclusión lógica es que a quien le convendría reinventarse es al predicador.
 
Y conste que esta ola emprendedora y reinventadora tiene su razón de ser. Sin capacidad de iniciativa, esfuerzo y creatividad lo tenemos crudo. Con la que está cayendo no deja de ser recomendable empezar cualquier diatriba crítica mirándose al espejo. Hacerse adulto pasa por asumir que la responsabilidad exige que la primera reacción no puede ser buscar a quien tiene que solucionarme la vida. Pero esto no se resuelve con el implícito de que la partida se juega sólo en la genialidad individual. Incluso para emprender y reinventarse se necesitan formación, estímulos, entornos institucionales y una cultura que dé sentido y valoración a estas actitudes. Pero no. Siempre se habla de «el» emprendedor (o «los» emprendedores, pero sólo de manera agregada o descontextualizada). Y siempre se escamotea la cuestión de si al final puede haber emprendedores si solo decimos que queremos tener más emprendedores, y es de lo único de lo que hablamos. Forman parte de la solución, pero lo que parece equivocado es que la solución solo sea esta.
 
Cuando al iniciar este comentario hemos hablado de irritación e indignación es porque nos parece que ciertos elogios del emprendedor y de la reinvención no son en absoluto inocentes. Y menos aún en boca de según quien. Responden a una tendencia ideológica que pretende convertir los problemas sociales en problemas personales, o en déficits de capacidades. Tenemos la sensación de que se está imponiendo lentamente una nueva definición de parado: dícese de alguien que no tiene espíritu emprendedor. Aunque sea políticamente incorrecto, creemos que el mito de que sólo saldremos adelante con innovadores emprendedores y creativos olvida que para que un país funcione también se necesita gente normal. Que no es lo mismo que mediocre. Pero los apologetas de los emprendedores deberían modular sus deseos, al menos a partir de la constatación empírica de que no hay garajes para todos. El mito del innovador que (se) reinventa a veces no es más que el último avatar del mito romántico del genio, pasado por el tamiz de la tecnología y las escuelas de negocios.
 
Más bien parece que cierta retórica forma parte de una operación ideológica para convertir las desigualdades sociales en culpas personales. Si me va mal debe ser porque algo he hecho mal, y porque no tengo las cualidades necesarias. Ni el espíritu o la actitud conveniente. A la dualidad social se le superpone una dualidad de legitimidad: el problema es de quien no encaja en el mito; de quien no está en el lado correcto de la historia. Estar en el lado correcto de la historia: antes era una afirmación/acusación política, hoy lo es tecno-económica. Pedimos disculpas por la comparación: hay discursos políticos y sociales que recuerdan las pasarelas de la moda. Porque venden como ideal de belleza y elegancia un tipo humano que sólo es asequible para un número limitado de personas. A veces nos tememos que el ideal subyacente en más de un discurso es el de una sociedad de autónomos.
 
Pero una cosa es reformular la cultura del trabajo heredada y otra muy distinta la ideología que todo lo resuelve con la figura del emprendedor, que excluye o subestima otras opciones: empleado, funcionario, payés, artista… Opciones todas ellas a las que también se puede y se debe aplicar la exigencia de responsabilidad, dedicación, esfuerzo, calidad, compromiso, innovación… Sin olvidar además que, de la misma manera que se dice -con razón- que no puedes ser emprendedor sin tener una pasión, hay gente cuya pasión no se concentra en lo empresarial. En cualquier caso, el elogio del emprendedor está llevando al desuso -o situando en segundo término- otras palabras: profesional por ejemplo. Un profesional es cada vez más alguien que está al servicio de una empresa o de un emprendedor, no alguien cuya actuación remite a los parámetros y los valores de la profesión. Y no digamos ya vocación, prácticamente desaparecida del mapa, cuando no se considera ya directamente un obstáculo.
 
Lo anterior no quiere ser un ejercicio de nostalgia sino recordar que no existe lenguaje inocente. El sueño de una sociedad de autónomos no debe sustituir el ideal de una sociedad en la que las personas puedan desarrollar su autonomía en tanto que personas. Y es que, por supuesto, el mito del emprendedor encubre un implícito: el emprendedor del que hablamos y de quien se habla siempre es un emprendedor… de éxito. Y a lo mejor lo que de verdad está en juego es la pretensión de que el éxito sustituya a la justicia o al bien común como horizonte de la vida en sociedad.
 
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