¡QUE ELIMINEN A LOS ARTISTAS!

 

(Carta abierta a los Sumos Gerifaltes de las Políticas Culturales)

Distinguidas Excelencias:

Soy un humilde e insignificante ciudadano nativo y residente en este país, que abusando de la infinita bondad, sabiduría  y tolerancia que caracteriza a sus Señorías, tengo el atrevimiento de escribirles para plantearles una cuestión que considero, con la venia y con perdón, de cierta importancia y trascendencia para el bien social.

En primer lugar, les imploro benevolencia por hacerles perder su valiosísimo tiempo en la lectura de mi carta… El caso es que, desde hace muchos años, tengo la enorme desgracia de ser `teatrero´ y cinéfilo. Sería largo y prolijo relatarles con detalle cuándo, cómo y porqué fui `contagiado y abducido´ por esas endemoniadas (por algunos llamadas) artes; cuando, en realidad no son más que un veneno, un maldito veneno que poco a poco crea adicción, hasta el punto de resultar extremadamente difícil `desengancharse´ de ellas. Máxime si se comienza muy joven, como, por desventura, es mi caso.

Ahora, muchos lustros después, aunque el pudor debería impedírmelo, siento tener que confesar que sigo siendo un detestable y repulsivo adicto, sobre todo, al teatro. Todos mis intentos para dejar ese diabólico y estúpido vicio han resultado estériles. Ninguna de las terapias probadas ha dado resultado; ni siquiera intentar ver partidos de fútbol por la tele. A pesar de ello, a estas alturas, puedo decir con absoluta procacidad que hace tiempo descubrí, a D. g., lo absurdo, grotesco e inútil de esa cosa tan antigua -y para muchos, incomprensiblemente fascinante- llamada: teatro.

Expongo a continuación las razones que promueven tan contundente acusación. En primer lugar: qué necesidad tenemos de aguantar las absurdas historias edulcoradas o tristes,  idílicas o patéticas con personajes angustiados que sufren o, lo que es peor, que disfrutan y se divierten, entre risas y sonrisas, en un mundo ficticio alegre y feliz. Acaso, ¿no es indecente mostrar ese tipo de ficciones inalcanzables para la mayoría? Y más en esta época de profunda y deprimente crisis de la que, sin duda, sus Señorías no tienen ninguna culpa, y conocidos son sus intensos desvelos y esfuerzos para sacarnos de ella.

O algo aún más grave: ¿es necesario conocer, a través de los escenarios, las miserias humanas: las mentiras, engaños, abusos y maldades que acompañan al ser humano desde el origen de los tiempos? ¿Es que su conocimiento nos librará de ellas? ¿Por ventura, la visión de las artimañas, ignominias y perfidias que el hombre ha utilizado, y utiliza, a lo largo y ancho de la historia, nos hará más libres y felices?…. ¡Señor, cuánta ingenuidad y estulticia!… ¿Acaso no es notorio que el individuo es más feliz mientras mayor es su ignorancia e inocencia y más confía en quienes ostentan los poderes fácticos: políticos, banqueros, magnates empresariales, sumos sacerdotes, etc.? ¡Adónde iríamos a parar si los ciudadanos tuvieran excesiva formación, información y conocimiento, que potenciaran su reflexión lúcida y crítica y el insano y peligroso beneficio de la duda!

No, queridos prebostes, como Vuestras Excelencias saben,  execrables son afirmaciones como las del inefable Arthur Miller: «El teatro nunca desaparecerá, porque es el único arte donde la humanidad se enfrenta a sí misma«… ¡Qué insensatez y barbaridad! Bien está enfrentarnos a nuestros semejantes (sobre todo si piensan distinto a nosotros)…., pero, ¿qué necesidad tenemos de enfrentarnos con nuestro espejo? ¿Adónde no lleva tal estupidez?

Por suerte, los años han abierto mis ojos y propiciado, entre otras cosas, el rechazo y desconfianza hacia los máximos responsables directos causantes de esa infamia llamada teatro: los actores y actrices, los directores de escena y los dramaturgos…  Esos seres pretenciosos, vanidosos, inseguros y vulnerables (además de ingratos, inconformistas, rebeldes y contestatarios),  que nos hacen reír o llorar, que nos emocionan y conmocionan, que remueven nuestros sentimientos y pensamientos a través de lo que cuentan desde el escenario. Que no desfallecen en pasar toda su vida formándose para conocer un oficio que nunca dominarán. Que aman su trabajo con pasión, ilusión y entrega infinita. Que desarrollan su labor de forma esporádica, discontinua e incierta y nunca jamás tienen su futuro asegurado; que aceptan con resignación lo efímero de su arte, admitiendo con sonrisa agridulce el viejo aforismo de Mark Twain: «El teatro es la segunda profesión más vieja del mundo, y a menudo se parece mucho a la primera».        

¡Qué pena y qué desperdicio de vidas, empeñadas en analizar y mostrar el alma humana! ¡Cuán mejor y más provechosas serían sus existencias y sus servicios a la sociedad si hubiesen encaminado sus pasos a profesiones más nobles, dignas y respetables!: como banqueros, abogados, economistas, jueces, militares, políticos, sacerdotes…; (bueno, las dos últimas se les parecen bastante)

En fin, en definitiva, y según lo expuesto, no tengo el mínimo reparo en reiterar hasta la saciedad la perniciosa influencia del teatro en las personas. Y si no, fíjense en la desastrosa situación en que se encuentra el país en donde nació y se desarrolló este prescindible, inútil y extravagante arte: Grecia…. ¡Qué se podía esperar de un lugar en donde sus teatreros decían frases tan escandalosas como: «Cuán dulce es vivir entre cosas nuevas e ingeniosas y poder despreciar las leyes establecidas» (Aristófanes)! ¡Qué salvajada!… Menos mal que, como las mentes piadosas saben, tarde o temprano se acaban pagando los males, vicios y pecados de palabra, obra… y pensamiento.

Por tanto, ruego a sus Excelencias que mediten con sus portentosas inteligencias, sabiduría y autoridad para abolir esta tóxica y peligrosa actividad…. Es verdad, y justo es reconocerlo, que van por buen camino con las medidas que están tomando: subida del  IVA, retirada de subvenciones, eliminación de aulas de teatro en las universidades, reducción de presupuestos dedicados a cultura, etc.  Pero, con el debido respeto, me van a disculpar si les digo que, me temo, no es suficiente para cargarse el puñetero teatro de una vez por todas -ojalá y también lo hicieran con el cine-; y no me cabe la menor duda que si lo consiguieran, estoy convencido que las generaciones futuras les estarían  eternamente agradecidas. Y sin más que decir; reciban un incondicional y reverencial saludo, con la correspondiente y sumisa genuflexión, obviamente.

                                                                                                Tomás Martín Serna

                                                                                          Madrid, noviembre de 2013

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