Qué carajo es la Teoría Queer y por qué importa tan poco

En esta discusión están en juego los derechos de las personas trans pero también la posibilidad de un feminismo anticapitalista y las alianzas que lo hagan potente

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Quién nos iba a decir que “la Teoría Queer” acabaría en un argumentario del PSOE o llegaría a los programas de debate de televisión. La extrema derecha y los fundamentalismos cristianos hace tiempo que han construido a su alrededor un fantasma destinado a alentar los pánicos morales –sobre la educación de los niños, o alrededor de las identidades trans– y cuya función es movilizar a sus huestes. Lo novedoso es que el feminismo esencialista –ahora convertido en ideología oficial del PSOE– haya comprado buena parte de este argumentario y esté dando legitimidad a un discurso destinado a negar los derechos que la ONU promueve desde hace tiempo para las personas trans. Mediante esta complicada operación ideológica se oponen pues a las propuestas de ley que hay en discusión ahora mismo, que quieren la despatologización de la condición trans: que no obligan a hormonarse u operarse, ni a tener un diagnóstico médico para poder cambiar de nombre y sexo en el DNI.

Sobre “la Teoría Queer” lo más importante es entender que en su origen era inseparable, o incluso iba por detrás, de las luchas queer. Para cualquier pensamiento que se diga destinado a cambiar el mundo, lo esencial es cómo cuaja en prácticas políticas y movimientos sociales, la academia siempre va detrás.

Primero fueron las calles

El contexto social es el Estados Unidos conservador de la época Reagan en un ambiente de desmoralización social y unos movimientos LGTB en ebullición, donde la pandemia del SIDA está provocando una masacre. El grupo Act Up surgió entonces –1987– como reacción contra la indiferencia frente a la crisis sanitaria pero también contra unos movimientos LGTB que discriminaban a los enfermos y tampoco parecían muy interesados en cambiar la sociedad. Como explica Javier Sáez, distanciándose de ambos extremos, Act Up rompía con la línea asimilacionista, de “buenos chicos” de muchos de los grupos de derechos civiles tradicionales que abogaban por una integración en el orden social negociando cuotas de poder. El movimiento LGTBI, alejándose de la radicalidad de sus orígenes, se estaba convirtiendo en un movimiento identitario del mainstream muy centrado en la creación de barrios que integraban únicamente a través del consumo y cada vez más vinculado con las estructuras de poder.

Como explica David Berna en esta charla, mucha gente se quedaba fuera de esta propuesta. Una multitud que no encajaba con la imagen del movimiento: las lesbianas que no se sentían representadas por lo gay ni por el movimiento feminista y sus demandas liberales, las trabajadoras sexuales y las personas trans, los chicanos, las afrodescendientes, los cojos, y sobre todo, los gays pobres, precarios, las excluidas. Una serie de seres raros que nunca podrían ser las nueras y yernos soñadas por nadie. Gente que simplemente no quería ser normalizada ni asimilarse a una sociedad que ven injusta, un pozo de infelicidad para la mayoría. Así surge el activismo queer, uno de los primeros y más fuertes movimientos sociales antisistema y anticapitalista, como movimiento de gente que no encaja. (Queer significa raro, abyecto.)

Estos movimientos, desde su origen y hasta hoy, también en nuestro país, no solo hablan de sexo, identidad, género y prácticas sexuales, sino también de pobreza, diversidad funcional, o de salud, de inmigración, fronteras, consumo… Sus prácticas se adaptan a los contextos y los conflictos locales. Así, colectivos queer como Black Laundry en Israel luchan activamente contra la ocupación de Palestina, mientras que en Madrid el Orgullo Crítico denuncia la situación de las personas migrantes LGTBQ o lucha por el derecho a la vivienda.

¿Pero no decías que ibas a explicarnos la teoría?

Estas teorías –habría que nombrarlas en plural– se han desarrollado en la intersección entre feminismo y luchas LGTBQ, uniendo esos dos ámbitos –como hace la práctica política queer y el feminismo más de base–. Aunque confieso que sí entiendo bien las acciones rabiosas de Act Up o Queer Nation –por ejemplo su apuesta por la desobediencia: robar en supermercados para financiar medicamentos o conseguir comida para los enfermos–, una buena parte de la filosofía queer producida desde el ámbito académico me parece extremadamente difícil y, también en ocasiones, creo que se ha separado de las luchas a las que debería de acompañar.

Lo que más parece molestar tanto al feminismo esencialista como a la Iglesia de estas elaboraciones es la “desnaturalización” del sexo, la crítica que hacen algunas teóricas queer a la diferenciación radical entre naturaleza y cultura. Se dice que el sexo no es natural en el sentido que la ciencia también construye una interpretación de los rasgos biológicos. Pero que sea construido no significa, por supuesto, que no tenga consecuencias materiales, todo lo contrario. Lo mismo sucede con la raza. Por supuesto, lo queer no dice que no existan características sexuales biológicas, sino que ordenar estas características del cuerpo en dos únicas categorías es una construcción sociopolítica. En este sentido, el sexo se ordenaría más como un espectro que como dos polos opuestos. No dicen en ningún caso que el sexo no exista, ni que no haya diferencias entre cuerpos que pueden gestar y cuerpos que no, pero lo que hacen las distintas sociedades con esas diferencias es profundamente político.

Lo que hay de fondo es un intento de radicalizar el feminismo, de desencializarlo: no, no hay nada “natural” en ser mujer y por tanto, nada significativo que las diferencie de las que se sienten mujeres o desean serlo aunque hayan nacido sin vagina. Y desde luego, nada que impida al feminismo establecer alianzas amplias con otros sujetos oprimidos. Así, lo que hace la teoría queer –como el activismo queer– es intentar abrir huecos a mayores ámbitos de libertad para autodeterminarse. Para ello, retan las imágenes sociales de las maneras estándares de ser gay, lesbiana o bi, hombre o mujer e incluso trans, y tratan de abrir puertas para que tengamos más opciones. Y no, no niegan lo material; precisamente el activismo queer, al menos el de base –y el menos identitario– introduce la cuestión de clase o de la raza y lucha desde ahí, pensemos por ejemplo en las pioneras Martha Johnson y Sylvia Rivera en las protestas de Stonewall Inn, dos mujeres racializadas, trans, trabajadoras del sexo.

En lo queer hay también una crítica al feminismo esencialista como política identitaria, al feminismo que opera bajo la premisa de que todos los hombres son de una forma, y las mujeres de otra y victimiza a las segundas. Judith Butler también hizo una crítica al feminismo mainstream que “asume, fija y limita a los propios ‘sujetos’ a los que espera representar y liberar”. Para Wendy Brown, las consecuencias de estas políticas que se basan en la creación de una identidad –en este caso la de “mujer”– cuando no se acompañan de una crítica al capitalismo, es que al final, lo que acaban pidiendo es su inclusión en la estructura social tal cual es. O sea, se agrupan como una identidad que se compara con un ideal: el de varón, blanco, burgués que estaría en la cúspide. La política que se deriva de ello es la de pedir al Estado medidas que las acerquen al nivel de vida de este ideal que “representa oportunidades educativas y laborales, movilidad ascendente, relativa protección contra la violencia arbitraria y recompensa en proporción al esfuerzo”. Pero en este ideal no cabemos todas, porque se basa en que solo lleguen unas pocas y muchas otras se queden por el camino. Entre ellas, claro, las trans, con quienes no se quiere compartir las conquistas del feminismo. Casi como si ser mujer fuese un privilegio: “somos un grupo oprimido –estamos cómodas en nuestra condición de víctimas y consideramos las políticas públicas feministas como privilegios que no queremos compartir con otras que están peor”–.

La confluencia de luchas no es un debate abstracto

De la discusión teórica queer, lo más interesante pues, es un cuestionamiento del sujeto político. Un reto importante y que está presente en el debate feminista hace décadas. No es que se “desdibuje” a las mujeres, es que se amplía la posibilidad de hacer alianzas entre distintas luchas para un feminismo que exige profundas transformaciones sociales. 15.000 personas salieron a la calle hace poco en Nueva York bajo el lema “Las vidas trans negras importan –en Hollywood, 25.000– para protestar por el asesinato de dos mujeres. Precisamente, como explica Keeanga-Yamahtta Taylor, el movimiento Black Lives Matter ha sido impulsado de forma transversal por colectivos LGTBQ y protagonizado ampliamente por feministas negras. Este movimiento, según Taylor, articula una nueva política de clase que ya no es la de las “políticas de identidad”, donde colectivos oprimidos demandaban al Estado su integración o el respeto de sus diferencias, sino que cuestiona la propia organización social y se propone transformarla para que sea más justa para todos. Es una política donde importa la clase.

Eso es en parte, lo más importante que nos jugamos en esta discusión. El feminismo esencialista más conectado con el poder dice que la Teoría Queer “desdibuja a la mujer”, pero lo que en realidad dicen es que desdibuja a un cierto tipo de mujeres que han llegado o pueden llegar. O en otras palabras, saca del centro de la política feminista a ciertas mujeres de cierta clase social y sus problemas de techo de cristal. Les oímos decir que el feminismo va de igualdad, no de justicia social. Eso clarifica muchas cosas.

Otras feministas esencialistas que no serán nunca diputadas ni tendrán una cátedra en la universidad se agarran a estos discursos como lo hacen otros a las teorías de la conspiración de todo tipo: porque proporciona una causa, da un sentido moral y casi épico de su lugar en el mundo, en un mundo que se tambalea. Es suficiente pasearse por redes un rato buscando los argumentos para descubrir esos paralelismos: la Teoría Queer –inventada y fantasmática– como conspiración “para borrar a las mujeres”. Judith Butler, las mujeres trans, Soros y quizás pronto, el propio Bill Gates. Las críticas que se están empezando a dar desde una izquierda de ámbito comunista con su nostalgia del sujeto político obrero también tienen algo que ver con los fantasmas y las idealizaciones. Con la nostalgia de un sujeto obrero que no existe, al menos como lo imaginan. La clase trabajadora hoy está hecha de un inmenso precariado formado principalmente por mujeres y migrantes, y por no pocos gays, lesbianas, trans y personas racializadas.

Para otras, las que tienen espacios de poder, estas son las bases que conviene agitar en este momento. (Para el PSOE, además, parte de su lucha contra Podemos.) No es baladí que, en medio de una crisis de cuidados brutal y en los albores de una crisis económica cuyas consecuencias sufriremos durante años, estén convirtiendo en la discusión central del feminismo estas cuestiones. Si ante este presente incierto eres capaz de posicionar esto como preocupación es que jamás tendrás problemas para pagar el alquiler. Por tanto, esta no es solo una batalla ideológica, aquí el feminismo esencialista se juega una defensa de su posición social. Esta es pues una cuestión de clase.

La Teoría Queer, por tanto, importa poco, para muchas es parte de una lucha por el poder: quien tiene el poder de decir qué es el feminismo –quién está dentro y fuera y cuáles son sus contenidos– tiene acceso a su capital político. Estar discutiendo sobre la Teoría Queer, a menudo sin haber leído ni medio párrafo, es una manera de distraernos de los problemas que tienen las propias mujeres, en un momento tan crucial como el vivido durante la pandemia y las medidas de confinamiento. Lo que hay de fondo en el ataque a las personas trans es una guerra al feminismo de base, buena parte de él anticapitalista, que ha ocupado el centro del escenario con las grandes manifestaciones del 8M y que ahora quieren devolver a los márgenes. Es decir, un ataque al movimiento de carácter asambleario, muchas veces con fuerte componente antiestatal, antirrepresivo, que piensa que la lucha feminista es la misma que la LGBTI, más capaz de alianzas transversales con otros movimientos –también con el de trabajadoras sexuales– y que tiene más que ver con lo queer que con el feminismo institucional.

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