¿Qué le pasa al 1ero de Mayo?

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Bajo la consigna “ocho horas para trabajar, ocho horas para dormir y ocho horas para la casa” los trabajadores de EE.UU. y Canadá decidieron que el 1ero de mayo de 1886 cerrarían las fábricas que no accedieran a aplicar las ocho horas de trabajo diario. La protesta fue todo un éxito. Cientos de miles de trabajadores y trabajadoras hicieron huelga. Esto fue demasiado para los empresarios que enviaron a sus piquetes (la policía) asesinando en Chicago a seis sindicalistas el día 1 y a más de treinta personas el día 4.

Después de 123 años, todavía hoy muchos de los y las trabajadoras del mundo siguen trabajando más de cuarenta horas semanales. Aunque sólo sea por eso todavía tendría sentido el 1ero de Mayo. No obstante este día ha ido perdiendo carácter reivindicativo. Las manifestaciones no suelen ser masivas y en gran parte es el día en el que las burocracias sindicales salen a la calle. En el caso del Estado español la cosa no queda ahí. Para la mayoría de la gente el 1ero de Mayo es un día festivo más. Incluso, un presentador de La Sexta (Jordi Evolé, alias el follonero) ha lanzado una propuesta, en plan de broma, para unificar el 1ero de Mayo y la Semana Santa para hacer el puente más largo.

Ciertamente, la decadencia del día mundial de los trabajadores refleja el estado actual del movimiento obrero estatal. Escasamente organizado y con un corte generacional que se antoja un abismo. Sin duda, el mayor obstáculo para revertir esta situación es la orientación derrotista de las direcciones de los sindicatos mayoritarios, empeñados en mantener una “paz social” que sólo ha significado más y más precariedad. Sin embargo, también es necesario reconocer que entre buena parte de los sectores más combativos del movimiento anticapitalista el centro de trabajo ha dejado de ser un lugar de conflicto entre capital y trabajo. Se podría pensar que la indefensión causada por la precariedad laboral, que afronta la gente joven fundamentalmente, impide la lucha, y esto en parte es cierto. Pero en anteriores momentos de mayor indefensión, e incluso de represión policial, esto no ha sido impedimento para luchar por mejoras laborales. Tampoco puede achacarse a falta de valor. De hecho, camaradas que se partieron la cara en las barricadas de Génova, o en las calles de Barcelona, prácticamente desconocen sus derechos laborales, jamás han estado afiliados a un sindicato, aceptan sin rechistar que el jefe les pague por debajo del convenio o que les condenen a una cadena de contratos temporales.

Es posible vencer a los jefes, y los trabajadores de TMB —autobuses urbanos de Barcelona (en la foto)— lo han demostrado aplicando algo tan de cajón cómo la unidad y la radicalidad. Pero volviendo a la nueva clase trabajadora con escasa cultura sindical, no basta con cambiar la orientación sindical y abandonar la política actual, es necesario caminar hacia un “nuevo sindicalismo”. Es necesario adaptar las estrategias de lucha a las formas cambiantes del capitalismo.

Desde sectores autónomos se ha apuntado el biosindicalismo, un intento de sacar las prácticas sindicales de los locales e insertarlas en la práctica diaria de las personas. Un ejemplo son las oficinas de derechos sociales que sirven tanto para la asesoría legal como para generar redes de apoyo mutuo –así nació en parte el sindicalismo clásico. En Terrassa los manteros han sido capaces de forzar al gobierno local a habilitar zonas de venta sin represión. Experiencias a otros niveles se han dado, por ejemplo, entre los repartidores del periódico gratuito 20 minutos en Barcelona o en la cadena de tiendas de ropa Kiaby donde diferentes colectivos apoyaron a los trabajadores. En el barrio barcelonés de Sants, desde la Asamblea de Barrio se ha organizado una asesoría laboral. Son sólo pequeñas experiencias, pero muestran el camino para superar la situación actual. Es necesario incrementar los espacios de colaboración entre la izquierda sindical y el resto del movimiento anticapitalista. Este contacto debe ser en pie de igualdad, sin paternalismos y entendiendo la necesidad que tenemos los unos de los otros, acentuada en estos momentos de crisis económica. Necesitamos extender los espacios anticrisis a nivel local, tanto para incidir en las políticas del gobierno como para construir núcleos de solidaridad capaces de articular una lucha unitaria contra los despidos. Es mucho más fácil que nueva gente se involucre en estos espacios y, a la vez, sea más capaz de defender sus propios derechos al sentirse respaldados. Si esto se diera estoy seguro que el 1ero de mayo recuperaría su carácter.

En 1885 circulaba la siguiente octavilla por Chicago: “¡Un día de rebelión, no de descanso! ¡Un día no ordenado por los portavoces chulescos de las instituciones que tienen encadenados a los trabajadores! ¡Un día en que el trabajador haga sus propias leyes y tenga el poder de ejecutarlas! Todo sin el consentimiento ni aprobación de los que oprimen y gobiernan. Un día de protesta contra la opresión y la tiranía, contra la ignorancia y las guerras de todo tipo. Un día para comenzar a disfrutar de ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso y ocho horas para lo que nos dé la gana”.
Por mi parte lo suscribo totalmente.

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