¿Qué fue de «La niña de Rajoy»?

No sé cuándo nació esa pobre niña; supongo que cuando Mariano Rajoy, entre miradas de reojo y luchas internas con su indomable lengua, la leyó en su papel y la parió en menos de dos minutos. Esa niña (desde entonces conocida como “La niña de Rajoy”), tuvo la desgracia de ser el hazmerreír de medio España y el orgullo de la otra media sin apenas haber abierto su recién nacida boca.  Sin embargo, si nos desligamos de aquellos gritos de “yo soy la niña de Rajoy”, ladrados en la C/ Génova por un grupo de militantes de las Nuevas Generaciones del Partido Popular, descubrimos que esa niña ni tiene perlas en los lóbulos, ni estudia en ICADE, ni veranea en Marbella, ni excede los límites de velocidad en Cuba junto a disidentes cubanos, ni marcha en manifestaciones ultra católicas “pro-vida”, ni se despertó afónica cuando España ganó el mundial, ni aparca su mini frente a un chalet en La Moraleja… La niña de Rajoy, creciendo a un ritmo poco común entre los seres humanos, ha tenido una vida rápida, triste y ruinosa.

Yo veo a una niña que nace en una vivienda a punto de ser desahuciada. Veo a una niña que, escondida tras el sofá de su casa, escucha los problemas económicos de sus padres por no poder llegar a fin de mes. Me imagino a una niña asustada y encerrada en su habitación por las constantes discusiones caseras, las cuales, provocadas por la desesperación del fin del paro, desencadenan en divorcio. La niña, entonces, deja de rendir en el colegio y la castigan metiéndola en clases de diversificación que, lejos de cumplir el objetivo para el que fueron creadas, aglutinan a los alumnos catalogados por el sistema como “casos perdidos”. En ese ambiente, la niña pierde toda motivación y sólo le queda esperar a acabar la ESO para trabajar en lo que sea con tal de llevar dinero a casa. Tendrá trabajos precarios porque en España, si no tienes una carrera, dos másteres, dominas un par de idiomas y lames todos los culos que se te pongan por delante, no puedes aspirar a ganar más de unos cuantos cientos de euros. Así que se ve con treinta años, sin objetivos a ningún plazo, con una madre enferma a la que tiene que cuidar en su poco tiempo libre y con un padre que no la puede ni ver porque percibe en ella su propio fracaso, aunque ese fracaso sea el del sistema. No se siente orgullosa de pertenecer a su país porque sólo ha recibido portazos cada vez que ha intentado abrir una puerta hacia la esperanza. Tampoco se siente libre, porque las cadenas que más atan son las que no se ven, y éstas pesan más que el acero. Se siente sola; no puede independizarse; no puede enamorarse; no puede aspirar a nada porque todo se le es negado, y su autoestima se estampa contra el suelo bruscamente; no puede imaginar una vida feliz, eso sólo aparece en las películas; no puede volver hacia atrás, ni avanzar. Está estancada en una vida de furtivas lágrimas.

¿Qué le queda a esa niña?

Nada.

Su padre, Mariano Rajoy, la abandonó nada más crearla. Le importaba nada esa niña, es decir, le importaba nada el futuro de un país que ya se veía débil. Mariano Rajoy es un hijo de puta y  el Partido Popular es su madre. Está desmantelando el poco bienestar que había en este país en aras del propio país. Absurdo. Es como si pretendes mejorar algo empeorándolo. ¿Te duele un pie? Golpéatelo que dentro de cinco años te dejará de doler. Se escudan en términos, en eufemismos, en cuestiones económicas que nos hacen creer complicadas para delinquir a sus anchas. Recortan lo público e inyectan en lo privado. Amiguismos, corrupción, desfases, falta de escrúpulos, de profesionalidad y de política.

La niña que creó Rajoy (la que yo he desfigurado para dar sentido a estas líneas) era una niña que respetaba a los que respetaban la ley. En este país los primeros que no respetan la ley son los que gobiernan. Se saltan La Constitución Española, ese librito que está muy bien pero que no sirve de nada; pura ficción. No obstante, no debemos extrañarnos. Ellos son capitalistas y defienden ese sistema que tantos beneficios les reporta.  Cumplen su papel de verdugos tal y como se les dicta desde arriba. La pregunta que nos tenemos que hacer es: ¿estamos cumpliendo nosotros con el nuestro?

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