¿ Qué esperar en política exterior en el gobierno de Obama ?.

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¿Qué esperar en política exterior en el gobierno de Obama?

El 20 de Enero terminan los nefastos ocho años del gobierno de Bush, que serán recordados como los más desastrosos para los Estados Unidos de Norteamérica y causantes de las más negativas consecuencias para muchos países del mundo. Asume la presidencia el nuevo presidente: Barack Hussein Obama, de raza negra y con nombre árabe, para que el cambio sea lo más dramático posible. Porque el hecho de que sea del partido demócrata no es ninguna sorpresa, era de esperarse. ¿Podremos, en consecuencia, respirar tranquilos de ahora en adelante, y tener alguna esperanza de que cambie la postura del imperio hacia América Latina? Todos estamos deseosos de que así sea, porque un nuevo período de cuatro años como los ocho anteriores sería nefasto para las relaciones entre los Estados Unidos y América Latina.

Sin embargo, la estulticia con que se manejó la política exterior norteamericana del gobierno que termina, no solamente a nivel mundial, sino especialmente hacia Latinoamérica, no deja ya mucho margen de maniobra para recomponer la ruptura evidente que se percibe entre los principales países del continente, con excepción de unos dos o tres que todavía están de rodillas ante la engañosa cornucopia con que atraen a presidentes codiciosos y corruptos.

Una primera consideración es indispensable. Se puede decir que por lo general los países latinoamericanos han sido leales aliados diplomáticos de los Estados Unidos, socios comerciales cooperadores hasta el extremo de tener que aguantarse las transnacionales depredadoras norteamericanas explotando inmisericordemente los recursos naturales, buenos anfitriones para sus turistas, y fieles defensores del hemisferio hasta la vergüenza de plegarse a los intereses norteamericanos. Y si bien la amistad entre ambos es todavía una palabra operativa de la relación, hay señales bastante claras de que los estrechos vínculos y la voluntad de aceptar la autoridad norteamericana en la región están siendo reemplazados por la sospecha, la ira y un esfuerzo concertado por desafiar la tradicional posición de poder de este país en el hemisferio.&nbsp

La tensión que actualmente existe entre Estados Unidos y América Latina ha hecho al menos que algunos líderes y el pueblo norteamericano pensante (que no es mucho, valga decir) sean conscientes que es necesario reexaminar los vínculos que se han desarrollado entre estos dos vecinos meridionales. Por años, los Estados Unidos han tomado a América latina por descontada y sólo volvieron su atención a los asuntos de la región cuando sus propios intereses estaban en peligro. Y mucho de ello tiene que ver con lo que mencionó hace ya varios años un periodista del Times de Nueva York, cuando señalaba que en los Estados Unidos existe una ignorancia fundamental, tenaz y desconcertante de la mente y la cultura latina.

Por lo general, como mencioné en un artículo anterior, en la raíz de los desacuerdos está la visión de los Estados Unidos de que América Latina es una colección de Estados vecinos que deben proteger, influir y ayudar a desarrollar, y tal vez incluso invadir para asegurar sus propios intereses. Lo cual ha llegado al extremo se propiciar el asesinato de personalidades adversas a sus intereses (incluidos presidentes), y está de más mencionar que los latinoamericanos, en general, rechazan esta visión y ven a los Estados Unidos como un amedrentador dominante y muchas veces entrometido, siempre ansioso de participar en los asuntos internos e incluso imponer los modelos políticos y económicos que sean propicios a los objetivos que el imperio busca en la región.

Es interesante por otro lado observar que mientras el público norteamericano comienza a tener un poco de conciencia de lo que significa América Latina, para los latinoamericanos los Estados Unidos no son extraños. El pueblo de esta región es experto en cuanto al conocimiento que poseen acerca de los efectos que tienen los vínculos de sus países con él. Y saben que la relación es de amor-odio, como señaló en una oportunidad Carlos Rangel.

En este escenario es que debemos contemplar lo que ha de venir en los próximos años. Pero debemos tener consciencia de que la compleja naturaleza de la creación de política exterior norteamericana no es ningún accidente, sino más bien un reflejo de su sistema político, con sus centros de poder, los procedimientos complicados para tomar decisiones públicas, y el espíritu de debate democrático que a menudo torna difícil lograr un consenso.

Cuando se examina a los principales participantes en la formulación e implementación de la política norteamericana hacia nuestros países, uno se ve atraído por la tensión entre el presidente y el congreso (que en esta oportunidad todo parece indicar que no se dará significativamente, pues los demócratas tienen mayoría en el congreso y en el senado), y el adagio “el presidente propone y el congreso dispone” en alguna manera sigue siendo una descripción válida de los roles que desempeñan los dos centros de poder en la creación de política pública.

Sin embargo, es importante señalar que a medida que se desarrolló el sistema de gobierno de ese país, el proceso de creación de política exterior incluyó más elementos que la interacción de las iniciativas presidenciales y las resoluciones del congreso. Una multitud de burócratas asesores, especialistas en inteligencia y estrategas militares se unieron a los rangos de los participantes naturales, y en la medida en que la política exterior ya no se ocupó solo de cuestiones de reconocimiento diplomático y de maniobras geopolíticas, sino que incluyó intercambios culturales, comerciales, tecnológicos, venta de armas, compra de bienes, reprogramación de la deuda y negociaciones que varían del tráfico de droga hasta la pesca del atún y la inmigración ilegal, la participación de un enorme listado de especialistas es ya cosa natural.

El cuadro completo del aparato responsable de la política exterior norteamericana debe incluir una multiplicidad de instituciones del gobierno con responsabilidades para avanzar los objetivos norteamericanos de manera no relacionada con la tradicional práctica de la diplomacia. Además, la presencia de esta “especialización burocrática” ha cambiado sustancialmente el proceso de creación de política exterior: no se hace, en el sentido de que es posible señalar a un individuo, grupo u organización como único arquitecto de una iniciativa o un programa en particular. Sería más exacto decir que la creación de la política evoluciona a través de un laberinto de líderes influyentes e instituciones del gobierno que modelan, revisan y comprometen una propuesta en un esfuerzo por formular una política que pueda ser apoyada tanto por el gobierno como por el pueblo norteamericano.

Pues bien, como es dable esperar, los políticos cambian pero el aparato burocrático permanece, y junto a éste se encuentran los “think tanks” u organizaciones no gubernamentales que colaboran desde universidades, institutos de investigación y otros, aportando ideas, orientaciones y propuestas, según el origen de los fondos con que financian sus actividades. En consecuencia, el margen de maniobra resulta un tanto limitado y sus transformaciones por lo general demoran bastante tiempo en aplicarse.

Solamente para recordar a los lectores, inciden oficialmente en la política exterior norteamericana el Departamento de Estado, el Consejo de Seguridad Nacional, la Agencia Central de Inteligencia, el Congreso donde están representados muchísimos intereses; además de organismos de promoción del comercio y ayuda en la inversión, la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, los Centros de Información e Intercambio Cultural, y las fuerzas armadas. Aunque la responsabilidad última siga siendo siempre del Presidente.

Ahora bien, una de las principales virtudes del sistema político norteamericano es que siempre proporciona un espacio para que los ciudadanos con intereses y opiniones semejantes formen grupos y peticionen al gobierno. Un ejemplo de ello es la fuerza que poseen los exiliados cubanos radicados en la Florida con relación a la política hacia Cuba. Y en la actualidad los grupos de interés son una parte importante del proceso político y se unen a los partidos políticos como conducto claves de la opinión pública. Y se han vuelto tan comunes en la escena nacional de ese país que hay pocas organizaciones o causas reconocidas que no tengan oficinas en Washington para estar cerca del nervio central de la creación de política pública, y en casos particulares, de política exterior. Entre ellos están los grupos empresarios y cámaras de comercio, las multinacionales, los grupos de derechos humanos, y un larguísimo etcétera.

Así pues, ¿cree usted que las cosas cambiarán significativamente? . No parece así, al menos de inmediato.

El poder de la democracia es muy frágil; el debate causado por el autoritarismo y el totalitarismo no está todavía concluido; las amenazas de invasión armada siempre está presente, pues los “halcones” de Washington no duermen nunca; la compra de tiempo con dólares continúa como práctica común de la política exterior norteamericana y es la raíz de los tratados de libre comercio. Además de que el pensamiento neoliberal “exportado” hacia América Latina continúa impregnando con su tufo nauseabundo los pasillos del Departamento de Estado.

Sin embargo, no perdamos la esperanza. A pesar del poderío militar superior y la disposición a utilizarlo, y de las agresivas organizaciones empresarias ansiosas de abrir nuevos mercados cabalgando sobre los tratados de libre comercio impuestos casi a la fuerza a los países más débiles de la región, queda siempre una posibilidad de transformación, sobre todo ahora, cuando las crisis financiera y económica aprietan sus garras sobre los Estados Unidos.

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