Puerto Rico. Una carta a la parte demandada

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Un viernes cercano de cualquier mes fue la víspera de la vuelta número diez al mundo de la hija de una mujer estimada, hija a la que llamaré Ananda por lo que representan los hijos. También fue la víspera de la voluntad del colectivo feminista que se levantaba en cualquier parte del país con el reclamo de los derechos de las ciudadanas; reclamos que, no sé cómo, siempre terminan en mofa nacional. Mientras eso pasaba, mamá buscaba vindicar su derecho natural a estar con Ananda el día de su cumpleaños. Buscaba que la Secretaría del Tribunal de Primera Instancia, de cualquier región judicial (porque son tantas las madres viviendo lo mismo), llevara a la correspondiente Sala la urgente moción que había presentado poco antes.

A su vez me explicaba el porqué la privacidad de una niña a tierna edad es importante… Mientras yo la contemplaba. La contemplaba cuestionándome la posibilidad de que un positivista tras el Estrado validara su verdad; que le diera el visto bueno para hacer lo que ante mi juicio era justo y correcto.

En algún momento las peripecias del destino (como mofa a su capacidad crítica), invalidaron su facultad individual para señalar y elegir entre lo apropiado y lo inapropiado; ahora pelea, pelea por los Enterado y los Ha lugar. Estar cuando quiere con su hija, la que se apoyó en ella para constituir su existencia física y a quien protegerá mientras haga falta; ya no es su decisión. Lo que quería esa mujer era decisión de un juez, de un sistema, que so pena de su condición de hombre -macho-masculino-varón- se inclina desprevenido a lo que conoce. No importa lo que digan, todo juez antes de juez es hombre y aún siendo mujer se rige por reglas patriarcales. El Estado hace leyes que acomodan al condicionamiento social masculino. Si las leyes atropellan o favorecen a cabalidad; no es sustantivo, es lo demás… Son leyes que controlan las situaciones pensadas durante los comicios en las que son creadas.

¿Cómo puede un hombre dirimir un argumento contra el Estado masculino que pone en tela de juicio la paternidad? ¿Cómo un hombre que es padre y que pasa más tiempo en la sala del tribunal que en su hogar, puede juzgar de forma inadvertida a otro hombre al que se le acusa de falta de compromiso paternal? ¿Cómo el Estado pone frente a una mujer, un hombre (sustantivo o simbólico, por la causa que defiende) para que decida con leyes hechas por hombres la capacidad o incapacidad que tiene otro hombre para ser y hacer lo que debe en su función de padre? ¿Cómo –el Estado– la relega de forma indeclinable a una situación parcializada que supone neutralidad cuando hay una evidente controversia de intereses encontrados entre ellos y ellas?

La vasta mayoría de las responsabilidades de familia que se reclaman frente al Estado son reclamadas por mujeres (los hombres reclaman derechos, ¡qué mucho saben!). La aparente reglamentación que se le da a las demás materias de derecho no se le da al derecho de familia. El derecho de familia es relajado. No creo casualidad que esta vertiente del derecho sea relajada, sea abstracta; lo abstracto se abstrae como se pueda y es lo que se hace, lo que se puede.

Ese relajamiento hace posible que hombres que se pierden 10 años despierten del letargo y quieran ser papás, cuando siempre han sido papas. Ese relajamiento pone en alerta a madres que están siendo maltratadas y las hace replantearse alejarse del mal llamado hogar. Ellas saben que tendrán que exponer sus hijas a estar a solas con el maltratante papá. Es este relajamiento del derecho de familia lo que permite que el Estado en el siglo XXI entregue niñas sin miramientos ulteriores; sin pensar en dónde desembocará la evidente falta de respeto que existe desde el momento en que las abandonaron o las exponen directa o indirectamente a malos tratos. Las entregan sin prevenir que los vínculos familiares se dan dentro del amor y la cotidianidad y que fuera de, los familiares son solo seres extraños. El derecho de familia es una de las tantas formas de dominio del hombre sobre las mujeres…

Tomando como cierto que la masculinidad es inherente a la forma estatal, es patente decir que una mujer que se enfrenta a un hombre en un tribunal se está enfrentando al hombre como individuo y al hombre como Estado. ¿Cómo puede haber una decisión justa ante semejante panorama? El Estado trata a las mujeres -como los hombres tratan a las mujeres- y viceversa. Lo que una mujer le dice al Estado en un caso de familia se ve como mentira, exageración o calumnia. Lo que una mujer le dice a la División de Trabajo Social de un tribunal es un chisme que debe mirarse con recelo y descartarse. Diez años después en este caso, pero siglos después por todos lo demás, las mujeres están subyugadas al arquetipo: Son las mujeres que se quedan a criar las hijas mientras el padre se va a hacer lo que quiera. Luego lo que ya no obtiene, so pena de su proclamado rol de cabeza del hogar, lo obtiene apadrinado por el Estado. Estos hombres deciden qué harán las mujeres en Acción de Gracias, Navidad y Cumpleaños. Las mujeres esperan que quieran o no quieran, y luego ven qué hacer con o sin sus hijas.

El sistema no está cargado a su favor, está cargado a favor de ellos; no los obliga a las noches de hospital (no se podría disponer así de la voluntad de un hombre, sería bárbaro), pero sí obliga a las mujeres a entregar sus hijas en Despedida de Año. ¿Qué pueden hacer? ¡Muy poco! Las gobiernan las leyes que gobiernan a los hombres (porque ahí dentro, en ese término hombre, dicen ellos que están ellas); esa concepción las priva de denunciar discrimen. Esta concepción deja de lado el hecho de que las leyes se crearon bajo los preceptos masculinos de justicia y de sociedad. La percepción de género que deberían tener esas leyes para alcanzar la realidad femenina, más allá del ideal masculino, es inalcanzable. Fue planeado antes de la institucionalidad de esa ley, y la ley so pena de que gobierna a todos por igual, ha creado la ficción de legalidad jurídica idónea para no lograr el cambio. Solo las desigualdades más atroces lograrán rasgar el velo, pero estas otras, las cotidianas, las comunes, las que nos asfixian diariamente, son impenetrables. En la víspera número diez al mundo de la hija de una mujer estimada, estimada por el simple hecho de ser persona, colgué el teléfono busqué en el archivo su expediente, destaqué su urgente moción y la llevé personalmente a la sala, pero el juez ya no estaba… Por eso te escribo esta carta, ¡y como solo yo podría entenderte, a nombre de nuestro sistema, te pido perdón!

Queda,

Esperanza

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