Puerto Rico. Que no nos quiten lo perreao

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¡Oh!, si en estos momentos pudiera contemplarte
dormida entre mis brazos. Si pudiera besarte
como nunca hombre alguno a una mujer besó.

Después… rodear tu cuello con un cordón de seda
y apretar bien el nudo para que nadie pueda
poner jamás los labios donde los puse yo.

Autor: Pedro Mata, (Bolero muy popular entre los tríos musicales del pasado)

 

Contexto actual en Puerto Rico

Me gustan las series para TV post-apocalípticas. The Walking Dead, The 100, Colony, Revolution, Jericho, son series que he seguido por un tiempo esporádicamente. Me seduce el observar cómo se configuran las nuevas normas de convivencia, qué valores sociales sobreviven, cuáles se hacen obsoletos, cómo se redefine la violencia, cuál violencia es mala, cuál violencia es buena, qué violencia es necesaria, cómo se configuran las nuevas familias y cuáles son sus funciones, cuáles son los espacios para el amor, la lealtad y la amistad, si alguno, cómo se legisla la convivencia en estas sociedades o comunidades que se forman o deforman. ¿Cómo volvemos a relacionarnos socialmente luego de algún desastre, luego de que desaparece el gobierno, las instituciones y la infraestructura? ¿Cómo será ese nuevo comenzar?

Propongo que en Puerto Rico el apocalipsis, en tanto fin de la normalidad económica e implantación de la precariedad económica como la normalidad dominante, generalizada, no es súbito ni estruendoso, al contrario, se ha ido acercando por décadas y se ha movido lento pero seguro, permitiendo que la gente, quienes vivimos en Puerto Rico, lo experimentemos en diferentes temporalidades. Muchxs ya nacieron pobres, pero en la precariedad económica en la que vivimos, de cheque a cheque (ya sea cheque de PAN, cheque de salario o una combinación de ambos) cualquier evento puede ser catastrófico; un encarcelamiento, una enfermedad, una visita a sala de emergencias, un accidente de tránsito, un fuego, un desahucio, o alguna medida legislativa como la reforma laboral o la rezonificación, pueden empobrecernos, pueden terminar el acceso a lo social/económico, como lo conocemos. Nuestras vidas son precarias. La precariedad del empleo —y el subempleo y el casiempleo y el multiempleo— es tal en Puerto Rico que de momento se hace insostenible la ilusión de que somos clase media, los accesos que tuvimos los perdimos, el imaginario se agotó. En el Puerto Rico del presente, ya desde hace décadas, la única movida social asegurada a la gran mayoría es hacia ‘abajo’, hacia mayor desigualdad, mayor pobreza y mayor necesidad. El gobierno y sus instituciones desaparecen del horizonte según descendemos en la escala socioeconómica. El apocalipsis a diferentes tiempos permite que cuando algunxs al fin perciben el apocalipsis, ya otrxs lo han comenzado a aceptar, otrxs ya lo han normalizado o internalizado, muchxs lo están sobreviviendo. Así lleva sucediendo por mucho tiempo y ese descenso también tiene precio, comenzamos a sentirnos invisibles; mientras más precariedad, más invisibilidad.

Esa soledad o desesperanza ciudadana se siente a solas, aislada, nos han enseñado a abochornarnos de ser clase trabajadora pobre, de ahí la fantasía de que todxs somos clase media. Cargamos con nosotros la culpa de que algo hicimos mal. Pero además de la catástrofe individual, Puerto Rico tiene una historia rica en acontecimientos de consecuencias económicas apocalípticas, no individuales, sino de las que tienen efectos considerables para varios sectores a la misma vez; el cambio impuesto y sin planificación de la agricultura a la industrialización creó pobreza, desalojo y emigración; la eliminación arbitraria de la sección 936 del Código de Rentas Internas de EE.UU. creó pobreza; cada uno de los múltiples cambios en la zonificación de los pueblos para beneficiar centros comerciales (malls) y multinacionales asesinó negocios de familia, mató los cascos de los pueblos y toda la economía local que les nutría, desplazó gente que se tornó muchas veces invisible. La firma de la Ley 7 que dejó sin empleo a 30,000 ciudadanos creó pobreza, la reforma laboral que dejó a todo el sector laboral sin protecciones del patrono ha contribuido a que impere el trabajo precario en Puerto Rico; y ahora, el pago desproporcionado e irrazonable de la deuda odiosa crea pobreza que será pasada a las próximas dos generaciones. Todos esos eventos han creado nuevos pobres o devuelto a la pobreza a quienes creían haberla superado. En fin, la población de Puerto Rico ha ido descendiendo en la escala social como caravana de refugiados que han perdido su lugar seguro en el país que habitaban y que sin darse cuenta ya no es país, es rehén de los buitres y sus intereses económicos y políticos.

Se han derrumbado los portones que separaban la gente de acuerdo a sus ingresos, familia y educación, algunos literalmente porque la urbanización ya no pudo sostener el sistema de control de acceso.[1] Solo queda protegida la clase gobernante y por extensión sus rémoras (donantes, familiares y cabilderxs). Estamos comenzando a convivir en la precariedad, se nos unen profesionales desempleados, envejecientes sin pensión de retiro, académicos con sueldos de hambre, sin seguridad o estabilidad laboral. Y aún la clase académica, profesoras y profesores con su codiciado “tenure”, comienzan a perder el acceso al gobierno y a la clase gobernante que disfrutaron hace algún tiempo. Hoy temen, y con razón, por sus pensiones de retiro. La pobreza se extiende y cada vez arropa más y más territorio, los espacios públicos se reducen, se privatizan, cada vez somos más los de afuera y menos los que entran. Los alcaldes y funcionarios electos se han ido transformando en Garduñas.[2] Ahora la mayoría vivimos juntxs, en el mismo país deteriorado, con apagones frecuentes y carreteras oscuras y destrozadas. Sin policías. Sin salud. Sin servicios. Las menos escuelas cada vez más lejanas. Las noticias más reseñadas son chismes, o anuncios disfrazados de noticias para promover el consumo, o papagayos de comunicados de prensa sin un filtro crítico. Sin agencias funcionales o relevantes. No hay una cultura ciudadana general, hay valores sociales que varían por geografía y clase social. Eso sí, vivimos ya casi todxs en el residuo de la explotación. Y es en estas condiciones que debemos y tenemos la oportunidad de renegociar la convivencia. Para algunxs esto puede ser degradante y para otrxs esperanzador, yo apuesto a lo esperanzador.

***

En Puerto Rico hay una larga tradición de estudiar y fiscalizar las comunidades pobres, primordialmente caseríos y barriadas. Las mismas han estado bajo la lupa tanto del Estado como de la supuesta clase media y académicos completando tesis doctorales. Las preocupaciones/motivos son infinitas: si trabajan o no (y cuántxs); si estudian o no (y cuántxs); si se reproducen o no (y cuántxs); si se casan o no (y cuántxs), si lxs niñxs son con el mismo padre o no (y cuál es el promedio de padres diferentes), si utilizan drogas o no (y cuántxs), si las venden o no (y cuántxs), si roban o no (y cuántxs), si tienen piscinas plásticas comunitarias o no, si reciben cupones o no, cómo visten o cómo no visten y por supuesto, cómo gozan y qué cantan. Por demasiado tiempo, tal vez desde siempre, estas barriadas y caseríos no han participado de nuestras ventajas o privilegios, y muchos pensamos que es nuestra labor como buenos (y superiores) seres humanos con buenas intenciones, civilizarles, enseñarles cuáles son sus problemas, decirles cómo deben hablar, cómo y en qué deben trabajar, cómo deben vestirse o no, cómo, cuándo y dónde pueden gozar o no, cómo pueden hablar o no. Convenientemente hemos ignorado cómo nosotrxs, los que creemos que tenemos más, contribuimos constantemente a la reproducción de la pobreza en esas comunidades. Como también ignoramos que muchas veces no se trata de otra cosa que no sea imponer los valores de nuestra clase y geografía inmediata.

Y de repente estamos a sus puertas —que son las puertas de la precariedad— ¡como iguales! Abrimos los ojos y confrontamos la realización de que también somos población excedente, que ya no hay acceso al Estado, ni a sus servicios, ni a la educación, ni a nuestra seguridad. Entonces, agarrados a la memoria de un pasado reciente donde teníamos algún control y acceso, nos aferramos a lo que creemos nos queda, nuestros valores de clase. Nos convertimos en policías de la convivencia. Y somos policías en Walmart, en Costco, en La Placita, en los chinchorros, en Marshalls. ¿Cómo podemos distinguirnos de esos otros? ¿Cómo podemos asegurar que al vernos en los mismos sitios no nos confundan? Nos aferramos en negación a un pacto obsoleto de convivencia y valores sociales por el que no todos votamos. No se nos va la vida en eso, pero se nos va la clase.[3] Desaparece la normalidad conocida y tenemos que juntarnos con esxs otros en los pocos espacios a los cuales todavía tenemos acceso. De repente el gran problema es el problema de siempre, ahora evidente, no sabemos cómo convivir. 

Valores sociales

En Puerto Rico los valores sociales no son producto de un proyecto de convivencia ciudadana ética que forje un país. Nunca hubo un proyecto nacional que produjera ciudadanas y ciudadanos para ejercer la ciudadanía. Hubo un proyecto que creó ciudadanxs para votar cada cuatro años. Nos mezclaron la ciudadanía con el Estado de Derecho y un “deber ciudadano” que obedece al mismo. Nunca existió un proyecto ético nacional que tanto escuelas como agencias de gobierno estuvieran comprometidos a enseñar, a promulgar, respaldar y valorar. Una política pública que produjera ciudadanos orgullosos de ser pueblo o país. En Puerto Rico nunca aprendimos a ejercer la ciudadanía, eso hubiera sido peligroso. Se nos enseñó a votar por una clase gobernante como si fuera en sí el único ejercicio ciudadano necesario, y a eso le llamaron democracia. Lejos de promover una ética de la ciudadanía, se promovieron valores sociales. Los mismos siempre estuvieron ligados intrínsecamente a la visión de progreso estadounidense, el American dream que nos recompensaría a todxs con una casa, un padre y una madre fieles, dos carros, hijos e hijas heterosexuales, un perro y un trabajo asalariado decente, con un plan de retiro que aseguraría vida digna hasta el final. Es así que se vendieron los valores sociales, si estudias fuerte, si trabajas duro, si te portas bien, si no hablas malo, si te mantienes virgen hasta el matrimonio (a las mujeres), si te vistes de cierta manera, y claro, el “si te sacrificas” podrás comprar la casa, el carro, el televisor y el perro. De la DIVEDCO[4] para acá el agente “civilizador” ha estado al servicio del sistema económico que tenemos y la clase que lo produce y reproduce. Aprendimos a ser los buenos y buenas puertorriqueñas, amables, serviciales y humildes, para poder triunfar.[5]

Música Urbana, la música de lxs otrxs

Si yo me hubiera graduado de un colegio quizás no hubiera tenido éxito como rapero porque hubiese carecido de ese sufrimiento que es lo que me convierte en el rapero que soy. Si hubiera venido de esos colegios quizás yo hubiera sido abogado u otra cosa porque desde pequeño hubiese tenido esa oportunidad, pero eso no fue lo que pasó, por eso soy rapero o tú crees que hay montones de chamaquitos riquitos que quieren ser raperos. No. Ellos no tienen esa necesidad.

Arcángel

 

El trap, como el reggaetón, el rap, son reconocidos, ¿descartados? como música urbana. Aquella música con la que esa otra gente, principalmente barriadas y caseríos, se divierte. Yo propongo que realmente entre tanto perreo, entre tanto “culo”,[6] “saramambiche”, “te lo meto”, “me lo chupa”, “me culea mejor”, “me gusta tu toto”, entre tanto maleanteo y bellaqueo, sin negar la omnipresencia del falo como rey y el culo como el área a conquistar, hay otras comunicaciones que podemos atender, escuchar. Para mí hay una contestación a todxs esos esfuerzos civilizadores que llevan a cabo las clases que se creen más altas. Mi lectura es que nos han dado una soberana y tal vez muy merecida mandada al carajo, nos vieron la costura y la hipocresía. No van a permitir que nuestros[7] valores de clase hegemonicen la impresión de cómo se vive en Puerto Rico. El trap (al igual que sus predecesores) nos revela otra historia de convivencia y vida que se ha querido invisibilizar; que se ha narrado a sí misma. ¿No es el maleanteo, por ejemplo, una condición de vida consecuencia de la errónea guerra contra las drogas, cuya implementación no es otra cosa que una guerra contra los pobres?

¿Pero, por qué no cantan sobre otras cosas, sobre el amor y el sacrificio y el trabajo? Tal vez no cantan sobre otras cosas porque ya las abuelas y abuelos de la gente que principalmente consume el trap hoy, estudiaron fuerte, trabajaron duro, se portaron bien, se cuidaron de hablar “malo” en público, y las mujeres trataron de mantenerse vírgenes, se vistieron bien, muchos se sacrificaron en el altar del progreso imaginario. Sin embargo, la casa, el carro y el trabajo con salario digno nunca llegaron, solo una transportación pública mediocre que más parece un castigo por no tener suficiente dinero para comprar un carro. Les vendimos sus Centros de Diagnóstico y Tratamiento, les fabricaron casos a sus hijos y los encarcelaron, mientras veíamos todos los hijos de alcaldes arrestados por cargos similares salir libres, exonerados, de regreso a sus colegios y universidades. La clase “media” pues, tiene que hipotecar sus casas para poder obtener un resultado similar. Las hijas e hijos de esxs abuelxs, que son los padres de la nueva generación, también se criaron pobres. Peor aún, se criaron pobres y estigmatizados e invisibles.

En Puerto Rico, después de Romero Barceló y su libro “La estadidad es para los pobres”,[8] los políticos dejaron de hablar de los pobres y dejaron de prometer acabar con la pobreza haciendo sus promesas casi exclusivamente para la clase media. Salía menos costoso y es mucho más fácil culpar a los pobres de su pobreza que erradicarla. Es más fácil criminalizar sus estilos de vida y encarcelarles que cumplir la promesa de progreso que se le hizo a todas y todos lxs puertorriqueñxs en tanto la posibilidad de vivir el American dream. Sin embargo, a pesar de la insistencia en que la educación era la puerta a la bonanza, se comenzó a abandonar el mantenimiento de escuelas, se eliminaron las artes, el teatro y los deportes en muchas de ellas, se sometieron las maestras y maestros a sueldos de hambre, desaparecieron los materiales del salón de clases, aumentaron significativamente el número de estudiantes por salón, y subieron el presupuesto para cárceles e infraestructura carcelaria. Por último, se le entregó la disciplina de estudiantes menores a la policía y ya hoy en día, procesos punitivos que antes eran solo para adultos, se utilizan con niñas y niños menores de edad.[9] Nos inventamos y exigimos probatorias que sobrepasan la expectativa de vida de las personas y récords criminales, a veces tan sellados como disponibles, que garantizan para siempre la permanencia en la pobreza, la inaccesibilidad al trabajo y/o becas de estudio.

Para la clase media trabajadora no hay movilidad social si no es hacia abajo, para las y los más pobres la movilidad es hacia la cárcel. ¿Cuántas personas de Llorens, de Monte Hatillo, de la Barriada Morales en Caguas, Dulces Labios en Mayagüez, Pájaros en Toa Baja, Cucharillas y Puente Blanco en Cataño, muchas veces escriben en solicitudes de empleo una dirección alterna porque si no lo hacen no consiguen trabajo? Personalmente conozco varios ejemplos. Si escriben su dirección real, posiblemente ni para entrevista de trabajo les llaman.

¿Y entonces, nuestro problema es que dicen culo? ¿Que perrean? ¿Que objetivizan a las mujeres? ¿Que maleantean, hablan de perico, marihuana y balas, que conocen de marcas de armas? ¿Que bellaquean? Pienso que uno de los problemas principales es la falta de comunicación y solidaridad con esos otrxs. ¿Por qué al escuchar la palabra “culo” se cierra el oído y dejamos de escuchar? A veces se nos hace difícil silenciar la Velda González[10] que llevamos dentro. Reconozcamos el maleanteo como algo que es parte de la vida en muchas comunidades. Y también reconozcamos lo lúdico como una parte saludable del vivir, muchas veces un refugio que provee placer independientemente de las condiciones materiales en que se vive. Historia y forma de vida de muchas comunidades en Puerto Rico, donde las instituciones sociales y los valores de clase dominante con sus promesas de mejor vida ya están agotadas, exhaustas, ausentes o carentes de sentido. Son vistas y tratadas como poblaciones excedentes, no existen para nosotrxs hasta que cantan.

Quiero discutir además el tema de “la calle” presente en tantas canciones. El tema, para mí, es recurrente, porque precisamente se trata de validar una fuente de conocimiento que no se reconoce. La calle como experiencia que te hace “real”, y lo real se recompensa con respeto. El conocimiento académico contribuye al país, pero no debe representar un monopolio sobre el saber, hay muchos saberes y los traperos celebran “la calle” como uno de ellos. Recientemente vi un corto de Marvel Boy, artista que se ha hecho viral en las redes sociales, y de momento sin perder ritmo ni rima en su performance se golpea el antebrazo, cerca de la sangradura del codo y dice “estos cayos son mis canas”.[11] Hay tanta sabiduría en esa frase, que me impactó fuertemente. Qué forma tan contundente de devolver su humanidad al tecato, y reconocer la experiencia de puyarse como una que también produce conocimiento y experiencia parecidos al que le adjudicamos a nuestras canas. Hay saber en la calle, y los traperos así lo reconocen, y lo reclaman para sentirse “reales”. Para el trap la calle no miente, al contrario, es productora de saberes, esos saberes te hacen “real”, lo real te gana respeto. Es así de simple, es otra meritocracia y mientras más calle, más respeto y más prestigio. ¿Los hace eso delincuentes? No más que los políticos, banqueros, bonistas, curas, pastores y contables, contesto.

En un artículo que aún no ha sido publicado, la profesora Marissel Hernández Romero escribe en referencia a las novelas del escritor brasileño Ferréz (Reginaldo Ferreira da Silva) sobre cómo este escritor se reapropia y reclama para sí el concepto de “bandido” para sus personajes, destacando el “performance” (a lo Judith Butler) de posar como bandido y a la vez hacer visible la experiencia de minorías criminalizadas y oprimidas:

Las primeras dos novelas de Ferréz, Capão Pecado (2002) y Manual Prático do Ódio (2003) se componen de testimonios de diferentes referentes culturales, sociales y políticos. Cada texto expone la lucha de las personas desfavorecidas para obtener acceso social y espacial a los recursos, y la plena participación en la vida social.  Asimismo, este trabajo plantea que posar es una táctica mucho más adecuada como proyecto de negociar, reclamar y articular una identidad individual o colectiva por aquellos que son marginados. Este trabajo examina las poses, ropa y pertenencias para comprender mejor el mundo del marginal.

Nombrarse es una forma de poder que impugna quién puede usar el término (Galinsky y otros, 2021). Ferréz ha hecho lo que Castells afirma que otros actores sociales han hecho en el pasado; ha internalizado las características que le asignaron otros y ha desarrollado su sentido de identidad en torno a esta internalización (Castells 29). El auto-etiquetarse con un término “despectivo” se considera una acción desafiante contra una restricción estigmatizante. En este sentido, las declaraciones de Ferréz instan a los marginales a redescubrir sus identidades negadas y a usarlas para transformarse.

Ferréz, siendo un marginal el mismo, habla sobre la vida en los márgenes de la sociedad desde la posición única de las personas que la experimentan todos los días. Autonombrase marginal es una forma de empoderamiento. Se podría afirmar que, desde un punto de vista performativo, este acto de autonombrarse es a su vez una invitación a actuar como tal. En otras palabras, para llevar a cabo este proceso de empoderamiento hay que también “posar como marginal”. En ese sentido, posar como marginal es un acto intrínseco en el reclamo de reconocimiento de la identidad así de como un reclamo de sus derechos humanos.  El acto de posar no encasilla a un individuo, sino a una actitud, que se asume y se representa en un sentido teatral.  El epíteto marginal escogido por Ferréz incita a otros escritores y a los residentes de la periferia a atuar [actuar], a asumir una “actitud” y su identidad marginal periférica.[12]

[…]  “El escritor brasileño problematiza la cuestión de la marginalidad y de la invisibilidad del marginal en términos de la imagen corporal. Posar [striking a pose] es sostener el cuerpo en una posición en particular para causar una impresión: es una acción intencional. Como toda performance, la pose es una creación premeditada para consumo público. La pose de marginal obliga al público a mirar. El papel del marginal es derribar, por incomodidad, el valor de las normas y el orden social. A pesar del esfuerzo de mantenerlo en las sombras, el marginal se ha dado a conocer en el mundo y ha tenido la capacidad de “salir del closet”.

Me gustaría proponer que el trap y sus exponentes, como otros géneros urbanos cuyos intérpretes localizamos o registramos en el espectro de lo delictivo, “esos bandidos, esos vulgares, esos enfermos, son tos’ unos tecatos” desde la cultura dominante, están replicando un proceso parecido al descrito en la cita, tal vez menos consciente, más reaccionario, pero igual se reapropian del estigma del maleanteo y lo reproducen de formas que pudieran ser empoderadoras.

Quiero resaltar que no estoy siendo romántico con la pobreza, no me interesa eso, quiero que no exista. Tampoco estoy diciendo que le cojan pena a la gente pobre, no me interesa ese paternalismo. Así como tampoco bautizaría la música urbana como rebeldía, esa es otra forma de infantilizar la gente. Estoy proponiendo que hay comunicación y saberes en lo que los traperos producen. Estoy recomendando que vale la pena escucharlo y tal vez, en el Puerto Rico de hoy, que toca fondo y queremos poder reconstruir, sería bueno establecer una comunicación horizontal y comenzar a crear país desde la solidaridad, desde el reconocimiento de nuestras condiciones materiales, identificando terrenos comunes para una convivencia más saludable e inclusiva.

Las letras, las mujeres y las drogas: notas cortas

Yo entiendo que las letras disgusten a muchas personas. Cada cual maneja el uso del lenguaje de acuerdo a su clase, a su entorno, a con quién esté en ese momento. Algunas letras pueden interpretarse como que “romantizan” la violencia. Yo pienso que lo que para usted puede ser promoción de la violencia, para muchas y muchos es su diario vivir, o una de las fichas de cambio en su comunidad. En su canción “Yo quiero ser bichote”[13] Bad Bunny simplemente pone en palabras el sentir de muchísima gente que ve en esa actividad la única oportunidad real de adquirir poder económico, calle y respeto.[14] Muchos conocen al bichote, reconocen que tiene poder suficiente para impactar su comunidad, a veces con violencia, a veces con favores. Se dice que inmediatamente después del impacto del Huracán María algunos bichotes hicieron mucho más por sus comunidades que el gobierno de Puerto Rico. Esa combinación de violencia y favores, no es única de los bichotes; muchos alcaldes, asambleístas y legisladores tienen el mismo comportamiento, te quitan protecciones laborales, te cierran las escuelas cercanas, rehúsan regular aseguradoras de salud, te dan vivienda en caseríos que se desmoronan en cantos y sin mantenimiento, pero en navidades o durante el periodo eleccionario, te dan una trillita o te llevan regalos y promesas. Se puede decir que son iguales, pero no peores.

Muchxs se preocupan alegando que tanto las letras como el perreo insultan y deshonran o degradan a las mujeres. Generalmente mencionan a sus hijas y hermanas en un ejercicio que muchas veces parece que tiene que ver más con negarles agencia en sus vidas sexuales. Es un gesto más patriarcal que nada. Me recuerdan esa otra gente que se pasa denunciando el trato cruel y macharrán de obligar a mujeres musulmanas a cubrirse con el Hijab o velo islámico, sin escuchar precisamente a las mujeres musulmanas, que frecuentemente les recuerdan que están hablando de la religión que también es la religión de ellas, y que ellas no solicitan ayuda de occidente imponiendo sus respuestas y soluciones. Reconocen que hay problemas machistas con algunas interpretaciones religiosas, pero demandan que les den el espacio y apoyo para ellas bregar a su manera. Andrea Ocampo, Gabriella Nava y Jenny Granado son tres mujeres radicadas en México, abiertamente feministas y a favor del perreo y el baile del reguetón. Recientemente la Colectiva Feminista tituló su evento de navidad del 2018 “Si no puedo perrear no es mi revolución”. Y El Tiempo dedicó un podcast presentando opiniones diversas sobre este tema.[15]Muchas feministas han aclarado que lo que rechazan, combaten y hay que eliminar es el acoso, el hostigamiento, la violación y la violencia, no lo lúdico ni el bellaqueo.[16] Gozar no debe ser privilegio del hombre.

Cuando Bad Bunny y otros traperos cantan “Te boté”, precisamente hacen alusión a que la relación que no sirve, se bota, te buscas otrx. Para mí, esto es mejor que el maremoto de odas a la relación codependiente que muchas canciones pop promueven, o el tsunami de canciones “corta venas” que promueven la idea de que el verdadero amor tiene que doler, doler tanto hasta que te sangren las venas. Un poco el trap resuelve eso, me dejaste, te dejé, te buscaste otro, me busco otra. No hace falta el amor para acostarse, el sexo que produce placer no tiene que estar acompañado de promesas de amor (incumplibles) para toda la vida o sufrimiento para que sea amor de verdad. No sé, tal vez debiéramos todxs estar considerando estas filosofías. Al menos tener una conversación más honesta sobre las diferencias de opinión.

La gente que generalmente protesta el enfoque en la marihuana, el pasto y los fili, no se alarma de que hombres con gabán, corbata y títulos, ahora mismo en Puerto Rico se hacen ricos vendiendo marihuana desde dispensarios, protegidos por la misma policía que metió tanta gente pobre presa por vender o consumir marihuana.

***

En fin, mi propuesta pretende enfatizar la necesidad de comunicación y solidaridad entre comunidades precarias, con diferentes experiencias, orígenes y/o formaciones, todas precarias, en este momento histórico en que la precariedad económica es la mayor fuerza igualatoria, un gran terreno común donde además de precariedad hay oportunidad de encuentro. Para construir un Puerto Rico más inclusivo de todas y todos, uno de los ejercicios que debemos hacer es des-jerarquizar las fuentes de conocimiento. Esto no es una declaración anti-académica, sí es una afirmación contra el elitismo académico y la creencia de que la academia (de por sí bien exclusiva) es la única fuente de conocimiento válido o la mejor. NO LO ES, breguen con eso.

En el Puerto Rico apocalíptico que veo, donde se han disuelto las barreras imaginarias que nos separaban, hay una excelente oportunidad para comenzar a reconstruir un país diferente, sin tanta división. Empecemos a conocernos verdaderamente, a escucharnos, a apreciar o al menos conocer nuestras expresiones culturales. Muchos queremos un Puerto Rico donde se reconozcan otros saberes como válidos y como necesarios en el ejercicio de formar un mejor país. Sí, yo aprendí mucho en la Universidad, y no reniego de nada de eso, me siento afortunado todos los días. Pero a la Universidad entré con calle, con conocimientos invaluables, que, de hecho, fueron instrumentales para que pudiera sacar provecho a lo que aprendí en la UPR. No menosprecio nunca unos saberes versus otros. Aún recuerdo cuando un profesor me dijo, “ah ¿de Carolina? Tú entraste porque se cambiaron los parámetros del College Board para que entrara más gente pobre”. (Nunca me preguntó mi puntuación.)

Esos espacios que dicen ser de todas y todos pero que realmente excluyen y gritan que no perteneces, deben ser desvestidos del aura sagrada que les provee la exclusividad y socializarse. Al menos debemos verlos desde una perspectiva más justa, y esto requiere reconocer la enorme contribución que puede hacer al país tanta gente desde tantos espacios. Requiere que les VEAMOS y reconozcamos y se incluyan en una renegociación de valores sociales enfocados en facilitar el ejercer ciudadano diario. Para esto debemos reconocer otros espacios como igual de importantes y productores de conocimiento. Podemos identificar iniciativas, inventivas, talentos, y propuestas ciudadanas, solidarias, importantes contribuciones comunitarias que no tienen su origen en la academia. Por ejemplo, una de las ideas que más admiro y reconozco como esencial al Puerto Rico de hoy son los comedores sociales, y esa idea le debe más a los criminalizados Young Lords que al estudio abstracto de filósofos europeos.

Tal vez el momento del apocalipsis y el terreno común de la precariedad nos brinda la oportunidad de comenzar a conocernos mejor y diseñar nuevos procesos para producir una ética y valores sociales que produzca mejores ciudadanas y ciudadanos. Nos debemos la oportunidad de que todas y todos participemos de esa formación y negociemos la convivencia de formas más horizontales. Eso lo podemos hacer si no nos distraemos con el uso de palabras “urbanas” o con la obsesión victoriana de prohibir y criminalizar nuestros espacios y talentos lúdicos. Este país será de todos o seguirá siendo de nadie. ¡Que viva el perreo![17]

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[1] Hasta donde tengo entendido la Urbanización Lagos de Plata en Toa Baja, la Sexta Sección de Levittown y Vereda de la Reina en Toa Alta, y Flamingo Hills en Bayamón, son ejemplos de murallas y/o portones que cayeron por la situación económica.

[2] Referencia a personaje corrupto, criminal, protagonista de una novela de su mismo nombre, parte de las “Crónicas de un mundo enfermo” de Manuel Zeno Gandía.

[3] He visto varias mujeres en situaciones adversariales con alguna autoridad (policía, burócrata, guardia, supervisor), exclamar ¡No se equivoque, yo soy una dama! Lo que me hace preguntar, ¿qué son las demás mujeres?

[4] Este planteamiento no pretende rechazar muchxs de los elementos educativos de la DIVEDCO. La DIVEDCO, creada en 1949 tuvo un programa de alfabetización de adultos que penetró áreas rurales y urbanas de todo el país. Eso fue bueno y necesario. Pero todavía se veía la educación como puente hacia el crecimiento económico. La DIVEDCO producía materiales educativos como libros, panfletos, filmes y carteles, creó taller de trabajo para la clase artística y puso el arte al servicio de la educación. Lo que critico es el producto final del proyecto como uno que produjo ciudadanxs incompletxs.

[5] O para ganarte el cielo, las iglesias en su gran mayoría han sido cómplices de esta fórmula.

[6] Hago un paréntesis lúdico para decir que nadie dice o canta la palabra culo más rico que Bad Bunny. (eso, sigan)

[7] El “nuestro” aquí, no es inconsistencia, es el reconocimiento de privilegios, de que he transitado entre clases, entre geografías y espacios. Conozco el maleanteo y conozco el bellaqueo y aprecio muchas de las herramientas de saber que obtuve en espacios criminalizados. Muchas de esas herramientas han permitido que sobreviva en otros espacios considerados académicos o profesionales. Agradezco inmensamente las herramientas que la academia me dio, pero no voy a renegar las otras herramientas, aquellas que ya eran mías cuando llegué a la academia y que agradezco igual. En otras palabras, salí de Carolina, pero Carolina nunca ha salido de mí. 😊 Estoy seguro de que mi experiencia no es ni única, ni minoritaria.

[8] Pura demagogia y politiquería. En Estados Unidos hay muchísima pobreza en todos y cada uno de los estados.

[9] Recordemos el caso de la niña Alma Yarida Cruz Cruz de tan solo 11 años. Arrestada, esposada y procesada criminalmente por una pelea entre compañeras de la misma edad dentro de la escuela. Lo más sorprendente de este caso es cómo nosotrxs, “lxs demás” no sabíamos cuan común es esa situación.

[10] Velda González, senadora de Puerto Rico, propuso prohibir el perreo en 1993, alegando que era un baile pornográfico. La ley no fue aprobada, pero aun así, el perreo se prohibió en las secundarias a lo largo de la isla.

[11] https://twitter.com/_marvelboy27/status/1082461892419960833

[12] Hernández Romero M., 2019, Posar como marginal.  Manuscrito no publicado.

[13] Una de mis favoritas.

[14] De hecho, hay un montón de blanquitos, riquitos que quisieran ser ‘bichote lite’, bendito.

[15] https://www.youtube.com/watch?v=Kuq4biCLTwA

[16] Por razones de tiempo y espacio no incluyo un análisis de perspectiva de género o de color de piel y racismo en este ensayo. Eso no quiere decir que no reconozca lo importante y necesario de estas reflexiones, por ejemplo, el poco acceso de las mujeres a los estudios de música, a las tarimas, y a los juntes tan característicos del género, o el color de piel de los más exitosos en esta industria y quienes se quedan “atrás”.

[17] Quiero hacer constar mi agradecimiento a la profesora Marissel Hernández Romero, Ph.D, por permitirme citar su ensayo antes de la publicación, a Imanol Caballero, mi buen amigo que tuvo la paciencia de leer este ensayo y comentarlo, y a la mejor editora del mundo, Rígel Lugo quien sufre toda mis columnas.

 

 * Yoryie Irizarry. Se destaca como escritor Latino queer, mediador, consultor, activista de derechos humanos, feminista, antirracista, educador y crítico social. Nació en Puerto Rico, y se crió en Nueva York. En la misma ciudad, trabajó en estrecha colaboración con el proyecto de Audre Lorde y sirvió en la Junta de Directores del Sylvia Rivera Law Project. Tiene un bachillerato en Sociología y un Juris Doctor. También, es Cofundador de La Coalición de ONGs, Cofundador de ACT-UP PR, Co fundador de la Coalición Orgullo Arcoiris (Parada LGBTQ puertorriqueña) y la revista Sal pa’fuera. Además, es Colaborador de muchos otros grupos de derechos humanos.

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