Puerto Rico. Myrna y Marina

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Uno nunca sabe qué puede pasar luego que dos mujeres se conocen. Tal fue el caso de Myrna Báez y Marina Lluch. Vivimos en la calle Jamaica, en Hato Rey, por un par de años, donde fuimos sus vecinos. Para una de las dos entrevistas que le hice a Myrna, decidí llevarme a Marina a que me acompañara. Myrna nos recibió con mucha alegría y calidez. Nos presentó a su compañera, a sus mascotas, a quienes pintaba con tanta dignidad, y luego nos llevó a su estudio de artista. Marina quedó fascinada con aquel espacio donde una mujer estaba sola con su arte. Brochas. Pinceles. Air brushes. Fotografías.

Mi entrevista con Myrna tuvo que esperar unas horas, porque la Maestra había decidido saber quién era la niña que acababa de conocer. Le preguntó si jugaba fútbol, cosa que era evidente porque Marina siempre vestía ropa futbolística. También le preguntó si le gustaba el arte. Marina asentía y seguía explorando el espacio con su mirada. Entonces Myrna le preguntó por su beanie. El típico sombrerito tipo media o gorrita que siempre usaba Marina. Ella le respondió que lo usaba porque se sentía cómoda. Myrna le dijo algo como, “tú eres como yo, a ti te gusta hacer lo que sientes, mira…” Como una maga, Myrna sacó un gorro de cuero para correr motora de los años 50. De esos de película. Y se lo puso a Marina. “Y yo iba con esto”, le dijo Myrna. Y le puso unos goggles clásicos. De esos de montar Vespas. “Porque yo iba sola en mi motora por Madrid, a mi nadie me llevaba”. Y nos mostró una foto de cuando estudiaba en Madrid, posando con su motocicleta.

Marina le llevó una pieza de su autoría de regalo. Myrna la aceptó con alegría genuina. Apartó la pintura de Marina para apreciarla de lejos. “Los colores…”, le dijo. “Me gustan mucho los colores que usas”. Luego le comenzó a enseñar a Marina algunas de las piezas en las que trabajaba. Y le reveló hasta algunos de sus ‘secretos’ técnicos. Agarró un air brush y le dijo, “con esto yo invento”. Y le mostró cómo funcionaba el aparato haciendo un trazo de spay en un pequeño lienzo. Incluso ahí mismo retó la noción de lo que le demostraba a Marina. “Eso es como se usa casi siempre. Pero ¿qué pasa si yo también soplo la pintura según va saliendo? El trazo es distinto, ¿verdad?”. Y así continuó la charla con Myrna.

Era el 2004 entonces. Ayer murió Myrna. Hoy Marina tiene 22 años y sigue sus estudios en arte y fotografía. Ella es artista. Nada me quita nada de la cabeza que Myrna conspiró en todo esto. Uno nunca sabe qué puede pasar luego que dos mujeres se conocen.

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