Puerto Rico. La urbanidad ausente: reflexiones sobre Río Piedras

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“El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”Italo Calvino, Las ciudades invisibles

 

En el año 1348 llegó del oriente el inesperado huésped de la plaga, asolando la ciudad de Florencia, eje económico de pujantes familias de banqueros, usureros, comerciantes, filántropos y mecenas, en la que fluía el dinero a raudales. Tres años antes (1345) la próspera ciudad sufrió una escandalosa quiebra, agravada dos años después (1347) por una hambruna que cambió la vida y hacienda de sus ciudadanos[1].

La peste bubónica diezmó la población, empobreciendo y frenando la vigorosa actividad en todos los ámbitos de la vida social, comercial, artística, cultural y educativa que la destacaba como centro político, religioso y económico de la Europa de principios de siglo XIV. Florencia representaba, entonces, la innovación frente al feudalismo medieval y en ella, se “inventó” el Renacimiento.

La usura, el afán desmedido de lucro, la especulación financiera y la corrupción, la llevaron a la quiebra del ’45 y dos años después, arruinada económicamente, sufrió una escasez sin precedentes. Pero fue el flagelo de la peste la que arropó la ciudad con el horror de la enfermedad, de la miseria y la muerte. Entonces, empujada a la parte más baja de la rueda de la Fortuna, la otrora bella y rica Florencia, cuna del humanismo, se fue deshumanizando. El caos se apoderó de la ciudad y la civilidad de sus habitantes degeneró aceleradamente. Quedaba en pie la ciudad, su espléndida arquitectura con sus emblemáticos edificios, sus estatuas y monumentos, sus fastuosos palacios y catedrales, sus teatros y sus plazas. Pero apenas quedaba una ciudad desahuciada de su urbs, de su urbanidad.

En el Decamerón (1349-1351) de Giovanni Boccaccio, las jóvenes narradoras-personajes, ante el terror del caos social que desató la plaga, se retiraron a las afueras de Florencia. Allí, en los jardines de Santa María de Novella el núcleo de diez jóvenes, rodeados por el beautus ille que le brindaba la naturaleza, se dedicaron a narrar sus “crónicas ciudadanas”. Allí recrearon la ciudad y volvieron a vivir su querida Florencia en la búsqueda de un nuevo orden ético que les permitiera compartir con sensibilidad e inteligencia su humanidad, pues con la peste, la escasez, la ruina económica y humana que desencadenó ese aciago año de 1348, afloraron los más bajos instintos de sus ciudadanos. La ciudad se enajenó de su demos, de su civitas, y los florentinos contagiados por la peste rasgaron el tejido de ese pacto social que les daba sentido como comunidad política y la ciudad advino en barbarie.

Traigo a colación este breve relato de aquél ocaso histórico de la próspera Florencia, para reflexionar sobre el malestar en la urbe y su relación entre ciudad, ciudadanos y urbanidad. Reflexión sin pretensiones de juicios definitivos, dirigida a repensar eso que llamamos “la ciudad de Río Piedras”. Reflexión que, en último análisis, se propone informar la importancia de distinguir las finas y oblicuas líneas, entre bienestar, beneficio y desarrollo.

Ciudad

Debajo de cada ciudad hay otras ciudades enterradas. Arriba de cada ciudad hay otras imaginadas o imposibles. Ciudades infernales y ciudades felices. Insufribles y amables. Pulcras y contaminadas. Ciudades fantasmas y otras atestadas de gente. Todas las ciudades cambian con el tiempo, incluso las ciudades museo. El cambio, parece ser constitutivo de su historia. Se transforman para bien y para mal. Nacen, crecen, envejecen, desaparecen, renacen pero no se repiten en el tiempo. Sin embargo, no es la ciudad en sí la que cambia, sino sus ciudadanos la que la hacen cambiar.

Cuando pensamos la ciudad, pensamos en el espacio de lo público. En sus lugares de encuentros, afectos, desafectos y, en definitiva, de experiencias de vida en comunidad que de una u otra manera, nos manifiesta un sentido de pertenencia, de memoria familiar, laboral, cultural, vinculados a un espacio común que nos iguala.

La ciudad nos habla con el lenguaje de las formas y de los símbolos que le son propios: el trazado de sus calles y plazas, sus monumentos y edificaciones históricas, sus instituciones formales, su proceso de planificación, regulación y desregulación, su desparrame y consecuentes desgarramientos que se producen en la polis. Nos habla con distintas voces, con las voces de la nostalgia, de la inconformidad y del anhelo de lo que debería ser. En definitiva la ciudad es un complejo texto en el que confluyen múltiples representaciones que viven en el cambiante imaginario colectivo de sus ciudadanos.

En el caso de Río Piedras podemos narrar su historia: residentes ilustres que viven o vivieron, fechas fundacionales y significativas como la fundación de la Universidad de Puerto Rico, la iglesia de Nuestra Señora del Pilar, la Plaza de la Convalecencia, la Plaza del Mercado, el tranvía, el referéndum de anexión a San Juan. Fechas notables como la Masacre de Río Piedras, el asesinato de Antonia Martínez, la explosión de la tienda Humberto Vidal, la construcción del tren urbano, la construcción peatonal del Paseo De Diego, la masacre de los úcares en el Paseo De Diego, las huelgas universitarias, entre otros sucesos memorables. Lo cierto es que la ciudad de Río Piedras ya no es lo que era.

Ciudadanos

En principio, usamos la ciudad para nuestro bienestar y beneficio. En ella confluye el acuerdo en el desacuerdo, el consenso en el diferendo, el compromiso y la indiferencia. Ese entramado de divergencias, convergencias y micro-poderes, constituye el basamento de ese demos que nos interpela como ciudadanos. Ese espacio público es pues el derecho de la comunidad política de quienes la habitan, la comparten, la transforman y la protegen. No solo porque la viven de formas distintas, sino porque ese es su espacio vital, el lugar de lo ético como razón humana, la aspiración de un “deber ser” como comunidad.

Podríamos conjeturar que no hay ciudad sin ciudadanos, pero puede haber ciudadanos sin ciudad en el entendido de que el ciudadano lleva consigo la ciudad. Las jóvenes narradoras en el Decamerón se fueron de Florencia pero, en el acto de narrar, de rememorar, se llevaron su ciudad o la parte de la ciudad que les daba sentido como ciudadanas.

Ese derecho soberano al espacio público, si bien se apoya en leyes habilitadoras refrendadas por un particular estado de derecho, no siempre representa las necesidades y los anhelos de bienestar de sus ciudadanos. La partidocracia ­sumada a los poderes del Estado­ por su propia inclinación burocrática, tiende a controlar, asfixiar y cooptar dichos anhelos y necesidades de la comunidad política que constituye el demos. De ahí que las leyes no siempre son justas, ni siempre están al servicio de los ciudadanos, sino más bien, de los intereses de unos pocos poderosos o de unos muchos electores en la medida que éstos y los otros beneficien su continuidad en el poder. De ahí la tensión inevitable, pero “necesaria” entre la autoridad del demos y el Estado. Necesaria en la medida en que la relación de poder entre el Estado y la comunidad es desigual y, por consiguiente, esa comunidad política para defender y reclamar su derecho a la ciudad tiene por necesidad que ser crítica, adversativa y estratégica.

Puesto que el derecho democrático a la ciudad no es gratuito, ni está dado a priori, ni mucho menos garantizado, su defensa conlleva compromiso político. Son pues sus ciudadanos los que deben ejercer su responsabilidad ética de velar por el bienestar común, así como por el propio. Es lo que podríamos llamar la virtud pública, el vivere civile, la disposición del uno a trabajar por el bien común, el ejercicio imprescindible para vivir en civilidad (que no es civilización). Y, como veremos más adelante, es parte de lo que llamo urbanidad.

Ahora bien, el uso del espacio público no supone en sí mismo un pacto social para el bienestar de todos pues la ciudad (en sus expresiones extremas) se puede tornar represiva y violenta de muchas maneras. Por ejemplo, el afán estético de homogenización convierte la ciudad en una maqueta despojada de sus señas de identidad o cuando se deshumaniza con construcciones faraónicas, reguladas al extremo que es como vivir en un toque de queda consensuado, en una lujosa penitenciaría unifamiliar, en asépticos sanatorios o silenciosos columbarios. El espacio público queda reprimido, constreñido a un No uso. (Pienso en el manoteo de las políticas ideológicas y urbanísticas que terminaron matando el Paseo De Diego, el corral de guaguas, la estación de carros públicos y quizá en un futuro previsible la Universidad).

Se vuelve represiva y violenta, también, debido a la suspicacia generalizada hacia los que deambulan, mendigan o “no son de aquí”, que genera molestia y desconfianza con cierta dosis xenófoba de violencia contenida hacia el “extraño”. Se vuelve represiva y violenta cuando asumimos como víctimas la amenaza –lógica por demás– del potencial pillo, ligón o violador, que anda por ahí y nos puede atacar, llevándonos al dudoso “logro” de una integración (panóptica) de la comunidad, por medio de la violencia de las alarmas, de las cámaras de seguridad y de la vigilancia vecinal. Sufrimos la violencia de los ruidos mecánicos de todo tipo: camiones, altoparlantes, motoras, “trimmers”, mangueras de presión y demás equipos de construcción que bien podrían convertir la ciudad en un lugar infernal. Gritería, basura (¡gente que las tira a la calle desde sus balcones!), peleas vecinales, francachelas de trasnochados, música ensordecedora. Y qué decimos de los dueños ausentes con propiedades ruinosas que las sobrevaloran impidiendo el mejoramiento de la infraestructura y la movilidad de inquilinos; o de propietarios que abusan de los residentes y comerciantes con alquileres desorbitantes, son también parte y causa del malestar de la urbe.

Vivimos la impotencia de ver las ruinas convertidas en hospitalillos, las calles desiertas, los edificios abandonados, garabateados por la plaga de los “tags”, las aceras intransitables y una fealdad generalizada que desdibuja el paisaje urbano del Río Piedras de hoy. Son las caras de la ciudad que habitamos “en medio del infierno” pero esa es la ciudad que tenemos, queremos y a la que todavía aspiramos transformar.

La ciudad se corrompe cuando sus ciudadanos renuncian a su gobernanza, a su cuido y la abandonan a su suerte a manos inescrupulosas de especuladores o a los intereses de la partidocracia de turno. Ya sea por apatía, por desprecio al entorno o para ocuparse de su propio interés de lucro. Y entre otros malestares podemos añadir la extracción económica de sus inmuebles por los padrinos del real state riopedrense.

En otras palabras, la ciudad enferma cuando desatendemos el compromiso de crear un espacio común que sea racional, justo, bello y más humano. La práctica de ese “deber ser-hacer” de una politeia en tanto espacio de lo ético como razón de lo justo y bello no ocurre en sí mismo, ni se le debe dejar al Estado. Requiere de organizaciones y de protagonistas que se activen en defensa de los derechos de sus ciudadanos, ya sea a través de acciones participativas legítimas, de autogestión comunal o de búsqueda de una praxis creativa que armonice la diversidad y la adversidad, el desacuerdo en el consenso. Es decir, que pueda representar la complejidad de la comunidad en defensa de su urbanitas. Aquí reconozco la ingente labor que realizan organizaciones cívicas y educativas como la Junta Comunitaria, CAUCE y el Fideicomiso de Desarrollo de Río Piedras que cuenta con un robusto plan de acción. Dicho esto, no podemos soslayar que en aras de una reivindicación de ese principio democrático, caigamos en la tentación socializante de un comunitarismo a ultranza convertido en doctrina, en un (ismo), en una especie de mantra o de fórmula reduccionista que ignora la complejidad de la urbs.

Urbanidad

La urbanidad la llevamos dentro. Es consustancial a los ciudadanos. No es algo planificado, o impuesto. Depende sí del estado de derecho que regula el intercambio social, pero no la determina. La urbanidad es una singular manera de hacer vida común. Singular en el sentido de una particular identidad que no necesita reafirmarse. Que está ahí, casi inconsciente, natural como puede ser “natural” la cultura. Es un joei de vibre, un ethos, más histórico que ontológico sin dejar de ser espiritual. Es una forma de vivir los valores esenciales sobre los que se funda el vivere civile, el decoro de la vecindad, del barrio, un sentimiento de solidaridad, ajeno a propósitos de lucro personal como única finalidad.

Urbanidad tiene que ver con la manera que vivimos nuestra cotidianidad para el bienestar común, pues depende de los fines más que de los medios. Es relativa, variable, no es algo que podemos medir, comprar o vender. Es un ritmo, un “flow” que se siente en el ambiente en ciertos sectores de la ciudad. (La urbanidad no es homogénea, cambia de un lugar a otro). Puede haber ciudad, urbe, urbanización, megalópolis y no necesariamente haber la misma calidad de urbanidad. En fin, urbanidad podríamos decir está en esa semiótica de correlaciones, mediaciones, cambios, transformaciones, políticas públicas e ideológicas que han trenzado y formado una particular urbanitas. En este sentido, no es un asunto de raza, de origen, ni de clases sociales. La urbanidad es un intangible, una qualitas, en la que se manifiesta la calidad humana. En resumen, es la puesta en práctica de la cultura que exhibe cada ciudadano con sus congéneres.

Entonces, ¿podría haber ciudad sin ciudadanos? por ejemplo, cuando la ciudad de torna en un mero objeto de consumo, en un lugar de tránsito y transacción, como podría ser un aeropuerto, un hotel, una estación de tren, un centro comercial, una autopista. La ciudad puede ser linda, funcional y homogenizada como una postal, pero su actividad, su vida cotidiana –la de sus ciudadanos– estaría en función de los gustos de consumo que trae el visitante en la maleta de su exótico imaginario, que poco tiene que ver con la realidad cultural de sus habitantes.

Por consiguiente, el espacio del intercambio de bienes y servicios, de encuentros y afectos se mediatiza inevitablemente por los beneficios que brinda esa economía. Beneficios que no necesariamente crean bienestar. En este sentido, una ciudad digamos “folklorizada” está vaciada, hasta cierto punto, de su urbanitas. Pongamos por caso el Viejo San Juan, la ciudad más emblemática y cosmopolita de Puerto Rico, todavía con un fuerte sentido de urbanidad, puede convertirse en un “Le- Lo -Lai City” en un mero escaparate de souvenirs, que exhibe en vitrina a sus ciudadanos. (Aclaro que no estoy en contra del turismo, todo lo contrario, el turismo enriquece las ciudades y le puede añadir urbanidad y calidad de vida).

En San Juan la gentrificación, la folklorización y la especulación inmobiliaria se intensifican cada vez más. Supongamos que ese proceso de sustitución paulatina de población se incremente con un aumento de dueños ausentes y la ciudad se vaya convirtiendo en un “AirBnb” al servicio de una población flotante de residentes transitorios. Vamos a tener sí una ciudad bella, exótica, colonial, llena de monumentos y esculturas, pero quizá huérfana de ese ethos de la urbanidad. Y, probablemente, más costosa para sus residentes, aunque idónea para tomarse un selfie con un nativo en un local pintoresco o incluso apta para hacer turismo de arrabal en La Perla. Puede celebrar la Fiesta de la Calle San Sebastián más espectacular y multitudinaria pero, tal vez despojada del sentido de cohesión y propósito que le daba la comune a su comunidad, pues lo que la significaba en un principio se trasplantó, se convirtió en otra cosa, dejó de pertenecerle. No solo la Fiesta de la Calle, sino su propia comunidad política. (Sé de muchos residentes del VSJ que se van de la ciudad cuando viene “la SanSé”).

Río Piedras, podríamos decir, es la otra cara de la misma moneda. A mediados del siglo XX era una ciudad próspera, concurrida, abarrotada de comercios y servicios de toda clase. Era –sin dejar de ser familiar– una ciudad educada, bullanguera, llena de librerías, cines, café-teatros, cafetines y restaurantes. Todos los caminos iban hacia y salían de Río Piedras. La gente venía a Río Piedras a comprar, a comer, a divertirse, a estudiar, a enamorarse. Era “La Ciudad Universitaria”, el lugar de los encuentros; epicentro de la actividad comercial y cultural del país. La gente se mudaba a Río Piedras. Había comunidad y un sentido de pertenencia entre los ciudadanos que la habitaban.

Hoy es la sombra de lo que fue. La nostalgia de aquella ciudad –ahora irreconocible para los que la vivieron­ se justifica, pues con el paso acendrado del tiempo se transformó en una ciudad arruinada, abandonada, desierta, lumpenizada, afeada. Ahí sigue en pie, sin embargo, su bella arquitectura, sus instituciones, sus lugares emblemáticos. Queda su diseño urbano, pero el trazado de aquella escritura narra ahora otras historias, dibuja un paisaje de estorbos públicos, de edificios enfermos, de sujetos y lugares tóxicos, manchados con la pátina del olvido que ha ido enterrando a la otrora espléndida ciudad de los que la vivieron (y de los que aún la vivimos). De aquel Río Piedras, solo nos queda la nostalgia y la ilusión de cambio. La ciudad se fue transformando –como toda ciudad– pero la nuestra se nos fue agotando, tomó el rumbo de su decadencia y su vigorosa urbanitas se fue apagando.

Entonces, ¿cuál fue la plaga que la invadió, la contagiosa epidemia que la asoló? Fueron muchas las pestes que la enfermaron: la burocracia del Estado, las políticas públicas de desarrollo, las polémicas urbanísticas, las idealizaciones tecnocráticas, las luchas de poder, la cooptación y domesticación de su comunidad política, la especulación inmobiliaria, la partidocracia. El caso del Cine Paradise es un ejemplo paradigmático y por demás bochornoso e indignante de ese malestar de la urbe riopedrense.

¿Cuál es entonces la ciudad que queremos? ¿La que anhelamos que vuelva a ser? ¿La que podría ser –dadas las cambiantes políticas públicas de los gobiernos de turno? ¿Qué nos dice hoy la ciudad en que vivimos? ¿En qué nos significa como ciudadanos? ¿Cómo sería esa ciudad en la que estamos dispuestos a reivindicar nuestros derechos al espacio público? Es difícil responder con certeza a estas preguntas. Quizá sería mejor preguntarse, ¿Qué es lo que no queremos de una ciudad, de nuestra ciudad? Y encaminar esfuerzos en esa dirección.

Para concluir, me parece que no hay respuestas categóricas a estas preguntas. Puede que para atenderlas debamos revisitar el concepto de “desarrollo” pues me parece que está en la médula de la cuestión que nos ocupa. Cuando hablamos de desarrollo (concepto poliédrico cuyo significante se extiende a todos lados del espectro social) por lo general pensamos primero en el “desarrollo económico” el cual va atado usualmente a la competencia mercantil, al capital de inversión financiera y a empresas con fines de lucro, entre otras, siendo la industria de la construcción, la compra-venta de tecnología y a banca sus actividades más visibles.

En este sentido, el concepto de desarrollo es causa y efecto de la razón utilitaria del mercado. La filantropía y el mecenazgo, paradójicamente, también se benefician indirectamente de esa causalidad. Y, los llamados “servicios esenciales” se pueden convertir a la postre, en una inversión altamente rentable. El desarrollo –dentro de esta acepción– está regida por la ganancia económica (de hecho no hay ningún problema ético con la ganancia económica per se, a menos, creo yo, que el afán de lucro justifique cualquier medio).

Sin embargo, el desarrollo tiene o debería tener como fin ulterior el bienestar general de la comune, pues son sus ciudadanos los que hacen que la ciudad sea vivible o insufrible. Y ciertamente, no podemos eludir el hecho de que la economía es fundamental para el beneficio de todos. (No hay más que vivir en el callejón sin salida en que se encuentran las finanzas del gobierno.) El desarrollo, por ende, debe estar inextricablemente atado al mejoramiento de la calidad de vida, que es su urbanitas. Sin esa simbiosis (entre beneficio y bienestar) la ciudad puede exhibir una formidable infraestructura comercial, puede hacer ricos a unos cuantos, pero estará desahuciada de su urbanidad, ausente de ese vivere civile, que le da sentido a sus ciudadanos. Por consiguiente, podemos “desarrollar” la ciudad y repetir los males del pasado-presente, pues somos testigos de cómo ese “desarrollo” puede resultar en un eterno retorno de lo mismo. Un desarrollo del que ya sabemos, también erige ruinas como monumentos a su decadencia.

En definitiva de lo que se trata es de asumir el compromiso de fortalecer su urbanidad, de trabajar hacia un desarrollo sensible que logre el frágil equilibrio de hacer del bienestar el beneficio. En el decir de Calvino de “buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno y hacer que dure, y dejarle espacio” de lo contario nada o muy poco habrá cambiado cualitativamente para superar el malestar en la urbe.

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[1] Giovanni Boccacio, Decamerón, introducción y notas de María Hernández Esteban, Madrid, Cátedra,

2001).

 

  • Ricardo Cobián Figeroux. Catedrático en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Especialidad en teatro puertorriqueño contemporáneo y semiótica del teatro. Poeta, ensayista, crítico literario, drama-autor y gestor cultural. Ha dictado seminarios y conferencias sobre cine, teatro y literatura puertorriqueña y caribeña en Córdoba, Argentina; La Habana, Cuba; Santo Domingo, República Dominicana; Curitiba, Brasil; Basse-Terre, Gaudalupe; Guadalajara, México, Barcelona, España, entre otras. Participado como invitado en festivales en España y varios países de Latinoamérica y el Caribe.

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La urbanidad ausente: reflexiones sobre Río Piedras

 

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