Puerto Rico. El fin de la colonialidad feliz

Por Eduardo Lalo

Los dos partidos que se han turnado en el poder desde 1968, nunca se han opuesto a los límites impuestos por Washington. Aceptaban el simulacro fantasioso del ELA, en un periodo de Guerra Fría, que parecía beneficiar una colonialidad que no se quería confrontar

En uno de los primeros ensayos de José Nicolás Medina Fuentes, reunidos en La deuda odiosa y la descolonización de Puerto Rico, se afirma lo siguiente: “No puede existir en el mundo, en la civilización según ha avanzado la moral, una deuda sin que exista el derecho del deudor a acudir a un proceso de quiebras” (págs. 27-28). A pesar de la lógica legal de este aserto, y de su elemental justicia, Puerto Rico ha sido sometido recientemente y por un lapso de tiempo indefinido, precisamente a esta situación aberrante. Un país cuya condición colonial ha quedado establecida más allá de toda duda, por fallos del Tribunal Supremo estadounidense, que en un par de decisiones hechas en una sola jornada de 2016 hicieron colapsar la superstición jurídica del Estado Libre Asociado, se encuentra sumido en una encerrona legal y financiera en la que le está vedado el amparo de la bancarrota y la renegociación de sus deudas.

En este singular estado, si lo comparamos con la realidad de los casi 200 países que conforman hoy la sociedad de las naciones, no es casual, sino el resultado ineludible de la condición misma. Obligado a vivir entre límites determinados por otros, se compensó la ausencia de poder para tomar decisiones económicas, hacer reformas, tratados y llevar a cabo planes de envergadura a largo plazo, actuando para el día de mañana, que en política equivale a las próximas elecciones. Los dos partidos que se han turnado en el poder desde 1968, nunca se han opuesto a los límites impuestos por Washington. Aceptaban el simulacro fantasioso del ELA, en un periodo de Guerra Fría, que parecía beneficiar una colonialidad que no se quería confrontar, mientras la metrópoli suministrara una pensión por incapacidad y supliera al país un suministro ilimitado de poderosos narcóticos sociales. Así vivimos la “revolución pacífica” y “lo mejor de los dos mundos”, así se fantaseó y aún se fantasea con versiones de una “estadidad para los pobres” que constituiría una suerte de utopía de la dependencia y el mantengo.

Confrontada al enorme poder de Estados Unidos, que no solamente ha sido el país que ha dominado económica y militarmente el mundo contemporáneo, sino que también por su cultura de masas y sus prácticas consumistas, ha seducido e influido sobre todas las sociedades del mundo, la clase política del bipartidismo puertorriqueño, apostó no solo por la convivencia pacífica, sino además pasiva con su dominador. Optó por participar en el juego, difiriendo indefinidamente las interrogantes y las decisiones, confiando en algo imposible. Generaciones de políticos de los dos partidos, se empeñaron en poner la esperanza en algo único: en que una invasión militar imperialista resultara a la larga positiva y que una colonia económica y política, posibilitara la transformación social y el desarrollo.

Durante la prolongada Guerra Fría, que enfrentó mediante terceros a dos superpotencias, esta interpretación histórica demencial pudo erigir sus instituciones y prácticas, encumbrar sus próceres, ocupar la casi totalidad del imaginario colectivo, marginar y perseguir violentamente a sus opositores, satisfacerse en sus aguados prestigios y servirse con la cuchara grande de los presupuestos. Toda una clase empresarial y profesional nació y se desarrolló en complicidad con este sueño, que instaba a la creación de rápidas fortunas aprovechando los fondos provistos por el gobierno federal y los dineros del Estado. A partir de 1968, y de manera cada vez más generalizada y caudalosa, la corrupción arropó todas las esferas y los políticos se convirtieron en empresarios y los empresarios se adueñaron de los políticos. Fueron las décadas alocadas del derroche, cuando las voluntades y consciencias de muchos fueron compradas con la otorgación de puestos y el ofrecimiento de “oportunidades”. La institucionalización de un sistema de pillaje fue de tal magnitud, que muchas fueron las bajas que pasaron de dirigir una secretaría a residir unos años en la cárcel. No obstante, los riesgos siempre fueron menores y manejables y las posibilidades de impunidad enormes. Como acontecimientos recientes lo atestiguan, esta fe en el “tumbe” no se ha amilanado aun con el arribo de la época de las vacas flacas. La alucinación de la “colonialidad feliz” de la clase política gobernante es sabrosa y adictiva.

No obstante, la alucinación comenzó a resquebrajarse en la última década del siglo pasado y 25 años más tarde, el Puerto Rico de hoy se asemeja punto por punto al país que teníamos hacia la década de 1930, a la situación que padecíamos antes de que el gran sueño de la colonialidad excelente comenzara a obrar nefastamente en nuestras mentes.

Más de una década de depresión económica, no alteró la vigencia de la fantasía entre los dirigentes de los partidos que gobernaron desde el 2000. Se compensó la desaparición de las empresas 936, a golpes de préstamos sucesivos y descontrolados. Aún recuerdo el convencimiento expresado públicamente y en privado por políticos, profesionales y empresarios, que pensaban que cuando la crisis de la deuda se declarara, el “socio” poderoso de la colonialidad feliz resolvería abriendo sus arcas. Según ellos, para ese coloso, nuestros desvaríos serían minucias.

La colonialidad feliz se convirtió en una fe religiosa y decadente, en un mesianismo palúdico, en una irresponsabilidad ética y del pensamiento, en opio para todos. La historia reciente demuestra cuál ha sido la magnitud de la inocencia.

En menos de un año, el primero de su cuatrienio, el gobierno de Ricardo Rosselló ha colapsado. La Junta de Control Fiscal, los Tribunales federales y la indiferencia y el abandono de Washington, lo han maniatado y humillado. Sin embargo, su fe en la colonialidad feliz permanece inalterada y este es su sesgo más inquietante y morboso. De este lado de la realidad, nada podemos esperar de los que no viven en ella.

En esta coyuntura, acaba de publicarse La deuda odiosa y la descolonización de Puerto Rico de José Nicolás Medina Fuentes. Abogado de larga carrera y prestigio, militante independentista a lo largo de su vida, Medina Fuentes toma en este libro el noble papel del ciudadano que decide no esperar más. Preocupado por las aciagas condiciones sociales y económicas del país, el autor escribe una serie de ensayos que publica principalmente en las revistas 80grados y El Post Antillano y que ahora recoge en este volumen. También contribuye a organizar y participa en congresos de Facultades de Derecho y toma la iniciativa de dar a conocer sus inquietudes en organizaciones comunitarias. En todos estos frentes va elaborando su reflexión sobre la deuda odiosa y relacionándola con un proceso de descolonización para Puerto Rico.

El término “deuda odiosa” no es una metáfora de Medina Fuentes. Como él explica múltiples veces en estos ensayos, se trata de una figura legal reconocida, inventada por la jurisprudencia estadounidense poco después de la Guerra Hispanoamericana, cuando se negó a responsabilizarse por el dinero prestado al régimen colonial español en Cuba, arguyendo que esos fondos no habían beneficiado en absoluto al pueblo de esa isla. En 1927, el teórico Alexander Sack discurriría sobre el concepto y, posteriormente, Estados Unidos volvería a esgrimir la teoría luego de la última Guerra de Irak. En esta ocasión, las presiones de la banca europea serían de tal magnitud, que Estados Unidos transaría por la renegociación. Según Medina Fuentes, el concepto de “deuda odiosa proscribe toda deuda pública que se contrae en violación a las normas imperativas del derecho internacional, incluidas las deudas constituidas en una relación colonial” (pág. 77). Esto lleva al autor a proponer lo siguiente: “Al momento he llegado a las siguientes conclusiones: la deuda pública de Puerto Rico es una deuda odiosa colonial anulable bajo el derecho internacional y el verdadero deudor es la potencia colonial del Gobierno federal de los Estados Unidos” (págs. 75–76).

Medina Fuentes es consciente de que los poderes imperiales son proclives a desoír las voces del Derecho. Para ello asocia la pugna judicial de la deuda odiosa, en caso de que como propone se lleve a cabo, con el desarrollo de una concertación de fuerzas anticoloniales puertorriqueñas a nivel nacional e internacional. La propuesta, además de su pertinencia evidente, tiene el mérito de haber pasado por el crisol de una autocrítica relativa a su participación en organizaciones políticas. El autor imagina un proyecto amplio, generoso con las diferencias y unitario, insertable en las corrientes del presente. Por ello, le interesan tanto los lazos con movimientos progresistas latinoamericanos, al igual que relacionarse con la renovación política, inaugurada en Estados Unidos en la pasada temporada electoral, por Bernie Sanders. Es posible que, simultáneamente, en las dos orillas de la relación colonial, se haya llegado a un callejón sin salida: la administración Trump en el norte y la Junta de Control Fiscal en San Juan. Ambos son los últimos herederos de un trono viciado, los propulsores de un hipotético retorno a un pasado feliz. Let´s Make America Great Again es tan falaz como soñar con una revitalización del país a consecuencia de una nueva Guerra Fría. Ni el pasado estadounidense fue una arcadia (habría que preguntarles a los afroamericanos, mujeres y latinos sobre los beneficios inherentes a su discrimen por la mayoría hegemónica blanca), ni el ELA, fuera de sus élites, proveyó más allá de un escalón por encima de lo inaceptable.

En sus ensayos, Medina Fuentes reinserta y redefine las grandes e incontestadas preguntas de la política puertorriqueña en la colonialidad ya no feliz, sino patética, de los tiempos de la Junta, la bancarrota y la deuda impagable. Su gesto y su empeño responden a una imperiosa necesidad. El hecho de que esto sea el resultado de un ciudadano inquieto y responsable, acrecienta los méritos del proyecto.

La efectividad de la teoría de la deuda odiosa en los tribunales podrá ser o no ser un sueño. Para mí, expresarme al respecto, rebasa mis capacidades. Aun así, pienso que la teoría es lúcida y que intentar insertarla en sistemas judiciales tendrá al menos resultados políticos, al enconar las heridas abiertas por una relación colonial totalmente inaceptable, mantenida sin remilgos en Puerto Rico por Estados Unidos.

El tiempo de la colonialidad feliz ha terminado. El gobierno estadounidense se lo comunica al puertorriqueño prácticamente a diario. La Junta y la deuda son realidades ineludibles. Aun así, en sectores considerables del pueblo y en dos partidos políticos fanática u oportunistamente fervientes, las ilusiones pueden perdurar casi indefinidamente. Los teólogos de la estadidad y el ELA, preparan a sus legiones de ángeles y demonios, para volver a encadenarnos a sus sueños. El agotamiento de la colonialidad feliz, sorprende además a los sectores anticolonialistas sin estructuras que los aúnen y representen. Hoy iniciativas como las de este libro de Medina Fuentes, cobran una acuciante pertinencia.

En Puerto Rico hay un tercer partido o movimiento que ha permanecido casi imperceptible: el que ha mantenido vivo en las décadas fantasmagóricas y psicodélicas de la colonialidad feliz la insatisfacción, la puertorriqueñidad y el proyecto de liberación nacional. Casi sin percatarnos hemos crecido, pero lo hemos hecho más allá de las organizaciones e idearios tradicionales. Es hora de proveernos, sino de una casa, al menos de una plaza en la que congregarnos e insertarnos en los debates del fin de la colonialidad feliz. A todo esto, puede contribuir este libro.

La deuda es odiosa, pero la colonialidad feliz también. Continuar en su ilusión acrecienta la crisis ética y política. La deuda odiosa es nuestra deuda externa, pero la colonialidad feliz es nuestra deuda interna. Ambas deben abandonarse, porque las dos son consecuencias de los límites que se le han impuesto al país.

Recientemente escribía, que en la actualidad, Puerto Rico no tiene futuro sino tiempo. El país languidece en un limbo fomentado desde dos capitales y el ambiente ha quedado enrarecido por el estupor y la impotencia. Sin embargo, simultáneamente, una multitud de iniciativas abren camino fuera de las lógicas del colonialismo y la dependencia. Éstas van de la agricultura a la cultura, de la educación a la economía. Son obra de ciudadanos, que como José Nicolás Medina Fuentes, decidieron dejar de esperar y sustituyeron la inercia por la acción, la pasividad por la inquietud, el colonialismo por la soberanía. Este libro es una contribución a estos esfuerzos. Ojalá que sus aportaciones inciten a otros a unirse a estos esfuerzos. Ojalá que el fin de la colonialidad feliz nos conduzca a pasar juicio sobre nuestra historia. Ojalá su fin sea el de todo colonialismo y podamos descubrir y acceder a otras formas de ser, crear y producir en el mundo.

*Texto leído en la presentación de La deuda odiosa y la descolonización de Puerto Rico de José Nicolás Medina Fuentes, celebrada el 25 de enero de 2018 en el Auditorio de la Facultad de Derecho de la Universidad Interamericana en San Juan.

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El fin de la colonialidad feliz

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