Programa, comunicación y pedagogía

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Todo está dicho, y todo está por hacer. Charlas, conferencias, artículos, ensayos y un largo etcétera; tenemos materiales culturales de sobra para convencer y convencernos de la inviable inhumanidad del actual modelo de desarrollo, pero seguimos siendo incapaces de enclavar a los latidos de la calle todo lo relativo a la gestión y administración de los bienes comunes.

A mi modo de ver, nos acercamos a una crisis civilizatoria de alta intensidad, esto es, una crisis cultural y de valores, y no sólo de modelo productivo, y por lo tanto, que un partido como izquierda unida se tome en serio las labores de divulgación de pensamiento crítico, así como las labores de articulación de una red de activismo contra-informativo, es esencial.

Tenemos a todo el establishment mediático en nuestra contra. Hay que tener en cuenta que prácticamente todas las agencias de noticias y publicidad son de la derechona social y económica de ayer, de hoy y de siempre, así como hay que tener en cuenta que los medios audio-visuales oficiales, son claramente selectivos y nada imparciales a la hora de diseñar los contenidos culturales de sus ofertas, o a la hora, por ejemplo, de estructurar el tiempo dedicado a los comunicados oficiales de los partidos políticos realmente existentes en España.

Esto es un lastre y una seria, muy seria resistencia. Así que conviene mirar el problema cara a cara sin evadirlo. Izquierda unida necesita una política de comunicación más ambiciosa en la que el hacerse entender por el ciudadano raso no implique renunciar a una voluntad pedagógica e informativa sensata, profesional, creíble. De nosotros depende si realmente queremos tomárnoslo en serio, porque, en estos tiempos, comunicación es a política, y viceversa, lo que el agua es a H2o.

Alberto Garzón consigue, a mi modo de ver, ese efecto de cercanía y claridad, sin renunciar en ningún momento a expresarse con un pensamiento estructurado, claro, ordenado, y sin considerar a los ciudadanos como meros receptáculos sobre los que se pueden vomitar consignas, una detrás de otra, con la simple intención de producir emotividad irreflexiva.

Sí, ya sabemos que, antropológicamente hablando, existen castas en España, como lo existen, con otra configuración, en toda Europa, en la India o en el Congo, pero no basta con recordárselo a los ciudadanos, puesto que ya está interiorizada en la mentalidad colectiva esa desconfianza y esa certeza de que la política suele ser cosa relegada a las grandes familias o a los técnicos.

Lo realmente desequilibrante e importante, estoy convencido, es saber presentar, comunicar y llenar de contenido las alternativas a este modelo de desarrollo en todas las áreas sociales, como si éstas fuesen – que lo son – un todo relacionado. Aquí, demando mimo y sensibilidad antropológica a la hora de interpretar la realidad; corremos demasiado, en la vida y en política, estamos absorbidos por el aquí y ahora y por las urgencias electoralistas. Así es imposible el conocernos y reconocernos, y el resultado no puede ser otro que el estar en clave de re permanente, el no poder construir relaciones y estructuras estables y sólidas. Esto tiene que terminarse. Las huídas permanentes hacia adelante deben terminarse, y la política de la improvisación acelerada en el tiempo, también.

Así pues, ya tenemos dos ámbitos clave de lucha : El primero, la comunicación. El segundo, el tiempo. La izquierda – y la vida – de este siglo en el que ya estamos nos obligará a tomarnos el decrecimiento y la deceleración en serio. Dicho de un modo simple, vivir con menos y más despacio, porque es precisamente la lógica especulativa e insaciable del actual modelo de desarrollo el que promociona la cultura de la ostentación y el consumo banal como forma de vida, así como las prisas y las urgencias en todos los órdenes de la vida.

Lo que no se nombra, no existe, es cierto, pero existir y presentarse ante el público, a día de hoy, pasa por reclamar y consolidar un lugar ganado a pulso en los medios de comunicación públicos y privados. Incluso, sí, los medios oficiales. Renunciar a dar la cara en este aspecto, renunciar a la batalla de las ideas, los argumentos y las propuestas para refugiarse en el cómodo y confortable espacio privado, en la república independiente de nuestras casas, será, posiblemente, el último y definitivo error que puedan cometer aquellas sensibilidades que, dentro de izquierda unida y del partido comunista, prefieren la marginalidad y el silencio auto-satisfecho que el coraje de dar la cara ante la sociedad presentándose como alternativa, no sólo de gobierno, sino de modelo, de sociedad.

Las cosas, ni siquiera en la vida, no vienen solas sino se aprecian y se lucha por y con ellas. Uno puede darse descansitos y pausas, pero dejarse llevar y esperar a que el tiempo nos traiga, con su simple paso, aquello que queremos, o que afiance, por sí mismo, compromisos, es caer en un doloroso auto-engaño.

Decrecer y decelerar es recuperar la vida. Salir al ojo público y dar la batalla, es recuperar nuestra identidad como republicanos de izquierda. Si podemos pudo, sólo con la ayuda de una política de comunicación en red y una reducida nómina de intelectuales, abrir tal brecha en el actual sistema de partidos post-transición, no me parece imposible que izquierda unida recupere su vigor y frescura como movimiento social alter-sistémico políticamente organizado. Todo depende de cómo reaccione ante sus crisis.

Los muertos que algunos matan, aún gozan de salud. Y esa salud, decía Anguita en su tiempo, era programa, programa, programa. A lo que yo añado, pedagogía, pedagogía y pedagogía. Ambas cosas, son necesarias.