Primero de Mayo y las enfermedades infantiles

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Lenin erró. No era el izquierdismo la enfermedad infantil que las teorías de los revolucionarios comunistas padecían. Quizás no vio (o no supo ver) que por encima de las posturas de todos aquellos osados que se disponían a refutar y rebatir sus posiciones existía un problema mucho más grave: el fetichismo por la organización.

La organización como ente supremo al que todo revolucionario debe supeditarse y debe respetar no era una idea nueva, que el Partido Bolchevique creó de la nada. La ruptura con las posturas revisionistas y oportunistas (de la llegada de la guerra se convirtieron en socialchovinistas) no fue una ruptura plena en todos los campos del ejercicio teórico. Lo que antes era el partido o el sindicato en sí y para sí, como entes cuasi divinos que había que defender contra viento y marea y cuya función era la de articular al proletariado en su búsqueda, consciente o inconsciente, de una sociedad mejor siguió siendo lo mismo en esencia; sólo que rehusó formular la inevitabilidad histórica del socialismo alegría de los pocos marxistas revolucionarios ortodoxos que malvivían en organizaciones aisladas en aquellos entonces. Pero en esencia, el elemento leninista-bolchevique siguió conservando ese extraño fetichismo de la máquina que, históricamente, ha sido el muro de piedra al que han venido a chocarse los distintos movimientos obreros de la Historia. Valga decir simplemente Kronsdat, donde no estaba en juego la revolución ni los Sóviets; estaba en juego el poder del Partido Bolchevique.&nbsp

Si el leninismo fue un paso adelante, dos pasos atrás fue convertirlo en el modelo. Así es que hoy en día aún pervive ese ideal de la máquina organizativa como la necesidad suprema de todo movimiento social, en especial obrero. No sólo es cuestión de los marxistas, en lo que esta amplia denominación pueda abarcar, sino también en muchos casos del propio anarquismo. La enfermedad infantil que padece el comunismo, toda teoría revolucionaria, se puso de manifiesto el Primero de Mayo; posiblemente allí donde éste fuese ‘celebrado’, proyectado como un ritual que, año tras año, lanza a la calle un número menor de obreros que se han cansado de los desfiles militares a los que las organizaciones nos llaman cada 365 días. El Día Internacional de los Trabajadores en Sevilla se movió entre lo esperpéntico y lo desesperante, con tres manifestaciones convocadas y miles de obreros diseminados en torno a diferentes pancartas y consignas en diferentes puntos de la ciudad. Marx decía que éramos una misma clase, que teníamos unos mismos objetivos. Creo que esa parte de la teoría marxista no entraba en el examen de "revolucionario" por lo que decidieron no estudiarla.

La CNT partió con sus escasos efectivos desde la Alameda de Hércules. En torno a 30 personas marcharon desde un extremo de la misma hacia el otro, para luego continuar la marcha entre callejuelas poco transitadas. Los obreros congregados en la Alameda no marcharon en apoyo de los anarquistas porque estaban esperando la llegada de la manifestación de CGT-SAT, apoyada por IA, Nación Andaluza y Corriente Roja entre otras. A la enorme base militante de estas organizaciones debemos de sumar el hecho de que fueron a comenzar la marcha más allá de la Macarena, alejados de cualquier lugar mínimamente poblado. Así, no era de extrañar que algunos de los obreros con los que me puse en contacto estuvieran que se subían de por las paredes ante semejante espectáculo. Cada uno marchaba por su lado, y este año, otra vez, los chirigoteros de CCOO-UGT volvían a llevarse el gato al agua. En pleno centro de la ciudad de Sevilla, y en colaboración con el PCE, se montó una pequeña caseta, regentada por gente en traje y corbata y bien custodiada por el burguesito medio que necesitaba saciar el gaznate con cerveza ‘comunista’. En la tarima que los chirigoteros habían dispuesto para que sus líderes se lanzaran a hacer proselitismo y demagogia de su actitud fascista trinaba música de los altavoces. Pero no era la Internacional, y dudo que en ningún lugar de Sevilla sonase la Internacional. Quizás en ningún lugar del Estado español. No interesaba en este día llamar a la unidad; porque la unidad obrera, entendida ésta como necesidad y a la vez resultado de su toma de conciencia de clase, pasa a día de hoy por superar el corsé impuesto por las organizaciones que hablan en su nombre (y en el de Marx, y en el de Engels, y en el de Durruti, Balius, etc.). Destruir las organizaciones obreras es destruir su aparato, puesto que el obrero siempre tiene espacio en su conciencia para permitir escuchar y debatir su programa. Si queremos la revolución, debemos de empezar por ahí; debemos de empezar por ser consientes que el obrero debe de tomar las riendas de la misión que históricamente le corresponde. Los errores que pueda cometer siempre estarán sujetos a la crítica, y al menos, comprenderá que son ‘suyos’ y no de los que se dicen hermanados en su misma lucha.

Lo que pasó en Sevilla no es un hecho aislado. Allí donde exista organización con ánimo de atribuirse la misión de elevar el proletariado a la cima de su labor histórica existirá el despotismo de la organización, esa pérfida máquina anacrónica y andrógina, sin vida y sin humanidad; que extiende sus largos brazos y acapara, llena de aprensión, impotencia y odio. La emancipación de la clase obrera será obra de ella misma o no será. No es que Marx fuera un ‘izquierdista’; es que supo sacar la conclusión que lo que nos une como clase es más de lo que nos separa como miembros de un aparato ajeno y extraño a nosotros. Los pueblos, al igual que las montañas, se unen por la base. Al menos existe un proletariado que lo ha comprendido. Larga vida al pueblo griego y su lucha contra el capital. Seguro que, en el Día Internacional de los Trabajadores, la calle y las luchas contra los policías fueron el mejor remedio contra la propagación de la enfermedad y la Internacional sonó en algún rincón de Atenas.