Prevenir el genocidio en Dadaab, Kenia

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Ante dos atentados recientes (Westgate, Universidad de Garissa), dirigidos y perpetrados por el grupo radical Al-Shabab (Los más jóvenes), el gobierno de Kenia ha decidido continuar con su estrategia militar consistente en invadir Somalia. Como siempre, las grandes decisiones son sufridas por las personas menos culpables: Un campo de refugiados en Kenia, abierto a raíz de los conflictos en Somalia, es ahora señalado como principal escondite de los miembros extremistas de Al-Shabab. El gobierno keniano ha solicitado a la ONU cerrar el campamento en un plazo no mayor a tres meses.

Juzgar

400 mil personas que habitan actualmente el campo de refugiados de Dadaab serán devueltas a Somalia en menos de 3 meses. Es importante destacar que estos campos surgen ante la ingobernabilidad y la violencia que existen en los países vecinos. Somalia, por ejemplo, sufre de graves problemas sociales y la intervención del Ejército keniano no ha mejorado la situación. Pareciera un círculo vicioso de invasión, cuya estrategia imperialista, conocemos bien en América Latina: Un territorio en disputas políticas es intervenido por una potencia más grande, generándoles desastres mayores, obligando a la migración hacia estos países desarrollados, en dichos sitios los migrantes son maltratados y explotados, gracias a su fuerza de trabajo las potencias siguen siendo poderosas y se dedican a invadir más territorios otrora libres.

Pensemos en las personas que tendrán que dejar el refugio: ¿A dónde irán? ¿Quién desea volver al infierno del que viene huyendo? ¿Dónde van a encontrar otro hogar cuando su país está en llamas? ¿Es culpa de estos pueblos tener entre sus habitantes personas que consideran la violencia una respuesta ante la opresión y la estructura de muerte con la que conviven todos los días?¿Aquellas nuevas generaciones, serán refugiadas de los refugiados para siempre?

La decisión a todas luces fomenta el reclutamiento de jóvenes terroristas. Para muchos volver a Somalia, a la muerte del pasado, no es opción, y el otro camino es la muerte. Alterados, con rencor social, formarán parte de cualquier grupo extremista porque ahora luchan con motivos de sobra contra el gobierno que los ha desplazado nuevamente hacia su muerte. Muchos pensarán: Si de todas formas vamos a morir, habrá que morir luchando.

Actuar

Callar es inmoral. Apenas hace unos días el Papa Francisco hablaba del genocidio contra los armenios. Específicamente declaró:  “Ocultar o negar el mal es permitir que una herida siga sangrando sin vendarla.” Y ante el posible doble genocidio de los Somalíes en Dadaab (por su nacionalidad y religión) no hay que guardar silencio. Ser indiferentes es cavar más de 400 mil tumbas de inocentes cuyo único delito es haber nacido en un país pobre o encontrarse huyendo de la miseria de su tierra natal.

Al menos creo necesario dar a conocer este posible atentado contra la humanidad. Habrá quienes crean que el deseo de venganza por los estudiantes asesinados en Garissa puede justificar una decisión de tal magnitud, pero creo que el odio no puede generar nada bueno, mucho menos cuando nos dejamos guiar por el dolor. Buscamos limpiar la sangre de inocentes con más sangre inocente y al final solamente queda la costra de haber renunciado a nuestra humanidad, la costra del asesinato. No propongo el olvido, pero desecho el odio irracional y la venganza fratricida como soluciones. Sí, la digna rabia, pero aquella que es inteligente y busca la construcción del futuro sin aplastar a nadie.

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