¿Presunción de inocencia?

¿Presunción de inocencia?


No conozco a nadie que se sienta cómodo con el cacheo que se realiza arbitrariamente en los puestos de control de los aeropuertos, por más que le digan a uno que tal medida redunda en su propia tranquilidad. Como tampoco sé de nadie que acepte de buen grado las preguntas del agente de migración cuando éstas derivan en flagrante interrogatorio. Este rechazo a que alguien, por más autoridad que detente, invada nuestra privacidad se alimenta también de la certeza de que los atentados, aéreos o terrestres, no han disminuido en la misma proporción en que se han incrementado unas medidas de seguridad que te privan de un inofensivo cortaúñas al tiempo que te permiten acceder al avión con botellones de whisky o de ron como si éstos no pudieran romperse para ser utilizados con fines intimidatorios.

Sin embargo, y después de que Estados Unidos haya empezado a fichar a cuanto foráneo ponga un pie en su territorio, con excepción de unos cuantos privilegiados, los controles tradicionales podrían resultar hasta balsámicos si los comparamos con las humillaciones que deben soportar todos aquellos que pretenden ingresar en aquel país sin un pasaporte solvente. Los turistas de más de 150 naciones están obligados a estampar su huella dactilar y a dejarse fotografiar en el puesto fronterizo donde son tratados como potenciales delincuentes, a la entrada y a la salida. En total, unos 24 millones de denigrados al año.

Como bien sabemos el fanático viaja siempre de incógnito, resulta indetectable para las máquinas y para los hombres hasta el momento en el que decide actuar, que suele ser demasiado tarde; por ello es muy probable que las medidas adoptadas traigan más entuertos que soluciones. Por lo pronto, más de un ciudadano intachable ha sufrido ya un alud de inconvenientes por tener la desgracia de que sus apellidos coincidieran con los de algún afamado delincuente internacional.

El blindaje de las fronteras estadounidenses se produce algunos días después de que trascendiera otra polémica decisión, como es la conveniencia de que en muchos de los vuelos con destino a la que alguna vez fue tierra promisoria viajen agentes armados. Por ahora, de nada han servido las protestas de distintos colectivos profesionales que observan en el policía infiltrado un factor de riesgo añadido si se produce una batalla campal en pleno vuelo, además de un desafío a la autoridad del comandante del aparato.

Convencido como está de su superioridad moral, el imperio actúa en consecuencia y dispone de la integridad de los demás a su libre albedrío. Y mucho me temo que esto no haya hecho más que empezar. El terrorismo internacional está siendo ya la mejor coartada para los gobiernos que pretenden ganar fama y autoridad a costa de los poderes legislativo y judicial. En Estados Unidos, y tras los atentados del 11 de septiembre, el ejecutivo de George W. Bush cuenta con facultades extraordinarias para garantizar la seguridad nacional y ha sacado adelante presupuestos militares impensables en otros tiempos. En Gran Bretaña, el gobierno de Tony Blair ha conseguido también competencias extras: poder actuar sin el aval del Parlamento y estar en condiciones de desplegar al ejército de inmediato, además de prohibir cualquier tipo de concentración pública si se producen atentados.

Ante la amenaza de ese terrorismo internacional desprovisto de señas, ilocalizable, pero letal de necesidad, los problemas cotidianos (desempleo, precariedad laboral, pérdida de derechos) se vuelven mucho más soportables para el personal. Hasta ayer mismo, el estado de emergencia era uno de los recursos preferidos del tirano. Hoy, con una ciudadanía convenientemente atemorizada por unos y por otros, las contingencias civiles han devenido en la mejor excusa para mantener a las democracias bajo una tutela permanente. Si preocupante es que nos tomen a todos como sospechosos, mucho más grave es que nos convenzan de que tenemos que demostrar a cada rato que no lo somos.



Luis Méndez Asensio
Periodista y Escritor
Agencia de Información Solidaria
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Gentileza:: Marta Caravantes (Agencia de Información Solidaria) mcaravantes@telefonica.net

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