Presagio de cambios en la España actual

4.291.465 ciudadanos y ciudadanas que dieron su voto al PSOE el 14 de marzo pasado no lo hicieron ayer. Al PP lo abandonaron 3.318.149. A Izquierda Unida, 585.283.

En esas condiciones, hablar de que si los unos han logrado el 43,3% y los otros el 41,3% y afirmar a partir de ello -como se está haciendo- que eso significa la reafirmación del primero y la consolidación del segundo, sólo puede tomarse como una broma.

El único porcentaje que no admite juegos malabares es el de la participación: tienen el 46% para repartírselo entre todos.

Se supone, eso sí, que el desinterés del 54% no responderá en todos los casos a los mismos factores. De hecho, los diferentes partidos no han perdido votos en la misma proporción.

El descenso de Izquierda Unida, que se ha quedado casi al 50% de los sufragios que alcanzó en las elecciones europeas de 1999 y en las generales del pasado marzo –resultados ambos que en sus respectivos momentos fueron catalogados como malos–, es realmente espectacular.

También se ha dado un leñazo de mucho cuidado Convergència i Unió, que ha logrado la singular proeza de obtener menos votos que el PP catalán.

Por el contrario, han salido comparativamente bien librados el PNV que se ha ratificado cómodamente como el primer partido de Euskadi, única comunidad autónoma en la que no ha vencido un partido de ámbito estatal y ERC, convertida en el principal referente del nacionalismo catalán.

Es muy estimable también lo logrado por HZ (HB, si se quiere), que ha logrado que nada menos que 113.000 personas hayan acudido a las urnas a depositar un voto nulo.

No obstante estas consideraciones particulares que las considero dignas de estima, y por eso las menciono, no me parece discutible que el amplio desinterés demostrado por la población ante las elecciones de ayer se debe a lo que la mayoría ha creído ver en juego: muy poco y muy lejano.

Ahora que se lleva tanto lo del fútbol quiero decir: que se lleva todavía más, puede buscarse ahí la comparación y decir que la gente se tomó las elecciones de ayer como si se tratara de un partido amistoso.

No voy a entrar a evaluar si esa percepción es correcta. Admito que puede resultar equivocada y que este Parlamento Europeo quizá acabe jugando un papel de cierta importancia en nuestro porvenir colectivo. Pero el hecho es que, tal como las cosas de la UE están llegando al común de los ciudadanos, no despiertan ninguna simpatía. Y eso cuando vienen de Bruselas, porque de Estrasburgo ni siquiera vienen, y si vienen nadie las ve.

¿Qué efectos va a tener el batacazo casi continental de estas elecciones sobre el porvenir de la UE? ¿Crecerá a escala general la conciencia de que el proceso de unidad se está llevando muy mal, a oscuras, casi a escondidas, dando prioridad a factores que no apuntan visiblemente al bienestar de la población, sin hacer esfuerzos reales por sentar las bases de una conciencia de identidad europea? ¿O, por el contrario, habrá un cierto sentimiento de vértigo, de miedo a que la negación del modelo actual de construcción europea nos devuelva a las viejas confrontaciones del siglo XX?

No lo sé. Sé, eso sí, que lo que ha ocurrido en estas elecciones presagia cambios.

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