Precarización y pandemia en las relaciones de clase: la burguesía alerta sobre “insurrecciones y revoluciones”

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“El cliché más usado sobre el coronavirus es que amenaza a todos de la misma manera. Eso no es verdad, ni médica ni económicamente, ni física, ni psicológicamente. El Covid-19 exacerba las condiciones preexistentes de desigualdad. Más temprano que tarde, causará tormentas sociales, incluso insurrecciones y revoluciones”. Es lo que alertan sectores de la burguesía.

En abril de 2019, Alan Schwartz, CEO del fondo de inversiones estadounidense Guggenheim, dijo en una reunión de magnates en el Milken Institute que “Si observamos a la derecha y a la izquierda del espectro político, lo que estamos viendo es la llegada de la lucha de clases”. La alarma fue general entre los 4.000 empresarios presentes, ante el “sentido común socialdemócrata” que venía en ese momento levantando la candidatura de Bernie Sanders, y especialmente ante el hecho de que el 44 % de la juventud millennial de Estados Unidos tenía una visión positiva del socialismo. “A lo largo de los siglos, cuando las masas identifican que la élite tiene demasiada riqueza, hubo solo dos alternativas: legislar para redistribuir la riqueza, o una revolución”. Después de la ineficacia de los 8 billones de dólares inyectados en los activos financieros y en las grandes empresas impactadas, el mundo empieza a acercarse al panorama trazado por Schwartz. Peor aún: la percepción sobre la desigualdad, que fue clara en 2008 con el salvataje a los responsables de la crisis, se agrava ahora cuando la vida de los trabajadores que la pagaron es sacrificada en el altar de la pandemia.

Hecho para los tiempos de paz, el reformismo de Sanders, tirando la toalla en medio del torbellino del coronavirus, se convirtió en el apoyo sin gloria a Joe Biden y al establishment imperialista estadounidense. Pero el mundo enfrenta una crisis como ninguna otra. La pandemia del coronavirus “alteró el orden económico y social con la velocidad de un rayo”, según la directora-gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva. El FMI esperaba para este año un crecimiento positivo de la renta per cápita en 160 de los 189 países miembros. “Hoy, ese número se dio vuelta: proyectamos que más de 170 países tendrán crecimiento negativo este año”, afirmó la burócrata que coordina el organismo, dando como perspectiva una crisis tan profunda que solo tiene paralelo con la Gran Depresión de 1929.

Las fracturas entre las clases van tomando contornos más claros con el desarrollo de la crisis económica en los bastidores de la emergencia sanitaria. Según economistas de JP Morgan, la parálisis industrial impuesta por el coronavirus robará 5 billones de la economía global en los próximos dos años, 8% del PBI mundial. La Organización Mundial de Comercio prevé la retracción de entre 13 % y 32 % en el intercambio global de bienes. Eso agrava las características de la excesivamente lenta recuperación pos Lehman Brothers, con bajo crecimiento de la inversión y de la productividad, y un alto endeudamiento estatal. Las anclas económicas anteriores no parecen tener fuerza para actuar como contratendencia a la caída económica. Bloomberg informa que los mayores bancos del mundo esperan que el PBI de Estados unidos caiga 7,5 % en el segundo trimestre. No es mejor el panorama de China: la economista Betty Wang estimó que la economía china caerá 9,4 % anualizado en el primer trimestre, y podría retroceder otros 2,1 en el segundo. Países como Brasil y Argentina tienen prevista una pérdida de 5-6 % del PBI en 2020.

Pero lo llamativo es el panorama del desempleo. La devastación causada por los métodos improvisados que el capitalismo utiliza se combina con la sed insaciable de que los trabajadores acepten pagar la crisis. La Organización Internacional del Trabajo anunció que casi 1.000 millones de trabajadores en el mundo perderán sus empleos o verán reducidos sus salarios. Mientras, los gobiernos entregan el equivalente al PBI japonés a las grandes empresas. En cuatro semanas, la cantidad de pedidos de seguro desempleo en Estados Unidos fue de 22 millones, algo nunca visto antes, en un país que rápidamente puede pasar de 3,5 % a 20 % de desocupados. En China, los últimos datos del National Bureau of Statistics dan 6,2 % de desempleados urbanos en los dos primeros meses de 2020. Dan Wang, analista de la Economist Intelligence Unit afirmó que la tasa de desempleo puede subir 5 % más hasta el final de año, lo que corresponde a 22 millones de desocupadosurbanos adicionales en China, y 103 millones de trabajadores pueden sufrir recortes salariales de entre 30 % y 50 %.

Súmese a este panorama lo que revela la pandemia sobre las relaciones entre los estados nacionales más poderosos, y el viejo orden parece reventar por los poros: la Unión Europea sobrevive en terapia intensiva, con Italia cuestionando el servilismo de una unidad aduanera comandada por Alemania, el debilitamiento relativo de China, con la figura de Xi Jinping dañada por la pandemia (aunque haya contenido el brote, no logra nueva tracción en la economía), y la decadencia de Estados Unidos como principal potencia y la caída del poder de atracción que es capaz e ejercer con su ejemplo, como señala Richard Hass en la revista Foreign Affairs.

Kim Moody, fundador de la página Labor notes y autor del libro On New Terrain: How Capital Is Reshaping the Battleground of Class War, resalta cómo para las masas de la clase trabajadora, la política de los gobiernos presenta la elección infame entre morir de hambre o por el Covid-19. “Por un lado, millones de trabajadores no tendrán otro remedio que trabajar más horas arriesgándose a contraer una infección, mientras otros millones se enfrentan al desempleo y la pobreza. Más que lo habitual, los trabajadores están siendo condenados a elegir entre una cosa y la otra”. Recuerda que el hecho de que tantos trabajadores sean obligados a ocupar sus puestos de trabajo durante la pandemia es una prueba contundente de que las ganancias capitalistas dependen de la fuerza humana de trabajo, más allá de las fábulas relacionadas a la sustitución del trabajo humano por la robótica o por la llamada “industria 4.0”. Tanto es así que el propio Trump exigió que fuese el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) y no el Centro de Control de Enfermedades, el que redefiniese como “esenciales” a casi todos los sectores obreros de Estados Unidos.

La desagregación social, en este ajedrez de clases, va delineando los síntomas de nuevas rebeliones. ¿Qué hacer cuando en la región sur de un país imperialista central como Italia se experimenta la falta de comida a escala considerable, los hambrientos empiezan a atacar a quienes salen con compras de los supermercados (disculpándose porque tienen hambre), y de los balcones de los departamentos se escucha “mientras mi hija no tenga un pan para comer, nada volverá a la normalidad”? La pobreza absoluta aumentó 5,8 % desde 2008 y se ubica actualmente en el 10 % en esa región italiana. La presión de los gobiernos del Estado español, de Italia, de Austria y de Alemania, entre otros, para reabrir la economía, tiende a acentuar estos mismos conflictos con los riesgos de contagio.

Meses después, Alan Schwartz ya no habla en el desierto: cada vez más sectores de la burguesía y de las altas finanzas comienzan a encender el alerta sobre insurrecciones y revoluciones en el horizonte y asociarlas a la condición cada vez peores de los trabajadores precarios.

El alerta de revoluciones en boca de la burguesía

Distintos regímenes políticos occidentales se ven enredados en una realidad con alto contenido inflamable: los sectores más precarios de los trabajadores, humillados por la opresión capitalista, con bajos salarios y jornadas extenuantes, son los mismos que están en las frontlines, en las líneas de frente del combate a la pandemia, o trabajando en medio de la propagación del coronavirus para mantener funcionando las ramas esenciales de la producción y distribución, sin las cuales la sociedad entraría en colapso.

Esa combinación tiende a elevar las aspiraciones de los segmentos despreciados de la clase trabajadora, y traer a la superficie revueltas sociales encabezadas por esas camadas precarias de un sujeto obrero que, trabajando como “héroe” en el mantenimiento de los servicios esenciales, está más expuesto al contagio y que vive amontonado con sus familias en las periferias de las grandes capitales, sin acceso a cualquier sistema de salud, viendo a sus seres queridos ser sacrificados por la pandemia, que navega en las venas abiertas de la catástrofe sanitaria creada por los capitalistas.

Estos sectores de la clase trabajadora, verdaderos “perdedores absolutos” de la globalización, estuvieron en la línea de frente del segundo ciclo de la lucha de clases que atravesó el mundo desde 2018. Después de la revuelta de los Chalecos Amarillos en Francia en 2018, la arena mundial vio emerger luchas importantes en un radio de distancia que va de Cataluña a Hong Kong. Enfrentamientos de clase en países del norte de África, como Sudán y Argelia, en países de Medio Oriente, como Líbano e Irán. También un ciclo de rebeliones populares en Puerto Rico, Honduras, Haití, con la presencia de jornadas revolucionarias en Ecuador y en Chile, además de un golpe de Estado en Bolivia.

El diario español El País retrata esta situación bajo la óptica de la sociedad francesa, que vivió el movimiento de los Gilet Jaunes (Chalecos Amarillos) hace menos de dos años: Desde la constatación de que quienes están en el frente contra el virus son, con frecuencia, personas con empleos precarios y poco considerados socialmente —los cajeros o los repartidores, muchas de ellas mujeres y de origen inmigrante—, hasta el mapa desigual de las poblaciones impactadas por la pandemia, detrás del momento de unidad nacional se dibuja lo que el politólogo Jérôme Fourquet llama ‘el archipiélago francés’. (…) Fourquet, en un artículo publicado en Le Figaro junto con Chloé Morir, de la Fundación Jean Jaurès, demuestra la correspondencia entre la sociología de los trabajadores precarios que siguen activos y no pueden permitirse el teletrabajo, y los chalecos amarillos, el movimiento de protesta de la Francia de las clases medias empobrecidas en las pequeñas ciudades y pueblos de provincias. ‘Obreros, trabajadores independientes, asalariados con pocos diplomas o ninguno estaban sobrerrepresentados tanto entre los chalecos amarillos como entre los que están hoy en el frente’”.

En Francia, la contabilidad de muertos por el coronavirus se acumula en las banlieues [periferias], en la capital parisina y en ciudades del llamado Gran Este (como Mulhouse en el que vive la aplastante mayoría de los trabajadores precarios de origen africano y asiático. En estas localidades, habían muerto hasta hace una semana 5252 de las 8598 personas fallecidas en hospitales. En el departamento de Seine-Saint-Denis -otra banlieue de París, zona de alta densidad poblacional, bajos salarios, servicios públicos deteriorados y alta concentración inmigrante- el aumento de muertes en relación al año pasado es de 61,6 %, el segundo más alto del país después de la región de Alto-Reno, donde queda Mulhouse (el aumento allí fue de 128% según datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Estudios Económicos).

En Inglaterra, una encuesta realizada por Resolution Foundation muestra que el 40 % de los cuidadores de niños hasta 25 años reciben menos que un salario mínimo, y el 60 % de los que auxilian personas mayores en sus propias casas son trabajadores con contrato de “cero horas”, que no garantiza una remuneración regular. Trabajadores de sectores alimenticio y minero tienen que aceptar contratos temporales, mientras choferes por aplicativos como Uber no tienen licencia por enfermedad o cualquier derecho laboral regulado.

La existencia de esta masa de descontentos está preocupando las cabezas lúcidas (y temerarias) de la clase dominante. Andreas Kluth, columnista de Bloomberg, afirma con rara razón que la crisis sanitaria exacerba todas las contradicciones sociales anteriores, y más temprano que tarde dará origen “a turbulencias sociales, revueltas e incluso revoluciones”. “El cliché más usado sobre el coronavirus es que amenaza a todos de la misma manera. Eso no es verdad, ni médica ni económicamente, ni física ni psicológicamente. El Covid-19 exacerba las condiciones preexistentes de desigualdad. Más temprano que tarde, causará tormentas sociales, incluso insurrecciones y revoluciones. Agitaciones sociales ya venían impregnando el mundo mucho antes de la aparición de la pandemia. Según ciertas fuentes, hubo 100 grandes manifestaciones antigubernamentales desde 2017, protestas que van desde el fenómeno de los chalecos amarillos en un país rico como Francia, hasta manifestaciones contra gobiernos autoritarios en Sudán y en Bolivia. Alrededor del 29 % de esos levantamientos derribó a sus respectivos gobiernos, mientras muchos otros fueron brutalmente reprimidos, sin dejar de hervir”.

Sobre la situación de los trabajadores precarios, el analista escribe que “En realidad, cuanto menor es el salario, menor es la posibilidad de trabajar en régimen de homeoffice [trabajo en casa]. Sin reservas suficientes en ahorro y sin acceso a planes de salud, estos trabajadores precarios necesitan mantener sus trabajos, si tienen la suerte de tener uno todavía, solo para llegar a fin de mes. En la medida que se sigan trabajando, corren el riesgo de ser infectados y traer el virus a sus familias, que como la población pobre en todos los lugares, son más propensos a caer enfermos y menos capaces de navegar los laberintos de los sistemas de salud privados. El coronavirus se esparce rápidamente en los barrios llenos de escombros, estresantes y oscuros en los que vive ese segmento precario: así demuestra la cantidad desproporcionadamente alta de negros muertos por el Covid-19 en Estados Unidos”.

En Estados Unidos, las comunidades negras y latinas están siendo devastadas por el Covid-19. En Chicago, donde los negros componen un tercio de la población, representan el 73 % de las muertes por la pandemia. En Milwaukee, en el norte del país, los negros son el 26 % de la población y representan el 81 % de los muertos. En el estado de Michigan, donde los negros son solo el 14 %, contabilizan el 40 % de los muertos. La proporción no es distinta en Nueva York, epicentro de la pandemia en Estados Unidos. La comunidad latina también fue duramente golpeada. Estos sectores componen los segmentos más oprimidos y precarios de la clase obrera estadounidense, y aquella más afectada por los más de 16 millones de desocupados en las últimas semanas de marzo.

Philip Stephens, del Financial Times, es otro escriba de las finanzas que advierte a la clase dominante que sus respuestas a la crisis económica y a la pandemia pueden llevar a los sectores más precarios de los trabajadores a protagonizar revoluciones sociales. Recordando cómo los estados capitalistas inyectaron montañas de dinero en bancos y empresas en la crisis de 2008, descargando los costos sobre millones de familias, advierte contra la repetición del remedio, que dio origen a convulsiones en los regímenes políticos que beneficiaron el ascenso de Donald Trump, del Brexit en el Reino Unido, entre otras manifestaciones de las crisis orgánicas (o crisis de autoridad estatal, en los términos de Gramsci), inherentes a las aberraciones del capitalismo en crisis.

Un regreso a la austeridad sería locura – una invitación a protestas generalizadas, e incluso a una revolución […] Trabajadores precarios de bajos salarios absorbieron el golpe de las crisis de 2008. Ellos no van a admitir que se haga lo mismo esta vez. El coronavirus nos enseñó que nuestras economías no pueden funcionar sin todos aquellos trabajadores que reciben salarios bajísimos y que están cuidando a adultos mayores, moviendo las cajas de supermercado o entregando las encomiendas de Amazon”. Esto tiene su costo en vidas: 41 trabajadores de los supermercados murieron en Estados Unidos y más de 1500 están en aislamiento con sospecha de infección, según el sindicato del sector. En una reciente editorial, el mismo Financial Times pedía “reformas radicales” que maquillen los enormes sacrificios de los trabajadores, problematizando la herencia neoliberal de un “mercado laboral irregular y precario” que deja a decenas de millones sin acceso a derechos laborales mínimos. Reacciones de esa naturaleza no son muestras de beatificación del liberalismo, sino de su miedo profundo ante la inminencia de choques entre las clases sociales.

Los trabajadores migrantes son uno de los sectores más golpeados por los horrores de la pobreza y de las muertes por la pandemia. Son tratados como “esclavos de las pirámides” no solo por las petromonarquías del Golfo, sino también por los países imperialistas centrales. Dependieron durante mucho tiempo de ejércitos de trabajadores precarios de Asia, África y América Latina para hacer el “trabajo duro” en sus economías, por el solo derecho a permanecer en esos países más ricos como ciudadanos super explotados de segunda categoría. En esos lugares, los empleos en la construcción civil, saneamiento, transporte, hospitalidad e incluso asistencia médica son dominadas por millones de trabajadores inmigrantes oriundos de Paquistán, India, Bangladesh, Nepal, Filipinas.

Como relata Ben Hubbard, Arabia Saudita declaró que más de la mitad de los casos registrados de Covid-19 se dan entre trabajadores inmigrantes, y el paquete de 2,4 mil millones de dólares para cubrir parcialmente los salarios de los licenciados valdrá solo para los sauditas. Qatar, que será la sede del Mundial de 2022 e importó gran cantidad de mano de obra barata de Asia, registró cientos de casos de infección en la zona industrial dedicada a la construcción de estadios. “Sus sociedades se desmoronarían literalmente si estos trabajadores no estuviesen allí, pero hay muy poca empatía por su situación”, dijo Vani Saraswathi, editor asociado del sitio Migrant-Rigts.org. Encerrados en sus estrechos dormitorios y sin higiene, no existe la mínima posibilidad de distanciamiento social. De Francia a Grecia, de Arabia Saudita a Kuwait, las gigantescas comunidades migrantes, especialmente las mujeres, se transforman en un blanco fácil del mal sanitario.

Este paso de la crisis sanitaria a la crisis social está inscripto en la falta de preparación de los capitalistas, que enfrentan la pandemia con medidas improvisadas. No hay testeos masivos para que el aislamiento sea selectivo y racionalmente organizado. Mucho menos hay camas de terapia intensiva, respiradores o ventiladores mecánicos suficientes, cuando incluso las potencias globales se desesperan en la disputa por insumos tan básicos como máscaras de protección.

Pero este marco solo amplifica las consecuencias estructurales de la precarización del trabajo en los últimos treinta años: los perdedores absolutos de la globalización, la inmensa camada de trabajadores con contratos precarios, intermitentes o de “cero horas” ya están pagando la altísima cuenta de la pandemia. Una situación de este tipo abre el camino a explosiones sociales para detener el ritmo de destrucción de sus vidas.

Saltos en la precarización en medio de la pandemia

La burguesía, sin embargo, hace oídos sordos a las advertencias, y aprovecha la crisis para ensayar nuevos experimentos de precariedad. Ruth Bender y Matthew Dalton, del diario The Wall Street Journal, se refieren a la nueva modalidad de superexplotación capitalista: el intercambio de trabajadores entre empresas. La reubicación de trabajadores es temporal y sin derechos garantizados. Trabajadores de hoteles, restaurantes y compañías aéreas son “prestados” a las redes de supermercados, tiendas minoristas y hospitales, tirados a la línea de frente con sus mismos bajos salarios y sin equipo sanitario adecuado.

El gobierno alemán se acostumbró a inaugurar nuevas formas de degradación de condiciones de trabajo en las últimas décadas, como el Plan Hart, que posibilitó en la década de 2000 la tercerización y el contrato intermitente, y el sistema Kurzarbeit, según el cual el gobierno permite la suspensión del contrato de trabajo por las empresas, encargándose del pago de salario reducido del empleado. No fue diferente ahora. La canciller Angela Merkel y el ministro de finanzas, Olaf Scholz, firmaron una medida que transforma el Kurzarbeit en un medio para convertir fotógrafos, fisioterapeutas, docentes de música y meseros en trabajadores rurales, ocupados en la cosecha de alimentos, tarea previamente realizada por inmigrantes precarios provenientes de Rumanía y Polonia. Esa “innovación laboral” está siendo importada por Francia, cuyo ministro de Agricultura, Didier Guillaume, afirmó que el país necesitará más de 200.000 nuevos trabajadores rurales hasta mayo, lo que se haría con el sistema adoptado por los capitalistas alemanes.

El The Wall Street Journal señala en la misma Alemania uno de los ejemplos del esquema de intercambio de empleados. La multinacional McDonald’s, que viene recortando los ya miserables salarios de sus empleados en países como Argentina, y la red de supermercados Aldi Nord-Süd, llegaron a un convenio de entrega de empleados en el que aquél permite que éste emplee a sus trabajadores mediante contratos temporarios. Para lograr la reducción salarial se ponen en el blanco del contagio miles de vidas. Las agencias de tercerización y de contratos temporales se enriquecen con la medida: en Francia, la agencia de contratación temporaria Mistertemp está transfiriendo trabajadores metalúrgicos y de la construcción civil, rotativos en sus empresas, para trabajar como cajeros de supermercado, en galpones de logística o en los servicios de entrega.

En Estados Unidos, el desempleo galopante es utilizado como chantaje por las empresas para acelerar la nueva reestructuración precaria del trabajo. Una cantidad equivalente al 10 % de la población económicamente activa de Estados Unidos (16,6 millones como mencionamos más arriba) pidió el seguro desempleo. Monopolios como Amazon y Walmart son los que lucran con la facilidad de precarizar, recibiendo a miles de trabajadores de otras ramas -como los de Disney World, que despidió a 43.000 empleados -para operar en sus tiendas. La ganancia de Walmart aumentó un 2,6 % en medio de la pandemia, una fortuna líquida de 165.000 millones de dólares.
El desprecio de la patronal por la vida de los sectores más oprimidos se verifica en las propuestas para que los trabajadores sigan corriendo riesgos. Las redes de supermercados Whole Foods, Trader Joe’s y Kroger, en Estados Unidos, también se sirven de trabajadores con salarios reducidos y redireccionados de otros segmentos, y ante las protestas de sus nuevos empleados temporarios por mejores condiciones sanitarias, ofreció 2 dólares por hora como pago extra, lo que fue considerado un insulto por los trabajadores.

La burguesía busca instituir nuevas formas de precarización del trabajo para incrementar sus ganancias, aprovechándose del hecho de que estas desregulaciones no siempre son vistas como tales por los propios trabajadores. Algunas veces son maquilladas como medidas de “contención del desempleo”, destinadas, sin embargo, a ingresar al arsenal de legislaciones de destrucción de derechos laborales en cientos de países. El surgimiento de la “uberización” del trabajo, camadas de trabajadores sin jornada y salarios fijos, “listos para actuar” a cualquier hora del día sin cualquier derecho laboral, representa una reestructuración del mundo del trabajo que empalidece la división de las filas obreras lograda por los capitalistas durante las décadas neoliberales. El intercambio precario de trabajadores incrementa las penas de los contratos temporarios. Se trata de una contrarrevolución laboral que tendrá que verse con grandes procesos de lucha de clases para poder imponerse, y la pandemia del coronavirus tiende a traer esas contradicciones a la superficie, en medio de la depresión económica histórica que se avecina.

El fantasma de la libertad

Trabajadores de sectores mejor organizados y que mantienen ciertos derechos abrieron una nueva etapa dentro del segundo ciclo de lucha de clases internacional, en la preservación de sus vidas y de las vidas de sus compañeros y de sus familias. La huelga general (parcial) de fábricas italianas el 25 de marzo, por el cierre con licencia remunerada de los trabajadores; importantes manifestaciones de trabajadores en el Estado español, que lograron cerrar la planta de Mercedes-Benz en la región de Victoria; y en Estados Unidos, cerrando fábricas de Ford y GM. Trabajadores de Airbus en Francia llegaron a exigir a la patronal el cese de la producción de bienes inútiles para el combate a la pandemia, y su reconversión para la producción de ventiladores para unidades de terapia intensiva, algo parecido a la exigencia de los trabajadores de General Electric en el estado de Massachusetts, en Estados Unidos.

Los trabajadores de la salud, arriesgando sus vidas en la línea de frente todos los días, también se indignan contra los gobiernos y los CEO de los hospitales privados. Tre Kwon, enfermera del Hospital Mount Sinai en Nueva York y miembro de Left Voice, explicó en varias entrevistas televisivas la situación de los trabajadores de la salud, degradadas por las políticas de Trump, pero también de gobernantes del Partido Demócrata como Andrew Cuomo.

La gran novedad en ese aspecto es el ingreso de los sectores más precarios de la clase trabajadora dentro de lo que Moody llama “las dos siglas de la lucha de clases” en la era de la pandemia, la licencias remuneradas y los equipos de protección. Inicialmente defensivas, esas consignas sumamente importantes impulsan elementos de revuelta antipatronal en esas capas oprimidas esenciales para el funcionamiento de la sociedad. Trabajadores de las cadenas de comidas rápidas como McDonald’s en las regiones estadounidenses de Tampa, St. Louis, Los Angeles, Memphis, abandonan sus puestos de trabajo exigiendo mejores condiciones y salarios, algo replicado en Argentina, donde los trabajadores de Mc’Donalds y Burger King protestan contra la reducción del 50 % de sus salarios y comienzan a avanzar elementos de organización. Trabajadores de Amazon en Staten Island y Chicago abandoraron tareas en defensa de licencias remuneradas. Los trabajadores de la empresa más importante de servicios de entrega rápida en Estados Unidos, Instacart, paralizaron sus actividades en todo el país para obtener equipo de seguridad. Los “esenciales” muestran músculos contra la patronal.

¿Qué pasaría si los trabajadores precarios se vieran como miembros de la misma clase social con los trabajadores con mejores derechos y salarios? ¿Qué pasaría si los trabajadores sindicalizados tomaran como propios los intereses de sus hermanos de clase en condiciones de tercerización, subcontratación, contratos intermitentes? Las posiciones estratégicas (como el transporte, las grandes industrias, los servicios) en la producción y distribución de los bienes en la sociedad capitalista revelan el peso social de las camadas más precarias de la clase trabajadora, que se muestra como esencial en la pandemia. Como dijimos, la elevación de sus aspiraciones en choque con las intenciones de mayor liberalización de las condiciones laborales por parte de la burguesía será uno de los principales focos de lucha de las clases en esta etapa. Si es verdad que la clase trabajadora se hizo mucho más heterogénea y pasó por un agudo proceso de fragmentación durante el auge neoliberal -con características bastante distintas a las que presentaba en el siglo XX-, también es verdad que sigue manteniendo todas las “posiciones estratégicas” que hacen funcionar la sociedad. Con ellas, de estar organizada, puede operar verdaderas hazañas políticas, pudiendo convertirse en el potencial sujeto hegemónico de emancipación.

La relación de la clase obrera más precaria (negra, femenina, inmigrante) con los trabajadores con mejores condiciones salariales y de organización, es una tarea estratégica. Discutiendo esta necesidad con los miembros del Socialist Workers Party (SWP) en abril de 1939, el revolucionario León Trotsky rescata la importancia vital de que esta combinación ayude a los marxistas a fusionarse con los sectores más oprimidos a fusionarse y poner en pie un partido revolucionario en Estados Unidos.

“Lo que caracterizaba a los partidos de trabajadores en Estados Unidos, las organizaciones sindicales y así en adelante, era su carácter aristocrático. Esa es la base del oportunismo. Los trabajadores calificados que se sienten incluidos en la sociedad capitalista ayudan a la clase burguesa a mantener a los negros y a los trabajadores no calificados en una escala muy baja. […] Tenemos que decir a los elementos negros conscientes que están convocados, por el desarrollo histórico, a transformarse en la vanguardia de la clase trabajadora. ¿Qué es lo que frena a las capas más altas? Los privilegios, el confort que les impide transformarse en revolucionarios. Eso no existe para los negros. ¿Qué puede transformar a una cierta capa, haciéndola más capaz de coraje y sacrificio? Eso está concentrado en los negros. Si nosotros en el SWP, no somos capaces de encontrar el camino hacia a esa camada, entonces no tendremos ningún valor. La revolución permanente y todo el resto será solo una mentira”.

Nuestra apuesta política no puede estar con el neo reformismo de Sanders en Estados Unidos, de Mélenchon en Francia, o en sus versiones aggiornadas en Latinoamérica, como el PT de Brasil, ninguno de los cuales son aptos para enfrentar a los capitalistas. En un mundo que será golpeado por una crisis económica de proporciones históricas, esta sólida alianza entre sectores heterogéneos del movimiento obrero alrededor de una estrategia socialista, antiimperialista y revolucionaria es fundamental. Solo se construirá mediante procesos de lucha de clases. Es la clave organizativa para que las propias medidas de emergencia contra la pandemia sean tomadas, atacando los intereses de los capitalistas, garantizando empleos y salarios integrales, la reconversión de la producción para manufactura de insumos médicos y hospitalarios esenciales, expropiando a los capitalista y nacionalizando bajo el control de los trabajadores todos los grandes recursos industriales y de servicios necesarios para hacer frente a la catástrofe que nos amenaza.

Traducción: Isabel Infanta

Fuente: La Izquierda Diario

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