Precariedad, autoexposición y ansiedad: cuando las redes también te explotan

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¿Te ha pasado alguna vez que sientes que no terminas de trabajar hasta que no promocionas tu trabajo? Aquí, algunas experiencias.

Disculpas por el arreón de gremialismo, pero puede que te haya pasado si intentas vivir de escribir. Digo despertarte y tomar conciencia enseguida de que en ese momento tu pieza ya está publicada. Mirar cómo ha quedado, con qué imagen la han ilustrado si tú no has podido o sabido indicar ninguna. Calentar el café mientras piensas cómo, con qué copy lo vas a mover en Twitter porque si no es casi como si nada. Es decir, seguir currando. Técnicamente gratis esta vez. O puede que no, que simplemente te guste, te apasione y no te sientas identificado o identificada con este artículo. Pero hoy vamos a hablar de la obligación de estar.

De optativa, esa presencia en redes suele tener poco. Olivia Sudjic, en su ensayo Expuesta (Alpha Decay, 2019) escribe que “cuanto menos dinero hay en la edición, más extraño es el concepto de intimidad, mayores son las presiones para la autoexposición”. “La difusión de mi trabajo es casi exclusivamente cuestión de publicación en Twitter y depende de los medios para los que trabajo, las personas que me leen y yo misma. Si quiero difusión, tengo que entrar en redes. Actualmente mi vida personal es bastante incompatible con atender debidamente esto y aun así tengo que seguir cuidándolo como si no pasara nada”, afirma la escritora y articulista Alana Portero. Para la periodista freelance Celia Castellano, también existe esa especie de posteo obligatorio, aunque matiza que ha interiorizado que promocionar un artículo forma parte de ese trabajo mismo que es hacer el artículo, aunque gratis, porque nadie te paga por promocionarlo. Lo haces para recabar una especie de capital simbólico, de reconocimiento, que te pueda llevar a otros trabajos, aunque sabes que no hay correlación entre la presencia en redes y conseguir más proyectos.

Sí que hay cosas que te apetece compartirlas: un artículo que has propuesto, o que te ha supuesto esfuerzo, o del que estás especialmente orgullosa. Pero hay otras veces que por el momento no te apetece tanto, aunque no haya una obligación explícita de que tengas que moverlo y darle difusión. Hay determinados días que no te apetece estar en redes, por ejemplo los fines de semana, y sí te sientes obligada a conectarte, pensar en un horario en que haya tráfico y un comentario que genere cierto interés”, explica la escritora y editora Layla Martínez, que además resalta lo difícil que es “encajar viajes de promoción con el trabajo y la precariedad cuando esa no es tu única dedicación”. Y puntualiza: “Ya no es solo lo que te sientes obligada a compartir, sino también lo que te cortas de compartir, no por una cuestión solo de autocensura, sino porque luego tienes que subir un artículo y no puedes ponerte a generar contenido o debatir sobre otro asunto cuando tienes que estar pendiente de mover otra cosa. Al final tu trabajo no es solo escribir, sino también todo el trabajo publicitario no pagado”.

Alicia Álvarez, periodista musical, habla del “síndrome de estar presentes todo el rato para que la gente no te olvide” y de tener que “demostrar que hacemos muchas cosas”. “Ahora mismo, si compartir algo me genera ansiedad en un momento determinado no lo hago, ya lo compartiré cuando no suponga esa especie de automaltrato al que nos hemos acostumbrado”, afirma la presentadora y responsable de guion de los programas El Bloque y Mixtape, del canal digital Playz de RTVE. Se recupera de una crisis que la ha mantenido cuatro meses en un paréntesis laboral. “El día que tuve el cuadro de ansiedad que me obligó a parar no entendía qué me pasaba. Los días posteriores fui observando cosas que experimentaba y que me iban dando pistas: notificación de Whatsapp, ansiedad; notificación de email, ansiedad; abrir Twitter o Instagram, ansiedad; hablar de trabajo, náuseas; pensar en trabajo, náuseas; quedar con amigxs que hablaran de música o trabajo relacionado con la música, náuseas, y así. Lo que más me motivaba se había convertido en una auténtica tortura”.

Vacío y escapada

No tuvo tanto revuelo como el de «Fuck Vox» –issue difícil de evitar, el de la actualidad, cuando hasta Estopa ha levantado el puño tras el acuerdo de gobierno progresista–, pero tuiteaba Rosalía en plena rentrée otoñal un “truco” para no perder la dignidad si la persona que te gusta te deja en leído: ir combinando aplicaciones para seguir interactuando con esa persona burlando el abismo de su indiferencia. El drama es que quedar en doble check no es solo un asunto del cora, sino que no está lejos de tener algo de privilegio socioeconómico. Vamos, que a tu jefe (o jefa) no se lo vas a hacer casi ni en domingo. Sudjic, de nuevo en Expuesta, dice que “el Visto ha sustituido el zumbido grave de un tono de línea fija cuando alguien al que amas cuelga. Esperas los puntos temblorosos que anticipan una respuesta”. Deseamos, también, que el vacío ante el posteo de nuestra pieza o convocatoria de evento dure el menor tiempo posible, que la manta en tiempos de frío cubra un mínimo. “Si cuelgas un artículo, o algo que hemos publicado en Antipersona, y tiene tres likes, sí que te puede generar algo de ansiedad. Si ves que no tiene un mínimo, te planteas por qué habrá sido, si lo has redactado mal, de una forma que no se entiende, o en un horario malo”, apunta Martínez.

Ha tomado medidas de control como quitar Twitter del móvil, no buscarse o silenciar notificaciones de cuentas no seguidas y también cree que el desasosiego opera en sentido inverso: “Cuando un tuit se viraliza, ya sabes que te vas a encontrar insultos, desprecios o burradas. Muchas veces pienso en borrarlos en cuanto pasan de un cierto alcance”. A Castellano son los comentarios lo que más ansiedad le genera. “Durante la primera semana de protestas en Catalunya contra la sentencia del Procés, compartí diversas observaciones, basadas en la experiencia de haber estado en los disturbios, que desencadenaron reacciones agresivas y me acabé agobiando tanto que borré algunos tuits. Y la tesis que sostenía era que las protestas engloban un descontento generacional más amplio y complejo que puramente la reacción a la sentencia, con ejes de precariedad, deterioro de derechos civiles y hartazgo de la policía, una tesis que se ha abordado posteriormente en diversos artículos”, afirma. La periodista fue invitada a Catalunya Ràdio a hablar precisamente de las protestas, y asistió, pero no quiso compartir el enlace de la tertulia por pánico a las reacciones. Portero destaca la suerte de “trabajar para medios que me hacen sentir muy segura en lo tocante a nuestra relación profesional”. La colaboradora de El Salto o Agente Provocador reconoce “libertad total, con disparidad de éxito de los textos» y no han dejado de contar con ella, tanto como una relajación cuando supera “una determinada cifra de lecturas y mis contratadores están moderadamente contentos”. “Aun así, la precariedad aprieta y la ansiedad por perder trabajos es enorme. 50 o 100 euros son la diferencia entre pasar el mes raspando o dejar de dormir por las noches eligiendo qué factura tienes que echar para atrás”, señala.

He estado tres meses de baja laboral sin redes sociales y me ha venido bastante bien. He pensado mucho en la necesidad o no de estar presente en redes y no creo que sea tan primordial, o al menos creo que debemos anteponer nuestra salud mental y buscar otros recorridos para inspirarnos o estar conectados que no pasen por un scrolling infinito”, afirma Álvarez. “Es cierto que lo hemos convertido –reconoce– en parte de nuestro trabajo, tenemos que autopromocionarnos o proyectarnos porque el periodismo es precario y, si tenemos una base de followers, tenemos algo que ofrecer a la empresa que nos vaya a contratar, o a quien sea que vaya a apostar o invertir en nosotros. Entonces inviertes tanto tiempo en “estar presente” en redes, en estar presente para los demás, que llega un momento que no sabes lo que estabas haciendo antes de abrir Twitter. Te pierdes a ti misma”.

Castellano, de no necesitar las redes para publicitar reportajes, asegura que no las dejaría porque «son plataformas muy rápidas de información y un campo curioso de experimentación de nuevas narrativas», pero sin duda reduciría su presencia. Martínez se muestra en la misma línea: “Sí que estaría menos presente en redes si no fuese una herramienta de curro. Me pasó con Facebook. Llegó un punto en el que me resultaba muy violento y aun así lo mantuve un tiempo porque era un sitio en el que tenía contactos de trabajo y podía mover bien los artículos. Si no lo cerré mucho antes fue por una cuestión laboral pura y dura. Y no solo es el tiempo, sino la forma en la que estoy en redes sociales, que sería muy diferente. Eso es lo que más alienante me resulta, tener que estar todo el rato controlando la imagen pública. No poder hacer una broma sin más, por ejemplo, porque lo considero un ámbito laboral. Al final tu cuenta personal es profesional, un ámbito más como podría ser una oficina. De todas formas creo que me he cerrado puertas a saco, pagas cada tuit y cada artículo. El día de mañana preparan tal charla y no te van a llamar a ti, te llama la gente que es afín a ti, eso lo tengo súper claro”. Portero reconoce que ha disfrutado las redes “una barbaridad, esencialmente Twitter, pero la experiencia se ha estropeado demasiado». «Conozco y he conocido a través de ellas a personas fundamentales en mi vida y desde luego mi trabajo emana 100% de contactos en redes –prosigue–. No voy a dejarlas, sigo teniendo días muy agradables, pero la vivencia general es casi insoportable, al menos para mí. Con cierta seguridad material, como mínimo, entraría menos. Cuando tu realidad laboral depende tanto de esa visibilidad y presencia, la red se ha convertido en tu jefe, y nadie quiere ver al jefe todos los días”.

Cuestión de clase: la intimidad como privilegio

Como en el uróboros cola y cabeza de la serpiente son una misma cosa, así parecen entrelazarse precariedad y autoexposición en redes si de vivir de escribir sin padrino ni una gran empresa detrás se trata. “Hay un factor de clase y es bastante perverso. Yo ahora mismo publico muy poco porque ni puedo ni quiero hacer un reportaje por 60, 80 o 100 euros brutos, que es lo que se está pagando. Necesitas publicar mucho para reunir un sueldo mínimo con esas tarifas, muchas horas de trabajo y textos rápidos, que no permiten profundizar ni abarcar la complejidad, para poder competir siendo freelance. Y si haces textos más elaborados, que te han costado dos semanas de trabajo, estás regalando el trabajo, con lo cual para ti es insostenible y contribuyes a precarizar a todo el sector. Esa decisión ha reducido mucho mi presencia periodística, lo que implica que tengo que darle mucha difusión a cada texto o trabajo que haga para no desaparecer del mapa. Personalmente, el autobombo diario a mí me parece una forma excesiva de llamar la atención y promocionarse, pero hay que entender que bajo esas acciones subyace toda una serie de necesidades: en algunos casos pueden ser puramente emocionales, necesidad de reafirmación y de alimentar tu ego, pero en otros son claramente materiales. O ambas, porque la precariedad acaba generando inseguridad, te acabas cuestionando si el hecho de que no te paguen lo que toca, o no consigas más colaboraciones dignas, es porque tu trabajo no es válido y necesitas que alguien te diga que no es así. Cuando te pagan poco, solo te queda el nombre. Y eso te lleva a autoexponerte”, afirma Castellano. “Por un lado, ¿quienes marcan lo que hacemos las clases bajas, también en las redes sociales?”, se pregunta Álvarez. “Quienes no tienen ningún tipo de problema de dinero. Las Kardashians subiendo fotos desde que amanece, estupendo, a eso vamos: aunque llegue tarde a la reunión, el selfie antes de salir de casa me lo hago. Por otro, lo más fácil cuando estás en situación precaria es estar presente en redes. Parece que nos hemos creído que si queremos destacar hay que ofrecer que gustamos a un buen número de personas, tenemos cientos de likes en cualquier publicación y que nuestros artículos y creaciones son vistas por miles de personas. Tenemos como esa fantasía de que los likes representan un capital económico”. “¿Qué necesidad tiene tal o cual influencer burgués o aristócrata de exponerse en redes aunque estén usándolas a todas horas?”, cuestiona Portero. “Tienen un decorado fastuoso con el que entretener y seguir generando ganancias. Desde la precariedad no hay decorado o atrezzo con el que generar contenido, te tienes a ti, tienes tus ideas, tienes tu pluma y, si además eres activista, y cómo no serlo con el invierno por delante y la seguridad de que no puedes calentarte, la exposición está asegurada. Cuando escribo, procuro ser lo más sincera posible con mis lectores, hago política con mi hambre, con mi pobreza, con mi condición de mujer, como cuerpo trans, como historiadora, como vecina de San Blas. Es desde donde escribo y así debe saberse”. “Creo que la sobreexposición en redes tiene mucho que ver con la precariedad y con la clase social”, coincide Martínez. “El empeoramiento de las condiciones te obliga a una exposición mucho mayor en redes. La peña que está marcando las reglas de este juego no tiene por qué tener exposición en redes, no la necesita. Ellos no dependen de que el empresario les vaya contratando para ver si ese mes llegan a pagar el alquiler. Al final casi que la intimidad se ha convertido en un privilegio de clase”.

Redes sociales: una oficina machista

La ansiedad es el trastorno mental más común en los países de la UE, donde se estima que lo sufren 25 millones de personas (el 5,4% de la población), según estudios del Instituto de Métricas y Evaluación de la Salud de la Universidad de Washington. La última Encuesta Nacional de Salud española arroja otro dato: el número de mujeres que presenta ansiedad crónica –9,1%– dobla el de los hombres –4,3%–. Álvarez está segura de que en redes sociales existe mayor nivel de escrutinio y hostilidad hacia las mujeres. “En redes queda patente de forma pública lo que ya nos pasa en espacios privados u otros espacios públicos no digitales: hay cosas que nosotras no debemos hacer, que no se nos permite que hagamos, que molestan e irritan. No debemos destacar, ni escandalizar, ni pensar demasiado. Hace algunos meses compartí mensajes de acoso e insultos que me llegaban por DM y alguien, juraría que fue Ingrata Bergman, me dijo que no me odiaban a mí sino lo que yo representaba, es decir, a mujeres que trabajan en entornos masculinos. Como se nos cuestiona continuamente y nos resulta mucho más difícil acceder a puestos de poder, nos vemos obligadas a demostrar que estamos aquí por algo, que merecemos el puesto que tenemos, que nuestro cargo es justo porque trabajamos muchísimo, que apenas dormimos pero que estamos genial y contentas con la vida que tenemos. Como si la autoexplotación nos convirtiera en seres felices”.

Castellano también defiende que “las redes sociales son espacios de relación donde se reproducen esquemas y violencias que ya existen en otros ámbitos de la vida, como demuestra el ciberacoso y stalkeo hacia las mujeres por Twitter e Instagram. “El estudio Toxic Twitter de Amnistía Internacional de 2018 arrojaba que un 23% delas usuarias de 8 países europeos denunciaban haber sufrido acoso y también hay un informe muy interesante de Donestech de 2017 donde se exploran los diversos tipos de ciberviolencias de género que hay”, señala. “Los mayores juicios y críticas destructivas y sin argumentar, e incluso insultos, hacia mis trabajos y/u opiniones los he recibido por parte de usuarios masculinos. Además, en mis redes, suelen ser los que más tienden a enzarzarse en discusiones subidas de tono. También me he encontrado con situaciones en las que se apuntan elementos que ya sé o que incluso ya estoy explicando en esa misma publicación que están comentando”, sostiene la periodista, que también recuerda que “el síndrome de la impostora, que claramente está atravesado por un eje de género, puede hacer que nos posicionemos menos o le demos menos bombo a nuestros trabajos que otros compañeros”.

Para Portero, también existe una hipervigilancia digital mayor contra las mujeres. “Desde la luz de gas hasta las amenazas, pasando casi todos los días por algún tipo de insulto. La exposición pública que deriva de nuestros trabajos empeora las cosas. La crítica es a menudo deshonesta o simplemente un vehículo para la vejación y el señalamiento. Cuando un desconocido la toma conmigo lo hace siempre desde mi condición de mujer, a través de insultos misóginos y, cuando se dan cuenta de que soy trans, a esa misoginia se le añade el componente tránsfobo. Las mujeres que nos exponemos en redes somos, queramos o no, un sujeto político en riesgo”, afirma la autora. “Sí, yo creo que esa brecha existe –coincide Martínez, licenciada en Ciencias Políticas además de codirectora de la editorial Antipersona–. Cuando por ejemplo discutes sobre política o sobre un artículo más polémico, te exigen muchísimo más. Y las actitudes paternalistas, creo que con mi foto de perfil se imaginan que tengo menos años de los que en realidad tengo y enseguida me infantilizan o me dicen que lea o que vaya a estudiar o dan por hecho que no tengo formación. No creo que a un hombre de 32 años se le suela hacer eso”.

Fuente: La Marea

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