Porque reivindicar el laicismo en el debate del aborto

Por Ana María Pizarro

Nos incomoda y la hemos denunciado públicamente como una práctica inadecuada -por decirlo de una manera elegante-, que los jerarcas religiosos intervengan en las políticas públicas, que presionen a legisladores y legisladoras, que amenacen con excomunión a las mujeres y a quienes las atienden. No aceptamos que pretendan o hayan logrado imponer la educación confesional […]

Nos incomoda y la hemos denunciado públicamente como una práctica inadecuada -por decirlo de una manera elegante-, que los jerarcas religiosos intervengan en las políticas públicas, que presionen a legisladores y legisladoras, que amenacen con excomunión a las mujeres y a quienes las atienden.

No aceptamos que pretendan o hayan logrado imponer la educación confesional en la enseñanza pública y demandamos respeto por el carácter laico del Estado, denunciamos las mentiras y manipulaciones que frecuentemente publican pretendiendo confundir a su feligresía, etc

Estos son algunos de los asuntos que ubicamos como condición necesaria e importante para sustentar el debate del aborto de una manera positiva, que permita mejorar el ambiente en que se analizan y se desenvuelven los derechos de las mujeres.

Sin embargo, cuando no hay suficiente claridad en lo que pretendemos lograr, cuando prevalecen –aun de manera inconsciente- prejuicios y concepciones que no logran romper con el discurso judeo-cristiano, observamos que en las propias reflexiones del movimiento se convoca como interlocutores imprescindibles a curas, pastores o teólogos en este debate.

Teólogas desde el feminismo han aportado elementos importantes para el debate, pero no tengo ninguna duda que necesitamos escapar de las trampas de las religiones, especialmente en Centroamérica y México donde estos fenómenos han encontrado un terreno fértil, aun dentro del propio movimiento feminista.

Habiendo participado frecuentemente de estas deliberaciones, considero que lo que se ha logrado hasta el momento no es fortalecer el derecho a decidir, y persistir en este camino argumentando desde las creencias, ha resultado en mayores complejidades que no aportan a fortalecer la libertad, la autonomía y los derechos ciudadanos en un tema de por sí complejo, como es el aborto.

Mantener el debate en el terreno religioso, medir en encuestas nacionales y regionales cuan católicas o protestantes son las poblaciones latinoamericanas y cómo se relaciona esa variable con su “aceptación” de las llamadas causales del aborto -violación, incesto, malformaciones fetales, peligro para la vida o daños a la salud-, no arroja diferencias cuantitativas ni cualitativas relevantes.

La religión no es un elemento que disuada o promueva la decisión del aborto, aunque suele “habilitar” a la sociedad patriarcal para aprobar o condenar a las mujeres.

En el enfoque religioso progresista, en el mejor de los casos a las mujeres católicas se les reitera que si bien el aborto es un pecado, Dios, -en su infinita misericordia-, las perdona. Otras veces, también en la búsqueda del perdón y del alivio, se les informa que en una búsqueda afanosa se ha logrado encontrar que en alguna parte de algún versículo se puede interpretar que ellas pueden abortar sin mayores consecuencias en la esfera de las culpas.

Si partimos del hecho incontrastable que mayoritariamente las mujeres católicas y evangélicas y de cualquier religión -o sin religión-, deciden y obtienen abortos en diferentes momentos de sus vidas, y si además partimos del hecho incontrastable que quienes contribuyen en la decisión y las apoyan en el momento mismo del aborto son tan católicas, evangélicas o no creyentes -o sin religión- como las que abortan, podemos concluir que las mujeres continúan sustentando sus creencias religiosas antes, durante y después de un aborto.

Por ello, no considero imprescindible buscar argumentos para “desculpabilizarlas” por una culpa que no les es propia, sino de quienes –desde sus propios prejuicios-, las interpretan…

En mi experiencia personal, he comprobado que las mujeres no se consideran “menos” católicas o “malas” feligresas después de abortar; simplemente conviven con su religión y con el aborto. Su religión no ha logrado disuadirlas cuando su decisión es consistente.

Lo que sí está demostrado es que las circunstancias de ilegalidad en que acceden al aborto las mujeres pobres son clandestinas e inseguras y por tanto más riesgosas para su salud o para su vida; la clandestinidad y el mal trato sí les trae consecuencias, o al menos recuerdan las circunstancias negativas que rodearon ese aborto.

Haber sustentado estas estrategias trae como consecuencia que seguimos fortaleciendo la supremacía de las creencias antes que la supremacía de los DDHH y de la ciudadanía de las mujeres.


Ana María Pizarro
Managua, Nicaragua

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