Por una huelga «transmaribibollera»

El 30 de junio de 2005, el Parlamento español aprobó la Ley de reforma del Código Civil que permite el matrimonio civil entre personas del mismo sexo. Algo más tarde, en 2007, se aprobó la ley 3/2007, mal llamada “ley de identidad de género”. Ambas iniciativas respondían a las demandas de colectivos LGTB, y no a una mera buena voluntad política. Apunta nuestra colega Gracia Trujillo [1], que está extendida la idea de que todavía queda mucho por hacer, pero no sé si podemos llegar a afirmar si sabemos lo que queda por hacer. Esta duda no es gratuita, sino que es deducible de las alarmas respecto al retrógrado recurso impuesto por el Partido Popular ante el Tribunal Constitucional. Señales que parecen expresar que el paraíso se nos escapa si este recurso triunfa, esto es, si el odio de la extrema derecha de este país vuelve a salir vencedor. Dejando clara una estricta oposición hacia estas actuaciones acerca de lo que es nuestro, podríamos preguntarnos a dónde nos llevaría esta estricta y temblorosa “igualdad formal”. Es decir, si la posibilidad de llevar a cabo proyectos de vida que merezcan la pena ser vividos es una opción real o meramente formal. Piénsese, pongamos por caso, en las maricas y bolleras que no pueden independizarse porque no encuentran un curro que les permita tener autonomía económica y realizar proyectos de vida estables y dignos, esto es, que no pueden acceder a las condiciones materiales que les permitirían ejercer ese derecho de una forma digna y estable, sin precariedades asociadas a ejes de subordinación, dominación y explotación. Entonces, ¿Y ahora, qué? [2] debería contestarse en una intensa reflexión, que no puede permitirse esperar, sobre cuál es nuestra agenda en un momento donde su revolución va mucho más rápido que la nuestra. Esta carta dirigida a todas vosotras, algo densa porque la cuestión lo merece, intentará contribuir a ello a poco tiempo de nuestra Huelga General contra la reforma laboral.

Quizás convendría comenzar recordando los debates dados en el seno del feminismo en torno al sujeto colectivo [3]. Como señala nuestra compañera Justa Montero, el feminismo ha tratado de responder a la pregunta que un día se formuló Simone de Beauvoir acerca de qué significa “ser mujer” con mucho debate y llegando a entender que un sujeto “mujer”, abstracto y generalizado, supone borrar las desigualdades que cruzan las vidas de las mujeres. Hablamos de las diferencias de clase, sexualidad, raza/etnia o edad, que constituyen las experiencias de las mujeres de forma diferente. Es decir, que no podemos ser lesbianas hoy, y obreras precarizadas mañana, pues estas opresiones no se pueden escindir unas de otras. Difícilmente podemos eludir este cruce de opresiones, pero no se trata de jugar a crear una mera suma de opresiones separadas por un “y” donde al final parece que no podemos escapar de tanta complejidad, sino que se trata de que nuestro activismo no deje de lado las opresiones en cuanto a la clase, sexualidad, raza o etnia, y sexo. En definitiva, que suponer que una persona es “solamente mujer” es borrar de un plumazo todas las opresiones que configuran su día a día. Lo paradójico es que, siendo movimientos con tanto en común y con tantas distancias a la vez, parece que no tengamos claro que las personas meramente “LGTB” no existen. Que cuando una chica transexual se despierta por la mañana, su cotidianidad está cruzada por la precariedad laboral, las leyes transfóbicas y el machismo de los varones en el espacio público. Esta experiencia del feminismo supone una idea fuerza contra el simplismo de argumentos del tipo “nosotros no vamos a la huelga, porque somos un colectivo LGTB, no un sindicato político” que, además de una clara intención desmovilizadora, tienden a borrar la problemática de maricas, bolleras, bisexuales y personas trans e intersex en lo referente a su clase social, entre otras variables. Además, nos hace más fuertes en el sentido de que abre las puertas a todas aquellas personas que se quedaban excluidas de nuestro movimiento o de las reivindicaciones del mismo. Una marica a secas no la encontramos nunca, pero una marica obrera precaria y en paro, desgraciadamente, en todos los rincones. Ante esta situación, ¿y ahora qué?

En esta sociedad heteropatriarcal capitalista en la que vivimos, nos adoctrinan para que entendamos el curso de la historia, de lo que nos acontece, de una forma “evolucionista”, esto es, nos hacen entender que “siempre vamos a ir a mejor” y que lo que tenemos aparece por sí solo. Así, no es de extrañar que activistas como el fallecido Paco Vidarte [4], hayan puesto tanto hincapié en “¡Que no nos han regalado nada, joder!” ante esa idea de que ZP nos regaló todo, lo cual resulta paradójico desde el punto de vista de cualquier activista, pues un movimiento social es aquel que actúa para la transformación social, no para recibir regalos de nadie. Incluso en las aulas de muchos institutos la historia de España se da tergiversada y las luchas de las maricas, bollos, bi y trans en el pasado contra las pandemias del SIDA y sus muertes, ni se recuerdan ni se nombran. De ahí, que no resulte extraño que más de uno se alegre porque algún miembro de la Casa Real se muestra tolerante ante el “colectivo LGTB” y de paso evite echar una mirada crítica al pasado homófobo, fascista y misógino que tiene la institución a sus espaldas. Por consiguiente, parece coherente que ni se recuerde a Federico García Lorca, por ejemplo, asesinado por rojo y maricón, pero se premie a empresarios gays que poco han hecho por nuestros derechos de supervivencia. Esta amnesia generalizada, junto a otras razones, provoca que muchas de nuestras/os compañeras/os olviden el papel de las huelgas generales en la consecución de nuestros derechos y que, incluso, muchas se atrevan a decir que “una huelga no sirve para nada”. Una huelga es una agresión a un sistema intrínsecamente violento, una herramienta de actuación de las clases trabajadoras y, si no sirviese para nada, no existiría la enorme campaña mediática antisindical a través de comentaristas pagados a sueldo y estadísticas extraídas de supuestos expertos que a su vez se remiten a vete a saber cuál fuente creando así un efecto de repetición eficaz para mostrar datos falsos de previsión, de asistencia a la huelga en este caso, como absolutamente verdaderos. A esto le sumamos las amenazas de los empresarios ante el derecho a la huelga, que resulta una especie de terrorismo patronal que nunca aparece en las agendas de la clase política “dominante”. Rechazar su uso, implica, en palabras de Slavoj Zizek, que “el hecho de no hacer nada no está vacío, tiene ya un significado: significa decir que “sí” a unas relaciones existentes de dominación” [5] ¿De verdad queremos decir “sí” a colocarnos la cuerda al cuello con esta reforma laboral?

“Quieren acabar con todo” rezan los carteles de los sindicatos llamando a la Huelga General, fruto de una acumulación creciente de malestar así como por la reforma laboral, que ha sido la gota que ha colmado el vaso. Razones no les faltan para usar esta frase. Algunas hemos tenido mucho (que es nada, en comparación con “los de arriba”), otras muy poco, y muchas casi nada o nada en absoluto. Porque este sistema se basa en un concepto de ciudadanía vinculado a la ecuación androcéntrica trabajo asalariado = derechos, que deja en los márgenes a muchas personas en razón de raza, sexualidad, género o clase social, y por tanto, es excluyente intrínsecamente. Un caso claro es el de las personas seropositivas migrantes que encuentran muchísimas trabas a la hora de acceder a los servicios públicos de salud, o el de las trabajadoras transexuales del sexo que, al desarrollar un trabajo “informal” y precario, (como la mayoría de trabajos “femeninos”) quedan excluidas del concepto de “ciudadanía”. Por tanto, más que “estado del bienestar”, bien se podría llamar “Estado del medio-estar”, donde los derechos desaparecen y aparecen. Con la reforma laboral se termina de destruir todo aquello que durante décadas, e incluso siglos, nuestra gente ha conseguido a través de las luchas sociales. Hasta ahora, las negociaciones colectivas y los derechos laborales cumplían una función de protección frente a las arbitrariedades del empresariado que es el que decide, en última instancia, si una persona merece un sueldo para sobrevivir y poder ser explotada al día siguiente o no. De ahínacen los derechos laborales. Es más, la negociación colectiva, siguiendo a los compañeros Luis Alegre y Carlos Fernández Liria [6], exige el reconocimiento de la diferencia de principios entre ambas clases y de su autonomía colectiva (…) si se respetaba la voluntad individual de los contratantes, entonces se generaba de un modo inevitable unas condiciones sociales para la mayoría de la población sencillamente incompatibles con el ejercicio de ningún derecho civil o político”. ¿Qué quiere decir ésto? Pues que la reforma laboral contra la que está convocada la Huelga General de 29 de marzo nos deja desnudas frente al empresario, sin derechos colectivos frente a su poder e insta a la desorganización de las trabajadoras apostando por modelos individualistas donde tenemos todas las de perder. Hablando aún más claro, esta reforma cumple el sueño de cualquier empresario de la misma manera que el sueño de cualquier homófobo sería exterminar los colectivos de trasmaribibollerasqueer, porque ambos saben que unidas somos más y más fuertes.

Pregunta Paco Vidarte [7] “«¿Cuándo fue la última vez que no pensaste únicamente en el bienestar de tu coño, en la satisfacción privada de tu puto culo?». Tal vez muchas tendríamos dudas a la hora de contestar a esta pregunta, pero otras muchas evitamos exigir grados de “pureza”, porque nunca es tarde para salir a la calle y cabrearse porque vivimos en una sociedad donde se privatizan las ganancias y se socializan las pérdidas. Esto es, nos obligan a pagar crisis que no hemos causado. Nos exigen una responsabilidad de la que no podemos dar cuenta. Y encima, se nos impone un individualismo atroz que trata de deslegitimar cualquier proyecto colectivo emancipatorio, como hemos podido ver en las palabras de los líderes de la patronal, “un grupito no puede paralizar el país” [8]. Con este panorama, difícilmente se puede argumentar que está todo hecho, cuando las maricas, bolleras, bisexuales, trans y todas aquellas heterodisidentes tenemos una agenda repleta de agresiones que debemos contestar (¡ni una agresión sin respuesta!) en las universidades, centros de trabajo y calles, e incluso, en nuestras casas. Si el objetivo del matrimonio era conseguir la igualdad de las personas que no se acogen a la heteronorma, esto es, una vida que merezca la pena ser vivida para todas nosotras, aún no hemos llegado a ninguna meta. Ni somos iguales ni somos libres. No todas podemos escapar de la familia nuclear radioactiva con nuestra novia porque nosotras sufrimos doblemente una precariedad laboral que no nos permite ni tener una vivienda digna ni un sueldo digno. En palabras de Judith Butler [9] “cualquiera que sea la libertad por la que luchamos, debe ser una libertad basada en la igualdad. En efecto, no podemos encontrar la una sin la otra. La libertad es una condición que depende de la igualdad para realizarse”. Es decir, pueden existir derechos dirigidos a conseguir la igualdad y la libertad de todas las personas, pero en el marco de un sistema que imposibilita “su posibilidad material” para todas las personas, no es posible la libertad ni la igualdad. No es posible la libertad porque dependemos de otros para sobrevivir, esto es, de la CEOE mayoritariamente, ni mucho menos la igualdad, ya que ellos pueden vivir sin trabajar y nosotras no, sino que estamos obligadas a vender nuestro pellejo en el mercado laboral. Pues bien, evitando victimismos estamos en un momento ideal para darnos cuenta de que ese sujeto consumidor liberal cuya vida se regía por los peldaños del metro de Chueca, sin preocupaciones y con una cartera llena, no existe, como tampoco las personas “meramente” LGTB. Lo que sí existe es cientos de maricas en paro, recortes, transfobia, asesinatos de mujeres en hogares y precariedad laboral. Y se sigue que, por tanto, aquí y ahora es una necesidad organizarse, discutir, reflexionar y estallar para conseguir lo que realmente queremos y no lo que nos han dicho que debemos querer. Es el momento de crear alianzas políticas con el movimiento feminista, obrero, 15M… de sumar, de defender lo poquito que teníamos, porque es nuestro, y exigir un cambio de modelo en el que no nos tengamos que someter a los dictados de ninguna patronal heteropatriarcal. Porque nuestras vidas merecen la pena.

El 29 de marzo: Todas a la Huelga.

Notas: 

[1] Trujillo, G. (2008). “Deseo y resistencia: treinta años de movilización lesbiana en el Estado Español”. Egales: Madrid. 243-249 pp.

[2] Idem, pp.246.

[3] Veáse Justa Montero en “Desplazamientos del sujeto: de las diferencias con los hombres a las diferencias entre las mujeres” publicado en Rebelión (10/03/10).

[4] Vidarte, P. (2007). Ética Marica. Egales: Madrid. 115 pp.

[5] Zizek, S. (2004). Repetir Lenin. Akal: Barcelona. 29 pp.

[6] Fernández Liria, C. y Alegre Zahonero, L. (2009). “Capitalismo y ciudadanía: la anomalía de las clases sociales”. Viento sur: Número 100.9-20 pp.

[7] Vidarte, P. (2007). Ética marica. Egales: Madrid. 20 pp.

[8] Consultado en el Diario Digital Público el día 18 de marzo de 2012. http://www.publico.es/dinero/426328/rosell-desprecia-la-huelga-un-grupito-no-puede-paralizar-el-pais

[9] Butler, J. (2011).”Violencia de Estado, guerra, resistencia. Por una nueva política de la izquierda”. Katz: Barcelona.

Josué González Pérez. Activista transmaricabollo feminista.


http://www.rebelion.org/noticia.php?id=146685

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