Publicado en: 21 febrero, 2018

¿Por qué la derecha no discute?

Por JM. Rodríguez

  No se lo pregunto a los políticos sino a aquellos ciudadanos que tiene un pensamiento de derecha. Tampoco me refiero a dialogar, que es el ámbito familiar o del encuentro amistoso, donde no se defiende nada en particular. Solos los que se llaman de “centro” dicen poder dialogar con unos u otros (Schemel afirma […]

 

No se lo pregunto a los políticos sino a aquellos ciudadanos que tiene un pensamiento de derecha. Tampoco me refiero a dialogar, que es el ámbito familiar o del encuentro amistoso, donde no se defiende nada en particular. Solos los que se llaman de “centro” dicen poder dialogar con unos u otros (Schemel afirma que son el 80%). Yo hablo de discutir, de analizar, de exponer y precisar esencialidades humanas. Hablo de usar el razonamiento prestando atención reflexiva. Ese es el ámbito político, el ámbito de la sociedad, el de las relaciones ciudadanas, el del libre desenvolvimiento de cada uno como condición del libre desenvolvimiento de todos… Así decía aquel famoso manifiesto de 1848, proscrito por ley en Alemania.

Más allá del Estado, que siempre resultará un antipático aparato controlador, la ética es lo que debería valorar y regular un régimen de prestaciones mutuas que busca alcanzar la “vida buena”. Sin embargo la cultura hegemónica en buena parte del mundo, por lo menos en el occidente cristiano, lo que promueve y defiende religiosamente no es la asociación de individuos para un “mejor desenvolvimiento de todos”, sino su confrontación (lo llaman eufemísticamente “libre competencia”). Eso, de manera desfachatada, lo explicó un economista venezolano defensor del capitalismo: Sólo cuando una gran empresa logre desarrollar un cierto poder sobre el mercado, puede plantearse la posibilidad real de actuar éticamente…

La desfachatez de la derecha por lo colectivo es proverbial, por eso, cuando actúa en el ámbito de la política adopta, según sea el escenario, alguna de estas dos posturas: la mentira abierta o el fingimiento (buena parte de ese “centro”), con el objetivo redundante de mantener la enajenación. La otra postura es la de la arrogancia y el insulto con aquellos que se salieron de ese encerradero.

Tan detestable proceder pudiera explicarse, ya lo dije, por el hecho de ser ella notablemente mayoritaria en lo que llamamos occidente. Pero, dado que no es así en Venezuela, donde igual reducen al insulto su relación con las “clases inferiores” chavistas; tendríamos razón de pensar que tal conducta tiene que ver con la imposibilidad de explicar, decentemente, por qué se es de derecha.

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