¿Por qué trabaja el hombre?

 En la sociedad preindustrial: Tengo hambre. En la industrial: necesito cosas. En la informacional: necesito saber. En la sociedad de riesgo: Tengo miedo. El no haber conseguido que el progreso técnico avanzara al mismo tiempo que el social, el haber puesto los medios para alimentar a todos en manos de gente que no se preocupaba más que de obtener poder, de obtener “cosas”, ha llevado a seguir teniendo miedo de morir de hambre como cuando llorábamos de niños. Quizás el “comprende” de Spinoza debe leerse así. Sin “comprender” podríamos habernos estado sin hacer nada un tiempo más.

  No te burles, no llores, no detestes: comprende. Que con decir no basta. Con hacer lo que dices no basta. ¿Es preciso tanto ingenio para descubrir que cuando mi hacer consiste en un decir, yo hago necesariamente lo que digo? Industria para dejar de pasar hambre, información para no tener miedo. Seguimos con hambre, seguimos con miedo: ¿Qué ha fallado? El uso de las palabras, la comprensión de las frases, la aplicación de las fórmulas. No sabemos lo que decimos y así no hay quien pueda comprender lo que hacemos.

  Si aquello a lo que propiamente habría que reaccionar se torna desmesurado, también nuestra capacidad de sentir desfallece. Nos convertimos en “analfabetos emocionales” que enfrentados a “textos demasiado grandes” son ya incapaces de reconocer que lo que tienen ante sí son textos. Seis millones no es para nosotros más que un simple número, mientras que la evocación del asesinato de diez personas cause todavía alguna resonancia en nosotros, y el asesinato de un solo ser humano nos llena de horror.

  Me desayuno con la noticia de una tercera vía, como cada día. Sea independencia de Cataluña, acogida de emigrantes, o negociación de la deuda hacer como si no se tratara de si pasa o no la corriente, como si hubiera quedado abolido el principio de contradicción, es decir que no queda abolido y da igual, ayuda a acabar con la maldición del tercio excluso. La “tercera vía” una vez la segunda fallada y fallida, nos devuelve a la primera. A un capitalismo con rostro humano. A una industria para dejar de pasar hambre, a una información para dejar de pasar miedo.  A poner entre la persona y el planeta textos compartibles, palabras comprensibles, fórmulas aplicables. 

   ¿El sentido de la vida? Primero procurar no fallar; luego, procurar fallar sin desfallecer. Mao : “De derrota en derrota, hasta la victoria final”. Beckett: “Inténtalo de nuevo. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”. ¿Tercera vía? Sobrevivir. Según Lenin, el primer deber del revolucionario era mancharse las manos. Dado que se había hecho de la historia del mundo un tribunal no se podía dejar de emitir un duro fallo contra los estados residuales del pasado. No en vano la fórmula de la vanguardia rusa rezaba: “El tiempo siempre tiene razón”. No basta con esperar el “momento adecuado” para el intento, para renovar el vínculo con el intento. Si uno se limita a esperarlo no llegará nunca, así pues hay que comenzar con “intentos prematuros” que -y aquí reside la pedagogía de la revolución-, con su propio fracaso a la hora de alcanzar su objetivo manifiesto, creen las condiciones subjetivas del “momento adecuado”.

  ¿Por qué trabaja el hombre? ¿Qué hace que ocupe un lugar determinado en la organización social, que acepte atenerse a ella y cumplir su tarea? A esta pregunta los liberales respondían que era pura y simplemente afán de lucro. Los socialistas por su parte no respondían nada, y por eso precisamente el buenismo ha fracasado, en cuanto suprimieron el acicate económico la gente dejó de trabajar…  no se iban a ir sin más al trabajo a menos que supieran como Nuestro Señor Don Quijote sabía que van a pasar “todas estas calamidades porque les reconforta la esperanza que tienen en los cuidados que las mujeres se tomarán por ellos a su regreso, las satisfacciones, las alegrías y los placeres que ellas les darán o harán que les den en su presencia; descalzarse ante un buen fuego, lavarse los pies, ponerse luego calzado fresco. Bien comidos, bien bebidos, bien servidos, bien respetados, bien arrebujados en blancas sábanas y con gorros de dormir, bien cubiertos de buenas pieles, y rodeados de solicitudes y privanzas, amores y secretos que me callo. Y a la mañana siguiente, ropa interior y vestidos nuevos”.

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