¿Por qué Europa ha votado mayoritariamente a la derecha?

Por si alguien no lo tiene claro, cabe observar que «la gente vota como le sale del alma». Y lo que le sale del alma a la gente, al ciudadano medio europeo y también al español que en este orden de conducta no es menos, es protegerse de cuanto pueda ser un peligro para su bienestar.

Por mucho que nos duela, ninguna opción verdaderamente de izquierdas, es decir, que propugne el bien común por encima del individual, tiene nada para ofrecerle a quien solamente piense en su bienestar personal. A menos que se esté muriendo de hambre, que no es el caso del ciudadano medio europeo que ha acudido a las urnas ni del que se ha abstenido.

La gente vota a la derecha porque no tiene alma ni conciencia ni alcanza a ver más allá de su nariz. Porque no es consciente del coste humano y ecológico de la forma de vida que llevamos y pide a los gobernantes que se la sigan procurando. Porque no se siente parte de la gran familia humana sino de una población privilegiada que ha alcanzado un alto nivel de bienestar material a base de expoliar a los habitantes de otros continentes y explotar a quienes aun en el suyo tiene más abajo. Y esto es así hasta en las capas más bajas de la población, porque no debemos olvidar que en la Europa comunitaria aun estos últimos gozan de un nivel de confort y bienestar que para sí lo quisieran los desheredados de la tierra. De modo que motivos tiene sobrados la mayor parte de la población europea para propugnar políticas inhumanas y antiecológicas y votar a quienes les protegen de toda esa población mucho más pobre que supuestamente amenaza su bienestar.

Al ser humano actual, a menos de medio camino de ser verdaderamente humano, le mueve el instinto y el deseo, como a cualquier otro animal de los que pueblan el planeta Tierra. Pensar que en el seno de la opulenta sociedad europea pueda haber un porcentaje considerable de población con suficiente conciencia social como para tomar en cuenta el bienestar ajeno no es pensar sino soñar. Y soñar es también lo que hacen quienes esperan que con el aumento de la crisis la población se una y se rebele contra quienes detentan el poder. Sueñan, porque esas son conductas del pasado, no de los tiempos presentes y menos aun de los venideros.

Nuestros padres y abuelos lucharon por unas condiciones de trabajo y de vida más dignas porque estaban poseídos por un espíritu de solidaridad que ahora no se da. Eso era así porque durante siglos, desde los más remotos tiempos, la supervivencia estuvo condicionada a la acción conjunta de esfuerzos comunes. Hoy, en esta sociedad capitalista de la cual formamos parte, la supervivencia se basa en la capacidad individual para competir, para superar al adversario jorobándolo si es necesario, para ser insolidario, así de claro, porque por más que nos pese, es la forma de vivir lo que establece la forma de pensar.

Lo que a mi parecer debiéramos preguntarnos es cómo hemos llegado hasta aquí, a dónde nos lleva esta conducta y qué cabe hacer para volver a retomar el camino de humanización que siglos ha recorrió la especie humana, del cual ahora tan lejos estamos. Pero esas son cuestiones profundas que no pueden ser tratadas a la ligera. No obstante sí que cabe introducir algunas preguntas que nos muevan a debate.

¿Que factores intervienen en la configuración de la mente, pensamiento y sentimientos, de la ciudadanía europea actual? ¿Quien tiene a su cargo a lo largo de todo el proceso educativo de la ciudadanía desde que nace hasta que alcanza la mayoría de edad, la formación de un pensamiento crítico y una conciencia ética con perspectiva global? ¿De qué modo la sociedad europea actual cultiva la sensibilidad humana? Y para no alargarnos más: ¿qué cabe esperar del bombardeo ideológico y emocional a que está sometida la ciudadanía?

En mi opinión, Europa ha votado a la derecha porque es individualista hasta los tuétanos y el egoísmo corroe el alma de todos y cada uno de sus habitantes, electores y elegibles, salvo honrosas excepciones que ya hemos visto que no alcanzan a dejarse ver porque la fuerte presión estatal demoniza y neutraliza.

Talvez me equivoque, pero estoy convencido de que no cabe una opción de izquierdas donde no haya una sensibilidad solidaria y unos valores distintos a los que propugna la forma de vida que impone el capitalismo. Solamente cuando los humanos pongamos la colaboración en el lugar que ahora ocupa la competencia habremos alcanzado un grado de humanidad suficiente para ser solidarios. ¿Ocurrirá eso alguna vez? Talvez sí. Talvez cuando mayoritariamente entendamos que nos va en ello la vida empezaremos a pensar en cómo configurar la mente de las nuevas generaciones para que tengan esa perspectiva solidaria y humana. Entretanto, lo más probable es que sigamos debatiéndonos en discursos hueros.

Pepcastelló

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