Por la retauración de la teoría revolucionaria marxista (II parte). Retorno al totalitarismo revolucionario.

Retorno al «totalitarismo» revolucionario
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&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp En el plano político y social, con la victoria final del democratismo sobre la doctrina revolucionaria del proletariado en el viejo movimiento comunista, se llegó a presentar la «resistencia al totalitarismo» como objetivo del proletariado y de todos los estratos sociales oprimidos por el capital.

&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp A la hora de dar esta orientación, cuya primera manifestación histórica fue el antifascismo de antes de la Segunda Guerra Mundial y durante la guerra, no ahorraron esfuerzos ninguno de los partidos ligados a Moscú (poco importa si desvinculados de su control, como el chino), desembocando en la negación del partido único, forma indudablemente comunista y leninista desde siempre, necesaria para guiar la revolución y dictadura proletarias. Mientras en las «democracias populares» del llamado «mundo socialista», el poder estaba en las manos de «frentes» populares y nacionales, o bien de partidos o «ligas» que explícitamente encarnaban un bloque de más clases, los partidos «comunistas» que operaban en el «mundo burgués», hacían solemne abjuración de la doctrina de la violencia revolucionaria de clase como única vía al poder, y de la dictadura ejercitada por la clase a través del partido comunista único como única vía para mantenerlo, y prometían a los cortejadísimos interlocutores, socialdemócratas, católicos y otros, un «socialismo» gestionado en común con más partidos representantes del «pueblo».

Siendo acogido favorablemente por todos los enemigos de la revolución proletaria que en el «comunismo» de inspiración estalinista se rechazaba todo lo que recordaba el fulgurante Octubre rojo, esta orientación ha sido no sólo derrotista, sino también ilusoria. El proletariado, al no reivindicar para sí ninguna libertad en el marco del régimen despótico del capital, y por tanto, al no hacer suya la bandera de la democracia ni «formal» ni «real», reivindica como parte integrante de su programa la supresión de todas las libertades para los grupos sociales ligados al capital en el marco del régimen despótico que, tomado el poder, él impondrá a la clase vencida. Si la burguesía enmascara su propia dictadura tras la ficción democrática -según la cual en la arena política ya no se estarían enfrentando clases antagonistas sino individuos libres e iguales que «dialogan» entre ellos, enfrentamiento que sería de opiniones más que de fuerzas físicas y sociales divididas por diferencias incurables- los comunistas que, desde los tiempos del Manifiesto, «no tienen nada que esconder» proclaman abiertamente que la conquista revolucionaria del poder, necesario preludio para la palingenia social, significa al mismo tiempo el dominio totalitario de la clase antes oprimida, encarnada por su partido, sobre la ex clase dominante.

&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp El antitotalitarismo es una reivindicación de esas clases que se mueven sobre la misma base social que la clase capitalista (disposición privada de los medios de producción y de los productos), pero que también son igualmente aplastadas; es la ideología -común a los variopintos movimientos de «intelectuales», «estudiantes», etc., de los cuales la escena política actual está infectada- de la pequeña y mediana burguesía urbana y campesina aferrada a esos mitos de la pequeña producción, de la soberanía del individuo y de la «democracia directa» que sabe que están condenados por la historia, pero que no obstante intenta salvar desesperadamente. Ello es por tanto conjuntamente burgués y antihistórico, y por estos dos motivos, antiproletario. La ruina de la pequeña burguesía bajo los golpes de maza del gran capital es históricamente inevitable, y socialmente constituye -a la manera capitalista, brutal y lenta al mismo tiempo- un paso adelante hacia la revolución socialista en cuanto que hace operativa la verdadera y única aportación histórica del capitalismo: la centralización de la producción, la socialización de la actividad productiva.

&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp El proletariado, que en el retorno (aun cuando fuese posible) a formas de producción menos concentradas no puede dejar de ver un alejamiento de su objetivo histórico propio, de una producción y una disposición de los productos totalmente sociales, no reconoce tarea suya, ni la defensa de los pequeños burgueses contra los grandes (tanto los unos como los otros igualmente enemigos del socialismo), ni la adopción en política de ese pluralismo y «policentrismo» que no tiene ninguna razón para aceptar en el plano económico y social.

&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp Al igual que ha sido y es reaccionaria la consigna de «lucha contra los monopolios» en defensa de la pequeña producción, también han sido y son reaccionarios todos aquellos movimientos que -o bien por reflejo de las ideologías pequeño-burguesas, o por una malentendida reacción al curso degenerativo de la revolución rusa (interpretado no como efecto de la falta de extensión internacional de la revolución proletaria y del abandono del internacionalismo comunista con el pretexto de ella, sino como efecto de la instauración desde el principio de una dictadura totalitaria, por tanto antidemocrática)- ven el proceso revolucionario como una gradual conquista de islas de «poder» periférico, a través de organismos proletarios en los centros de trabajo y que expresan una fantasmagórica «democracia directa» (como en la teoría gramsciana y ordinovista de los consejos de fábrica), ignorando así el problema central de la conquista del poder político, de la destrucción del Estado capitalista, y por tanto también el del partido como órgano centralizador de la clase, o que han presentado como «socialismo» ya realizado un sistema basado en un tejido de empresas «autogestionadas», cada una elaborando su plan a través de análogos órganos de «decisión desde abajo» (teoría yugoslava de la autogestión), destruyendo así de raíz la posibilidad de esa «producción social regulada por la previsión social» en la que Marx indicaba «la economía política de la clase trabajadora» y que es sólo realizable superando la autonomía de las células productivas de base de la economía capitalista y el «ciego dominio» del mercado en el cual ellas encuentran el único, caótico e imprevisible, elemento de conexión.

&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp Ni antes ni después de la toma del poder, ni en política ni en economía, el proletariado revolucionario hace ni puede hacer ninguna concesión al antitotalitarismo, que es otra versión de aquel antiautoritarismo idealista y utopista que Marx y Engels denunciaron en la larga polémica con los anarquistas, y que Lenin en Estado y Revolución demostró que convergía con el reformismo gradualista y democrático. Respecto a los pequeños productores, el proletariado socialista no empleará la ferocidad de la que el capitalismo ha dado prueba a lo largo de su historia; pero, respecto a la pequeña producción y sus reflejos políticos, ideológicos y religiosos, su acción será extraordinariamente más decidida, rápida y, en fin de cuentas, totalitaria. La dictadura proletaria ahorrará a toda la especie humana la cantidad infinita de violencias y miseria que bajo el capitalismo constituye su pan de cada día, pero podrá hacerlo precisamente desde el momento en que no dude en emplear la fuerza, la intimidación y, si es necesario, la más decidida represión contra cualquier grupo social, grande o pequeño, que la obstaculice en el cumplimiento de su misión histórica.

&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp Para concluir, quien asocie la noción de socialismo a una forma cualquiera de liberalismo, democratismo, gestión de empresa, localismo, pluripartidismo o, peor aún, antipartidismo, como han hecho de modo diverso las corrientes «antirrusas» que se desarrollaron en el seno del movimiento obrero por efecto de la retorcida contrarrevolución burguesa estalinista, se sale por sí mismo de la historia, fuera de la vía que conduce a la reconstitución del Partido y de la Internacional totalitariamente comunistas.

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